Capítulo 1 Migas sospechosas #3
Me prometí que no dejaría que el rumor rellenara el hueco de la verdad con conjeturas cómodas.
Había olor a flor en una mañana que olía a leña y a pan, y ese desajuste tenía el derecho de ser explicado.
Lo oculté en un pliegue interior del delantal, como quien esconde un clavo entre las capas de una tarta: discreto y a mano.
El trocito de corteza, seco y pegajoso por el azúcar, lo envolví en papel de estraza tomado sin pensar de la caja del mostrador y lo doblé con cuidado, como si fuera una porción que no quería que nadie oliese.
Lo marqué: 09:15, inicial L — no porque supiera quién lo había puesto, sino porque las iniciales ayudan a no perder lo que se tiene entre manos — y lo metí en un sobre pequeño del cajón de etiquetas; lo rotulé «Fragmento. Leopoldo. 09:15»,
lo sellé con una tira de papel y lo guardé en el bolsillo del delantal, a salvo del olor a café y de manos curiosas.
Canelo me miró con la paciencia de quien espera que la dueña termine una ceremonia de harina; meneó la cola y gruñó, que a mí me sonó a aprobación.
Mientras cerraba el sobre con el pulgar recordé la manera en que enderezaba la espalda en las juntas y cómo sus ojos iban buscando en la sala nombres antes que platos.
No era hombre de adornos: las flores en la comida le parecían afectación, las porciones pequeñas su religión, y cualquier exceso le daba urticaria.
Si alguien había puesto una flor sobre su pastel lo había hecho adrede, como quien firma una nota con azúcar.
Y si la firma venía envuelta en anonimato y en una furgoneta blanca, no era un error de paladar sino un mensaje calculado.
Proteger la reputación de Valdeluna no podía equivaler a dejar que un mensajero paseara con una caja misteriosa por sus calles sin que nadie preguntara por qué.
La contradicción se me quedó en la boca como una cucharada de natillas cortadas: quería mantener la paz del pueblo — esas treguas que permiten saludos en el mercado — y, al mismo tiempo, sabía que el silencio mal cocido se pudre.
Si la gente se conformaba con un «accidente natural», la verdad quedaría enterrada bajo buenas intenciones y rumores.
No iba a permitir que una verdad a medias se convirtiera en la receta oficial; la cocina exige sal justa, por amarga que sea.
No llamé a Héctor. Con los ojos de la policía la historia tiende a ordenarse y cerrarse por comodidad; él necesita respaldo oficial y yo, sin pruebas, soy ruido.
Preferí reunir ingredientes antes de llevarle la mezcla: intuiciones atadas a pruebas, no rumores envueltos en buenas intenciones.
Si le llevaba solo corazonadas, corríamos el riesgo de que todo se archivara y alguien quedara impune.
Hice un plan tan sencillo como una receta de emergencia: ir al portal donde el muchacho decía haber dejado la caja; hablar con él sin presionarlo, como quien pide la segunda opinión a un proveedor; volver por la calle Mayor por si alguien había visto la furgoneta blanca;
y preguntar en el mercado si alguien había vendido pétalos secos o una mezcla rara.
No eran pasos grandilocuentes; eran los movimientos que uno hace para comprobar si una miga apunta a panadero o a viajante.
Los haría con cuidado: sin acusaciones, sin aspavientos, con tazas de té en la voz y el buen humor que a veces abre más puertas que una orden de registro.
Antes de salir dejé una nota en la bandeja del pan: «He salido a preguntar por la caja de don Leopoldo. Cuidado con los pedidos que entren. Vuelvo pronto. C.»
Marta me debe paciencia, cafés cuando me bloqueo y sacadas de apuro contables; sobre todo, el sentido práctico para sostener la fachada cuando me meto en lunas de investigación.
No quería que se alarmara ni que saliera a interrogar a la señora del colmado; ella es mejor en la trastienda que en la caza de testigos.
La nota era su licencia para mantener puertas abiertas y boca cerrada.
Canelo se dejó poner el collar sin resistencia.
Le pasé la mano por el lomo y noté la calva detrás de la oreja, esa marca que me parece afecto en carne.
Se levantó con el mismo movimiento que ante una bandeja de croquetas: ligero y eficiente, con la mirada puesta en el futuro.
Le oí un quejido, como si preguntara si en este oficio de husmear habría también premio al final.
Le susurré: «Estate quieto, pillín. Hoy toca olfatear con clase», y me miró como quien sabe que ninguna orden le ofende si hay galleta al final.
Al salir cerré la puerta con llave y miré la pastelería como quien mira un molde a medio hornear: la forma estaba allí, pero lo que se cocinaba dentro podía cambiar según el calor que yo pusiera.
Dejé la cortina a medio subir para que la vitrina mostrara algo de luz y no pareciera que la panadería estaba abandonada por un drama mayor.
Me ajusté el chaleco, metí la mano en el bolsillo del delantal para asegurar la muestra y, con Canelo a mi lado, di el primer paso hacia la calle donde la furgoneta blanca había sido solo un rumor entre muchos.
Solté la correa, empujé la puerta y, con Canelo ya en salto y el sobre intacto en mi pecho, nos echamos a la calle a seguir las migajas.