Un intercambio de locos Capítulo 17
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Capítulo 17

El final del semestre llegó después de varias semanas de entregas, exámenes y jornadas en las que Em había empezado casi a medir el tiempo según la cantidad de café que necesitaba para mantenerse despierta.

Cuando recibió la última calificación y comprobó que había cerrado todas las asignaturas con resultados mejores de los esperados al comenzar el intercambio, las dos semanas de receso antes del siguiente período académico adquirieron un valor casi físico.

Por primera vez desde agosto podía levantarse sin revisar una fecha de entrega, dejar los apuntes cerrados durante una tarde completa y aceptar una invitación sin calcular cuántas horas de estudio tendría que recuperar después.

El primer sábado libre terminó convirtiéndose en una tarde de piscina en Cypress Bend Road.

Piers había comprado carne, fruta, bebidas, hielo y suficientes cosas para comer como si esperara alimentar a un curso completo, aunque Em solo había invitado a Steve, Dean, Sam, Gina y Luise.

También estaban algunos amigos habituales de los Ferman, personas que ya conocían a Em y que no iban a convertir a sus compañeros de universidad en el espectáculo de la tarde.

Después de los primeros minutos de reserva, las conversaciones se mezclaron con facilidad y hasta Dean había dejado de mirar alrededor con la expresión de quien esperaba que apareciera alguna celebridad local en cualquier momento.

Dentro del agua, Em intentaba quitarle una pelota a Steve mientras Gina y Luise se reían desde el otro extremo.

Había elegido un traje de baño entero de color naranja, con tirantes finos y un estampado discreto que solo se distinguía bien cuando le daba el sol.

Las cintas laterales ajustaban la tela sobre las caderas y, cada vez que salía un poco del agua para alcanzar la pelota, el color resaltaba contra su piel bronceada después de varios meses bajo el clima de Louisiana.

Ya no llevaba los lentes y el cabello caoba, recogido en una coleta alta para nadar, se había soltado alrededor de la nuca.

Desde una de las mesas del patio, Piers terminó sonriendo al verla discutir con Steve porque supuestamente había hecho trampa.

Em siempre había parecido guapa. Eso lo sabía desde hacía bastante tiempo, aunque al principio hubiese necesitado verla empapada por una tormenta, colgada de su cuello por culpa de un aligátor y trabajando detrás del mostrador de Holler para reparar en detalles que ella escondía con una eficiencia casi admirable.

Durante el último mes, sin embargo, había empezado a moverse de otra manera.

Seguía siendo la misma muchacha que podía pasar veinte minutos explicando un fenómeno astronómico sin darse cuenta de que nadie era capaz de seguirle el ritmo, pero ahora levantaba más la cabeza cuando hablaba, aceptaba cumplidos sin buscar inmediatamente una explicación lógica y había dejado de utilizar la ropa como una manera de desaparecer dentro de ella.

La tarde en que la vio regresar con Megan había estado cerca de sufrir un infarto por razones completamente diferentes.

Primero distinguió el descapotable entrando por la grava y creyó que su ex había vuelto a la casa buscando alguna evidencia imaginaria, bueno no tan imaginaria; después vio a Em bajar cargada de bolsas, riéndose con ella como si ambas hubieran pasado años saliendo de compras juntas.

La imagen todavía le resultaba absurda. Megan podía ser encantadora cuando quería y Piers nunca habría negado que era una mujer espectacular, pero convivir con ella había sido otra historia.

Tenía una energía capaz de arrastrar a cualquiera durante horas y él, después de demasiados años de ruido, discusiones y relaciones que siempre terminaban exigiendo más de lo que quería entregar, empezaba a valorar demasiado la tranquilidad.

Volvió a mirar hacia la piscina cuando Em consiguió finalmente arrancarle la pelota a Steve y levantó ambos brazos en señal de triunfo.

Piers dejó escapar una risa y tomó un poco de la bebida que tenía delante.

A veces resultaba fácil olvidar que Em solo tenía veinte años; había algo en aquella mezcla de sensatez e impulsividad que podía descolocar a cualquiera.

A sus veinte todavía conservaba impulsos que la hacían correr detrás de una idea o considerar seriamente si era posible fumigar aligátores.

Al mismo tiempo trabajaba, estudiaba, ahorraba dinero, cuidaba de su abuela desde cientos de kilómetros de distancia y afrontaba problemas con una paciencia que Piers había visto faltar en personas bastante mayores.

Aquella combinación podía descolocarlo con facilidad.

Había pensado llevarla durante el receso a la casa antigua que le mostró en los planos.

Ya había avanzado con varias evaluaciones y quería revisar algunos detalles antes de empezar cualquier trabajo serio.

Em había hecho suficientes preguntas sobre las fotografías como para saber que le interesaría verla personalmente, y Piers sospechaba que disfrutaría mucho más recorriendo una construcción centenaria que pasando una tarde entera de compras.

