Capítulo 2 Uno por uno en la plaza #2
Hizo una pausa y, casi sin querer, su vista se posó en el banco donde yo seguía sentada.
Le devolví la mirada con la naturalidad de quien registra medidas de temperatura en la masa.
No pidió retirarse ni gritó órdenes; con una cinta entre dos farolas consiguió que la gente se moviera como si el gesto fuera ley. Lo hacía con la medida de su presencia.
—Inspector —dije, antes de pensar en la cortesía—, no me ponga eufemismos: el paquete llegó sin remitente y la caja tenía papel rústico. El mensajero dijo que lo dejó en el portal porque le pidieron discreción. Eso no me suena a un gesto inocente.
Me miró con esa expresión suya que mezcla la paciencia de quien escucha entrevistas y la ironía contenida de quien ha leído tres veces la misma historia. Sus dedos tocaron el cuaderno, marcando una línea invisible, como si ya estuviera anotando.
—Clara —dijo—, valoro tu ojo. Pero necesitamos pruebas. No vamos a convertir sospechas en linchamientos.
—No voy a linchar a nadie, inspector; solo pido que no lo archiven —respondí, corto.
La palabra linchamiento fue como una cucharada fría.
Nadie quería eso en Valdeluna; las reputaciones son los moldes con que muchos amasan su vida.
Lucía apretó los labios y Tomás miró al suelo.
Héctor no dijo que cerrara el libro para siempre; dijo que, por ahora, prefería no abrir capítulos sin soporte documental.
—¿Y si hay pruebas que no salen en un informe médico externo? —insistí—, hay detalles que no aparecen en los papeles: una flor puesta en un pastel, el tipo de envoltorio... son firmas sociales.
Héctor inhaló, la respiración de quien sabe que la paciencia también es herramienta. Se inclinó hacia mí, no en condescendencia sino en gesto procesal, como quien ajusta una balanza.
—Si tienes algo concreto, tráelo a la comisaría —dijo—. Si lo que tienes son impresiones, puedo entenderlas, pero no sustituirán un informe. Yo puedo garantizar que no se archiva nada sin que pase por las pruebas correspondientes. Pero tampoco voy a azuzar pánico por especulaciones.
Su postura marcaba los pasos por los que debía entrar cualquier investigación. Vi cómo la plaza se inclinaba a su favor: vecinos que asentían y otros que cruzaban miradas, como quien decide qué pan comprar esa mañana.
Canelo, que no entiende de procedimientos, se acercó y olfateó la esquina del abrigo de Héctor. Él, sorprendido, dejó la mano para que el perro la oliera; el gesto aportó una suavidad que la plaza agradeció. El inspector sonrió un instante, mostrando al funcionario humano tras la libreta.
—Bonito perro —murmuró, sin soltar el tono oficial—. Parece que huele mejor que muchos de nosotros las mañanas complicadas.
—Se llama Canelo —contesté—. Huele más cosas de las que admitiríamos.
Se rió con discreción y volvió a su papel.
Dio la orden de que se retirara la caja al depósito municipal bajo acta y pidió que las personas que tocaron la caja dejaran sus datos.
Detalló que se tomarían los testimonios y que el médico forense haría la diligencia.
Nada de lo que dijo contradecía lo que el cartero y el mensajero habían repetido en corrillos, pero su tono le dio a la plaza la idea de que el final era controlable.
Mientras hablaba, observé su cuaderno. No vi firmas culinarias ni notas sobre flores: frases cortas, nombres y horas. Héctor escribía en columnas, con la misma disciplina con que uno separa claras y yemas. No era que no aceptara sugerencias; las pesaba en una balanza administrativa.
—Inspector —apreté la voz, porque sabía que lo que iba a decir podía sonar a desafío más que a colaboración—, tengo algo que no está en los papeles y que creo que merece revisarse. No lo diré en la plaza.
Sus ojos se estrecharon un segundo. Esa mueca fue advertencia amistosa: por un lado, la puerta a la comisaría; por otro, la sospecha de una ciudadana implicada.
—Trae lo que tengas —dijo al fin—, lo recogeré y lo dejaré registrado. No prometo milagros, pero sí diligencia.
Su respuesta fue un puente frío y firme; no me cerró la puerta, pero dejó claro que el ritmo lo marcaba él.
