Un rebelde inolvidable Capítulo Veintiséis #3
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Capítulo Veintiséis #3

—Samantha me ha pedido referencias.

—¡Oh! No pensé que lo haría sin consultarme primero.

—¿No pensabas decírmelo? —preguntó Anthony.

—Por supuesto que iba a decírtelo. Apenas tuve tiempo de echarle un vistazo.

—¿Y es buena la oferta?

—El puesto es interesante, pero…

—Es en Dakota del Norte —concluyó por mí. No parecía contento.

—Ya lo sé.

—¿Es eso lo que quieres, Daisy? Lo mencionaste en la granja, pero no parecías del todo convencida.

Suspiré, bajando la mirada.

—Pues no lo estaba, pero le dije a Samantha que buscara algo en esa zona también. Me hubiera sentido demasiado culpable si no lo hubiera intentado al menos.

—¿De qué estás hablando?

—Conocer a todos los LeBlanc y ver cómo sois una piña me hizo darme cuenta de que debería hacer lo mismo por mis padres.

—Daisy, estoy seguro de que tus padres no querrían que te mudaras a casa por ellos.

—Curiosamente, eso es exactamente lo que me han dicho. Y también me han contado que tú los has estado ayudando a mis espaldas.

—¡Joder! —gruñó, pasándose la mano por el pelo—. Sí, es verdad. Y, para que conste, no quería hacerlo a tus espaldas, quería decírtelo, pero…

—Lo sé. Mis padres son así.

—Entonces, no hay necesidad de que te mudes más cerca de casa. Todo se reduce a lo que realmente quieres —dijo Anthony.

—¿Qué quieres decir? —susurré.

—Necesito saber qué es lo que tú quieres.

A ti , dijo una vocecita en el fondo de mi mente. Tragué saliva con dificultad y lo miré directamente a los ojos.

—Quiero tomar la decisión correcta, pero… estoy un poco confundida sobre cuál sería exactamente.

—Yo te quiero aquí conmigo, en Nueva Orleans; pensaba que lo sabías —dijo Anthony. Luego cerró los ojos y bajó la barbilla contra el pecho—. Mierda, no iba a decir eso aún.

Tragó saliva con dificultad antes de abrir los ojos y se acercó de inmediato a mí, sujetándome el rostro con ambas manos e inclinando mi barbilla suavemente hacia arriba.

—No quiero que te vayas a ninguna parte. Ni a otro lado de Luisiana, y mucho menos a Dakota del Norte. Ya está, lo he dicho. Soy un egoísta, te quiero para mí.

—No eres egoísta —susurré.

—Sí, lo soy. Hoy no he podido pensar en otra cosa: no quiero perderte. Desde que te conocí, todo es diferente.

—¿En qué sentido?

—Es difícil de explicar. Pero es un sentimiento tan poderoso que no recuerdo cómo era mi vida antes de ti.

Estás en mi cabeza a todas horas. Pienso en cómo hacerte feliz, cómo alegrarte el día…

No puedo imaginarte en ningún otro lugar.

Haré lo que sea para que tus padres estén cuidados, lo que sea necesario, pero no te vayas.

—¡Quiero quedarme contigo!

Al decir esas palabras, supe que era lo que deseaba desde el principio, pero necesitaba que él lo expresara primero. No era un trabajo, ni el amor por Nueva Orleans lo que me ataba. Era Anthony.

Él sonrió y dejó escapar un enorme suspiro de alivio:

—Menos mal, porque te quiero muchísimo, Daisy. Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de sentir algo tan fuerte, pero tú… —Volvió a sonreír—. Como te he dicho, contigo todo es diferente; todo es mejor.

Cerré los ojos y, de repente, sentí una calma absoluta. Eso era lo que necesitaba escuchar. Era la pieza del puzle que me faltaba, por eso todo me parecía tan confuso.

—No sabía si sentías lo mismo por mí…

Abrió los ojos como platos:

—Joder, Daisy. ¿Es que no lo había dejado suficientemente claro?

—Sí, en el fondo lo sabía, pero supongo que necesitaba oírte decirlo.

—Bueno, nunca dudes de lo mucho que te quiero, cariño. —Me acarició la mejilla—. Déjame seguir cuidando de tus padres hasta que no necesiten ayuda.

—Harías cualquier cosa para que me quede, ¿verdad?

—¡Sí! No te imaginas lo en serio que lo digo.

Lo importante que eres para mí. Me asusté tanto cuando llamó Dorothy.

Sabía que te perdería a manos de otra empresa tarde o temprano, y eso ya me cuesta porque me gusta tenerte cerca.

Pero, al final, tu sitio está aquí, conmigo.

De hecho, tu sitio está en mi casa, conmigo.

Me eché a reír.

—Anthony LeBlanc, ¿es esa tu sutil manera de pedirme que me mude a vivir contigo?

—Por supuesto. Sé que te gusta tu apartamento, pero…

—¡¿Estás de broma?! No hay color entre este apartamento y tu casa con piscina, jardín… y, por supuesto, tú.

—Esperaba que me mencionaras —insinuó, moviendo las cejas pícaramente.

—Tú eres lo más importante, mi amor.

—Quiero hacerte mía en cada rincón de nuestra casa, una y otra vez.

Tragué saliva, sabiendo que mis pezones se habían endurecido. Pero Anthony sí miró, y ni siquiera lo disimuló. Bajó la vista a mi pecho, y una sonrisa muy engreída se dibujó en su rostro.

—Y en la piscina —añadió.

—Sí. Puedes hacer lo que quieras conmigo —susurré, encendiéndome al instante.

Los ojos de Anthony se entrecerraron aún más. Me acarició la mejilla, luego el lateral del cuello, y su mano descendió hasta mi pecho, justo encima del pezón. Entonces cogió mi colgante con forma de flor.

—Cariño, siempre me lo he preguntado, ¿qué es esto? ¿Es algo especial?

Lo llevaba puesto todo el tiempo, incluso en la ducha.

—Me lo regaló mi madre cuando me gradué en el instituto. Me dijo que nunca me conformara, que floreciera y persiguiera mis sueños sin mirar atrás.

Prácticamente lo mismo que me dijeron mis padres en nuestra última llamada. Nunca quisieron que me perdiera nada en la vida, y ahí estaba yo, actuando como una cabezota y creyendo que me necesitaban.

Anthony soltó el collar con delicadeza, bajó la mano hasta mi pezón y lo pellizcó suavemente, sin dejar de tocarlo mientras llevaba la otra mano a mi cintura.

Incliné los hombros hacia delante y cerré los ojos ante la inesperada oleada de placer que recorrió mi cuerpo.

—Anthony —susurré.

—He estado deseando tocarte desde que crucé esa puerta.

Sonreí, pero mi risa se transformó en un gemido cuando repitió la acción con el otro pezón. No entendía por qué me gustaba tanto. Segundos después, sentí su aliento cálido junto a mi oreja:

—¿Estás mojada, Daisy?

—Sí —asentí.

De pronto, me hizo retroceder mientras me subía el vestido. Luego colocó su mano entre mis muslos.

—Jo-joder, no llevas bragas —tartamudeó.