Capítulo 12 El pastel azul
D ecidí no supervisar al catering. Me había prometido a mí misma que soltaría el control, que delegaría, que confiaría.
Diana me había animado: «Vamos a dar una vuelta, que te oxigenes».
Así que la seguí, dejando atrás el bullicio de la cocina.
Al regresar, veinte minutos después, descubrí que los cubiertos estaban colocados al revés: los tenedores a la derecha, los cuchillos a la izquierda.
Un error estúpido, pero que me encendió una alarma interna.
Instintivamente, di un paso para corregirlo. Diana me agarró del brazo. «Déjalo», dijo. «No es el fin del mundo. La gente comerá igual». Tragué saliva. La imperfección me escocía como una astilla bajo la piel. Pero asentí. Respiré hondo. Y no toqué nada.
El olor me llegó desde el otro extremo del pasillo.
No era el aroma dulce y prometedor de un postre recién horneado.
Era algo más denso, más químico, como si hubieran fundido un juguete de plástico dentro de un bollo de pan.
Me detuve en el marco de la puerta de la cocina y parpadeé tres veces, esperando que la imagen se reconfigurara en algo con sentido.
No lo hizo.
En el centro de la mesa de mármol, rodeado de operarios de catering que miraban el objeto con la misma expresión con la que se observa un accidente de tráfico, descansaba una mole de fondant azul eléctrico.
Medía un metro de alto, quizá más. Tenía tres pisos, cada uno decorado con oleajes de color turquesa que parecían sacados de una maqueta de piscina olímpica.
Y en la cúspide, como coronación de aquel delirio pastelero, dos cisnes de fondant blanco se besaban con picos entrelazados bajo un arcoíris de purpurina comestible.
—¿Qué es eso? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente calmada, como si mi cerebro se hubiera negado a procesar el nivel de amenaza.
El repostero, un hombre de treinta y tantos con gorro blanco y manchas de colorante en el delantal, dio un paso adelante con la humildad de quien entrega un certificado de defunción.
—Su madre lo encargó. Es el pastel sorpresa.
—¿Sorpresa? —La palabra me salió con un tono que no reconocí—. ¿Esto es una sorpresa?
El repostero asintió, y en sus ojos vi el mismo terror que debía tener yo en los míos.
—Dijo que quería algo que representara la superación de la adversidad. Que la tormenta era una metáfora de su relación. Y que los cisnes simbolizan el amor eterno.
—Los cisnes —repetí, señalando las dos figuras que se besaban en la cúspide—. Se están dando un pico. En un arcoíris. ¿Desde cuándo mi madre tiene una boda temática de My Little Pony ?
—Marina, hija, no exageres.
La voz de Julia llegó desde la entrada de la cocina.
Me giré y la vi aparecer con su vestido de flores estampado y el altavoz Bluetooth en la mano, como si acabara de salir de un ensayo general para el Apocalipsis.
Llevaba el pelo recién peinado, con un volumen que desafiaba las leyes de la gravedad, y una sonrisa de triunfo que me indicó que aquello no era un error, sino una declaración de intenciones.
—Es una alegoría del mar bravío —dijo, avanzando hacia el pastel con los brazos abiertos, como si estuviera presentando una obra de arte en un museo—. Simboliza la tormenta que superaréis juntos. Y los cisnes representan la fidelidad, la belleza, la gracia...
—Mamá, es azul eléctrico. —Me señalé las flores del pelo, que aún conservaba del momento del vestido—. Parece la decoración de una fiesta infantil de cumpleaños. De un niño al que le gustan los dinosaurios y los superhéroes.
Julia frunció el ceño. El gesto de ofensa le arrugó la frente, y por un momento vi a la actriz frustrada que llevaba dentro asomando por sus ojos.
—El arte no entiende de colores, Marina. El arte es emoción. Y esto —señaló la mole con un gesto dramático— es una obra maestra.
—Es un desastre.
—Es una declaración.
—Es un crimen contra la repostería.
—¡Es mi regalo! —Julia dio un paso adelante, y su voz se elevó hasta el borde del llanto—. He pagado trescientos euros por este pastel. Lo he encargado con semanas de antelación. He elegido cada detalle, cada matiz, cada...
—¿Cisne? —la interrumpí—. ¿Has elegido los cisnes?
—¡Los cisnes son preciosos!
—Se están dando un pico, mamá.
—¡Es un beso! ¡Un beso de amor eterno!
Apreté los párpados un segundo. Sentí que la paciencia se me escurría por los dedos como arena fina, pero en algún lugar de mi pecho, en lugar de la furia que esperaba, encontré una pequeña burbuja de algo parecido a la resignación. O al humor. No estaba segura.
—Vale —dije, abriendo los ojos—. Vale. Lo retiramos con cuidado, lo metemos en una caja y mañana lo devolvemos a la pastelería.
—¡No!
—Mamá...
—No pienso devolverlo. —Julia cruzó los brazos, y su mandíbula se tensó con esa determinación que solo aparecía cuando estaba a punto de hacer una escena—. Es mi contribución a la boda. Mi regalo. Mi momento.
—Tu momento va a ser que los invitados se rían del pastel.
—¡Pues que se rían! La risa es salud.
—Mamá, no es...
—Marina. —Su voz se quebró ligeramente, y vi cómo sus ojos se humedecían—.
