Capítulo Veintiuno
LUCY
Theo desliza despacio una mano por mi espalda, aunque debería estar dormida.
En vez de eso, empiezo a reírme contra su hombro.
Sus dedos se detienen en mi cintura. —¿Qué?
—Estaba pensando en el concurso de trivia.
—Eso no explica nada.
Levanto la cabeza de su pecho. Todavía tiene el cabello revuelto, y la lámpara de la mesita ilumina las tenues marcas que mis uñas dejaron en uno de sus hombros.
La imagen casi me distrae de la respuesta.
—Ganamos un masaje en pareja —digo—. Este crucero tiene una interpretación extremadamente generosa de lo que se considera un premio.
Theo esboza una sonrisa. —No creo que lo que ocurrió después del masaje estuviera incluido.
—No leíste la letra pequeña.
—Leí toda la documentación disponible.
—Por lo visto, no con suficiente atención.
Me lanza una mirada, pero pierde todo su efecto: está desnudo bajo la sábana y sigue dibujando círculos lentos en la parte baja de mi espalda.
—Estoy segura de que el contrato del crucero no dice nada sobre usar como arma el premio de una trivia —añado.
—No era mi intención.
—¿Ah, no? —Me acerco más y deslizo una pierna sobre la suya—. Parecías muy entregado a la actividad.
La mano de Theo se tensa un instante en mi cintura. —Te quejaste cuando paré.
—No me quejé.
—Diste instrucciones.
—Comentarios útiles.
—Fuiste muy específica.
El calor me sube al rostro, pero me niego a retroceder. —Y tú seguiste las indicaciones de maravilla.
Se le escapa una risa franca, grave y desinhibida. La siento vibrar en su pecho bajo mi mejilla.
Ese sonido ablanda algo dentro de mí.
Ninguno se apresura a buscar la ropa. No aparece esa incomodidad repentina ni tenemos que fingir que lo ocurrido fue un accidente.
Estamos enredados bajo la sábana como si ya hubiéramos hecho esto antes, con mi pierna enganchada a su cadera y su brazo rodeándome con firmeza.
Debería resultar extraño.
No lo es.
Theo se vuelve de lado para quedar frente a mí. Me aparta un mechón de la mejilla y me roza con los nudillos tan despacio que el gesto parece más íntimo que la mitad de las cosas que hicimos hace una hora.
—Estás preciosa —dice.
Bajo la mirada. Tengo el cabello enredado, siento los labios hinchados y la sábana ha resbalado lo bastante para dejar un pecho al descubierto.
—Parece que me he peleado con una habitación de hotel y he perdido.
—Estás preciosa.
La seriedad de su voz no admite bromas, aunque intento encontrar una de todos modos.
—El agotamiento después del sexo resulta muy favorecedor con esta luz.
Theo me coloca dos dedos bajo la barbilla y me levanta la cara hacia él.
—Lucy.
La manera en que pronuncia mi nombre me oprime el pecho.
—Lo digo en serio.
Sostengo su mirada varios segundos antes de bajarla al espacio entre nosotros.
—Gracias.
Su pulgar me roza una vez la mandíbula y luego baja hasta mi cintura. No me presiona para que diga nada más.
Trazo una línea sobre su clavícula con la punta de un dedo. —Nunca te había imaginado así.
—¿Desnudo?
—También. —Deslizo un dedo despacio por el centro de su pecho—. Sobre todo relajado. Sin traje. Sin estar sentado durante una cena familiar con cara de que alguien ha introducido cifras equivocadas en una hoja de cálculo.
Theo arquea una ceja. —¿Llevar una hoja de cálculo a la cama sería un problema?
—Depende.
—¿De qué?
Finjo pensarlo. —De la calidad de los gráficos.
—¿Qué clase de gráficos?
—Quizá uno circular.
A Theo le tiembla una comisura. —¿Sobre qué?
Deslizo la mano por su vientre y siento cómo los músculos se tensan bajo mi palma.
—He cambiado de opinión. Nada de hojas de cálculo.
—Qué decepción. Tenía varias ideas.
—Seguro que sí.
Se inclina y me besa en la comisura de la boca. Es un beso suave y breve, sin la desesperación de antes.
