Capítulo 16 #5
La rapidez con que volvió la cabeza le hizo señalar hacia el fondo sin responder primero.
Atravesaron el corredor, pasaron junto a una sala vacía y llegaron a una puerta de hojas altas que costó mover porque la madera se había hinchado.
Entre ambos lograron abrirla lo suficiente para salir a una galería protegida por celosías, con contraventanas verdes a lo largo del muro y un piso de baldosas decoradas que sobrevivía bajo una capa de polvo y hojas secas.
La luz de la tarde entraba a través del entramado de madera y proyectaba figuras sobre el suelo.
Quedaban dos sillones de mimbre arrimados contra una pared, una lámpara redonda colgaba del techo por un cable antiguo y varias plantas habían crecido alrededor de las macetas abandonadas, extendiendo tallos entre las patas de los muebles.
Em avanzó hasta el centro y miró primero el piso, después las contraventanas y por último la sucesión de arcos que recorría la galería.
—Piers, esto podría quedar precioso con un poco de paciencia.
Desde la puerta, él la observó apartarse el cabello del rostro mientras recorría con la mirada cada rincón.
Había imaginado aquella casa restaurada muchas veces desde que vio el anuncio, pero nunca había pensado en ella con otra persona dentro hasta esa tarde.
Ahora Em caminaba sobre las baldosas gastadas hablando de plantas, de una mesa cerca de las contraventanas y de cuánto cielo podría verse desde el terreno una vez que anocheciera, mientras él sostenía los planos bajo el brazo y la escuchaba describir posibilidades que no figuraban en ninguno de sus cálculos.
La recámara principal ocupaba buena parte del extremo posterior de la planta alta.
A diferencia de las habitaciones que habían atravesado antes, conservaba dos ventanales altos y una puerta de doble hoja que daba a un balcón estrecho, protegido por una baranda de hierro envejecida.
Parte del yeso se había desprendido cerca del techo y el piso necesitaba trabajo, pero la luz de la tarde entraba de lleno y alcanzaba hasta una antigua chimenea cerrada con una placa de madera.
Em cruzó la habitación antes que él y empujó con cuidado una de las hojas del balcón.
La madera cedió después de un pequeño esfuerzo y dejó entrar aire tibio, cargado con el olor de los árboles y de la vegetación húmeda que rodeaba la propiedad.
Desde allí se veía casi toda la explanada frontal y una franja larga de cielo que se extendía por encima de las copas más bajas.
—Desde aquí también podría observar —comentó mientras apoyaba una mano en el marco—. No pondría el telescopio en el balcón porque cualquier vibración arruinaría una exposición larga, pero para mirar a simple vista sería perfecto. Y abajo tienes espacio suficiente para montar lo que quieras.
Piers dejó la carpeta y los planos sobre una mesa cubierta de polvo que había sobrevivido junto a una de las paredes.
Se quedó cerca de la entrada, mientras ella seguía mirando hacia afuera y señalaba zonas del terreno que ya parecía haber distribuido mentalmente entre telescopios, plantas y muebles que todavía no existían.
Durante un rato la escuchó sin interrumpirla; con el cabello recogido de cualquier manera, los mechones sueltos moviéndose con el aire y aquella blusa bordada que dejaba los brazos descubiertos, parecía demasiado cómoda dentro de una casa que llevaba años vacía.
La pregunta apareció antes de que pudiera decidir si tenía sentido hacerla.
—¿Tienes pensado casarte alguna vez, Em?
Ella dejó de mirar la explanada y se volvió despacio.
Por primera vez desde que habían entrado, lo observó sin tener una puerta, una moldura o un piso antiguo reclamándole la atención.
La luz lateral alcanzaba el perfil de Piers y acentuaba el tono verde de sus ojos; el cabello oscuro, recogido a medias durante el trabajo, caía por debajo de los hombros y varios mechones se habían soltado alrededor del rostro.
La barba corta endurecía un poco la mandíbula y, con aquella expresión seria que parecía acompañarlo incluso cuando no estaba trabajando, resultaba fácil entender por qué Megan seguía apareciendo cada vez que alguna mujer se acercaba demasiado.
Em no era idiota, por mucho que Kain pareciera empeñado en ponerlo en duda cada vez que tenía oportunidad.
Entendía perfectamente lo que Megan veía en él.
Un hombre como Piers podía convertirse en una costumbre difícil de dejar, sobre todo después de tantos años compartidos; no costaba imaginar cómo alguien podía terminar pendiente de dónde estaba, con quién había salido o por qué otra mujer se reía demasiado cerca de él.
Aun así, la pregunta la sorprendió lo suficiente para que tardara en responder. Se apoyó de espaldas contra el marco del balcón y cruzó los brazos con una sonrisa pequeña.
—Algún día, supongo. Nunca se sabe. —Miró hacia el jardín antes de volver la vista hacia él—. Por ahora ni siquiera hay nadie.
La risa que acompañó la última frase fue breve y ligera. Piers bajó la mirada, pasó el pulgar por uno de los bordes y volvió a levantar los ojos hacia ella sin apartarse de la entrada.
—¿Y le has dado la oportunidad a alguien? —preguntó Piers, todavía apoyado cerca de la baranda—. En Michigan o aquí, en Louisiana.