Capítulo 20
Llegamos al despacho cuando Fenella ya estaba dentro.
Douglas permanecía de pie detrás del escritorio, con las manos apoyadas sobre la madera. Kendrick empezó a hablar en cuanto cruzamos la puerta, deprisa, tratando de resumir en unas pocas frases una mentira que llevaba demasiado tiempo creciendo.
Fenella, en cambio, guardaba silencio. Se había puesto el abrigo y lo llevaba cerrado hasta el cuello. Tenía la barbilla alta y aquella expresión ofendida que parecía haber preparado durante el camino.
—¡Es mentira! —dijo—. Esa mujer se ha inventado todo porque está obsesionada contigo. ¿No lo ves? Toda la casa ha visto cómo te persigue.
Douglas levantó una mano y el despacho quedó en silencio.
—Kendrick dice que no estás embarazada, que utilizabas un postizo y que lo has reconocido delante de dos personas. Menzies también ha confirmado que el médico que firma la carta no trabaja ni ha trabajado en esa clínica. Quiero oír tu versión.
—Mi versión es que esa organizadora está celosa y la modista hará lo que le paguen por decir.
La mujer dio un paso al frente. Seguía asustada, pero ya no parecía dispuesta a dejarse intimidar.
—No me ha pagado nadie, señor. Yo vi la pieza cuando se desplazó durante el ajuste. Después oí a la señorita Fenella decir que no había ningún bebé y que lo habría después de la boda.
Abrió la funda y dejó el postizo sobre una mesa lateral. Douglas lo miró como si fuera un animal muerto y Fenella palideció.
—Eso… ¡Eso no demuestra que no haya embarazo! Es una prenda para dar forma a mi vestido.
—Entonces acepta que venga el doctor Fraser y aclare la situación —dijo Douglas—. En privado, con todas las garantías que necesites. Si estás embarazada, te pediré disculpas delante de esta misma gente y responderé por haberte acusado.
—No voy a someterme a un examen para satisfacer una acusación absurda.
—No hace falta —intervino Kendrick—. Lo has admitido delante de ellas.
—¡Eso no es cierto!
Kendrick ni siquiera alzó la voz.
—Sé que llevas semanas evitando cualquier cosa que pueda comprobarse. La carta de la clínica es falsa, fingiste una barriga y acabas de intentar comprar el silencio de la modista. —La sostuvo con la mirada—. Se acabó, Fenella. No habrá boda.
Ella se quedó inmóvil un instante, como si aquellas últimas palabras fueran las únicas que hubiera escuchado.
—¿Vas a creer a una desconocida antes que a mí?
Kendrick miró hacia mí apenas un segundo.
—Camila no es una desconocida.
Se me encogió algo en el pecho, pero Fenella no me dio tiempo a pensar demasiado en ello.
—¿Después de todo lo nuestro?
—Tú acabas de negarte a una revisión que podría haber terminado con todas las dudas hoy mismo.
—¡Lo nuestro fue real!
—No. —Kendrick negó despacio—. Yo dejé que durara porque no supe cortar a tiempo. Tú lo sabías. Cuando me alejé, inventaste un hijo para obligarme a quedarme.
—Te habrías acostumbrado —soltó Fenella—. Una vez casados, todo habría sido distinto.
La frase quedó flotando en el despacho como una confesión más. Douglas se dejó caer en la silla y se pasó una mano por la cara.
—Perdóname, hijo. Me dijiste que algo no encajaba y yo te acusé de querer huir de tus obligaciones. Debí escucharte. Y debí comprobar esos documentos antes de empujarte hacia el altar.
Kendrick sostuvo la mirada de su padre durante unos segundos.
—Hablaremos después.
Fenella entendió entonces que había perdido. Se irguió, se ajustó el abrigo y recuperó aquella frialdad que tan bien sabía utilizar.
—Muy bien. No hay boda. Pero no creáis que voy a marcharme en silencio. Contaré que los Sinclair humillaron a una mujer y que la organizadora de la boda se acostó con el novio para quedarse con la finca.
Durante un instante nadie dijo nada.
Yo miré a Fenella, convencida de que no podía estar hablando en serio.
Kendrick, en cambio, ni siquiera pestañeó.
—Cuente lo que quiera —dije—. Nosotras contaremos lo que vimos y lo que usted admitió. La pieza está aquí. No puede impedir que respondamos a sus acusaciones.
Me miró con un odio limpio, sin una sola sonrisa encima.
—La voy a hundir.
—Puede intentarlo.
Durante unos segundos calculó sus opciones. Después agarró el bolso.
—No merecéis ni el escándalo.
Cruzó el despacho con la cabeza alta y salió dando un portazo. Poco después oímos el motor del coche perderse por las curvas.
Nadie habló enseguida y la modista recogió sus cosas con una discreción admirable.
