Un pastel de manzana para el difunto Capítulo 14 Cuando Héctor asiente #2
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Capítulo 14 Cuando Héctor asiente #2

Si se confirma la coincidencia botánica y aparece una firma de mano en la masa similar a la que yo reproduzca, tendremos que encajar logística y motivo.

Héctor se pasó la mano por la frente y miró el teléfono, mi libreta y el café.

—Puedo ordenar la recogida de la muestra botánica con prioridad —dijo—.

Pero la cadena de custodia debe quedar impecable.

Cuando me la traiga, yo la sello y la remito.

Y vigilancia, sí: dos agentes fuera de vista y uno que haga comprobaciones puntuales en el recorrido del repartidor.

No iré por delante de la prueba; no detendré a nadie sin un indicio sólido.

Asentí; era exactamente lo que necesitaba. En mi oficio, los tiempos miden la verdad. Si la policía se colocaba donde la logística convergía, y yo hacía que la técnica hablara en el horno, la conversación forzaría una reacción de quien no supiera callar su mano.

—Hay otra cosa —añadí, bajando la voz—. Necesitamos una palabra de seguridad. Si me veo en peligro o si se descontrola la plaza, digo la palabra y ordena que la vigilancia se acerque al Horno y a mi casa. Sin preguntas, sin papeleo en ese instante.

Héctor me miró como quien comprueba un ingrediente antes de añadirlo: con un gesto medido.

—¿Qué palabra?

Recordé la pequeña red de gente que ya había puesto en marcha: Marisa, Marta, Tomás. No quería palabras elegantes ni florituras. Quise algo de la casa.

—Marmolillo —dije—. Si se la digo por teléfono, significará "poner gente cerca sin alarmar". Si doy la palabra es porque hay riesgo real.

Héctor dejó que la palabra se asentara, la pronunció en voz baja como quien prueba un movimiento. Luego la anotó en su cuaderno con la calma de quien escribe una orden y la firma.

—Marmolillo —repitió—. Lo tendré anotado. Y Clara —se inclinó para que solo yo oyera—: ninguno de mis agentes hablará en el pueblo sin que yo lo autorice. Nada de comunicados. Ni a la prensa ni a quien quiera linchar.

Su firmeza no era afecto; era práctica. Se abrió una rendija institucional que no era abrazo, pero abría paso.

—Necesito garantías sobre el remito del mercadillo —dije—. La foto está en mi teléfono, pero quiero que la compañía del reparto entregue copia del cuaderno y que el cajón donde guardaron la bolsita de pétalos quede bloqueado. Si lo pide por acta, el jefe no podrá desaparecer documentos.

Héctor pasó la punta del bolígrafo sobre la servilleta y trazó un mapa de acciones: "1) Vigilancia discreta; 2) Solicitud huella documental al almacén; 3) Remisión prioritaria de muestra botánica; 4) Protocolo 'marmolillo'." Lo dobló en tres y me lo deslizó como si fuera un recibo.

—Haré las llamadas.

Le devolví el papel con un gesto que era más que un gracias frío: era un pacto sin apellidos. Canelo cabeceó y un camarero nos trajo una tacita de café que quedó entre la conversación y la puerta.

—Una cosa más —añadí, inclinándome—. Si en la recreación veo una microvariación en el pliegue —esa arruga que te digo—, quiero que un agente esté listo para registrar utensilios y llevarlos a pericia si aparecen. No quiero que nadie diga que reclamo sin pruebas.

Héctor lo escribió también: "Registro utensilios en caso de hallazgo técnico." No prometió milagros; prometió procedimiento. Con un gesto pequeño y administrativo, firmó su compromiso en la servilleta; pesó más que una palabra amable.

Al ratificarlo, noté en su asentimiento la misma densidad que tiene una tapa bien sellada: no era calor, pero hacía falta para que la cocción siguiera. Guardé la servilleta enrollada en el bolsillo y, con la voz baja, resumí lo acordado.

—Mañana, Horno a puerta cerrada. Yo traigo pruebas y Tomás hará intentos en su obrador. Usted manda observación discreta y sella lo que haya que sellar. Marmolillo para alarma. ¿Entendido?

La medida de su asentimiento fue puntual y seco.

—Entendido —dijo—. Y Clara: no dé el plan en la plaza. Si alguien nos pregunta, decimos "controles rutinarios". Nada más.

Guardé el acuerdo donde mi delantal guarda las llaves y las recetas: en la costumbre.

Salimos del café con el mismo cuidado con que se saca una bandeja del horno; Canelo se estiró, sacudió el lomo y echó a andar a mi lado.

Llevaba la servilleta en el bolsillo; el asentimiento de Héctor era una tapa bien sellada entre las manos.

Llevaba la servilleta en el bolsillo; el asentimiento de Héctor era una tapa bien sellada entre las manos.

Caminé detrás de él sin prisa y con Canelo pegado al talón, como quien acompaña una bandeja hasta la mesa donde hay que cortar porciones con medida.

No hablamos más que lo estrictamente necesario: la palabra "marmolillo" quedó suspendida entre nosotros como condimento secreto.

Él dejó la puerta de la comisaría atrás con la misma calma que ponen los que saben que un procedimiento puede salvar más que una detención en caliente.

En su despacho todo volvió a su escala: la taza de café todavía tibia, el cuaderno con la última entrada doblada, la lámpara lanzando un cono que hacía sitio a un gesto de papel.

Se la había pasado al entrar en la comisaría; sin circunloquios desplegó la bolsa de evidencia que ya conocía—la que contenía la muestra que yo le había entregado—y la puso sobre la mesa con la precisión de quien coloca una tapa sobre una bandeja recién horneada: sin ruido, sin gesto innecesario.

Sacó el sello y lo dejó junto al bolígrafo, miró la etiqueta y escribió con letra corta el número de registro; yo observaba cómo las manos de un funcionario convierten intuiciones en trámites.

—Dos cosas —dijo, y no pidió opinión—. Observación discreta alrededor de la casa y comprobación de entradas y salidas en la franja de la entrega. Y remitir esto al laboratorio municipal, prioridad: caracterización botánica y análisis de trazas. Nada más hasta que tengamos algo claro.

Héctor habló en voz baja, como quien explica la receta a un ayudante sin que el salón entero la oiga.

Llamó al sargento por el nombre y le dio instrucciones que eran a la vez sencillas y difíciles de cumplir bien: agentes sin uniforme en puntos fijos, registrar horarios y cámaras que haya por la calle, fotografías de cualquier persona que entre o salga de la casa señalada y, sobre todo,

no intervenir a menos que haya manipulación de pruebas o riesgo inmediato.

Subrayó la palabra "discreción" con un gesto de la mano que vendría a ser la señal de la cocina para pedir silencio.