EPÍLOGO
Dos años después de mi llegada a Escocia, Ardnamurra celebraba bodas casi todos los fines de semana de temporada.
El equipo había crecido. Yo dirigía los eventos, Kendrick se ocupaba del jardín y de la finca, y la señora Aitken gobernaba la casa entera con puño de hierro y una bandeja siempre preparada.
Morag enviaba clientes desde la posada y Finlay se había convertido en nuestro florista principal, aunque seguía aprovechando cualquier pedido para cobrarle a Kendrick viejas deudas inventadas.
La flor morada sobrevivió.
La trasplantamos junto al arco y se multiplicó sin la menor moderación, hasta cubrir media base cada primavera. Kendrick decía que era la planta más cabezota que había cultivado. Yo decía que por eso me la había regalado.
Aquel fin de semana, por fin, la boda era la nuestra.
Fue pequeña. Familia, amigos, el equipo de la finca y buena parte del pueblo, porque en aquellas colinas resultaba imposible invitar a una persona sin que se enteraran otras veinte.
No quería un espectáculo. Después de organizar tantas bodas, solo quería reconocer a todos los que estuvieran al otro lado del pasillo.
El arco era el mismo. Kendrick se había negado a sustituirlo, pese a que dos carpinteros aseguraron que construir uno nuevo habría sido más sencillo. Lo restauró con sus propias manos. Las flores eran blancas y moradas, con la diferencia de que esta vez nadie discutió el color.
La mañana amaneció bajo un diluvio tan escocés que parecía una provocación. Yo llevaba el pelo a medio hacer y estaba mirando por la ventana con ganas de despedir al cielo cuando la señora Aitken me agarró por los hombros.
—Va a escampar.
—Lleva tres horas sin intención de hacerlo.
—Llevo más de sesenta años mirando estas nubes. Va a escampar. Hágame caso.
—¿Y si no?
—Entonces se casa bajo la lluvia y será la primera organizadora que deje que el agua le arruine la boda después de salvar cien ajenas. Le vendrá bien para la humildad.
—Qué apoyo tan conmovedor.
—Para eso estoy.
La señora Aitken parpadeó varias veces mientras me colocaba el velo y, de pronto, se entretuvo arreglando un pliegue que no existía.
—No empiece a llorar —le advertí—. Como empiece, empiezo yo y se nos estropea el maquillaje.
—No lloro. Es una mota de polvo.
—Aquí no hay polvo.
—Esta casa tiene polvo en todas partes.
Media hora antes de la ceremonia, la lluvia cesó.
El sol atravesó las nubes y encendió cada gota del jardín. Los tejos brillaban, el lago parecía de plata y las flores moradas se agitaban en la base del arco como si llevaran dos años esperando aquel momento.
Morag lloraba ya antes de que yo saliera de la casa. Finlay llevaba una flor prendida en la chaqueta y la expresión satisfecha de quien se atribuía méritos que nadie le había concedido. Douglas Sinclair, más emocionado de lo que pretendía aparentar, me ofreció el brazo.
—No voy a entregarla a nadie —dijo—. Usted no es una propiedad y mi hijo ya tiene bastante suerte con que haya aceptado venir. Solo voy a acompañarla.
—Así está mejor.
Avanzamos por el sendero, donde al final esperaba Kendrick. No llevaba botas ni barro, aunque había conseguido mancharse un puño de la camisa antes de empezar. Estaba guapísimo y parecía mucho más nervioso que yo. Cuando me vio, dejó de mirar a nadie más.
Entonces apareció una oveja. La misma de dos años atrás o una descendiente con idéntica falta de respeto por las ceremonias.
Salió de detrás de un seto, cruzó el pasillo al trote y se detuvo justo delante del arco para arrancar un bocado de hojas. Los invitados contuvieron el aliento y Finlay empezó a levantarse para perseguirla, pero Kendrick alzó una mano.
—Déjala. Es de la familia.
La carcajada recorrió la terraza. La oveja siguió comiendo, satisfecha con su papel, y yo terminé el camino riéndome.
—Nos ha vuelto a interrumpir —dije al llegar.
—Pero esta vez no lo ha conseguido del todo. Ya estás aquí.
Me tomó las manos.
Nos casó una celebrante del pueblo que conocía a Kendrick desde niño y que había amenazado con contar varias anécdotas vergonzosas si no pronunciaba los votos correctamente.
Yo prometí no organizar nuestra vida como si fuera una boda en la que todo debía suceder a una hora exacta. Prometí preguntar antes de asumir, escuchar antes de huir y no matar más plantas de las estrictamente necesarias.
Kendrick prometió no volver a ocultarme quién era, ni siquiera cuando tuviera miedo de perderme. Prometió dejarme sitio, coger aviones, aprender español suficiente para discutir con mi familia y recordar que tener raíces no significaba quedarse inmóvil.
Cuando la celebrante nos declaró marido y mujer, Kendrick me besó bajo el arco que habíamos construido para otra boda y todo el mundo se puso en pie.
Hubo comida, música y un baile improvisado en el salón.
Douglas terminó bailando con Morag, algo que el pueblo comentaría durante años.
La señora Aitken permitió que otra persona sirviera la cena, aunque pasó toda la noche vigilándola.
La oveja apareció de nuevo junto a la cocina y consiguió robar un trozo de pan antes de ser expulsada definitivamente.
Cuando el último invitado se marchó, Kendrick y yo subimos a la terraza de los tejos. Me senté con el vestido recogido entre las manos y apoyé la cabeza en su hombro. Él entrelazó los dedos con los míos.
—Señora Sinclair —dijo.
—Ni se te ocurra. Herrera.
—Señora Herrera.
—Mejor.
—¿Arrepentida?
Miré la finca. Las luces del caserón, el arco florido y el jardín que ya conocía en todas sus estaciones. Pensé en mi casa de España, que seguía siendo mía. En los vuelos, en los clientes y en la empresa que habíamos construido.
—Ni un segundo.
Nos quedamos callados bajo las estrellas.
—El lunes tenemos boda —dije al cabo de un rato—. Los alemanes. Doscientos invitados y camino de pétalos.
Kendrick soltó una carcajada.
—El viento se los va a llevar al condado de al lado.
—Pétalos húmedos. Pesan más.
—¿Y ese truco?
—Me lo enseñó un jardinero bastante insolente.
—Suena atractivo.
—No está mal. Miente fatal, pero ha mejorado.
Me besó la sien.
Abajo, junto al arco, la oveja volvió a balar.
—Como se coma las flores de mi boda, mañana la convierto en estofado —dije.
Kendrick rió, me rodeó con un brazo y me acercó a él.
Apoyé la cabeza en su hombro y volví a mirar el jardín. Resultaba extraño pensar que todo aquello hubiera empezado con una boda que no era la mía, una carpeta llena de planes y un hombre con una pala al que yo había tomado por jardinero.
Nada había salido como esperaba. Y no habría querido que saliera de otra manera.
Fin.