Yo sabía lo que llevaba en el bolsillo del delantal: un resto de corteza que aún olía a mantequilla, envuelto en papel de estraza y marcado con una hora y una inicial que era una guía más que una acusación.
Saber que no lo mostraría allí mismo me dio la ventaja de la discreción.
—Por favor, mantengan la calma y dejen que los profesionales hagan su trabajo. Cualquier indicio nuevo, comuníquenlo por los canales oficiales —terminó.
Se apartó un paso y recogió la cinta que había colocado, como quien recoge el borde de una mesa después de ponerla en orden.
La plaza, obediente, fue desplazándose a pequeñas olas hacia la normalidad cotidiana: el bar retomó la tanda de cafés, la señora del colmado ajustó el delantal, Lucía volvió a mirar sus manos.
Héctor se alejó en dirección a la comisaría, paso medido; detrás de él la gente volvió a sus rutas, y al apretar con el pulgar el papelito en mi bolsillo, sentí que la calma era prestada y que, por debajo, la masa seguía sin levar.
Salí de la plaza con el papelito que ya llevaba en el bolsillo del delantal; era el resto que había recogido antes y lo palmeé con el pulgar para cerciorarme de que seguía allí.
Me levanté sin hacer ruido, como quien retira una bandeja del horno antes de que se enfríe del todo.
Canelo me siguió sin preguntar; sus patas pequeñas no hacían más ruido que una cucharilla al mover la taza.
La casa de don Leopoldo quedaba a un par de calles; la piedra de la acera aún retenía humedad de la noche y el escalón del portal tenía la hendidura que hacen los zapatos de la misma gente durante años. No pensé en ceremonias: fui.
En la entrada me esperaba una vecina con el delantal anudado, las manos un poco arrugadas por el frío y la compasión puesta en los ojos.
Se llamaba Marisa y vivía dos puertas más abajo; no la conocía demasiado, pero en Valdeluna las caras se reconocen por las manos antes que por los apellidos.
Me hizo un gesto que era invitación y consuelo a la vez.
—Te acompaño —dijo sin más, y dejó que su voz se deslizara como una cucharada de azúcar en té amargo—. —Si vas a mirar, mejor no vengas sola.
No discutí; acepté. Dos pares de manos ven más migas que uno.
Entramos por un lateral del jardín; la verja estaba abierta y el aire olía a lo que siempre huele una casa donde alguien ha vivido ordenadamente: papel, pomos de madera y el perfume apenas retenido de ropa planchada.
Al acercarnos al portal noté marcas: huellas ligeras en la madera donde alguien había apoyado la caja, un resto de cinta pegada en el borde y, sobre el umbral, migas.
Comprendí al instante: sería un segundo fragmento, distinto al que llevaba en el sobre del delantal.
Era curioso cómo las cosas pequeñas dicen lo que los labios rehúsan.
Las migas yacían agrupadas en la esquina donde habría reposado la caja: restos de corteza, azúcar granulado, una línea de glaseado que había goteado y se había secado en forma de costra.
Me agaché sin aviso, con el mismo impulso que me obliga a probar una masa cuando parece que falta sal.
Canelo olisqueó, suspiró y se tumbó a mi lado como si su sentido del deber fuera meramente acompañarme en la investigación.
—¿Podías traer una caja así y dejarla en el portal? —preguntó Marisa, la voz pequeña por no atraer miradas—. —Yo habría ido a llamar.
—Les dijeron que no llamaran —contesté, porque sabía el eco de eso en el pueblo—. —Que era frágil. —Que lo dejaran.
Ella frunció el ceño y metió las manos en el bolsillo del delantal. Sus dedos tamborilearon la tela, lo mismo que alguien cuenta tiempos de reposo en la masa.
Quité con el borde del dedo un pedacito de corteza que estaba algo más oscuro que el resto.
No quería tocar más de la cuenta; lo que llevé a la nariz fue con la cortesía de quien cata una cucharada para ver si la crema ha cuajado.
El aroma saltó en mi memoria como una nota fuera de una partitura: había canela, sí, aquella cálida y doméstica que conocemos todos, pero detrás, muy atrás, algo floral que no podía identificar del todo, como si alguien hubiera añadido pétalos secos a ciegas.