Un lago entre los dos Capítulo 15 #2
39%

Capítulo 15 #2

El lago detrás de nosotros refleja las estrellas con una precisión que parece imposible, como si el agua quisiera demostrar algo.

​—​      ¿Quién es Claire? — pregunta, y lo pregunta con suavidad, de la manera en que se pregunta algo que no quieres que duela pero que sabes que puede doler.

​—​      Alguien que se fue en marzo — digo—. Hace dos años.

​—​      ¿La querías?

​—​      Creía que sí — digo—. Luego entendí que quería la idea de lo que éramos más de lo que quería lo que éramos de verdad. Pero eso lo entendí después, que es cuando se entienden casi todas las cosas.

Poppy mira la llama de una de las velas, que se mueve despacio con el aire mínimo que viene del lago.

​—​      Daniel era lo contrario — dice—. Yo quería lo que éramos de verdad pero él quería una idea de mí que no era del todo yo. Y fui ajustándome a esa idea tan despacio que no me di cuenta hasta que ya no sabía cuál era la diferencia.

Lo reconozco.

No lo digo, pero lo reconozco.

​—​      ¿Y ahora? — pregunto.

​—​      Ahora estoy aquí — dice—. Con velas que compré sin motivo y sin haber abierto el correo en seis días y con los pies descalzos en una terraza junto a un lago. — Pausa—. Eso ya es más que hace dos semanas.

​—​      Sí — digo—. Es bastante más.

Las velas entre nosotros. El lago detrás. Las estrellas arriba y abajo a la vez, en el cielo y en el agua, duplicadas e iguales.

Poppy me mira.

​—​      Logan — dice.

​—​      ¿Sí?

​—​      Me alegra que estuvieras aquí cuando llegué.

Lo dice mirándome, no al lago, no a las velas, a mí, con esa honestidad suya que no pide nada a cambio y que por eso mismo es la más difícil de recibir.

Tardo un momento.

​—​      A mí también — digo.

La vela más pequeña parpadea una vez y sigue ardiendo.

El lago no dice nada, que es lo que hace el lago, y esta noche eso es exactamente suficiente.

Capítulo 17

Me despierto el martes sabiendo que algo ha cambiado.

No sé explicarlo con más precisión porque no hay nada concreto que haya cambiado, la cabaña es la misma y el lago es el mismo y yo soy la misma, o casi la misma, o estoy siendo algo que todavía no tiene nombre pero que ocupa el mismo espacio que yo y respira con mis pulmones y mira el techo de madera a las seis de la mañana con una expresión que si alguien me la describiera no reconocería como mía.

Anoche Logan dijo a mí también.

Dos palabras.

Llevo seis horas dándoles vueltas como si fueran un teorema que no cuadra, lo cual es ridículo, lo sé, porque a mí también es la respuesta más natural del mundo a lo que yo dije, no es una declaración ni una promesa ni nada que requiera este nivel de análisis a las seis de la mañana de un martes.

Pero aquí estoy.

Analizando.

Me levanto, me hago el café, salgo a la terraza.

El lago está en silencio.

Yo también intento estarlo pero me sale regular.

Logan sale a las siete con el cuaderno ya en la mano, lo cual significa que lleva despierto un rato y que la cabeza ya está en la novela, y me mira con esa manera suya de mirar que no pide nada pero que recibe todo.

​—​      Buenos días — dice.

​—​      Buenos días.

Se hace el café, sale, se sienta.

Normal. Todo completamente normal.

Excepto que anoche dijo a mí también y yo llevo una hora sin poder pensar en otra cosa, lo cual dice cosas sobre mí que prefiero no examinar antes del segundo café.

​—​      ¿Estás bien? — pregunta.

​—​      Perfectamente — digo.

Me mira un momento.

​—​      Estás haciendo la cara — dice.

​—​      ¿Qué cara?

​—​      La de cuando estás pensando en algo que no quieres decir.

​—​      No tengo ninguna cara.

​—​      Tienes varias — dice, completamente imperturbable—. Esta es la número tres.

Lo miro.

​—​      ¿Me has catalogado las caras?

​—​      Soy escritor — dice—. Me fijo en cosas.

​—​      Eso es inquietante.

​—​      Es observación — dice—. Hay una diferencia.

