Un lago entre los dos Capítulo 17
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Capítulo 17

El domingo llamo a mi madre.

No porque tenga nada concreto que contarle sino porque llevan diez días sin hablar y mi madre es de las que no llaman primero pero acusan el silencio de una manera pasiva y constante que es casi más eficaz que llamar.

Cuando por fin cojo el teléfono son las once de la mañana y estoy sentada en el embarcadero con los pies colgando sobre el agua, que es algo que no había hecho todavía y que esta mañana me ha parecido de repente urgente.

​—​      Poppy — dice mi madre, como si mi nombre fuera una frase completa.

​—​      Hola, mamá.

​—​      ¿Dónde estás? Sophie me dijo algo de un lago.

​—​      Lake Windermere. De vacaciones.

Silencio breve.

​—​      ¿Vacaciones — repite, con ese tono suyo que convierte las palabras en preguntas sin cambiar la entonación.

​—​      Vacaciones — confirmo.

​—​      ¿Sola?

Miro el lago. A mi izquierda, a unos veinte metros del embarcadero, hay una familia en una barca de pedales de esas de alquiler, con dos niños que se turnan en los pedales y unos padres que los miran con esa mezcla de cansancio y felicidad que tienen los padres de niños pequeños en los días buenos.

​—​      Más o menos — digo, que es exactamente lo que dijo Logan ayer y que hoy me sale solo, sin pensarlo.

​—​      ¿Más o menos cómo?

​—​      Comparto la cabaña con alguien — digo—. Un escritor. Es una larga historia.

Silencio más largo esta vez.

​—​      ¿Un escritor — dice mi madre.

​—​      Sí.

​—​      ¿Joven?

​—​      Mamá.

​—​      Es una pregunta neutral.

​—​      No hay nada neutral en esa pregunta.

​—​      Poppy, cariño, llevas ocho meses sola después de tres años con un hombre que te fue apagando despacio y que tú dejaste porque eres más lista de lo que crees, y ahora estás en el lago más bonito de Inglaterra con un escritor misterioso y me dices que es una larga historia como si eso fuera suficiente información para tu madre.

Me quedo mirando el agua.

Los niños de la barca de pedales han empezado a discutir sobre quién pedaleaba más, con esa intensidad absoluta que tienen los niños para las cosas que no importan.

​—​      No es misterioso — digo—. Es reservado. Hay una diferencia.

​—​      ¿Cómo se llama?

​—​      Logan Bond.

Silencio.

​—​      Como James Bond — dice mi madre.

​—​      Exactamente lo mismo que dije yo.

​—​      ¿Y él qué dijo?

​—​      Que sí. Como James Bond.

​—​      ¿Y tú te reíste?

​—​      Un poco.

​—​      ¿Y él?

Pienso en ese momento del primer día, en su expresión, en el no lo sientes que dijo con esa paciencia de quien lleva toda la vida cargando con el mismo nombre y ha aprendido a vivir con ello.

​—​      Creo que le hizo más gracia de lo que dejó ver — digo.

Mi madre hace un sonido que no es exactamente una palabra pero que conozco desde los cuatro años, ese sonido que significa que ha llegado a una conclusión que no va a compartir porque sabe que si lo hace yo llevaré la contraria.

​—​      ¿Cómo está el lago? — pregunta, cambiando de tema con la elegancia de quien decide que ya ha plantado suficientes semillas por hoy.

​—​      Precioso — digo—. Es el sitio más tranquilo en el que he estado en años.

​—​      Bien — dice, y en esa sola palabra mete todo lo que no ha dicho, que es bastante—. Eso es exactamente lo que necesitabas.

Colgamos diez minutos después, después de que me pregunte por el trabajo y yo le diga que no he abierto el correo en cinco días, lo cual la hace callarse un momento antes de decir bien otra vez con el mismo tono cargado de antes.

Me quedo en el embarcadero con los pies sobre el agua y el teléfono en el regazo.

Cinco días sin abrir el correo.

No me había dado cuenta.

Logan aparece en el embarcadero a la hora de comer con dos sándwiches en la mano y una expresión que dice que ha estado escribiendo toda la mañana y que le ha ido bien.

Ya sé leer esa expresión. En una semana he aprendido a distinguir el Logan de los días buenos del Logan de los días malos, que no es que sea muy diferente por fuera sino que hay algo en cómo lleva los hombros, en si el cuaderno está debajo del brazo o en la mano, en si mira el lago con curiosidad o con el aspecto de quien busca respuestas que el lago no tiene.

Hoy el cuaderno está en la mano y mira el lago con curiosidad.

Día bueno.

Se sienta a mi lado en el embarcadero, que es lo suficientemente ancho para los dos si ninguno necesita demasiado espacio, y me da uno de los sándwiches sin preguntar.

​—​      Gracias — digo.

​—​      De queso — dice—. No había mucho más.

​—​      El queso está bien.

Comemos mirando el lago, los pies de los dos colgando sobre el agua, la familia de la barca de pedales que ha vuelto a la orilla y ahora está sentada en el césped con bocadillos y una botella de limonada.

​—​      ¿Has escrito? — le pregunto.

​—​      Toda la mañana.

​—​      ¿Cuántas frases buenas?

Me mira con esa expresión de medio lado.

​—​      Ya no las cuento — dice.

​—​      ¿Desde cuándo?

​—​      Desde que dejé de necesitar contarlas.

