Un desastre llamado Amor Capítulo 10 Apostar al rojo
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Capítulo 10 Apostar al rojo

S ubí las escaleras con las piernas firmes, aunque por dentro me temblaba todo.

El pasillo de la planta baja estaba vacío; los operarios habían terminado de asegurar las lonas y el viento silbaba en las rendijas de las ventanas, un sonido que precedía a la tormenta.

La puerta de la habitación de Camilo estaba entreabierta, y desde el rellano veía la luz cálida de la lámpara de mesa proyectándose sobre la pared de madera.

Me detuve un segundo. Notaba las uñas clavándose en las palmas, ese gesto tonto que hago cuando finjo calma. La madera del marco estaba fría bajo los dedos. No era miedo lo que sentía. Era algo más antiguo, más parecido a la certeza de que no podía seguir fingiendo.

Empujé la puerta.

Camilo estaba sentado en el borde de la cama, con la cámara en las manos, pasando fotos en la pantalla.

Llevaba la camisa azul claro arremangada hasta los codos, y el pelo negro se le enredaba en la nuca en esos rizos que siempre se negaban a domarse.

Cuando levantó la vista, su sonrisa fue automática, como un reflejo.

—¿Todo bien? —preguntó, dejando la cámara a un lado.

No respondí. Cerré la puerta tras de mí y crucé la habitación con pasos lentos, sintiendo la alfombra bajo las zapatillas. Me senté en el borde de la cama, a un palmo de él, y apoyé las manos en los muslos. Las uñas, pintadas de rojo óxido, contrastaban con el azul desvaído de mis vaqueros.

—Marina, me estás asustando —dijo, y su voz había perdido el tono despreocupado de antes. Ahora había una cuerda tensa en sus palabras.

—He leído tu blog —dije.

Aguanté la respiración. Solo los latidos en mi oído marcaban el tiempo.

Camilo palideció. Literalmente, vi cómo el color se le escapaba de las mejillas, dejando una palidez que no le había visto nunca. Abrió la boca, la cerró, y luego dijo con una voz que apenas reconocí:

—Marina, yo... no lo publiqué. Era solo un desahogo. Algo que escribí para mí, para ordenar lo que sentía. No era para ti.

—Lo sé. —Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Y no debería haberlo leído. Fue un accidente. Tu móvil, la app de notas, el título... —Hice una pausa, y el nudo de la garganta se aflojó un poco—. No pude evitarlo.

Bajó la mirada. Sus manos, esas manos que siempre estaban moviéndose, sosteniendo la cámara, gesticulando al hablar, ahora yacían quietas sobre sus rodillas.

La funda nórdica estaba arrugada bajo sus dedos, y yo noté la textura del algodón, el pliegue que se había formado donde había estado sentado durante horas.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, sin levantar la cabeza.

—Nada. —La palabra sonó más fuerte de lo que pretendía—. No voy a hacer nada. Excepto decirte que tienes razón.

Camilo levantó la vista. Sus ojos verdes, con esas motas doradas que siempre me habían parecido fragmentos de luz atrapada, me miraron con una mezcla de confusión y esperanza.

—¿Qué?

—Que tienes razón. —Sentí que la voz se me quebraba, pero no la detuve—.

Me he convertido en una directora de orquesta.

Y tú eres mi primer violín, no mi proyecto.

He pasado seis meses alineando sillas, ajustando flores, calculando horarios, y me olvidé de la persona con la que voy a casarme. Me olvidé de ti.

Las palabras se quedaron flotando entre nosotros, como el polvo que baila en un rayo de sol. Camilo no dijo nada. Solo me miraba, y en sus ojos vi algo que no había visto antes: vulnerabilidad.

—He sido una idiota —continué, y ahora las lágrimas empezaban a formarse, calientes, detrás de los párpados—. Te he observado, corregido, ajustado. Te he metido en mi plan maestro sin preguntarte si querías estar allí. Y tú te has dejado, porque eres así de fácil, así de bueno, así de...

—No —me interrumpió, y su voz sonó ronca—.

No me he dejado. He sido un cobarde. En lugar de hablarlo, lo escribí.

En lugar de decirte «Marina, me estoy asfixiando», guardé las palabras en una nota y las enterré.