Desde la piscina llegó otra carcajada y Em volvió a desaparecer bajo el agua cuando Gina la empujó por la espalda. Piers dejó el vaso sobre la mesa y siguió observándolos mientras Steve intentaba recuperar la pelota y Luise protestaba porque alguien acababa de salpicarle el cabello.

Kain apareció desde la casa con una cerveza en la mano y se detuvo junto a la mesa antes de seguir la dirección de la mirada de su hermano.

Tardó muy poco en localizar a Em entre el grupo; estaba con los multiorgásmicos, como le gustaba apodarlos, riéndose mientras intentaba recuperar la pelota que Steve acababa de lanzar hacia el otro extremo de la piscina.

—¿A quién miras? —preguntó mientras abría la botella.

Piers apartó la vista con bastante menos rapidez de la que habría querido.

—A nadie.

Kain bebió un trago y volvió a mirar hacia el agua. Em acababa de apartarse el cabello mojado del rostro y discutía con Dean por alguna regla inventada del juego.

—Seguro… —respondió, sin molestarse en ocultar que no le creía.

Piers lo miró de costado.

—¿Qué?

—Nada.

Kain se quedó allí, apoyado contra la mesa, aunque sus ojos regresaron a la piscina. Esta vez no estaba observando a su hermano.

* * *

Al día siguiente, Em ocupaba uno de los extremos del sofá de la sala con las piernas recogidas y el teléfono entre las manos.

Había dejado los apuntes cerrados durante el receso, aunque todavía conservaba la costumbre de revisar el correo académico varias veces al día.

Llevaba unos pantalones cargo amplios de color verde oliva, zapatillas oscuras y un tejido liviano color crema que caía sobre un hombro y dejaba una franja de piel visible sobre la cintura.

El cambio en su ropa había ocurrido poco a poco durante las últimas semanas; seguía eligiendo prendas cómodas, pero ya no parecía empeñada en esconderse dentro de ellas.

El primer correo que abrió pertenecía a una publicación a la que había enviado uno de sus ensayos meses atrás.

Leyó el agradecimiento inicial, avanzó por dos párrafos llenos de expresiones educadas y llegó exactamente al resultado que esperaba.

El texto era interesante, estaba bien documentado y demostraba un trabajo considerable, pero “no respondía por completo a las necesidades editoriales actuales”.

Había otro debajo. Esta vez su propuesta poseía “méritos evidentes”, aunque el comité había optado por trabajos “con mayor afinidad temática para sus lectores”. Em dejó caer la mano sobre el muslo y miró hacia el techo.

—Gente obtusa —dijo en voz alta.

El suspiro que siguió fue lo bastante largo para vaciarle los pulmones.

No esperaba que cada texto que enviara terminara publicado, pero empezaba a cansarse de recibir negativas que parecían escritas por la misma persona con distintos nombres.

Sabía investigar, sabía redactar y varios profesores le habían dicho que escribía bien; aun así, cada intento de convertir ese trabajo en una publicación terminaba chocando contra una explicación suficientemente vaga para impedirle saber qué debía mejorar.

El timbre de la entrada interrumpió sus pensamientos.

Tim atravesó la sala desde la cocina y abrió la puerta sin preguntar quién era.

Detrás aparecieron Mike, uno de sus amigos del puerto y dos muchachas que Em ya había visto varias veces alrededor de la piscina.

Tim recibió una bolsa con bebidas, dejó pasar al grupo y, antes de que Em terminara de guardar el teléfono, otro automóvil se detuvo sobre la grava.

La tarde tranquila empezó a desaparecer con rapidez.

Llegaron algunas personas más, alguien encendió música en el patio y varias botellas aparecieron sobre la mesa de la cocina.

No era una de las fiestas multitudinarias de los primeros días de Em en Louisiana; a esas alturas casi todos los que entraban por la puerta le resultaban conocidos y más de uno la saludaba antes de seguir hacia la piscina.

Ella permaneció un rato en el sofá, respondiendo algún comentario mientras intentaba decidir si quería acompañarlos o aprovechar el ruido para subir al ático.

Una pareja atravesó el corredor besándose antes siquiera de llegar a las escaleras.

La muchacha llevaba una mano metida bajo la camiseta del hombre y ambos desaparecieron hacia alguna habitación sin prestar atención a quienes estaban alrededor.

Poco después, otra mujer salió desde la cocina sentada sobre la encimera mientras un amigo de Tim se acomodaba entre sus piernas para besarla.

Em los observó por encima del teléfono.

Tim apareció con una cerveza y siguió la dirección de su mirada.

—Bienvenida a Porn World —dijo mientras pasaba junto a ella.

Em levantó la cabeza. La frase era suya.