Capítulo 17 #4
No sabía exactamente en qué momento aquel personaje había terminado con el cabello muy claro, los ojos verdes, una sonrisa irritantemente segura y la costumbre de acercarse demasiado a la protagonista cada vez que pretendía hacerla perder la paciencia.
Tampoco recordaba haber decidido que llevara un pendiente, que tocara la guitarra o que tuviera una habilidad particularmente desagradable para decir cosas indecentes con absoluta tranquilidad.
Al terminar las primeras páginas, releyó la descripción dos veces seguidas antes de bajar la tapa del computador durante casi cinco minutos; aquel personaje no era Kain bajo ningún concepto, sino pura ficción, una construcción armada con rasgos observados en distintas personas tal como venían haciendo los novelistas desde el origen de la imprenta, y el hecho de que casi todos esos rasgos encajaran en un solo hombre se reducía a una casualidad estadística incómoda, nada más, aunque haberlo bautizado en el borrador como señor Maligno —pensó, frotándose los párpados con fuerza— no colaboraba demasiado con sus argumentos de defensa.
—¿Estás bien?
La voz de Piers la devolvió de golpe a la camioneta.
—Sí.
Él la observó brevemente antes de señalar hacia adelante.
—Estamos cerca.
Agradecida por cualquier asunto que no incluyera a su hermano, Em subió otra vez la ventanilla y se incorporó en el asiento.
La carretera había disminuido de tamaño y ahora avanzaban por una vía estrecha bordeada por vegetación espesa.
No se veía ninguna urbanización, tampoco comercios ni casas próximas unas a otras.
De vez en cuando aparecía alguna entrada entre los árboles, pero las propiedades quedaban suficientemente alejadas para desaparecer casi por completo desde el camino.
Un par de minutos después, la camioneta redujo la velocidad y Piers giró hacia un acceso oculto que habría pasado inadvertido para cualquiera, avanzando por un sendero pedregoso entre árboles viejos y maleza crecida que, de pronto, se abrió a un terreno despejado donde la casa emergió exactamente como en las fotografías, aunque mucho más imponente en persona; la estructura se alzaba sobre cimientos de ladrillo y piedra, coronada por una escalera exterior hacia el porche y una galería estrecha de postes gastados por la humedad, con contraventanas verdes descoloridas, tablas sin pintura y enredaderas tupidas que trepaban por los muros adueñándose del descuido general, de modo que cuando el motor se apagó a escasos metros de la entrada, las manos se le quedaron quietas sobre el regazo sin intención inmediata de abrir la puerta.
Desde la cabina el panorama superaba por mucho el encuadre mezquino de las fotos: frente a la fachada se abría una explanada de hierba silvestre, libre de postes de tendido eléctrico, cables o construcciones vecinas entre el follaje espeso de los árboles, y al alzar la vista hacia la cúpula despejada calculó de memoria la amplitud del horizonte nocturno, convenciéndose de que en aquel claro cabría un telescopio a la perfección, o tal vez varios montados a la par, una certeza práctica que terminó por dibujarle una sonrisa en los labios mientras continuaba midiendo el terreno con los ojos.
—Piers...
Él ya estaba sacando las llaves.
—¿Qué?
—Esta casa es increíble.
La manera en que lo dijo hizo que Piers dejara las llaves sobre el tablero antes de abrir su puerta.
Había llevado a otras personas hasta allí durante las últimas semanas: un inspector, el agente encargado de la propiedad y dos hombres con los que trabajaba desde hacía años.
Todos habían empezado por señalar la madera podrida, la pintura desprendida o el costo de reemplazar parte del tejado.
Em, en cambio, seguía sentada mirando la explanada y la fachada como si el abandono fuera apenas una capa que podía retirarse.
—Todavía no has visto el interior —dijo mientras bajaba de la camioneta y sacaba de atrás la carpeta, el tubo de planos y la cinta métrica.
Ella descendió por el otro lado y avanzó unos pasos por la hierba.
El terreno se extendía frente a la casa sin otra construcción próxima que interrumpiera la vista, y los árboles se concentraban hacia los límites de la propiedad, dejando libre una buena parte del cielo.
Giró lentamente sobre sí misma, calculando distancias con la mirada antes de señalar hacia una zona despejada situada a la izquierda del camino de acceso.
—Aquí podría instalar el telescopio sin tener que pelear con media docena de árboles.
—Sabía que ibas a encontrarle utilidad al terreno antes de entrar.
—Mira ese cielo, Piers. —Se apartó otro mechón que el viento había soltado de su moño y levantó el rostro hacia la extensión azul—. Y no hay iluminación artificial cerca.
La satisfacción con que estudiaba el lugar consiguió que él permaneciera junto a la camioneta mientras acomodaba los planos debajo del brazo.
Había pensado en Em cuando decidió regresar aquella tarde, aunque todavía no encontraba una explicación que le pareciera completamente satisfactoria.