Cuando vuelve a acomodarse, apoya la frente contra la mía.
El silencio que sigue es distinto de los anteriores. No resulta incómodo ni incierto.
Está lleno.
Eso me asusta más que el sexo.
Dibujo un pequeño círculo sobre su pecho. —Pongamos una regla.
La expresión de Theo se vuelve cautelosa. —¿Qué clase de regla?
—Durante los próximos minutos, nada de trabajo. Ni horarios. Ni preocupaciones por Creta, Jessica, la boda o lo que ocurrirá mañana.
—Eso son varias reglas.
—Es una sola categoría.
—Mal definida.
Le doy un golpecito en las costillas. —Solo quédate aquí conmigo.
Theo me sujeta la mano antes de que pueda repetirlo. Le da la vuelta y me besa la palma.
—Trato hecho.
Con esa sola respuesta, algo se acomoda dentro de mí.
Permanecemos en silencio un rato. La mano de Theo regresa a mi espalda y se mueve con un ritmo lento hasta que vuelvo a sentir el cuerpo pesado.
Más allá de las puertas del balcón, el mar está completamente oscuro. La suite parece separada del barco, como si los dos estuviéramos encerrados en una burbuja privada de tiempo.
Sé que no puede durar.
Durante unos minutos, me permito fingir que sí.
Al final, Theo extiende la mano hacia la mesita de noche y mira la hora.
Gimo. —Has roto la regla.
—Solo he mirado el reloj.
—Así es como acabas organizando horarios.
—Atracamos mañana a las nueve. Tenemos que estar preparados antes.
La realidad me golpea de lleno.
Creta.
El traslado.
La boda.
Jessica.
Me vuelvo boca arriba y miro el techo. —Me va a matar.
Theo se acomoda a mi lado con una mano apoyada sobre mi vientre. —Jessica sabe lo que ocurrió.
—Eso no impedirá que lo use contra mí por el resto de mi vida. Me perdí su concurso de ortografía de octavo grado y siguió recordándomelo hasta que las dos pasamos de los veinte.
—¿Por qué te lo perdiste?
—Me subí al autobús equivocado después de clase.
Esboza una sonrisa. —Parece que hay un patrón.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Estabas pensando a gritos.
El pulgar de Theo se mueve una vez sobre mi piel. —Jessica no te culpará por esto.
—No conoces a mi hermana.
—La conozco lo suficiente.
Resoplo y vuelvo a mirar el techo. —Sigue creyendo que necesito supervisión. Le preocupa que deje otro trabajo, incumpla un plazo o decida mudarme a Finlandia porque vi un documental.
—No te mudarías a Finlandia por un solo documental.
—Gracias.
—Investigarías el tema durante al menos dos días.
Giro la cabeza y lo fulmino con la mirada.
La expresión de Theo se suaviza. —Ella no cree que necesites supervisión.
—Se preocupa por mí.
—Te quiere.
—Una cosa no excluye la otra.
—No —admite—. Pero preocuparse por ti y admirarte tampoco se excluyen.
Me río en voz baja. —¿Admira a la hermana que abandonó una carrera, cambió de trabajo, da clases para principiantes mientras termina otra certificación y tiene sesenta mil palabras que todavía no ha convertido en un libro?
Theo me observa durante un largo momento.
—Sí.
La seguridad de su respuesta me quita las ganas de bromear.
Se acerca y se apoya en un codo.
—Dejaste una carrera que no era para ti en lugar de desperdiciar años demostrando que podías aguantarla.
Has creado clases a las que la gente vuelve una y otra vez.
Estás terminando tu certificación mientras trabajas.
Y escribiste sesenta mil palabras mientras les decías a todos, incluida tú misma, que escribir era solo un pasatiempo.
Trago saliva.
—Recordaste el número de palabras.
—Me lo dijiste.
—La mayoría de la gente no recuerda cosas así.
—Yo sí.
La respuesta es sencilla, pero toca una parte de mí que no estoy preparada para defender.
Aparto la mirada. —Todavía no lo he terminado.
—Eso no borra lo que has hecho.
—Para mí, sigue sin terminar.
—Está sin terminar.
