Jeanne
—¿Qué cualidades debe tener un buen rey? —le pregunté a Ferdinand.
A sus veinticinco años, el tercer príncipe de Francia había alcanzado, a mi humilde parecer, la formación perfecta que durante años le habían inculcado en la Nueva Fronda. No solo eso: su belleza también había madurado hasta convertirse en un hombre de lo más atractivo.
—Ambición.
—Muy bien —le animé a continuar, mientras paseábamos por los acantilados que pertenecían a la que había sido nuestra casa durante el último y turbulento año.
—Humildad.
—Solo ante Dios y ante su pueblo.
—Dominio sobre sus pasiones.
—Esa es la que peor lleváis, alteza.
—Odio cuando te diriges a mí así —dijo Ferdinand, inclinándose ante mí en un vano intento de robarme un beso. Me aparté de él, riendo—. Llámame por mi nombre.
—No —me negué—. Cuanto antes aceptéis que sois el futuro rey de Francia, mejor.
—Puede que eso nunca ocurra.
—Ocurrirá, creedme. Ya falta muy poco.
Él suspiró y, al hacerlo, uno de sus largos mechones castaños revoloteó junto con la brisa que llegaba del océano Atlántico.
—De pequeños nos besábamos continuamente —se quejó.
—Hace mucho de eso.
—¡Demasiado!
—¿Veis lo que os digo de la paciencia?
Ferdinand me miró con ese aire de frustración que siempre le había acompañado desde que había conocido su identidad.
Sus ojos, de un azul profundo y hermoso, reflejaban las tormentas que llevaba dentro, los anhelos de un destino que aún no podía tocar.
Él, el tercer príncipe de Francia, criado en las sombras de la Nueva Fronda, estaba tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de cumplir su propósito.
—Te envidio, Jeanne. Todo parece más fácil para ti —dijo, cruzándose de brazos mientras continuábamos nuestro paseo por los acantilados.
—No crucéis los brazos. Un rey jamás haría un gesto tan vulgar —le indiqué, y él resopló antes de obedecerme—. Alteza, habéis olvidado que sois vos quien nació con sangre real, no yo. Vuestra misión no es sencilla, lo admito.
Lo cierto era que mi vida tampoco había sido sencilla, ni mucho menos.
Desde niña, me habían preparado para esto: ser el arma más sutil de la Nueva Fronda, la llave que abriría las puertas del poder para Ferdinand y destruiría a Louis XIV.
Durante años, había aprendido el arte de la manipulación, el engaño y la seducción.
Mientras Ferdinand recibía la formación propia de un príncipe, yo recibía la educación de una espía capaz de caminar entre los grandes de Francia sin que jamás supieran quién era en realidad.
Pero había algo que Ferdinand no entendía y que nunca entendería: yo también llevaba una carga.
Mi vida, mi identidad, incluso mi cuerpo, no me pertenecían.
Todo había sido moldeado para un propósito mayor, y si las cosas no salían como la Nueva Fronda había planeado, yo debería cumplir con mi papel .
—¿Qué harás cuando todo termine? —preguntó Ferdinand, deteniéndose a mi lado.
El sol se reflejaba en su melena castaño oscuro, creando destellos dorados que parecían reflejar la sangre real que corría por sus venas.
Durante un instante, me permití imaginarlo como un rey: el futuro y grandioso monarca que reemplazaría a Louis XIV.
Era un pensamiento reconfortante, y también una visión cargada de incertidumbre.
—Cuando todo esto termine, alteza, no tendréis que preocuparos de mí.
—Haré de ti la mayor y más bella reina de Europa.
—No lo haréis. Os casaréis con una princesa que afianzará vuestros lazos políticos. Yo no soy nadie.
Él quiso protestar por mis palabras, pero antes de que pudiera replicar, un criado apareció entre los setos del jardín. Al verlo, supe que algo terrible había pasado.
—Jeanne, el Orfebre quiere verte en el salón principal.
Me despedí de Ferdinand con un gesto breve. Su mirada se quedó fija en mí mientras me alejaba, como si quisiera decir algo que sabía que no debía pronunciar. No podía permitirse dudas.
Yo tampoco.
El Orfebre me esperaba junto a la chimenea, de pie, con su porte imponente, sabiéndose dueño de todo lo que le rodeaba.
La tenue luz del fuego iluminaba sus facciones aún atractivas, a pesar de los estragos de la edad.
Incluso con el paso de los años, se mantenía en plena forma, decidido a llevar la Nueva Fronda hasta la victoria.
Al igual que Ferdinand, yo también era una pieza en su tablero, y había aprendido a jugar bajo sus reglas.
—Jeanne —me saludó, distante y serio—. ¿Cómo está nuestro joven príncipe?
—Listo para cumplir con su destino.
—Me temo que aún falta para eso. Las cosas no han salido como esperábamos.
—¿Señor?
—Espero que estés lista para el siguiente paso.
—Siempre lo he estado —respondí, procurando disimular mi inquietud.
El Orfebre sonrió.
—Eso espero. Porque ahora necesitarás toda tu habilidad y tu temple. He conseguido una invitación para que te unas a la corte de Versalles.
Sentí que el aire que alimentaba mis pulmones me abandonaba. Durante años, había imaginado este momento: la oportunidad de infiltrarme en el corazón del poder y destruirlo desde dentro. Pero ahora que estaba aquí, el peso de la misión caía sobre mí como una losa.
—¿Bajo qué identidad? —pregunté.
—Serás presentada como Madame de Lormagne, una joven viuda proveniente de la región de Normandía, ya que tu acento norteño te delata. Hemos creado un trasfondo impecable para ti, con un linaje ficticio que resistirá cualquier escrutinio.
Tragué saliva al saber que el rey pronto sabría mi nombre, aunque fuese uno falso.
—De todas las Semillas que hemos educado y preparado para esta situación que no sabríamos si finalmente se daría, hemos decidido que seas tú la elegida para llevar a cabo la misión.
—¿Y qué espera de mí la Nueva Fronda? — pregunté, aunque sabía de sobra la respuesta. Se me había criado con un solo fin y, al parecer, de entre todas las Semillas, yo era la más adecuada.
El Orfebre se acercó, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me hizo sentir como si pudiera leer mi alma.
—Seduce al rey. Gánate su confianza. Haz que te desee. Y cuando llegue el momento… matálo.
Esa era la orden. Una que había esperado toda mi vida, un privilegio que ahora caía al fin en mis manos: la de acabar con el reinado del Rey Sol.
Había estudiado a Louis XIV durante años: sus hábitos, sus debilidades, sus placeres.
Sabía qué buscaba en las mujeres, qué melodías inflamaban su espíritu, qué palabras alimentaban su vanidad.
Estaba más que lista para enfrentarme cara a cara con el tirano que gobernaba Francia; el hombre al que había jurado derrocar.
—¿Y Ferdinand? —pregunté, en un susurro, conociendo también esa respuesta.
—El príncipe Ferdinand jugará su papel cuando sea necesario. Por ahora, Jeanne, el éxito de la misión de la Nueva Fronda depende solo de ti.
El momento de actuar se acercaba, y con él, la pregunta que más temía responder: ¿era yo una simple herramienta de la Nueva Fronda, o la vida me traería más que eso?
Pronto lo averiguaría.
Mi destino, y el de Francia, estaba a punto de decidirse.