82 Un par de días
No eran cosas pequeñas. Eran las tres patas de una vida.
Me senté en el suelo con la espalda contra la pared y lollamé.
Contestó alsegundotono. Surostro apareció,sobresaltado,
adormilado, con el pelo de punta de un lado.
—¿Qué pasa? —dijo enseguida.
—Nada —dije. Reía y lloraba a la vez—. Tengo una llave.
No lo entendió. Luego sí. Su expresión cambió. Se inclinóhacia la pantalla, y tenía los ojos húmedos, y dijo, con una vozque se quebró en la segunda palabra:
—Nadiya. Es maravilloso.
Nos quedamos así, juntos, a mil kilómetros de distancia, élen su cama y yo en un suelo desnudo, y ninguno de los dos dijonada durante mucho tiempo.
Fue lo más cerca que habíamos estado nunca.
El norte tiene su propia belleza, lo he aprendido desdeentonces.
En pleno verano el sol apenas se pone y todo el paísresplandece como el interior de una perla.
En otoño las hojascambian de color y el aire huele a humo y a manzanas.
Con laprimera nevada, que contemplé una noche desde mi ventanaalta, el aparcamiento de abajo desapareció bajo una sábanablanca y limpia, y durante unos minutos olvidé que era unaparcamiento.
He aprendido a querer las tardes oscuras. Son buenas parael té.
Pero mentiría si dijera que me había encontrado.
Habíaencontrado una habitación, un idioma, un trabajo, una amigao dos.
Había encontrado el principio de un yo. Quienquieraque yo llegara a ser, la mujer en el umbral que me habíaesperado todos esos años seguía todavía más adelante, en unclima que aún no alcanzaba a ver.
Seguí caminando hacia ella.