Vuelvo la cabeza hacia él, ofendida a pesar de todo.
Theo continúa antes de que pueda discutir.
—Que esté sin terminar no significa que sea un fracaso.
Cierro la boca.
Me estudia el rostro. —Cometí ese error contigo.
—¿Qué error?
—Supuse que cambiar de rumbo significaba que te faltaba compromiso. —Sus dedos se tensan ligeramente en mi cintura—. Solo entendía la responsabilidad cuando se parecía a la mía: planes, plazos, resultados mensurables. Cuando tú tomabas decisiones diferentes, las juzgaba irresponsables.
La disculpa empieza a tomar forma entre nosotros antes de que llegue a pronunciarla.
—Me equivoqué —dice Theo—. Y te hice sentir como si cada error demostrara algo sobre quién eres.
El antiguo dolor vuelve de golpe, más agudo porque estoy desnuda a su lado y porque me mira sin la distancia tras la que solía ocultarse.
—Lo hiciste.
—Lo sé.
Importa que no intente defenderse.
Theo no explica que yo lo entendí mal. No me dice que era demasiado sensible ni que sus intenciones eran mejores que sus actos.
Espera.
—Creía que me odiabas —admito.
—Nunca te he odiado.
—Me mirabas como si fuera una alarma contra incendios que no podías apagar.
—A veces eras ruidosa.
Entorno los ojos.
—Esa no era la parte importante —añade.
A pesar de mí misma, casi sonrío.
Theo me roza la cadera con los nudillos. —Me incomodabas porque no podía predecirte. Confundí esa incomodidad con desaprobación.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que no eres impredecible. Simplemente tomas decisiones a partir de información que yo no siempre valoro.
—Eso ha sonado casi halagador.
—Esa era mi intención.
Lo observo, intentando conciliar esta versión de Theo con el hombre al que llevo un año guardándole rencor.
—¿De verdad nunca pensaste que Jessica no era adecuada para Leo?
Su expresión cambia.
No es una reacción defensiva.
Es algo más antiguo.
—No.
La respuesta es inmediata.
Theo se recuesta boca arriba y mira el techo. Su mano deja de moverse.
—Nuestros padres murieron cuando yo tenía dieciocho años —dice—. Leo tenía quince.
Sabía que habían perdido a sus padres muy jóvenes. No sabía las edades exactas.
—Los dos eran unos niños.
—No tardé mucho en dejar de sentirme uno.
Su voz sigue uniforme, pero es imposible no percibir la tensión que esconde.
—A los diecinueve entré en la empresa familiar porque alguien tenía que hacerlo. En casa, me convertí en la persona a la que Leo llamaba cuando estaba enojado o sin dinero, cuando lo suspendían o cuando estaba convencido de que su vida se había acabado.
Theo suelta una risa sin humor. —A veces las cuatro cosas ocurrían en la misma semana.
Me acerco más y apoyo una mano en su pecho.
Él la cubre con la suya.
—Leo no vivió el duelo en silencio —continúa Theo—. Faltaba a clase. Ponía a prueba todos los límites que encontraba. Pasé años esperando la siguiente llamada y dando por sentado que sería peor que la anterior.
—Intentabas mantenerlo a salvo.
—Intentaba impedir que todo se viniera abajo. —Sus dedos se cierran alrededor de los míos—. Creía que era lo mismo.
De pronto, veo con claridad la relación entre ese pasado y el hombre que tengo a mi lado.
Cada itinerario revisado. Cada plan alternativo. Cada vez que trata la incertidumbre como una amenaza.
—El patrón no cambió de inmediato cuando Leo llegó a la universidad —dice—. Durante su último año, yo todavía esperaba que cada llamada trajera otro desastre.
Una sonrisa empieza a dibujarse en la comisura de sus labios.
—Entonces, una noche se pasó media hora quejándose de una compañera de clase.
—¿Jessica?
—Dijo que era juzgona, imposible, terca e incapaz de ocuparse de sus propios asuntos.
—Suena a Jess.
—Habló de ella durante treinta minutos.
Sonrío. —Y lo supiste.
—De inmediato.
Theo vuelve la cabeza hacia mí. Su expresión es más tierna que nunca cuando habla de su hermano.
