Epílogo — Valentina
Epílogo
Valentina
Seis meses después, un domingo por la mañana, la mesa larga del fondo de El Rincón de Rosa estaba ocupada por la familia más improbable de La Pequeña Habana.
Mi madre, Rosa, servía café como si fuera la anfitriona de una cumbre internacional. A su lado, Carmen Vidal —elegante hasta para desayunar un domingo, con un collar de perlas y un delantal que decía "SUEGRA EN ENTRENAMIENTO"— aprendía a hacer pastelitos bajo la supervisión implacable de Rosa.
—No, Carmen, así no. El repulgue se hace con el pulgar, no con el índice. Mira. Así. ¿Ves? Como si estuvieras cerrando un trato, pero con amor.
—Toda mi vida cerré tratos sin amor, Rosa. Esto es nuevo para mí.
—Pues aprende rápido, que en esta familia el amor es obligatorio y el repulgue también.
Adrián, mi esposo —todavía me da un vuelco el estómago cada vez que lo pienso, mi esposo—, estaba en la puerta de la cocina discutiendo con Diego sobre la mejor manera de calibrar el horno nuevo, el que compramos con las ganancias del club de suscripción.
Diego, que al final se quedó como nuestro proveedor y nuestro amigo, y que cada vez que ve a Adrián le dice "jefe" con una sonrisa que ya no duele.
Y en la esquina de la mesa, como siempre, Camila y Marco.
Llevaban meses así: ella fingiendo que no lo miraba, él fingiendo que no se daba cuenta de que lo miraba.
Marco había abierto su nuevo café en Wynwood hacía dos meses —un local precioso de ladrillo visto y plantas colgando— y Camila le había diseñado el logo "como un favor", según ella.
El logo estaba en todas partes: en las tazas, en la puerta, en las servilletas.
Un favor muy comprometido, si me preguntan.
—Bueno —dijo Marco de pronto, poniéndose de pie y carraspeando—. Aprovechando que está toda la familia reunida…
—¿Vas a pedir otro pastelito? —preguntó Camila—. Porque te advierto que Rosa ya te tiene fichado. Tres llevas.
—Cuatro —corrigió Rosa sin levantar la vista del repulgue—. Los estoy contando. Y el café lo paga él, que es el que más gana de todos los que están sentados.
—Mamá —protesté, riéndome.
—¿Qué? Es verdad. Que pague el sobrino rico. Para eso es familia.
—Vengo a proponerle algo a Camila —dijo Marco, y se volvió hacia ella con esa sonrisa suya de niño travieso—. Un trato.
La mesa entera se quedó en silencio. Adrián y yo nos miramos. Un trato. Esas dos palabras, en esta familia, ya eran historia.
—Te escucho —dijo Camila, cruzándose de brazos, pero con una chispa en los ojos que yo conocía muy bien.
—La inauguración oficial del café es en un mes —dijo Marco—.
Quiero que sea un evento de verdad, no solo abrir la puerta y rezar.
Necesito a alguien que diseñe toda la imagen del lanzamiento: invitaciones, redes, la decoración de la noche.
A alguien brillante, con carácter y que no me cobre una fortuna porque soy su… amigo.
—¿Tu amigo? —repitió Camila, arqueando una ceja.
—Mi mejor amiga es tu mejor amiga, así que por extensión…
—Por extensión nada. Di la palabra completa: ¿socios?
—Socios —dijo Marco—. Un mes de trabajo, pago justo, contrato por escrito si quieres. Sin letra pequeña. Bueno, con una letra pequeña: tienes que aguantarme todos los días durante un mes.
Camila se quedó mirándolo un largo segundo. Y entonces sonrió. Esa sonrisa suya, lenta y peligrosa, la sonrisa de quien acaba de aceptar un desafío que sabe que va a ganar.
—Trato hecho, Vidal —dijo, y le tendió la mano—. Pero te advierto: yo no firmo nada sin leerlo dos veces. Y la última persona que me propuso un trato terminó casada.
Toda la mesa estalló en carcajadas. Hasta Diego se rio, y me guiñó un ojo desde su silla, como diciendo "ya ves, al final todos caen". Adrián me pasó el brazo por los hombros y me besó en la sien.
—¿Ves lo que hiciste? —me susurró—. Ahora "trato" es palabra de familia.
—Fue tu idea, presidente —le susurré de vuelta—. Yo solo firmé. Y mira dónde terminamos: tu hermano copiando tu jugada.
—Marco siempre me copia en todo —dijo Adrián, fingiendo resignación—. Solo que él lo hace con mejor sonrisa.
Mi madre se acercó con una bandeja de pastelitos recién hechos y la puso en el centro de la mesa como quien pone un trofeo.
—Bueno, familia —dijo, mirándonos a todos, a los Ríos y a los Vidal, a los de sangre y a los de elección—.
Hace seis meses esta panadería estaba a punto de cerrar.
Hoy tenemos lista de espera para el club de suscripción, catering para media Brickell y una boda pendiente de organizar…
—me miró, y me guiñó un ojo— …bueno, una boda ya organizada y un aniversario que planear.
Así que brindo: por los tratos que salen mal y terminan bien.
—Por los tratos —dijo Adrián, levantando su taza.
—Por la familia —dijo Carmen.
—Por los pastelitos —dijo Marco, y se ganó un manotazo de Camila que lo hizo reírse.
Cuando el brindis terminó y la conversación volvió a su cauce feliz, Camila me arrastró a la cocina con la excusa de ayudar a Rosa, me acorraló junto al refrigerador y me susurró:
—Valen. Dime la verdad. ¿Esto de los "tratos" con un Vidal sale bien o sale bien?
—Sale bien —le dije, muy seria—. Pero con condiciones: nada de sentimientos fingidos, todo lo demás de verdad. Y si te propone contrato por escrito, léelo dos veces, como dijiste.
—Tres veces —corrigió ella, y luego sonrió, nerviosa y feliz a la vez—. Ay, amiga. Creo que me metí en un lío bonito.
—Los mejores líos son los bonitos —le dije, y la abracé fuerte—. Además, alguien tiene que enseñarle a ese café lo que es buen diseño. Y ese alguien eres tú.
Yo levanté mi taza y miré alrededor de la mesa: mi madre, mi esposo, mi mejor amiga, mi cuñado casi oficial, mi suegra aprendiendo a hacer repulgues.
Seis meses atrás yo era una asistente ejecutiva con un contrato de un mes y el corazón blindado.
Hoy era Valentina Vidal —sí, me quedé con los dos apellidos, porque Ríos no se negocia—, jefa de operaciones, esposa, hija, amiga.
Y todo había empezado con un trato de mentira.
—Oye —le dije a Adrián en voz baja, mientras el ruido feliz de la mesa nos envolvía—. Si alguien nos hubiera dicho hace un año dónde íbamos a estar hoy…
—Le habría pedido el contrato por escrito —dijo él—. Y lo habría firmado sin leerlo.
Nos reímos, y me apoyé en su hombro, y pensé que la vida, a veces, tiene mejor imaginación que nosotros. Que los mejores tratos son los que no se firman. Y que el amor, cuando llega de verdad, no necesita ni un mes de prueba.
Solo necesita una panadería, un barrio entero, y un hombre dispuesto a arrodillarse en plena Calle Ocho.
Fin del libro 1 de la serie «Corazones Cruzados».
La historia de Camila y Marco continúa en el libro 2…