Capítulo 23
El viernes por la mañana me doy cuenta de que estoy aprendiendo sus rutinas de memoria.
No intencionadamente, no como un ejercicio consciente, sino de la manera en que aprendes las cosas que están cerca de ti durante suficiente tiempo, que es sin darte cuenta y de repente un día las sabes.
Sé que Poppy tarda exactamente doce minutos cuando dice que tarda diez.
Sé que el café lo toma con leche por la mañana y solo por la tarde.
Sé que cuando está pensando en algo que no quiere decir se pasa el dedo por el borde de la taza, que cuando algo le hace gracia de verdad mira hacia otro lado antes de reírse, que los domingos llama a su madre y los lunes a Sophie y los miércoles, descubrí esta semana, a Diane, que es su compañera de trabajo y que según Poppy es la única persona que le dice las cosas como son sin envolverlas en nada.
Sé todo esto y no sé qué hacer con ello.
O sí lo sé y eso es exactamente el problema.
Escribo por la mañana con la claridad de los últimos días, que es una claridad que ya no me sorprende sino que recibo con gratitud, como el tiempo bueno después de una semana de lluvia.
La novela está encontrando su forma final, esa forma que llevas meses buscando y que cuando aparece parece obvia, parece que siempre estuvo ahí y el problema eras tú que no sabías mirar en el sitio correcto.
A las doce cierro el cuaderno y salgo.
Poppy está en el embarcadero con los pies sobre el agua y el libro de tapas azules, que ya debe de estar terminando porque cuando lo abrió el lunes tenía más páginas a la derecha que a la izquierda y ahora es al revés.
Me siento a su lado.
No dice nada.
Yo tampoco.
El lago está quieto hoy, sin rastro de la lluvia de ayer, con esa calma que tienen los sitios después de la tormenta, más limpios, más ellos mismos.
— ¿Cuánto te queda? — pregunto, señalando el libro.
— Poco — dice—. Esta tarde lo termino.
— ¿Es bueno?
— Es de esos libros que te cambian algo sin pedirte permiso — dice—. No sé todavía qué, pero algo.
Lo pienso.
— Los mejores siempre son así — digo.
Asiente.
Silencio.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
— ¿Qué pasa cuando me vaya?
Lo dice mirando el agua, no a mí, con esa manera suya de hacer las preguntas difíciles mirando al lago como si el lago fuera a ayudarla, y quizás lo hace, quizás por eso las dos seguimos mirándolo cuando no sabemos qué decir.
No respondo inmediatamente porque la pregunta merece más que una respuesta rápida y los dos lo sabemos.
— No lo sé — digo finalmente, que es la única respuesta honesta que tengo.
— Yo tampoco — dice.
— ¿Eso te parece mal?
Tarda.
— Me parece honesto — dice—. Que es mejor que muchas otras cosas.
El agua debajo de nuestros pies. El sol encima. Siete días, aunque ninguno de los dos lo dice en voz alta esta vez.
— Poppy — digo.
— ¿Sí?
— Lo que dije el otro día. Lo del mirador. Que hay cosas que solo tienen sentido si hay alguien con quien verlas.
— Lo recuerdo — dice, y su voz es muy tranquila, de la tranquilidad que requiere esfuerzo.
— Lo sigo pensando — digo—. Hoy más que el otro día.
Se gira a mirarme.
Y yo la miro.
Y el lago debajo de nosotros es profundo y quieto y no tiene ninguna prisa, pero yo sí tengo prisa, o no prisa exactamente sino la conciencia clara y un poco dolorosa de que el tiempo aquí funciona diferente al tiempo en cualquier otro sitio, que una semana aquí es más que un mes en Londres, y que nos quedan siete días, y que siete días es mucho y no es nada y las dos cosas a la vez me pesan de una manera que no había sentido en mucho tiempo.
— Logan — dice en voz baja.
— ¿Sí?
No dice nada más inmediatamente.
Me mira con esa expresión abierta del amanecer, sin protección, sin las capas que la gente pone encima de las cosas cuando todavía no sabe si puede fiarse, y yo pienso en Claire, en marzo, en la cocina un domingo por la mañana, y pienso que esto no se parece en nada a eso, que esto se parece más bien a todo lo contrario de eso, y que eso debería darme miedo y en cambio no me lo da.
— Nada — dice finalmente—. Solo quería decir tu nombre.
Lo dice con una sencillez absoluta, sin adornos, y es la cosa más desconcertante y más perfecta que alguien me ha dicho en años.
— Poppy — digo yo, devolviéndoselo.
Y ella se ríe, esa risa suya que no planea, y el lago la recibe igual que recibe todo, con esa paciencia infinita que no juzga ni apresura ni pide nada a cambio.
Siete días.
Pero ahora mismo, en este embarcadero, con el sol encima y el agua debajo y su risa todavía en el aire, siete días parece exactamente suficiente.
Capítulo 21
El sábado por la mañana Logan me enseña a remar.
