Un pastel de manzana para el difunto Capítulo 4 El inspector y la receta oficial #3
23%

Capítulo 4 El inspector y la receta oficial #3

—Marta —dije, porque el nombre salió de mi boca como si fuese la cuchara que faltaba—, vigila las visitas a la casa de los Ledesma. Si alguien toca timbre y la casa está sola, apuntas la hora y la descripción. Si te incomoda, lo entenderé. Pero si puedes, lo agradeceré.

Marta me miró con la mezcla de orgullo y protección que le conozco.

—Lo haré —contestó—. Y tú me dices cuándo quieres la taza de té; yo no cuento nada fuera de esta cocina.

Hice el gesto de cerrar una libreta invisible entre nosotros: acuerdos que se sellan con cosas pequeñas.

Repartí responsabilidades sencillas: la tendera preguntaría por el viajante en la feria sin alarmar; la señora del té escucharía en las reuniones; Marta cuidaría la casa que podría estar en la línea de riesgo; Tomás ayudaría a reproducir la técnica si hacía falta.

Yo guardaría lo que sabía sin convertirlo en rumor y, si aparecía algo concluyente, lo llevaría a Héctor con el mismo cuidado con que se presenta una receta en concurso: sin estruendo, con pruebas.

—Y Héctor —dije, porque la mención del inspector siempre tensa un hilo—.

Agradezco que haya cogido la muestra y la tenga en custodia.

No quiero que parezca que hago su trabajo.

Pero si esto se queda en papeles y no se mueve, vendré con más que impresiones.

No para hacer ruido, sino para que las pruebas no se pierdan con el tiempo.

Tomás levantó la taza hasta la mitad, como brindando sin palabras. La señora del té permitió una sonrisa que no llegó hasta los ojos.

—Protegemos al pueblo tanto como cuidamos un horno —dijo ella—. Las cosas frágiles se rompen si las arrastras.

La imagen funcionó como un sello: proteger la reputación era parte del contrato social de Valdeluna. No quería que mi curiosidad abriera una herida colectiva; quería que la verdad saliera con el menor efecto colateral posible.

Apunté en la libreta los pasos prácticos: visitar el mercadillo al menos dos veces sin decir el propósito, hablar con el ayudante del vendedor de pétalos, pedir a Tomás una tanda de pruebas pequeñas para cotejar el pliegue,

pedir a Marta que vigilara horarios en la casa Ledesma y fijar con la tendera una señal discreta si localizaba al viajante.

No lo dije en voz alta; lo fui escribiendo con la calma de quien pesa ingredientes.

—¿Tienes miedo? —preguntó la tendera de repente, como quien no pregunta por el té sino por la masa que no ha levado.

Aparté un mechón de la frente, apoyé la mano en la mesa sobre las tazas y dejé que mi cuerpo dijera lo que pensaba: que sí, que la inquietud existía, pero que el oficio nos había enseñado a transformar nervios en trabajo.

—Tengo cuidado —contesté—. Y una red.

Tomás dejó la taza y se apoyó en la silla, con los dedos manchados de harina como señales de profesión.

—Si necesitas que pruebe algo ya, ven por la tarde —propuso—. Puedo cerrar la Corteza una hora y hacer unas pruebas. Nadie tiene que saberlo. Si la técnica sale igual, tendrás algo tangible, no solo olfatos.

Era exactamente lo que necesitaba: aliados con habilidades, discreción y una voluntad mínima para mover fichas sin convertir la plaza en atril.

Mientras la reunión se disolvía en promesas y pequeños gestos —un apretón de mano, una nota doblada que nadie leería hasta mañana—, pensé en la logística.

Había que moverse en ventanas: visitar el mercadillo cuando llegaran los carromatos de la mañana, hablar con el ayudante cuando hubiese menos gente, pedir a Héctor que no filtrara nada si algo parecía moverse demasiado rápido.

Aprendí temprano que la verdad en un pueblo se sirve en porciones controladas; demasiado pronto, y se quema; demasiado tarde, y se enfría.

Antes de que se fueran, Marta se acercó y me dijo, en voz baja:

—Cierra la caja fuerte donde tienes las cosas viejas, por si acaso. Y no dejes la libreta con los apuntes a la vista.

Asentí y, una vez solos, metí la libreta en el cajón donde guardo moldes y frascos.

Allí, entre láminas de metal y un frasco con fibras que había recogido días atrás, encontré la sensación de seguridad que dan los objetos guardados: la memoria puesta a resguardo.

Cerré con llave el cajón y la llave la metí en el bolsillo interior del delantal; no por desconfianza de mis vecinos —que son mi familia—, sino por la misma disciplina que mantiene una masa en su molde.

Salí a la calle con Canelo a mi lado. La tarde se iba apagando en Valdeluna y las farolas empezaban a lanzar su luz tibia sobre el empedrado.

Miré el papelito doblado que llevaba en el bolsillo —la lista breve de pasos, la hora marcada— y repasé mentalmente la ruta que iniciaría al alba: mercado, Ledesma, almacén del mensajero.

No lo dije en voz alta; no hacía falta. Canelo apoyó la cabeza en mi rodilla y emitió un pequeño suspiro de perro que a mí me supo a compañía y conspiración.

Apagué la luz del obrador con la misma ceremonia con que se apagan los hornos: despacio, con cuidado, sabiendo que la masa necesita reposo antes de enfrentar el calor.

Guardé la llave del cajón en el bolsillo interior del delantal y, con la determinación atada como un lazo, supe que aquella noche dormiría poco y que, al amanecer, tendría que tocar muchas puertas sin ruido.