Un lío de boda Capítulo Diecinueve
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Capítulo Diecinueve

THEO

La puerta de la suite se cierra detrás de nosotros.

Lucy se vuelve antes de que pueda encender la luz.

El último rastro del atardecer entra por las puertas del balcón, pero las lámparas junto a la cama dan luz suficiente para verla con claridad. Su vestido verde oscuro está un poco arrugado porque se ha cambiado demasiado deprisa en el spa, y el cabello le cae suelto alrededor del rostro encendido.

Nos separa algo más de un metro.

Parece mucho más.

Ninguno de los dos ha dicho gran cosa durante el camino de regreso. Ella se ha mantenido lo bastante cerca para que su brazo rozara dos veces el mío y, en ambas ocasiones, he tenido que resistirme a tomarla de la mano.

Ahora no hay ninguna masajista al otro lado de la puerta. Ningún temporizador de tratamiento. Ni una sola interrupción a la que podamos culpar si nos detenemos.

Lucy respira hondo y despacio.

—No pares esta vez.

Todos los pensamientos sensatos que me acompañaban al entrar en la habitación desaparecen.

Cruzo la distancia entre nosotros y me detengo lo bastante cerca para sentir el calor de su cuerpo. Su mirada baja hasta mi boca, pero todavía no la toco.

—¿Quieres esto?

Lucy agarra la parte delantera de mi camisa y tira de mí hacia ella.

—Sí.

La beso.

El primer contacto es más intenso de lo que pretendía. Lucy se pone de puntillas y responde con la misma urgencia; abre la boca bajo la mía antes de que pueda bajar el ritmo. Sus dedos se enredan en mi camisa y me atraen hasta que no queda espacio entre nosotros.

Le sujeto la nuca y le inclino el rostro hacia arriba. Sus labios son cálidos y suaves, con un leve sabor a la menta del agua del spa.

Recorro su labio inferior con la lengua.

Me recibe con los labios entreabiertos y deja escapar un sonido quedo que me recorre el cuerpo entero.

El beso se intensifica de inmediato.

Lucy me rodea la nuca con una mano y se aprieta contra mí. Sus pechos presionan contra mi torso y desliza un muslo entre los míos mientras me atrae aún más cerca.

Al principio la saboreo despacio. Aprendo cómo responde cuando deslizo la lengua contra la suya y cómo cambia su respiración cuando atrapo con suavidad su labio inferior entre los dientes.

Ella responde mordiéndome el mío.

La presión repentina me arranca un gemido de sorpresa.

Lucy sonríe contra mi boca. —Ahí estás.

Borro la sonrisa con un beso.

Mi mano baja de su nuca a la cintura y se aferra a la tela del vestido mientras giro con ella. Su espalda choca con suavidad contra la puerta.

No retrocede.

En cambio, atrae mis caderas contra las suyas y arquea el cuerpo hacia mí.

Todos mis músculos se tensan.

—Lucy.

Besa la comisura de mi boca y después desliza los labios por mi mandíbula. —Hablas demasiado.

—No suelen acusarme de eso.

—Esta noche, sí.

Busca el primer botón de mi camisa.

Sus dedos tienen menos firmeza que su voz, pero no vacilan. Bajan por mi camisa mientras me besa la garganta y la desabrochan botón a botón.

Cuando llega a la mitad de mi pecho, parece quedarse sin paciencia. Separa la tela de un tirón y uno de los botones aún abrochados sale disparado hacia la alfombra.

Lo miro.

Lucy sigue mi mirada. —Te compraré un botón nuevo.

—La camisa estaba hecha a medida.

Apoya la palma en mi pecho desnudo. —Sobrevivirás.

Su mano recorre despacio mi torso, siguiendo los músculos bajo la piel. Traza una línea por el centro de mi pecho y después baja por el abdomen.

Mi abdomen se tensa bajo las yemas de sus dedos.

Lucy levanta la mirada hacia mí. —¿Has estado escondiendo todo esto bajo los trajes?

—No sabía que tuviera la obligación de revelarlo.

—Claro que tenías la obligación de revelarlo.

Extiende ambas manos sobre mi estómago y me explora ya sin vergüenza. Sus pulgares siguen las líneas de los músculos justo por encima del cinturón, y la franqueza de su contacto hace que me cueste respirar.

La tomo por la cintura y la aparto de la puerta.

Lucy parece esperar que asuma el control. Lo noto por cómo se le abren un poco los ojos.

En cambio, dejo que me quite la camisa de los hombros.

Se toma su tiempo.

Sus palmas recorren mi pecho mientras la tela desciende por mis brazos. Cuando llega a las muñecas, me lleva las manos detrás de la espalda por un instante y usa la camisa para sujetarlas allí.

Me retiene con suavidad y solo durante un instante.

Permanezco inmóvil.

—Te estás divirtiendo —digo.

Lucy me libera las muñecas y deja caer la camisa. —Muchísimo.

Su boca se posa sobre mi piel. Besa el centro de mi pecho y después gira la cabeza para pasar la lengua suavemente por uno de mis pezones.

Mi mano se cierra alrededor de su cadera.

Vuelve a hacerlo y observa mi reacción por entre las pestañas.

—Cuidado —le advierto.

—¿Por qué?

La sujeto con más firmeza y tiro de ella hasta que vuelve a erguirse. —Porque llevo horas intentando ponerte las manos encima.

—Entonces deja de intentarlo.

La invitación acaba con lo que queda de mi autocontrol.

Vuelvo a besarla y la hago retroceder hasta que la parte posterior de sus rodillas choca con la cama.