No lo había pedido exactamente, había dicho en algún momento de la semana que nunca había aprendido bien, que de pequeña mi padre intentó enseñarme en un lago en Gales y que el resultado fue que acabamos los dos mojados y con la barca en el lado equivocado del lago, y Logan lo recordó, que es algo que hace, recordar las cosas que digo como si las guardara en algún sitio para usarlas después.
Esta mañana salió a la terraza con las llaves de la barca en la mano y dijo ven.
Así, sin más. Ven.
Y yo fui.
Remar tiene una lógica que parece simple y no lo es, con esa trampa que tienen las cosas que parecen naturales hasta que las intentas y descubres que tu cuerpo no sabe nada de lo que creía saber.
Los primeros diez minutos la barca va en círculos con una coherencia que sería admirable si fuera intencionada.
Logan no se ríe.
Eso lo anoto.
Otras personas se habrían reído. Él se sienta en la proa y me da instrucciones con esa paciencia suya, corrige sin señalar el error, dice bien cuando va bien de una manera que no suena a condescendencia sino a observación.
— El brazo izquierdo más — dice.
— Ya lo estoy poniendo más.
— Un poco más todavía.
— Logan.
— ¿Sí?
— Si me dices un poco más otra vez voy a usar el remo para algo distinto.
Silencio.
— El brazo izquierdo está perfecto — dice.
Me río.
Él también, esa risa suya pequeña y real que cada vez sale con menos esfuerzo, que esta semana ha ido perdiendo el tiempo que tardaba en aparecer, como una puerta que al principio necesitaba dos manos y que ahora cede sola.
A los veinte minutos la barca va recto.
No perfectamente recto, pero recto.
— Bien — dice Logan.
— No me lo digas como si fuera una sorpresa.
— No es una sorpresa — dice—. Sabía que lo ibas a conseguir.
— ¿Cómo lo sabías?
— Porque cuando decides hacer algo lo haces — dice, simplemente, como si fuera una observación sobre el tiempo—. Es una de las cosas más claras de ti.
Me quedo con los remos en las manos y la barca moviéndose despacio en el centro del lago y esa frase entre los dos.
Una de las cosas más claras de ti.
— ¿Cuántas cosas claras tienes de mí? — pregunto.
— Algunas — dice.
— ¿Cuáles?
Me mira desde la proa con esa expresión de medio lado.
— Que haces listas pero no siempre las sigues — dice—. Que el café frío no te molesta tanto como debería. Que cuando algo te importa de verdad no lo dices enseguida sino que lo guardas un rato primero. Que eres más valiente de lo que crees pero todavía no lo sabes del todo.
Lo dice mirándome, no al lago, y cada cosa que dice cae en algún sitio dentro de mí con una precisión que no sé si es cómoda o incómoda o las dos cosas a la vez.
— Logan — digo.
— ¿Sí?
— Eso es mucho para una semana.
— Aquí el tiempo funciona diferente — dice, y es exactamente lo que yo pensé hace dos días en el embarcadero, y que él lo piense también, que lo diga con esas mismas palabras, me produce algo en el pecho que no tiene nombre todavía pero que ocupa bastante espacio.
— Sí — digo—. Funciona diferente.
Los remos en el agua. El lago alrededor. El cielo encima sin una sola nube, de ese azul que el Lake District guarda para los días que quiere que recuerdes.
— ¿Tú tienes cosas claras de mí? — pregunta.
No lo esperaba.
Lo pienso con honestidad, no buscando la respuesta bonita sino la verdadera.
— Que escribes porque no sabes no escribir — digo—. Que llevas el dolor de una manera muy ordenada por fuera y muy complicada por dentro. Que los días buenos lo llevas en los hombros, se te nota desde lejos. Que eres más generoso de lo que aparentas y menos solitario de lo que crees.
Silencio.
Logan me mira desde la proa del lago más grande de Inglaterra con el sol encima y seis días por delante y una expresión que no había visto hasta ahora, algo completamente sin protección, completamente él, sin las capas que la gente pone encima de las cosas cuando todavía no sabe si puede fiarse.
Ya sabe si puede fiarse.
Los dos lo sabemos.
— Poppy — dice.
— ¿Sí?
No termina la frase.
En cambio se levanta de la proa, con el equilibrio cuidadoso de alguien que sabe lo que hace, y viene hacia mí por el centro de la barca que se balancea un poco con su peso, y se sienta a mi lado en el banco central, tan cerca que puedo sentir el calor de su brazo contra el mío.
Me quita un remo de la mano.
— El izquierdo — dice—. Ese es el tuyo.
Y remamos juntos, cada uno su lado, con la barca yendo recto por el centro del lago más grande de Inglaterra, y no decimos nada más porque no hace falta, porque hay momentos que si los llenas de palabras los rompes y este es uno de ellos.
El lago no tiene prisa.
Nosotros tampoco.
Por ahora.
Capítulo 22
El domingo Poppy cumple una semana aquí.
No lo dice ella, no hay ninguna celebración ni ningún comentario, pero yo lo sé porque llevo los días contados desde el principio, aunque no de la misma manera en que los contaba al principio, que era con la impaciencia de quien espera que algo termine, sino de la manera opuesta, que es peor.
Seis días.