Capítulo 11 #2
El lago en el centro es distinto al lago desde la orilla.
Más grande, más silencioso, con una perspectiva que lo cambia todo.
Desde aquí el pueblo es solo un grupo de tejados entre los árboles, y la cabaña es una mancha cálida en la orilla, y los montes al fondo son más altos de lo que parecían desde tierra.
— Es enorme — digo en voz baja.
— Windermere es el lago más grande de Inglaterra — dice Logan.
— ¿Lo sabías antes de venir o lo buscaste como los petirrojos?
— Las dos cosas — dice, y esta vez sí, la sonrisa sale, pequeña y real y sin que él haga nada por evitarla.
Me quedo mirándola un momento más de lo necesario.
Luego miro el lago.
El agua debajo de nosotros es profunda y quieta y no tiene ninguna prisa, y la barca se mueve despacio en el centro de todo ese azul, y por un momento, solo un momento, no pienso en Londres ni en los informes ni en Daniel ni en los treinta años como concepto.
Solo pienso en esto.
En el lago.
En los remos.
En la sonrisa que Logan Bond acaba de dejar salir por primera vez.
Capítulo 12
La barca cambia algo.
No sé explicarlo con más precisión que esa, y eso me molesta un poco porque se supone que soy escritor y debería tener palabras para las cosas, pero a veces las cosas más reales son las que menos se dejan explicar.
La barca cambia algo y punto, y esa noche me siento delante del cuaderno después de cenar y escribo diecisiete frases sin pararme a contar las que van bien y las que van mal.
Las cuento después.
Catorce buenas.
Es el mejor día desde hace cinco meses.
No se lo digo a Poppy porque ella ya está en su habitación cuando termino y porque además no sé cómo decirlo sin que suene a más de lo que es, que es simplemente que esta tarde en el lago algo se movió en el sitio donde estaban las palabras atascadas y ahora hay un poco más de espacio.
Aunque si soy honesto, y esta noche parece que estoy siendo muy honesto, no estoy completamente seguro de que la barca y las palabras sean cosas separadas.
El jueves amanece con nubes.
No lluvia, solo nubes, ese cielo encapotado del norte de Inglaterra que no termina de decidirse y que en otro momento me habría parecido opresivo y que aquí, con el lago debajo, tiene una belleza distinta, más seria, más honesta que el azul de los días anteriores.
Poppy sale a la terraza con el café y mira el cielo con una expresión evaluativa, como si estuviera calculando probabilidades.
— ¿Llueve? — pregunta.
— Probablemente.
— ¿Cuándo?
— Aquí nunca se sabe — digo—. Puede ser en una hora o puede ser que se quede así todo el día amenazando y no pase nada.
— Eso es muy inglés — dice.
— Somos así.
Me mira.
— ¿Tú eres de aquí? ¿Del norte?
— De Edinburgh — digo—. Aunque llevo doce años en Londres.
— ¿Y cuándo vuelves?
— ¿A Edinburgh?
— A Londres.
Lo pienso. Es una pregunta simple y no tiene una respuesta simple.
— No tengo fecha — digo—. Reservé la cabaña por un mes. Luego ya veré.
Poppy me mira con una expresión que no sé leer del todo.
— Un mes — repite.
— Sí.
— Yo me voy en doce días — dice, y lo dice de una manera que no es exactamente neutral, aunque estoy casi seguro de que quería que lo fuera.
No digo nada.
Ella mira el cielo otra vez.
—Doce días parece mucho y poco a la vez — dice finalmente.
— Depende de lo que pase en ellos — digo.
Se gira a mirarme, y hay algo en su mirada esta mañana, con las nubes detrás y el lago debajo y el café entre las manos, que no había visto antes o que no había sabido ver.
— Sí — dice en voz baja—. Supongo que sí.
Llueve a las once.
No es una lluvia violenta sino la lluvia del norte, constante y tranquila y completamente decidida, de la que no hace falta paraguas porque en diez minutos estarías igual de mojado con él que sin él.
El lago bajo la lluvia es otra cosa completamente, más oscuro, más vivo, con esa superficie que se mueve en miles de puntos a la vez como si respirara.
Poppy y yo nos quedamos dentro.
Ella en el sofá con el libro, yo en la mesa con el cuaderno, y la lluvia en las ventanas hace un ruido de fondo que es casi música, ese sonido que tienen las cosas naturales de no necesitar que estés pendiente de ellas, de estar simplemente ahí.
Escribo durante dos horas.
No cuento las frases.
A la una Poppy cierra el libro y me mira desde el sofá.
— Tengo una pregunta — dice.
— Dime.
— ¿De qué va la novela?
Levanto la vista del cuaderno.
Es la pregunta que todo el mundo hace y que yo siempre esquivo, no porque sea un secreto sino porque explicar una novela que todavía no existe del todo es como intentar describir un sueño, que siempre suena menos de lo que era.
Pero Poppy me mira con esa atención tranquila suya, sin urgencia, sin el brillo de quien pregunta por cortesía, y me encuentro respondiendo antes de decidir hacerlo.
— Va de alguien que pierde una versión de sí mismo — digo— y no sabe si recuperarla o construir una nueva. Y mientras tanto tiene que seguir viviendo como si supiera lo que está haciendo.
Silencio.
Poppy me mira un momento largo.
— Logan — dice.
— ¿Sí?
— Eso no es solo una novela.
No digo nada.
Fuera la lluvia sigue cayendo con su paciencia infinita sobre el lago, y el lago lo recibe todo sin quejarse, sin moverse de su sitio, sin pedir que pare.
— No — digo finalmente—. No es solo una novela.
Poppy asiente despacio, sin añadir nada más, y abre el libro otra vez en la página donde lo dejó.
Y yo vuelvo al cuaderno.
Y escribimos, cada uno lo suyo, con la lluvia entre nosotros y el lago detrás, durante otra hora larga que pasa de una manera que no se parece en nada a como pasan las horas en Londres.