Capítulo Quince #2
—Ahí —dice, y la palabra se quiebra un poco—. Justo ahí.
Mantengo la presión constante e introduzco un dedo en su interior. Se le escapa un sonido suave y todo el cuerpo se me tensa. Cuando añado un segundo dedo, sus caderas se elevan del colchón.
Los curvo y escucho cada cambio en su respiración mientras sigo moviendo la lengua sobre su clítoris.
No se queda callada. Lo había olvidado, o quizá la memoria nunca fue capaz de conservar bien el sonido. No se guarda nada: ni un jadeo, ni una maldición, ni mi nombre quebrado una y otra vez mientras sus muslos se cierran alrededor de mis hombros.
Le sujeto la cadera con la mano libre y la mantengo cerca cuando la intensidad aumenta y ella empieza a apartarse.
—Gabriel.
Es una advertencia, no una súplica.
—Lo sé —murmuro sin apartarme de su sexo.
No cambio el ritmo.
Aprieta la sábana con una mano mientras la otra sigue enredada en mi cabello, dirigiéndome sin disculparse.
—Así. No pares.
Mantengo la presión exactamente donde me lo ha pedido. Su cuerpo se tensa alrededor de mis dedos y cada contracción se vuelve más fuerte, hasta que llega al orgasmo con mi nombre desgarrándole la garganta.
No me aparto mientras el orgasmo la recorre y solo reduzco el ritmo cuando sus muslos empiezan a temblar y me da un débil empujón en el hombro, incapaz de decidir si me quiere más cerca o más lejos.
Cuando por fin levanto la cabeza, tiene el rostro enrojecido y una expresión feroz de placer. El cabello se le pega a una mejilla y el pecho le sube y baja deprisa.
—Pareces satisfecho contigo mismo —dice.
Me limpio la boca con el dorso de la mano.
—No consigo disimularlo.
—No lo estás intentando.
—No.
Alarga la mano hacia mí.
Subo sobre ella y me besa sin vacilar, reconociendo su propio sabor en mi boca. Sus brazos se cierran alrededor de mi cuello y tiran de mí hacia abajo hasta que su piel desnuda encuentra la mía.
El beso se vuelve hambriento casi de inmediato. Engancha una pierna alrededor de mi cadera y su calor húmedo se desliza contra mi pene a través de los pantalones abiertos.
Apoyo un instante la frente en la suya.
—Isabel.
Vuelve a moverse contra mí sin apartar la mirada de mi rostro.
—Quítatelos.
Me quito la camisa y los pantalones.
Su mirada sigue cada movimiento sin vergüenza ni falsa timidez. Cuando me quedo desnudo delante de ella, se incorpora y vuelve a cerrar la mano alrededor de mi pene.
El primer contacto hace que se me tense el estómago.
—Dios —digo entre dientes.
Levanta la vista.
—¿Te gusta?
—Sabes que sí.
—Quiero oírte decirlo.
Mueve el pulgar y casi pierdo la capacidad de formar un pensamiento completo.
—Me vuelve loco sentir tu mano sobre mí.
—Eso está mejor.
La agarro por la barbilla y la beso, en parte porque necesito su boca y en parte porque no podré sobrevivir mucho más a esa expresión.
—¿Preservativo? —pregunta contra mis labios.
—En mi bolso de viaje.
Saco uno de mi estuche de aseo; me muevo con menos coordinación de la que me gustaría. Cuando regreso, ella toma el envoltorio de mi mano.
Isabel abre el envoltorio y desenrolla despacio el preservativo sobre mi pene, atenta al efecto que me produce cada movimiento. Su caricia es cuidadosa, pero deliberadamente lenta.
—Eres cruel —le digo.
—Antes te gustaba.
—Todavía me gusta. Ese es el problema.
Me besa una vez, casi con dulzura, y luego apoya una mano en mi pecho y me guía hacia atrás, sobre el colchón.
Antes de que pueda preguntarle qué pretende, se coloca a horcajadas sobre mí.
