Capítulo 22 #2
Me despierto con ese número y me acuesto con ese número y durante el día aparece en los momentos más inesperados, entre una frase y la siguiente del cuaderno, mientras hierve el agua del café, mientras la escucho moverse en la habitación de al lado por la mañana.
Seis días.
Por la mañana no escribo.
No porque no pueda sino porque la novela ha llegado a un punto en que necesita reposar, uno de esos momentos en que has escrito todo lo que sabías y lo que viene después requiere que te alejes un poco para poder verlo desde fuera.
Salgo a la terraza.
Poppy está en el embarcadero, no sentada sino de pie, con los brazos cruzados y la mirada en el otro lado del lago, en los montes que desde aquí parecen cercanos y que si intentas llegar a ellos descubres que están mucho más lejos de lo que parecían.
Bajo al embarcadero.
Me pongo a su lado.
— ¿Qué miras? — pregunto.
— El monte de allá — dice, señalando el más alto, el que tiene la cima con algo de roca gris asomando entre el verde—. ¿Crees que se puede subir?
— Probablemente — digo—. Con el equipo adecuado.
— ¿Y sin el equipo adecuado?
— También — digo—. Pero más despacio.
Me mira.
— ¿Mañana? — dice.
— ¿Quieres subir un monte?
— Quiero intentarlo — dice, con una precisión que reconozco, que es la misma distinción que yo le hice a ella la primera semana entre escribir e intentar escribir, devuelta ahora con una exactitud que me hace pensar que lo ha guardado todo este tiempo esperando el momento de usarlo.
— ¿A qué hora? — digo.
— Temprano — dice—. Como el amanecer.
— Entonces temprano.
Sonríe, y es la sonrisa grande, la de verdad, la que no guarda para los momentos en que cree que alguien la está mirando sino la que sale cuando está contenta de una manera que todavía le sorprende un poco.
Me quedo mirándola más tiempo del necesario.
Ella se gira hacia el lago otra vez, pero el color que le ha subido a las mejillas no es solo del frío de la mañana y los dos lo sabemos.
Por la tarde hacemos algo que no habíamos hecho todavía, que es no hacer nada de ninguna manera planificada.
Poppy en el sofá con el libro nuevo que compró en la librería después de terminar el de tapas azules. Yo en la terraza con el libro de fotografías de Escocia que ya he mirado tres veces pero que sigo cogiendo porque hay imágenes que necesitan más de tres veces para darte todo lo que tienen.
A las cinco empieza a hacer frío y entro.
Poppy levanta la vista del libro.
— ¿Enciendo la chimenea? — digo.
— En julio — dice.
— Hace frío.
— Es el Lake District — dice—. Siempre hace un poco de frío.
— ¿Enciendo la chimenea? — repito.
— Sí — dice—. Por favor.
La chimenea tarda un poco en arrancar porque no la hemos usado en toda la semana, pero cuando coge la madera el calor llena el salón de una manera inmediata y completa, ese calor de chimenea que es diferente a cualquier otro calor, más antiguo, más honesto.
Poppy cierra el libro y se queda mirando el fuego.
Yo me siento en el sofá a su lado, no en el otro extremo sino en el medio, cerca sin ser demasiado, y miro el fuego también.
— Logan — dice después de un rato.
— ¿Sí?
— ¿Puedo preguntarte algo sobre Claire?
No me lo esperaba esta tarde, aunque sí me lo esperaba en algún momento, porque hay conversaciones que se anuncian desde lejos y esta lleva días anunciándose.
— Sí — digo.
— ¿La quieres todavía?
Lo pienso de verdad, no la respuesta rápida sino la honesta, la que requiere mirar en el sitio donde guardas las cosas que no examinas a menudo.
— No — digo—. Hace mucho que no. Lo que queda no es querer sino costumbre, que es diferente. Es el peso de algo que fue importante y que ya no lo es pero que todavía ocupa espacio porque no sabes muy bien dónde ponerlo.
Poppy asiente despacio.
— Daniel es lo mismo — dice—. Ya no lo quiero. Pero a veces lo busco sin darme cuenta, el hueco que dejó, no él sino el hueco, y eso me parece más triste que echarlo de menos.
— Sí — digo—. Es más triste.
El fuego entre nosotros. La oscuridad al otro lado de las ventanas. El lago invisible pero presente, siempre presente, aunque no lo veamos.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
Se gira a mirarme, completamente, con esa honestidad suya sin adornos que ya es una de las cosas más claras de ella, de las más claras y de las más difíciles de recibir sin hacer nada con ellas.
— El hueco — dice en voz baja—. Creo que ya no está.
Lo miro.
Y entiendo exactamente lo que dice porque yo podría decir lo mismo con las mismas palabras.
— Poppy — digo, y mi voz sale más baja de lo que pretendía.
— ¿Sí?
No digo nada más.
En cambio extiendo la mano despacio, sin prisa, y ella la mira un momento antes de poner la suya encima, y nos quedamos así, con el fuego delante y el lago detrás y las manos juntas en el sofá de una cabaña en el Lake District un domingo por la noche, sin que ninguno diga nada más porque no hace falta, porque esto ya es suficiente, porque a veces las cosas más importantes no necesitan palabras sino simplemente ocurrir.