Podía haber hecho las mediciones solo, como las otras veces, y tampoco necesitaba una segunda opinión para decidir qué estructura convenía conservar.
Sin embargo, al pasar cerca de Holler había buscado casi de manera automática la entrada de la cafetería y reducido la velocidad cuando la vio salir.
Durante los últimos meses había empezado a descubrir que la compañía de Em no le exigía antipatía ni incomodidad.
Podían hablar durante una cena o pasar varios minutos sin decir nada; ella hacía preguntas cuando algo le interesaba, escuchaba las respuestas y no parecía sentir la necesidad de llenar cada silencio.
A veces la encontraba atractiva, y ya no podía convencerse de que fuera solo porque había tardado en fijarse en ella.
No sabía en qué momento una cosa había empezado a mezclarse con la otra, y quizá por eso buscaba cada vez más excusas sencillas para estar con ella y ver qué ocurría.
Em ya había llegado al pie de la escalera exterior.
—¿Puedo subir?
—La estructura aguanta. Solo pisa donde yo lo haga hasta que tenga la oportunidad de revisar otra vez los escalones —agregó Piers.
Guardó las llaves en el bolsillo y se acercó para pasar delante de ella.
La madera del primer peldaño respondió con un crujido seco bajo su peso, pero los apoyos continuaban firmes; subió despacio, comprobando con la bota cada tramo antes de dejarle espacio.
Desde arriba, volvió la cabeza y la encontró siguiendo exactamente sus pasos con una mano apoyada en la baranda.
El porche conservaba todavía buena parte de su estructura original.
Varias tablas necesitaban reemplazo y los postes mostraban manchas oscuras cerca de la base, pero las molduras bajo el alero seguían completas en algunos tramos y la puerta principal mantenía el arco superior con un abanico de hierro trabajado detrás del vidrio.
Piers dejó la carpeta sobre una repisa junto a la entrada mientras buscaba la llave que le había entregado el agente.
A su lado, Em se inclinó para observar el arco.
—Esto no lo vas a quitar, ¿verdad?
—Ni aunque me pagaran.
—Perfecto, le da personalidad a la casa —contestó Em.
Giró hacia ella con la llave todavía entre los dedos.
—Me alegra contar con tu autorización.
La sonrisa de Em apareció mientras pasaba la mano cerca de la madera sin tocarla.
Había zonas donde la pintura se había abierto en pequeñas escamas y otras donde la humedad dejaba visible el color de una capa anterior; en lugar de fruncir el ceño ante el deterioro, acercó el rostro para observar mejor una de las molduras y siguió después la línea del marco hasta el remate superior.
Al abrir la puerta, una corriente de aire caliente salió desde el interior acompañada por el olor de la madera vieja, el polvo y una humedad acumulada durante años de ventanas cerradas.
La luz entraba desde el fondo del corredor y dibujaba sobre el piso un damero envejecido de baldosas rojizas y negras.
Varias estaban quebradas cerca de la entrada, otras habían perdido el brillo y unas pocas se movían bajo el peso, pero el dibujo continuaba extendiéndose hasta una puerta alta rematada por otro arco ornamental.
—Oh, no —murmuró Em mientras entraba detrás de él.
Piers dejó el tubo de planos contra la pared.
—¿Qué pasa?
—Si piensas sacar este piso, voy a tener que oponerme.
La respuesta le arrancó una sonrisa mientras comprobaba con el pie una de las piezas sueltas.
—La mayoría puede recuperarse. Tendría que levantar algunas, nivelar la base y buscar reemplazos para las que están rotas —agregó Piers.
Ella avanzó por el corredor procurando no pisar los bordes dañados.
A la derecha nacía una escalera oscura cuya baranda de hierro todavía conservaba buena parte de los detalles originales; la alfombra que cubría los peldaños estaba gastada hasta mostrar la madera en varios puntos y las paredes habían perdido pintura en grandes placas, dejando tonos antiguos debajo.
Más adelante, una puerta abierta permitía ver plantas que habían penetrado desde un patio interior y crecían alrededor de varias macetas abandonadas.
En lugar de quedarse junto a él, Em fue acercándose a cada elemento con una atención que Piers reconoció enseguida.
Era la misma expresión que mostraba cuando se inclinaba sobre el telescopio o encontraba una referencia que llevaba horas buscando: las cejas ligeramente levantadas, la boca entreabierta y la mirada iba de un detalle a otro hasta detenerse en alguno que le llamaba más la atención.
—Tiene muchísimo potencial —dijo mientras miraba hacia la escalera—. En las fotos parecía bonita, pero no se entendía bien cómo estaban conectados los espacios.
—Alguien modificó varias habitaciones hace unos cuarenta años y cerró dos pasos que antes comunicaban con la galería lateral —respondió Piers.
—¿Hay una galería?