He esperado este día toda mi vida. He soñado con verte casada desde que eras pequeña.
Y ahora que llega el momento, no me dejas hacer nada.
No me dejas opinar, no me dejas participar, y cuando intento aportar algo especial, tú lo rechazas.
El mismo discurso. Otra vez. Como un disco rayado que se repetía cada vez que intentaba poner límites. Recordé la conversación en su casa, las plumas, el número musical, la mención de mi padre. Y sentí que el agotamiento me invadía como una marea.
Pero antes de que pudiera responder, una voz se coló desde la puerta.
—Vale, vale, respiremos todos.
Camilo entró en la cocina con la cámara colgada al hombro y el pelo más alborotado de lo habitual. Traía una mancha de barro en la rodilla del pantalón, y en la mano derecha sostenía una taza de café que humeaba. Miró el pastel, parpadeó dos veces, y luego, con una entereza que me sorprendió, dijo:
—Es... imponente.
—¿Imponente? —Julia sonrió, halagada—. Eso es exactamente lo que quería transmitir.
—Sí, imponente —repitió Camilo, y sus ojos se cruzaron con los míos en un gesto que decía claramente «sácame de aquí» —. ¿Sabes qué? Creo que podemos encontrarle un sitio. ¿En esa mesa de la esquina, tal vez?
Señaló una mesa auxiliar de madera que habían colocado junto a la puerta de la cocina, justo al lado del acceso al comedor. Era una mesa pequeña, endeble, con una pata que cojeaba ligeramente desde que un operario la había montado mal.
—Ahí —dijo Camilo, avanzando hacia la mesa—. La ponemos aquí, discretamente, y los invitados que quieran verla pueden acercarse.
—¿Verla? —Julia parecía ofendida—. Van a verla todos. Es el pastel principal.
—El pastel principal es el blanco —dije, y mi voz sonó más firme—. Este es... el pastel de reserva.
—De emergencia —añadió Camilo, con una sonrisa conciliadora—. Por si acaso. Como un extintor.
Julia dudó. Luego, con un suspiro teatral, asintió.
—Vale. Pero quiero que esté en un lugar visible. Que la gente sepa que yo lo encargué.
—Visible —dijo Camilo, haciendo un gesto al personal de catering—. Lo ponemos aquí, bien visible.
Dos operarios se acercaron al pastel. Lo levantaron con cuidado, sosteniendo la base de cartón con ambas manos, y comenzaron a desplazarlo hacia la mesa auxiliar. El pastel se balanceaba ligeramente, como un barco en una tormenta, y los cisnes de la cúspide temblaban con cada paso.
—Con cuidado —dijo Julia—, que los cisnes son frágiles.
—Los cisnes son frágiles —repitió el operario, con una voz que delataba que llevaba demasiadas horas trabajando.
Llegaron a la mesa. Colocaron el pastel sobre la superficie de madera. Durante un segundo, todo pareció estable. Julia sonrió. Camilo respiró hondo. Yo empecé a girarme para irme.
Y entonces ocurrió.
La pata derecha de la mesa emitió un crujido.
Un sonido seco, como el chasquido de una rama al partirse. El pastel se inclinó hacia un lado. Los operarios intentaron sujetarlo, pero sus manos resbalaron sobre el fondant, y la mole de color azul eléctrico comenzó a deslizarse lentamente hacia el borde.
—¡No! —gritó Julia.
El pastel cayó.
No fue una caída limpia, de esas que se pueden describir con una sola palabra.
Fue una caída en cámara lenta, una coreografía del desastre.
El primer piso impactó contra el suelo y se partió en tres pedazos que liberaron una nube de polvo de azúcar.
El segundo piso se deslizó hacia la izquierda y explotó contra la pata de una silla, esparciendo migas azules por toda la baldosa.
Y el tercer piso, con los cisnes de fondant besándose aún en la cúspide, describió un arco perfecto y aterrizó boca abajo sobre el charco de crema, con los picos aún entrelazados.
Los cisnes sobrevivieron. El resto era un campo de batalla de colorante y nata.
Nadie dijo nada. Solo se oía el goteo de la crema cayendo desde el borde de la mesa.
Julia abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. Y entonces, como si un interruptor se hubiera activado en su interior, rompió a llorar.
No era un llanto silencioso, de esos que se disimulan con un pañuelo. Era un llanto histriónico, de película de los ochenta, con hipidos y aspavientos y las manos llevándose al pecho en un gesto de dramatismo absoluto.
—¡Mi pastel! —gimió, dejándose caer sobre la silla más cercana—. ¡Mi obra de arte! ¡Trescientos euros! ¡Los cisnes!
Camilo se quedó paralizado, con las manos aún en el aire, como si pudiera retroceder el tiempo y evitar la catástrofe.
—Julia, yo... lo siento. La mesa estaba mal montada. No sabía...
—¡No sabes nada! —gritó ella, y las lágrimas le corrían por las mejillas, arrastrando rímel—. ¡Nunca sabes nada! ¡Eres un desastre, Camilo! ¡Un desastre con patas!
—Mamá... —empecé.
—¡Y tú! —Se giró hacia mí, y su dedo índice me señaló con una furia que me pilló desprevenida—. ¡Tú siempre me dices que no, que no a todo! Que no a las plumas, que no al número, que no al pastel. ¿Qué quieres, Marina? ¿Una boda sin mí?