Lucy apoya una mano en mi hombro para mantener el equilibrio, pero se niega a sentarse. En lugar de eso, agarra mi cinturón y lo usa para atraer mis caderas contra las suyas.

Siento su calor a través de la fina tela del vestido.

Se le corta la respiración al notar lo duro que estoy.

Por un instante, ninguno de los dos se mueve.

Lucy baja la mirada entre nuestros cuerpos y después presiona la palma contra la parte delantera de mis pantalones.

—Dios.

La presión me hace agachar la cabeza. Apoyo una mano en el colchón junto a ella mientras me esfuerzo por no empujar las caderas contra su palma.

Me acaricia por encima de la tela, despacio y con curiosidad.

No basta.

Es casi demasiado después del masaje, del camino de regreso y de la forma en que me ha mirado durante todo el día.

—Lucy.

Mi voz sale áspera.

Vuelve el rostro hacia el mío. —¿Qué?

Le rodeo la muñeca con los dedos y mantengo su mano inmóvil contra mí.

—Si sigues haciendo eso, esto va a terminar antes de que cualquiera de los dos quiera que termine.

Sus labios se curvan. —Es bueno saberlo.

La suelto y deslizo una mano hasta su espalda.

Mis dedos encuentran la cremallera en la espalda de su vestido. La bajo despacio, observando su rostro mientras la tela se afloja alrededor de su cuerpo.

Lucy no aparta la mirada de la mía.

Cuando la cremallera le llega a la cintura, deslizo las manos bajo los finos tirantes y se los bajo de los hombros.

El vestido se desliza y deja sus pechos al descubierto.

Dejo de respirar.

No se ha vuelto a poner el sostén después del masaje.

El pensamiento apenas dura un segundo antes de que todos los demás desaparezcan.

Un rubor se extiende por su pecho y se intensifica mientras la miro. Sus pezones ya están duros, y sus pechos suben y bajan al ritmo de su respiración mientras los contemplo.

Empieza a levantar las manos.

Espero.

Lucy me mira, vuelve a bajarlas y deja que el vestido descienda más.

—Mírame —dice.

Lo hago.

Contemplo la curva de sus pechos, la tenue marca que la sábana del spa ha dejado cerca de su cintura y la forma en que aprieta los muslos mientras mi mirada desciende por su cuerpo.

El vestido queda atrapado en sus caderas y la tela verde se acumula en torno a ellas.

No está posando.

Está nerviosa, excitada y, aun así, elige permanecer de pie frente a mí.

—Eres preciosa.

Las palabras no dejan lugar a las bromas.

La expresión de Lucy se suaviza, pero solo por un instante.

Entonces toma mi mano y se la lleva al pecho.

Su pecho me llena la palma.

Cierro los dedos con suavidad y Lucy exhala con los labios entreabiertos. Su pezón presiona el centro de mi mano.

Lo rodeo con el pulgar, observando su rostro mientras el contacto provoca otro cambio en ella.

Su mirada pierde el enfoque.

Repito el movimiento con más presión.

Lucy se arquea contra mi palma.

—Más —susurra.

Hago rodar el pezón entre el pulgar y el índice.

Su mano se cierra sobre mi hombro y sus uñas se hunden en mi piel. El sonido que emite es más suave que los del spa, pero, al estar tan cerca, siento la vibración recorrerle el cuerpo.

—Dios, Lucy.

Sonríe, sin aliento. —Sigues diciendo eso.

—Sigues dándome motivos.

Me inclino y tomo su pezón con la boca.

Lucy jadea y me agarra la nuca.

Rodeo la punta endurecida con la lengua antes de atraparla entre los labios. Su cuerpo se arquea hacia mí y pide más sin palabras.

Succiono con suavidad y después aumento la presión cuando sus dedos se tensan en mi cabello.

Su otra mano me recorre el hombro y baja por mi espalda, acercándome más.

Paso al otro pecho, beso la piel acalorada entre ambos y después tomo el segundo pezón con la boca.

Lucy ondula las caderas en busca de contacto, y el movimiento empuja aún más abajo la tela amontonada del vestido.

La tela se desliza sobre sus caderas y cae al suelo.

Termina de quitarse el vestido sin interrumpir el contacto.

Ahora solo lleva ropa interior negra de encaje.

Levanto la cabeza.

Lucy tiene la boca hinchada por los besos y el pecho ruborizado; el cabello le cae sobre un hombro. Me observa como si no pudiera decidir si quiere que siga mirando o que la toque por todas partes a la vez.

Comprendo la sensación.

Mis manos siguen las curvas de su cuerpo y descienden desde sus pechos hasta su estrecha cintura. Le recorro el estómago con las palmas y me detengo en sus caderas; siento su calor a través de la fina cinturilla de la ropa interior.

Lucy vuelve a enganchar los dedos en mi cinturón.

—Llevas demasiada ropa.

—Lo he notado.

Abre la hebilla y saca el cinturón. El sonido del cuero al deslizarse por las trabillas resulta anormalmente fuerte en la habitación silenciosa.

Sus dedos se dirigen al botón de mis pantalones.

Antes de que pueda abrirlo, atrapo su boca con la mía.

El beso es más lento esta vez, pero no menos hambriento.

Lucy separa los labios y responde a cada movimiento de mi lengua. Mantiene la mano en la cinturilla de mis pantalones y desliza el pulgar bajo el borde.

Le sujeto las caderas y la atraigo contra mí mientras explora mi boca con una seguridad que no tenía durante nuestro primer beso.