Sus pechos se aprietan contra mi torso mientras me guía entre sus piernas. No aparta la mirada de la mía al descender poco a poco sobre mí, y la siento estrecha y húmeda a mi alrededor hasta que apoya la frente contra la mía.
La sensación es casi insoportable.
Durante un instante, ninguno de los dos se mueve. Mis manos se posan en su cintura, pero no la dirijo. Dejo que ella decida cuánto quiere, hasta dónde y a qué ritmo.
Su aliento tiembla contra mis labios.
—Di algo.
—Estoy intentando no hacer el ridículo.
Una sonrisa le curva los labios.
—Lo estás haciendo muy bien.
—Mierda, estar dentro de ti es increíble.
Cierra los ojos durante medio segundo y el placer le borra la sonrisa.
—Para mí también —susurra.
Entonces traza un círculo con las caderas.
La sujeto con fuerza por la cintura.
Repite el movimiento y encuentra un ritmo lento que me sumerge una y otra vez en su calor. Cada vaivén es controlado, casi provocador. Me observa como si quisiera recoger cada una de mis reacciones y guardarla en la memoria.
Le beso el cuello mientras mueve las caderas sobre mí. Sus manos se hunden en mi cabello y, cuando me inclina la cabeza hacia atrás para apoderarse de mi boca, siento desvanecerse la última comparación con nuestro pasado.
Esto no es una costumbre recuperada. Es algo que elige ahora.
Se incorpora y apoya las manos en mi pecho. El nuevo ángulo nos corta la respiración a los dos.
—Is —la advierto, porque mi control ya empieza a deshilacharse.
—Todavía no.
La orden es suave, pero absoluta.
Vuelve a reducir el ritmo.
La miro desde abajo, contemplo el rubor que se extiende por su pecho y la forma en que su cuerpo recibe el mío. No hay nada vacilante en ella. Se mueve porque quiere el roce, sentirse llena y ver mi expresión cuando logra que entre más hondo.
Me descubre mirándola.
—Sigue mirando —dice.
—No podría dejar de hacerlo aunque lo intentara.
—Bien.
Acelera el ritmo.
La cama estrecha cruje bajo nosotros y se desplaza un poco sobre el suelo de terracota, pero ninguno de los dos se ríe. Mis manos bajan de su cintura a sus caderas, siguiendo el ritmo que ha elegido.
Cuando se inclina hacia atrás y se apoya con una mano en mi muslo, tengo que cerrar los ojos durante un segundo desesperado.
—Mírame —dice.
Me obligo a abrirlos.
—Así está mejor.
Deslizo una mano entre nuestros cuerpos y acaricio su clítoris en círculos.
Se estremece con tanta brusquedad que pierde el ritmo.
—Gabriel.
Mantengo una presión ligera hasta que vuelve a moverse y entonces acompaso el movimiento de mi mano al de sus caderas.
Echa la cabeza hacia atrás. El cabello le cae por la espalda y sus pechos se elevan con cada respiración entrecortada.
—¿Quieres más? —pregunto.
—Sí.
—Dímelo.
—Tócame más fuerte.
Aumento la presión.
Sus muslos se tensan a mi alrededor. Sus movimientos se vuelven menos controlados, más cortos y urgentes a medida que el placer vuelve a acumularse. Se apoya en mi pecho y me clava las uñas en la piel.
—Así, preciosa —le digo—. Toma lo que necesites.
Me mira con los ojos muy abiertos y desenfocados.
—Es perfecto sentir cómo me envuelves.
—Gabriel.
—Estoy contigo.
Llega al orgasmo otra vez, con más fuerza que la primera. Su cuerpo se cierra alrededor del mío y cada contracción me acerca más al límite. Le sostengo las caderas y sigo tocándola durante todo el orgasmo, al tiempo que ella se desploma sobre mí con la boca abierta contra la mía.
Su gemido se pierde en el beso.
Estoy tan cerca que cada latido de su cuerpo resulta peligroso, pero me contengo y la rodeo con ambos brazos mientras tiembla contra mi pecho.