Me quedo mirándole un momento, con el café entre las manos y el lago detrás y esa conversación de anoche todavía flotando en algún sitio entre los dos aunque ninguno la nombre.

​—​      Logan — digo.

​—​      ¿Sí?

​—​      Anoche, lo que dijiste.

Silencio.

No un silencio incómodo sino uno de los suyos, de los que tienen peso y forma y que él usa para pensar antes de hablar.

​—​      Lo decía en serio — dice finalmente.

​—​      Ya lo sé — digo—. Solo quería que lo supieras.

​—​      ¿El qué?

​—​      Que yo también lo decía en serio.

El petirrojo canta desde los árboles, tres notas limpias y sin pretensiones, y el lago recibe el sol de la mañana con esa indiferencia magnífica que tiene para todo, y Logan me mira con esa expresión que llevo una semana aprendiendo a leer y que esta mañana dice algo que todavía no sé traducir del todo pero que entiendo de todas formas.

​—​      Ya lo sabía — dice en voz baja.

Y vuelve al cuaderno.

Y yo vuelvo al café.

Y el lago sigue ahí, igual que siempre, como si nada hubiera pasado, aunque las dos cosas sean verdad a la vez, que nada ha pasado y que algo ha pasado, y que la diferencia entre las dos es exactamente tan grande y tan pequeña como dos semanas junto a un lago con un hombre que sabe distinguir petirrojos de mirlos y no sabe dónde están los platos.

Sophie me llama a las doce.

Esta vez lo cojo al segundo tono porque me apetece hablar con ella, lo cual es una novedad considerable dado que llevo una semana contestándole con monosílabos.

​—​      Poppy — dice, y en su voz hay algo que reconozco inmediatamente, esa mezcla de alarma y emoción que Sophie tiene cuando intuye que algo está pasando y no sabe exactamente qué.

​—​      Hola, Sophie.

​—​      ¿Estás bien?

​—​      Estoy bien.

​—​      ¿Bien bien o bien como cuando dices que estás bien y en realidad estás procesando algo en silencio sin decírselo a nadie?

​—​      Sophie.

​—​      Es una pregunta legítima y la sabes.

Me siento en el sofá con las piernas cruzadas y miro por la ventana el lago, que desde aquí dentro tiene un aspecto diferente, más enmarcado, como una foto de algo que en realidad es mucho más grande que cualquier foto.

​—​      Estoy bien de verdad — digo—. Estoy mejor que en meses. Puede que mejor que en años, no lo sé todavía.

Silencio al otro lado.

​—​      Poppy — dice Sophie, y ahora su voz es completamente diferente, sin la energía nerviosa de antes, más suave, más ella cuando no está intentando ser graciosa ni útil sino simplemente siendo—. Me alegra muchísimo escuchar eso.

​—​      Ya lo sé.

​—​      ¿Es el lago?

Pienso en el lago. En los petirrojos. En los platos. En las velas de anoche. En a mí también dicho con esa voz tranquila y sin adornos.

​—​      En parte — digo.

Silencio breve.

​—​      ¿Y la otra parte? — pregunta Sophie, con una delicadeza que en ella es casi sobrenatural.

​—​      La otra parte se llama Logan Bond — digo.

Tres segundos de silencio absoluto.

Luego Sophie hace un sonido que no es una palabra sino puro sentimiento concentrado, algo entre el grito y el suspiro y la satisfacción de quien lleva semanas teniendo razón y por fin puede demostrarlo.

​—​      Sophie — digo.

​—​      Estoy bien — dice, con la voz un poco rota—. Estoy perfectamente bien. Continúa.

​—​      No hay nada que contar todavía.

​—​      Pero hay algo.

Lo pienso.

​—​      Hay algo — admito—. No sé lo que es todavía. Pero hay algo.

​—​      Eso es suficiente — dice Sophie—. Por ahora eso es más que suficiente.

Colgamos diez minutos después y me quedo en el sofá mirando el lago por la ventana con el teléfono en el regazo y esa frase de Sophie dando vueltas.

Por ahora eso es más que suficiente.

Quedan nueve días.

Nueve días para descubrir qué es ese algo que hay, o para dejarlo ser lo que es sin necesidad de ponerle nombre, que quizás sea la opción más honesta de las dos.

El lago no opina.

Pero tampoco me dice que me equivoco.