Un escocés muy bien plantado Capítulo 1
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Un escocés muy bien plantado

Un escocés muy bien plantado

Por Jupiter Quinn

© inepub.com

Capítulo 1

El navegador me abandonó tres curvas atrás, justo cuando el asfalto decidió que ya no quería ser asfalto y se convirtió en un camino de tierra flanqueado por muros de piedra.

Apreté el volante del coche de alquiler y vi cómo la pantalla del móvil giraba sobre sí misma, buscando una señal que aquellas colinas se negaban a regalarme.

—Muy bonito —le dije al aparato—. Me traes hasta el fin del mundo y aquí me sueltas.

El fin del mundo, en mi caso, tenía un nombre que llevaba días pronunciando mal: Ardnamurra.

Una finca perdida en el oeste de Escocia, con un caserón de piedra tan grande que en las fotos parecía un error de perspectiva y unos jardines donde, dentro de seis semanas, se celebraría la boda más cara que había organizado en mi vida.

En teoría.

Porque hasta el momento lo único que había visto de aquella boda millonaria era una fecha cerrada con demasiada prisa, un contrato larguísimo firmado por la sociedad que gestionaba la finca, una lista de exigencias todavía más larga y un anticipo que me había hecho aceptar el encargo antes de terminar de leer dónde estaba exactamente Ardnamurra.

La novia y su asistente habían centralizado todas las comunicaciones; del novio apenas tenía un nombre legal y ninguna fotografía.

El camino desembocó por fin en una explanada de grava.

Detuve el coche, salí y estiré la espalda con un crujido poco elegante.

El aire olía a hierba mojada y a tierra, y me llenó los pulmones de golpe.

Frente a mí, el caserón se alzaba con todas sus torres y sus ventanas, imponente, sin una sola alma a la vista.

—¿Hola? —Mi voz se perdió contra la piedra.

Nada.

Había avisado de mi llegada. Había mandado un correo impecable, con la hora y todo, confirmado por una tal señora Aitken que firmaba como «ama de llaves» y escribía en un inglés tan formal que me sentí en la obligación de repasar el mío dos veces antes de contestar.

Y, sin embargo, allí no me esperaba nadie.

Rodeé la casa buscando una puerta, un timbre o un ser humano. Lo que encontré, al doblar la esquina, fue un jardín.

Y menudo jardín.

Se extendía en terrazas hacia una ladera que bajaba hasta un lago plateado, con setos recortados, macizos de flores y un invernadero de cristal al fondo que reflejaba la luz.

Me quedé parada en el borde, con la carpeta apretada contra el pecho, calculando ya sin querer dónde iría el altar, por dónde entraría la novia o en qué esquina montaría la carpa para que las fotos salieran con el lago detrás.

Fue entonces cuando lo oí. Un golpe seco y rítmico que sonaba a metal contra tierra. Seguí el sonido, rodeé un seto y me lo encontré.

Un hombre cavaba en un macizo, de espaldas a mí, con las mangas de la camisa remangadas y las botas hundidas en el barro. Era alto, ancho de hombros y tenía el pelo oscuro alborotado por el viento. Manejaba la pala con la naturalidad de quien lleva media vida haciéndolo.

Carraspeé.

Él no se giró.

—Perdone —dije, en mi mejor inglés—. Busco a alguien de la casa.

—Pues ha encontrado a alguien del jardín. —Clavó la pala en la tierra y se volvió por fin.

Y ahí perdí un segundo el hilo, porque el jardinero tenía una cara que parecía de anuncio. Ojos claros, mandíbula marcada y una sonrisa torcida que parecía saber algo que yo no. Me recompuse enseguida. Estaba trabajando. No había venido hasta el fin del mundo a mirar jardineros.

—Soy Camila Herrera —dije, tendiéndole la mano—. La organizadora de la boda.

Él se miró la palma llena de tierra, luego mi mano impecable, y en lugar de estrechármela me ofreció el codo con toda la seriedad del mundo.

—Le ahorro tener que irse a lavar después.

Le choqué el codo, sintiéndome ridícula.

—¿Y usted es...?

—Kendrick. —Se apoyó en la pala—. El que cava hoyos. Hoy toca hoyos. Ayer tocó podar. Mañana, quién sabe. La vida de un hombre del jardín es pura aventura.

—Ya veo. —Miré alrededor—. Esperaba que me recibiera la señora Aitken.

—La señora Aitken lo tiene todo cronometrado. Si no está en la puerta esperándola, es que el reloj de usted va adelantado. —Ladeó la cabeza—. Nunca falla.

—Llego exactamente a la hora que dije.

—Seguro que viene un par de minutos antes. —Se sacudió las manos en los pantalones—. Aquí nadie es más puntual que la señora Aitken.

Apreté la carpeta un poco más. Yo vivía y moría por los horarios. Un reloj era lo único que separaba una boda perfecta de un desastre con doscientos invitados.

—Pues entonces nos vamos a llevar de maravilla —dije—. Porque dentro de poco esto se va a llenar de gente, proveedores, flores y una carpa enorme, y todo tiene que salir al segundo.

