3 Ankit Singh
Hablamos. No fue nada, en realidad. De dónde eres, quéhaces aquí, ¿eso es una cámara?, ¿están haciendo una película?
El tipo de conversación que mil desconocidos tienen en milciudades y olvidan antes de la cena. Ella se rio de algo que dijomi amigo, y luego de algo que dije yo, y sentí, absurdamente,
que había aprobado un pequeño examen.
Lo que yo no sabía, y que ella me contaría solo añosdespués, era cuán extraña le había parecido toda la escenadesde donde ella estaba.
Para mí fue una tarde. Para ella fueun acontecimiento.
Un extranjero había salido de la nada y lehabía hablado.
Alguien de otro país, con otro acento y otravida, había mirado a través de una plaza concurrida y habíadecidido que ella valía unos minutos de su día.
—Me impresionó muchísimo —me dijo cuando por finse lo pregunté. Lo dijo con una risita, como si todavía sesorprendiera un poco de sí misma—. Alguien de un paísextranjero, y simplemente se puso a hablarme.
Nunca había considerado que yo pudiera ser lo inusual dela historia.
Ella tambiénmerecordaba de unamanera que yo no habríareconocido. Cuando pienso en mí mismo aquella tarde, veo aalguien ruidoso, alguien que actuaba para una cámara. Ella viootra cosa.
—Eras tan tímido —dijo— y tan dulce.
Solté una carcajada. Pero quizá tenía razón. Quizá elalboroto que armaba con mi amigo era solo una especie declima que yo llevaba encima para esconder al chico nerviosoque había debajo, el que llevaba diez segundos ensayando unafrase en la cabeza y temía que saliera mal.
Salió mal, estoy bastante seguro. Ella se quedó de todosmodos.
Cuando la conversación terminó, como terminan esasconversaciones, con una calidez vaga y ninguna promesa,
seguimos cada uno su camino entre la multitud de la tarde.