—Se pasó la mano por el pelo, y el gesto, tan suyo, me dolió—.

Tengo miedo de no estar a la altura de tu plan perfecto.

De despertarme un día y que me odies por no ser el marido que diseñaste.

—No quiero un marido diseñado —dije, y las lágrimas cayeron al fin—. Quiero un marido desastre. Quiero el que derriba torres de macarons y escribe blogs en secreto y huele a café y a tierra mojada. Quiero el caos. Tu caos.

Se inclinó hacia mí. Su mano, caliente, encontró la mía, y entrelazó sus dedos con los míos. Sentí los callos de su dedo índice, los que le habían dejado años de sostener la cámara, y ese detalle, tan pequeño, tan real, hizo que las lágrimas se convirtieran en un sollozo contenido.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, con la voz temblorosa—. Que cuando escribí esa entrada, estaba pidiendo ayuda. A gritos. Pero en silencio. Y tú no podías oírme porque yo no sabía cómo hablar.

—Yo tampoco sabía escuchar.

Estuvimos un momento así, con las manos entrelazadas, sin mirarnos. La lluvia golpeaba la ventana con un ritmo constante, y el viento hacía vibrar los cristales. Fuera, la tormenta se acercaba. Pero dentro, en aquella habitación de paredes de madera y luz cálida, algo se estaba reordenando.

—No quiero una boda perfecta —dije al fin, y mi voz sonó más clara—. Quiero una boda auténtica. Quiero que cuando mire atrás, recuerde cómo nos reímos, no cómo estaban alineadas las sillas.

Soltó una risa, una risa corta, húmeda, que sonó más a alivio que a alegría.

—¿Y tu madre? ¿Y las plumas? ¿Y el número musical?

—Mamá puede tener su momento. Pero dentro de unos límites. —Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, manchándome la mejilla de rímel—. Y si se pasa, la conecto al altavoz y que baile sola.

Se rió de verdad esta vez. Una risa que le salió del pecho, que le iluminó la cara, que me hizo recordar por qué me había enamorado de él.

—Te quiero —dijo, y la palabra sonó a promesa.

—Yo también te quiero. —Apoyé la frente contra la suya, y sentí su aliento mezclarse con el mío—. Y voy a aprender. A soltar el control. A no medir cada palabra. A confiar en que el desastre también puede ser hermoso.

—Yo también voy a aprender —dijo—. A hablar. A no esconderme en notas. A decirte las cosas aunque duelan.

—¿Un pacto?

—Un pacto.

Se inclinó hacia mí. Su mano soltó la mía para rodearme la cintura, y yo me dejé caer contra su pecho. Olía a lluvia y a ese perfume suyo, el que usaba desde que lo conocía, el que siempre me había parecido a hogar. Noté su barba incipiente rozándome la sien, y el calor de su cuerpo contra el mío.

—Lo siento —murmuró contra mi pelo—. Por no habértelo dicho antes.

—Yo también lo siento —respondí, con la cara enterrada en su camisa—. Por no haberte preguntado.

El trueno sonó entonces, tan cerca que la habitación tembló. La luz parpadeó un segundo, y la finca se sumergió en una oscuridad total que duró apenas un latido. Luego, la lámpara volvió a encenderse, más débil, como si la tormenta hubiera chupado parte de su energía.

—La tormenta —dije, levantando la cabeza—. Ha llegado.

Camilo sonrió. Una sonrisa torcida, de las que siempre me desarmaban.

—Que llegue. Estamos juntos. Eso es lo único que importa.

—¿Seguimos adelante? —pregunté, y la pregunta llevaba más peso del que debería.

—Sí. —Me besó en la frente, un beso largo, tranquilo—. Pero sin guion. Sin plan. Solo nosotros.

—Sin guion —repetí, y la palabra me supo a libertad—. Solo nosotros.

Otro trueno, más lejano ahora, retumbó sobre la finca. La lluvia arreciaba contra los cristales, y el viento silbaba a través de las rendijas de la ventana. La tormenta real, la del cielo, había llegado.

Pero dentro de la habitación, entre las manos entrelazadas y las promesas susurradas, había un oasis de calma.

Un oasis pequeño, frágil, pero real.

Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí la necesidad de controlarlo.