Cinco días.
Pero esta noche, con su mano en la mía y el fuego encendido, cinco días es un problema para mañana.
Capítulo 23
Me despierto con la mano derecha todavía recordando el calor de la suya.
No es un pensamiento poético ni una exageración, es literal, hay una memoria física en la palma de la mano que no estaba antes de anoche y que esta mañana es lo primero que noto antes incluso del lago, antes del techo de madera, antes del café.
Su mano.
La mía encima.
El fuego.
Nos quedamos así casi una hora, sin decir nada, sin movernos, hasta que el fuego fue bajando solo y el frío volvió despacio y Poppy, que soy yo, dije que era tarde y que mañana había que madrugar para el monte y que era mejor dormir.
Y Logan dijo sí.
Y soltó mi mano con la misma calma con que la había cogido.
Y nos fuimos cada uno a nuestra habitación.
Y yo llevo despierta desde las cinco y media mirando el techo con la mano derecha abierta sobre la sábana como si todavía estuviera esperando algo.
Son las seis menos cuarto cuando llaman a mi puerta.
Tres golpes, tranquilos, de los que no piden permiso sino que informan.
— Cinco minutos — dice su voz al otro lado.
— Ya estoy — digo.
Silencio breve.
— ¿Llevas el abrigo? — pregunta.
— Llevo el abrigo.
— ¿Y botas?
— Logan.
— Es un monte — dice, con esa paciencia suya—. Las zapatillas no son suficientes.
— Llevo las botas que compré el martes en el pueblo precisamente para esto.
Pausa.
— ¿Cuándo compraste botas?
— El martes — digo—. Cuando fui sola al pueblo. Estaba el monte ahí y pensé que en algún momento íbamos a subir.
Silencio más largo.
— Planificaste esto — dice.
— Soy asesora fiscal — digo—. Planico las cosas.
Escucho algo al otro lado de la puerta que no es exactamente una risa pero se le parece mucho, y luego pasos alejándose hacia la cocina, y me levanto con las botas nuevas y el abrigo y algo en el pecho que se parece bastante a la felicidad aunque no quiero llamarlo así todavía por si acaso.
El camino al monte es más largo que el del mirador pero más fácil de encontrar, con señales de madera cada cierto tramo que indican la dirección y la distancia con esa practicidad inglesa que no adorna nada sino que simplemente informa.
Andamos juntos desde el principio, no como el primer día al pueblo donde el ritmo se encontró solo, sino de manera deliberada, con una consciencia de la distancia entre los dos que no estaba antes de anoche.
No cogidos de la mano.
Pero cerca.
— ¿Dormiste? — me pregunta a los diez minutos.
— Algo — digo.
— Yo tampoco — dice, y no añade nada más y no necesita hacerlo.
El sendero sube con constancia, sin los tramos planos que dejan descansar, con ese tipo de esfuerzo continuo que al principio parece excesivo y que pasados veinte minutos se convierte en un ritmo, en algo casi meditativo, en una razón para no pensar en nada que no sea el siguiente paso.
Hablamos poco.
El monte no necesita conversación, tiene sus propios sonidos, el viento entre los árboles que se van haciendo más escasos según subimos, los pájaros, nuestros pasos en la tierra, la respiración de los dos volviéndose más profunda según la pendiente aumenta.
A mitad del camino hay una piedra grande junto al sendero y Logan para.
— Agua — dice, sacando la botella de la mochila.
Me siento en la piedra.
Él se sienta a mi lado, tan cerca como anoche en el sofá, y bebemos los dos mirando el lago desde arriba, que desde aquí ya es distinto, ya se ve la forma que tiene, alargada y serena, con la cabaña al borde como un punto pequeño y cálido entre los árboles.
— Esa es nuestra cabaña — digo.
— Sí — dice.
— Se ve pequeña desde aquí.
— Todo se ve pequeño desde aquí — dice—. Eso es lo bueno de subir.
Lo miro.
Él mira el lago.
— Logan — digo.
— ¿Sí?
— Anoche.
— ¿Sí?
— ¿Qué era eso?
Se gira a mirarme, y hay algo en su expresión que no es sorpresa sino más bien la expresión de alguien que esperaba la pregunta y que se ha preparado para responderla de verdad.
— No lo sé con precisión — dice—. Pero sé lo que no era.
— ¿Qué no era?
— No era el lago — dice—. No era las vacaciones ni el sitio ni los dos semanas sin el trabajo. No era eso.
Lo miro.
— ¿Cómo lo sabes? — pregunto.
— Porque he estado en sitios bonitos antes — dice—. Y nunca había querido quedarme quieto con nadie durante una hora sin decir nada y que eso fuera lo mejor del día.
El lago abajo. El cielo arriba. La cabaña pequeña entre los árboles.
— Para mí tampoco era el lago — digo en voz baja.
— Ya lo sé — dice.
— ¿Cómo lo sabías?