—Conocer a Jessica no arregló a Leo —dice—. Ella le hizo darse cuenta de que quería una vida diferente. Por una vez, él hizo el trabajo por sí mismo. Empezó a ir a todas las clases. Dejó de esperar que yo resolviera cada problema. Hacía planes y los cumplía.
—¿Porque quería merecerla?
—Porque quería convertirse en alguien capaz de construir una vida con ella. —Theo me aprieta la mano—. Tu hermana no lo convirtió en un hombre mejor. Le mostró lo que quería, y él eligió cambiar.
Siento una calidez dolorosa detrás de las costillas.
—No sabía nada de eso.
—A Leo no le gusta que la gente sepa lo difíciles que fueron esos años.
—¿Y a ti?
—Yo no suelo hablar de ellos.
Que me lo esté contando a mí significa muchísimo.
Me resisto al impulso de atribuirle un significado que él no me ha dado.
—Gracias por contármelo.
Theo se lleva nuestras manos unidas a la boca y me besa los nudillos.
—Me alegro de que se casen —dice—. Nunca he pensado lo contrario.
Algunas de las suposiciones que arrastro desde que lo conocí empiezan a perder fuerza.
No todas.
Una disculpa y una noche no borran todo. Mañana sigue existiendo, y todavía tenemos que descubrir qué será de esto cuando ya no estemos atrapados en el barco equivocado.
Pero le creo.
Eso basta por esta noche.
La mirada se me desvía hacia la silla donde he dejado la bolsa. La esquina de mi cuaderno asoma por la cremallera abierta.
Theo se da cuenta.
—Estás pensando en el manuscrito.
—Estoy pensando en cuánto odio que sepas de su existencia.
—Te ofreciste a enviarme el primer capítulo.
—Estaba bajo los efectos de un atardecer.
—Estabas plenamente consciente.
—Es discutible.
Espera, lo cual de algún modo es peor que animarme.
Me incorporo y busco el teléfono en la mesita de noche. La sábana resbala hasta mi cintura, pero el pudor parece absurdo después de la noche que hemos pasado.
Theo me observa mientras desbloqueo la pantalla.
—¿Qué haces?
—Algo de lo que me arrepentiré dentro de unos diez segundos.
Abro el correo y encuentro el borrador que llevo meses guardando. El archivo ya está adjunto porque he pensado en enviárselo a tres personas distintas y me he echado atrás cada vez.
Dejo el pulgar suspendido sobre el botón.
—No tienes que enviarlo esta noche —dice Theo.
—Lo sé.
Precisamente por eso debería hacerlo.
Escribo su dirección antes de que pueda reconsiderarlo. El asunto dice Capítulo uno .
Ninguna disculpa.
Ninguna advertencia de que está inacabado o de que probablemente sea terrible.
Ningún párrafo explicándole que debería rebajar sus expectativas.
Pulso enviar.
El mensaje desaparece.
Se me encoge el estómago.
El teléfono de Theo vibra en la mesita, entre los dos.
Mira la pantalla y luego a mí. —Lo tengo.
—No lo leas mientras esté despierta.
—Eso no formaba parte del acuerdo.
Me cubro la cara con la sábana. —He cambiado el acuerdo.
Theo se ríe y me baja la sábana con suavidad. —Lo leeré mañana.
—No mientras esté despierta.
—Esa era tu condición original.
—Tampoco durante el desayuno.
—Elegiré un momento apropiado.
—Eso es sospechosamente amplio.
Me quita el teléfono de la mano y lo deja junto al suyo. Después me atrae de nuevo contra su pecho.
Me acurruco contra él, todavía horrorizada y, al mismo tiempo, extrañamente más ligera.
Enviar un capítulo no termina el libro. No me convierte en escritora, no arregla mi carrera ni responde a todas las preguntas que llevo años evitando.
Pero sí hace más difícil fingir que la historia no importa.
Theo me estrecha un poco más contra él.
Creta nos espera por la mañana.
Jessica espera.
La boda espera.
Y también nos esperan todas las conversaciones difíciles que Theo y yo hemos conseguido evitar.
Por esta noche, enviar el capítulo es suficiente.