Lo pienso.

​—​      ¿Cuándo fue eso?

​—​      Esta mañana — dice, simplemente.

Miro el lago. El sándwich de queso es mejor de lo que debería ser para ser un sándwich hecho con lo que había, lo cual dice algo sobre Logan que todavía no había descubierto, que es que cocina mejor de lo que admite.

​—​      Logan — digo.

​—​      ¿Sí?

​—​      Ayer, en el camino de vuelta de la librería.

Se queda quieto.

​—​      ¿Qué pasa con ayer? — dice, y su voz es completamente neutral, del tipo de neutral que requiere un pequeño esfuerzo.

​—​      Nada — digo—. Solo quería decir gracias. Por lo del traspié.

Silencio.

​—​      Ya me lo dijiste — dice.

​—​      Ya lo sé. Lo digo otra vez.

No responde inmediatamente. Mira el lago con esa atención suya, esa manera de mirar las cosas como si fueran a decirle algo si les da suficiente tiempo.

​—​      De nada — dice finalmente—. Otra vez.

Los pies de los dos sobre el agua. El queso. La familia en el césped. El lago que no tiene ninguna prisa y no nos pide que la tengamos nosotros.

Quedan once días.

Lo pienso y luego intento no pensarlo, porque once días es mucho tiempo y también no es nada y las dos cosas a la vez me producen algo en el pecho que prefiero no examinar demasiado de cerca todavía.

Todavía.

Capítulo 16

El lunes escribo treinta y dos frases.

No las cuento mientras escribo, eso es verdad, pero las cuento después porque soy escritor y los escritores mienten sobre muchas cosas pero raramente sobre sus propias manías.

Treinta y dos frases, de las cuales veintiocho son buenas y cuatro son el tipo de frase que sabes que vas a borrar pero que necesitabas escribir para llegar a las siguientes.

Es el mejor día desde que llegué.

Posiblemente el mejor día en meses.

Salgo del cuarto a las dos de la tarde con el cuaderno lleno y el hambre de alguien que lleva horas sin acordarse de que existe el cuerpo, y encuentro la cocina vacía y un papel en la mesa con la letra pequeña y ordenada de Poppy que dice fui al pueblo, vuelvo a las cuatro, hay tomates en la nevera.

Me quedo mirando el papel.

Hay tomates en la nevera.

No sé por qué eso me parece lo más doméstico y lo más extraño a la vez, esa nota pequeña que nadie me pidió que dejara y que ella dejó de todas formas, como si fuera natural, como si lleváramos meses haciéndolo.

Como si esto fuera algo.

Vuelve a las cuatro menos diez con una bolsa del pueblo y algo de color en las mejillas que no estaba esta mañana, ese color que da el sol cuando caminas con él de frente durante un rato.

​—​      ¿Escribiste? — pregunta antes de dejar la bolsa.

​—​      Sí.

​—​      ¿Bien?

​—​      Bien.

Sonríe. No es la sonrisa grande, no es la risa que se le escapa sin querer, es algo más pequeño y más tranquilo, una sonrisa que sabe lo que es y no necesita ser más.

​—​      Me alegra — dice, y lo dice de una manera que no tiene ninguna capa debajo, que es simplemente verdad.

Saco los tomates de la nevera y empiezo a hacer algo con ellos mientras ella deshace la bolsa de la compra, y trabajamos en la cocina pequeña sin estorbarnos, con ese instinto que hemos desarrollado esta semana de saber dónde está el otro sin tener que mirar, de moverse en el espacio compartido como si lo hubiéramos practicado.

​—​      ¿Qué compraste? — le pregunto.

​—​      Velas — dice.

Las saca de la bolsa. Son tres, blancas, de esas sin aroma que parecen sencillas pero que en una cabaña junto a un lago un lunes por la tarde tienen una lógica completamente propia.

​—​      ¿Para qué? — pregunto.

​—​      Para nada concreto — dice—. Me apetecieron.

La miro.

​—​      Poppy Hartwell comprando cosas sin motivo concreto.

​—​      No me mires así.

​—​      Te estoy mirando con admiración.

​—​      Eso es peor — dice, pero se ríe, y es la risa de verdad, la que no planea.

Esa noche encendemos las velas.

No lo decidimos exactamente, ocurre de la misma manera en que ocurren las cosas esta semana, que es sin anuncio y sin plan.

Cenamos en la terraza porque la noche es suficientemente templada y Poppy saca las velas y las pone en la mesa y las enciende con una cerilla del cajón de la cocina, y la luz que hacen sobre el lago es una de esas cosas que no mejoran si las describes demasiado.

Comemos.

Hablamos.

O más exactamente, hablamos de la manera en que hemos aprendido a hablar esta semana, que incluye también los silencios y los momentos en que ninguno dice nada y eso no es un problema sino simplemente otra forma de estar.

​—​      ¿Cuándo fue la última vez que cenaste fuera? — me pregunta en algún momento.

​—​      ¿Fuera como en un restaurante o fuera como en una terraza?

​—​      Fuera como en cualquier sitio que no sea tu casa o tu oficina.

Lo pienso.

​—​      Hace mucho — digo.

​—​      ¿Cuánto es mucho?

​—​      Antes de Claire — digo, y lo digo sin haberlo planeado, con esa facilidad traicionera que tienen las cosas que llevan tiempo queriendo salir.

Poppy no dice nada inmediatamente.