—Yo enviaré el vestido de vuelta al taller —dijo—. Y, si necesitan una declaración por escrito, diré exactamente lo que ocurrió.
Douglas le dio las gracias y ella salió, aliviada de dejar atrás aquella casa.
El padre de Kendrick se frotó la cara con las dos manos.
—He estado a punto de arruinarte la vida, hijo. Lo siento.
—No fue a propósito.
—Eso no lo mejora demasiado… —Douglas levantó la vista hacia mí—. Señorita Herrera, no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por esta familia.
—Yo solo organizaba la boda.
—Pues resulta que la ha organizado tan bien que ha sabido cuándo no debía celebrarse.
La frase me hizo sonreír a pesar del cansancio.
—Supongo que también forma parte del trabajo.
—Váyanse —dijo Douglas, mirando de Kendrick a mí con una claridad incómoda—. Necesito pensar y ustedes tienen una conversación pendiente que no me corresponde escuchar.
Salimos juntos al pasillo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Caminamos hasta la escalera sin tocarnos, aunque yo era demasiado consciente de que Kendrick iba a mi lado.
Se detuvo antes de que empezara a bajar.
—Se acabó —dijo—. No hay boda. No hay Fenella. No hay ninguna obligación que me ate a ella.
Lo miré. Después de tantas semanas esperando escuchar algo parecido, ahora no sabía qué hacer con aquellas palabras.
—Me alegro por usted. De verdad.
Kendrick inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Solo por mí?
—Kendrick...
—Soy un hombre libre. Creo que eso me da derecho a hacer alguna pregunta incómoda.
—Y yo creo que tengo derecho a dormir de un tirón por primera vez en semanas. Ha sido un día muy largo.
Me giré y empecé a bajar.
—Camila.
Me detuve con una mano en la barandilla, pero no me volví.
—Gracias —dijo detrás de mí—. Por creerme cuando yo mismo empezaba a dudar. Por no aceptar su dinero. Por arriesgarse a decir la verdad.
Apreté un poco más los dedos alrededor de la barandilla, pero no respondí. Mi voz no era de fiar.
—La conversación pendiente sigue pendiente —añadió—. No pienso olvidarla.
Bajé el último escalón con una sonrisa que no conseguí esconder.
En la explanada me esperaba la señora Aitken. Tenía las manos entrelazadas sobre el delantal y los ojos clavados en la puerta.
—Se ha ido —dijo.
—Sí. No hay boda.
El alivio le transformó la cara. Cerró los ojos un instante y, cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.
—Menos mal. Llevaba meses viendo a ese muchacho apagarse y no sabía cómo ayudarlo sin meterme donde no me llamaban.
—Me ayudó bastante. La botella, las advertencias, todas aquellas frases sueltas...
—Yo abrí alguna puerta, pero solo usted fue la que se atrevió a entrar. —Me cogió las manos y me las apretó—. Gracias, hija.
—Gracias a usted.
Se secó los ojos con el dorso de la mano y recuperó enseguida su tono.
—Bueno. Ya está bien. Váyase a descansar y coma algo, que sigue en los huesos.
—Sí, señora Aitken.
—Buenas noches, hija. Y no tarde demasiado en tener esa conversación. Los hombres como él no aparecen todos los días.
Bajé al pueblo colorada y agotada. Morag estaba detrás de la barra, pero en cuanto me vio entrar, dejó lo que estaba haciendo.
—Ha pasado algo.
—Se acabó la boda.
—¿La barriga era mentira?
Asentí y me dejé caer en un taburete.
—Un postizo. Lo ha admitido delante de la modista. Fenella se ha marchado.
Morag sirvió dos tazas de algo caliente y se sentó a mi lado.
—Cuéntemelo todo.
Se lo conté. Sin ahorrar el postizo, el despacho ni la cara de Kendrick cuando comprendió que no había ningún niño. Cuando terminé, sentí que por fin se aflojaba algo dentro de mí.
—¿Y ahora qué? —preguntó Morag—. Con él.
—Ahora me voy a casa. Se acabó el encargo.
Me miró como se mira a alguien que acaba de decir una tontería enorme.
—Claro. Se vuelve a Madrid, donde no conoce ni a los vecinos, y deja aquí a un hombre por el que se le iluminan los ojos cada vez que habla de él. Un plan excelente.
—No me mire así.
—La miraría peor, créame.
No contesté.
Aquella noche contemplé durante mucho rato la flor morada del alféizar.
Se había acabado la boda. Se había acabado el trabajo y también la mentira de Fenella.
Solo quedaba una conversación pendiente.
Y por mucho que pensara en hacer la maleta, me moría por saber qué iba a decirme Kendrick cuando dejara de llamarme señorita Herrera y hablara como el hombre libre que llevaba semanas intentando ser.