Capítulo 7 La corteza y la competencia #3
Su siguiente frase tuvo otra textura; la voz bajó, como si quisiera poner delicadeza entre las declaraciones.
—Y te digo una cosa más —dijo—. No quiero que esto se convierta en una caza de un artesano. Si la técnica apunta a alguien, que lo haga la pericia, no la plaza.
Mi boca se tensó; pensé en la pequeña quemadura en la mano de Tomás que había visto al tocar la bandeja, en el orgullo de su oficio y en la facilidad con la que el pueblo coloca a los suyos en un altar o en un cadalso.
Le conté a Héctor la conversación, sin adornos: el reconocimiento del papel, la coartada imprecisa de "hasta muy temprano", la oferta de la ubicación del viajante.
No añadí mi hipótesis sobre favores y amenazas; la dejé en silencio, como una masa que fermenta en el cajón.
Héctor frunció el ceño cuando le hablé de la cuerda fina y del papel rústico. Tomó una ficha, la olió con gesto profesional —no como catador, sino como funcionario que quiere entender qué puede entrar en un acta— y luego me miró.
—Si me das la pista del viajante, la voy a seguir formalmente —dijo—.
Habrá que ir al vendedor, pedir los tickets, ver si hubo pagos en efectivo, cotejar horarios.
Lo registraré. Y te pido lo mismo que antes: que si ves algo, me lo traigas por escrito o me lo digas aquí.
La cadena es crucial. No quiero que el procedimiento se deshilache por chismes.
La mención a la cadena de custodia me recordó el sobre que llevé a la comisaría con el fragmento de corteza.
Aun con mi instinto de pastelera, sabía que los papeles y los sellos son como la marca del horno: le dan a la historia el calor que la hace comestible ante los demás.
Le aseguré que la investigación de campo seguiría su cauce, pero que yo tenía reservas sobre convertir a Tomás en culpable sin una ruta de hilo que conectara mano, papel y pago.
—Temo —dije— que si van a la comisaría y encuentran algo que suene a mi rivalidad, la gente lo va a creer sin mirar más lejos. Tomás y yo no nos llevamos bien en la plaza; cualquiera podría verlo como motivo para ensañarse. No quiero que una rivalidad profesional se convierta en un arma.
Canelo se incorporó y apoyó la nariz en mi mano como apoyo moral. Héctor juntó las manos sobre la mesa como si tomara medidas.
—Lo tengo en cuenta —respondió—. No habrá detenciones por titulares. Comprobaré lo que pueda comprobar sin montar un show. Pero no puedo pedir a la gente que se calle si yo mismo no hago mi trabajo. Dime: ¿vas a ir al mercadillo a hablar con el vendedor? ¿Necesitas que vaya contigo?
Contuve una sonrisa que se parecía mucho a alivio.
La presencia de Héctor en el mercadillo no era sólo una firma de papel, era un contrapeso que podía evitar que la investigación saltara de mano en mano sin método.
Al mismo tiempo, veía la posibilidad de que su presencia empujara a los demás a cerrarse: si la policía se olía que había olor de expediente, algunos podrían esconderse.
—Voy a ir —le dije—, pero prefiero hacerlo yo primero.
No quiero que Ferrer se retraiga por miedo a que lo interroguen.
Si el viajante fue visto en la feria de la Cuesta Verde, quiero hablar con el vendedor a la hora en que abre; me fío más de cómo llegan las cosas en la mañana.
Y quiero recoger cualquier ticket antes de que alguien se dé cuenta de que tenemos una pista.
Héctor asintió con la gravedad de quien mide tiempos de entrega.
—Entonces ve antes del amanecer —dijo—. Yo hago las llamadas necesarias por la tarde y preparo una solicitud formal para ver los registros del vendedor.
Si el ticket existe y hay coincidencias, lo registraremos.
Y si necesitas protección discreta en el mercado, dime y mando a un agente a mirar desde lejos.
Su ofrecimiento era justo: cobertura sin estridencias. No dije la palabra que me bullía —proteger a Tomás de convertirse en chivo expiatorio—; en lugar de eso, puse manos a la masa de nuestro plan.
Organicé en voz alta: mercadillo al alba para conseguir ticket y muestra; hablar con el ayudante del vendedor sin mencionar nombres; pedir a Tomás que me dé la pista del sitio exacto donde vio al viajante, bajo la excusa de que necesito confirmar proveedores para una demostración técnica;
conseguir que Marta vigile el puesto de los Ledesma sin que parezca vigilancia policial; y coordinar con Héctor el cruce de datos administrativos por la tarde.
Héctor anotó en su cuaderno, la mano firme.
—Bien —murmuró—. Y una cosa más: si ves a alguien que mira demasiado fijamente al Horno, me lo dices. Esto no es un juego de espejos.
Se quedó un rato más, mirando las fichas como quien arma un collage; su mirada pasaba del papel al pliegue en abanico y de ahí a la libreta de don Leopoldo que yo había traído de su cocina.
No habló de culpables y yo no lo pedí. Aun así, en su silencio hubo una aceptación de que el caso no se cerraría con un gesto oficial ni con un rumor.
Era una cuerda que debíamos tensar con cuidado.
Cuando Héctor se fue, la puerta volviendo a cerrarse detrás de su abrigo, me quedé con la libreta abierta y la lista por completar.
Anoté la hora del mercadillo: siete treinta, antes del gentío.
Subrayé "ticket" y "muestra pétalos". Escribí, en letra pequeña, al margen: proteger a Tomás —evitar plaza—.
No era una orden a nadie; era un recordatorio de cómo quería que se fuera horneando la verdad.
Apagué la luz del mostrador y dejé caer la llave en el bolsillo interior del delantal; la sentí como un peso familiar.
Canelo se revolvió y apoyó la cabeza en mi bota.
Cerré la libreta con la tapa justa y, antes de guardar todo en el cajón, miré el montón de fichas: un mapa que pedía que yo anduviera por caminos poco ruidosos.
Mañana al amanecer iría al mercadillo; antes de hablar de nombres, buscaría el ticket que hiciera del viajante una persona con huellas en la ciudad y no un rumor que pudiera acabar con la vida laboral de alguien.
Guardé el lápiz en el bolsillo y apreté la llave como quien aprieta una costura: para que no se deshaga la tela.