Él arqueó una ceja, divertido.

—¿Una carpa? ¿Aquí?

—Ahí. —Señalé la terraza de abajo, la del lago—. Con el agua de fondo. Va a quedar espectacular.

—Va a quedar empapada. —Se acercó unos pasos, hasta ponerse a mi lado y seguir la línea de mi dedo—. Esa terraza se encharca en cuanto llueve. Y aquí llueve con muchísima facilidad.

—La cubriré.

—Eso no evitará el barro.

—Pues instalaré drenajes.

—Me temo que se va a llevar un disgusto con el suelo de Escocia —dijo, saboreando la frase.

Lo miré y me sostuvo la mirada, con esa media sonrisa que empezaba a resultarme irritante justo porque no lo era.

—¿Siempre da la bienvenida así a la gente? —pregunté.

—No. Solo a usted. —Recogió la pala y la apoyó en el hombro—. Venga, la llevo a la casa antes de que la señora Aitken piense que se la ha tragado el lago. Por aquí.

Echó a andar por un sendero de grava, entre los macizos, y yo lo seguí porque no tenía una idea mejor. Caminaba deprisa, con la soltura de quien conoce cada piedra del camino, y hablaba sin girarse.

—¿Es su primera vez en Escocia?

—No, pero sí es mi primera vez en esta parte. Suelo trabajar en sitios con carreteras. Y cobertura.

—Ah, cobertura. —Chasqueó la lengua—. Un lujo de las tierras bajas. Aquí, si quiere hablar con alguien, sale al patio, se sube a una piedra concreta que hay junto al pozo y levanta el móvil como quien ofrece un sacrificio. A veces funciona.

—Está de broma.

—Ojalá. —Se detuvo un momento y señaló, muy serio, una piedra plana junto a un brocal cubierto de musgo—. Esa. Recuérdela. Le va a salvar más de una vez.

Miré la piedra y miré su cara. No había forma de saber si me tomaba el pelo, y esa duda me estaba empezando a hacer gracia, cosa que no me convenía nada.

—Tomo nota —dije—. La piedra mágica.

—Exacto —confirmó, y siguió andando.

Llegamos a una puerta lateral, de madera oscura y remaches de hierro, que parecía sacada de un castillo de verdad. Antes de que él pudiera tocarla, se abrió de golpe y apareció una mujer menuda, de pelo gris recogido con severidad militar y una expresión que no admitía tonterías.

—Señorita Herrera. Soy la señora Aitken. —Me repasó de arriba abajo en medio segundo—. Puntual. Menos mal. Últimamente eso ya se ve poco.

—Es de las mías, entonces —dije.

—Eso está por ver. —Se hizo a un lado para dejarme pasar, y entonces sus ojos cayeron sobre el jardinero, sobre sus botas embarradas y su pala al hombro—. Y usted. ¿Otra vez con la pala aquí? Le he dicho mil veces que se la dé al chico antes de entrar. ¡Lo va a ensuciar todo!

—El chico no está —contestó él, rascándose la cabeza.

La señora Aitken apretó los labios.

—Váyase a lavar esas manos que las tiene negras.

—Sí, señora.

Le dedicó una inclinación de cabeza casi burlona, me lanzó a mí una última mirada por encima del hombro, con la sonrisa torcida todavía puesta, y desapareció por donde habíamos venido, silbando.

—No le haga demasiado caso —murmuró la señora Aitken, guiándome por un pasillo de piedra hacia el interior de la casa—. Se cree gracioso.

—¿Y no lo es?

Ella me miró de reojo, y esta vez sí, algo parecido a la diversión le cruzó la cara.

—Ese es el problema.

El interior del caserón era todo lo que el exterior prometía y un poco más.

Tenía techos altos, retratos de gente seria con faldas escocesas y una escalera de madera que crujía como si se quejara de cada pisada.

La señora Aitken me condujo hasta un salón con vistas al jardín y me indicó una butaca junto a la ventana.

—La familia la recibirá formalmente más adelante —dijo—. Hoy solo tenía que ver los terrenos y hacerse una idea. ¿Le apetece tomar algo?

—Agua, gracias. —Me senté, saqué la carpeta y la abrí sobre las rodillas—. Y, si es posible, me gustaría empezar por el jardín. Es donde va a pasar lo importante.

—El jardín. —La señora Aitken juntó las manos—. Sí. Sobre eso... tendremos que hablar.

—Está precioso, no me malinterprete. Pero para lo que tienen previsto, con la carpa, las flores y los cientos de personas, va a hacer falta mucho trabajo. Quizá el hombre que se encarga de los jardines pueda ayudarme.

—¿Se refiere al de las botas?

—Al mismo.

Miré por la ventana. Abajo, en el macizo, él había vuelto al trabajo, cavando su hoyo con la misma calma de antes, como si el mundo entero pudiera esperar a que terminara.

—La que le espera, hija…

—Pues nada —dije, cerrando la carpeta—. Que empiece la aventura.

La señora Aitken me lanzó una mirada larga, sonrió y no dijo absolutamente nada.