Capítulo 30
Evasión: hacer absolutamente todo lo que esté en tu mano para eludir hablar sobre haber sido emparejado por un grupo de entrometidas
Tarareo al entrar en Bake Me Happy . He terminado mi trabajo temprano hoy. No os preocupéis. Esta vez he trabajado en la biblioteca en lugar de en Clove’s Coffee Corner. Lección aprendida.
Como he terminado pronto, he pensado en comprarle un capricho a Phoenix. Sé de buena tinta que le encanta la canela.
Un hombre sonríe en mi dirección. —Ya era la condenada hora.
No puede estar hablándome a mí. No sé quién es este hombre. Miro por encima del hombro, pero no hay nadie allí.
—Sí, te hablo a ti.
Me señalo a mí misma.
Él resopla. —Sí, a ti. La señorita Gabrielle Dempsey.
¿Cómo sabe mi nombre? —Eh, ¿hola?
Odio que mi saludo suene como una pregunta, pero al menos no estoy escondiendo mi cara tras el pelo. ¡Progreso!
—Soy Bryan. Yo soy el que mantiene esta pastelería en funcionamiento.
¿Ah, sí? —Pensaba que el marido de Ashlyn, Rowan, era el dueño de la pastelería.
Él saca la cadera y apoya la mano en ella. —¡Pff! Ese hombre no puede vivir sin mí.
Escudriño la pastelería en busca de otras personas antes de dar un paso hacia delante. —¿Sois...? —Trago saliva e intento de nuevo—. ¿Sois Rowan, Ashlyn y tú una tríada?
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Y se ríe. Y se ríe. Cielo santo. No lo decía en broma.
—Tú —dice jadeando— eres divertidísima. Rowan no podría manejar todo esto.
La puerta que tiene detrás se abre y Rowan sale tranquilamente cargando una bandeja de galletas.
—Por favor, me deseas y lo sabes.
—No es cierto —afirma Bryan, pero el hecho de que se muerda el labio inferior demuestra que miente.
Rowan bufa. —Claro que sí. Me tirabas los tejos todo el tiempo en la universidad.
Bryan levanta la nariz hacia el techo y resopla. —No lo hacía.
—¿No? ¿Es que no recuerdas el incidente de la ducha?
—Acordamos no volver a hablar del incidente de la ducha jamás. Lo tengo por escrito. Está en mi contrato.
Rowan ignora a Bryan y se dirige a mí. —No está en su contrato. Nunca firmaría un acuerdo de confidencialidad que no me permitiera contarle a la gente cómo entró pavoneándose en las duchas comunes de la residencia llevando puesto—.
—¡Para! —grita Bryan.
Rowan me sonríe. —Es demasiado fácil. ¿Qué puedo ponerte?
En cierto modo quiero oír qué llevaba puesto Bryan, pero creo que la gente tiene derecho a guardar sus secretos. Estudio las vitrinas llenas de delicias horneadas. —¿Uno de cada?
Él se ríe entre dientes. —Hecho.
—¡Es broma! —me apresuro a decir—. Quiero algo con canela para Phoenix.
—¿Qué tal un rollo de canela ecológico?
Se me hace la boca agua. —Suena delicioso.
—Toma asiento. Te calentaré uno.
No he venido aquí a por algo para mí.
—Te prepararé un capuchino.
Me ha ganado con el café. —Vale —asiento.
—Siéntate. Te lo llevaré en cuanto esté caliente.
No hace falta que me lo diga dos veces. Busco una mesa en la esquina y saco el ordenador del bolso. Puede que el trabajo de hoy esté terminado, pero siempre queda el de mañana.
—¡Ahí está! —grita Sage al entrar en la pastelería, seguida de Feather, Petal, Clove y Cayenne.
¿Es que estas mujeres no trabajan nunca? Sé que todas tienen negocios o, en el caso de Sage, un empleo.
Esbozo una sonrisa. —¿En qué puedo ayudaros?
—Puedes dejar de perder el tiempo —exige Feather mientras se sienta frente a mí. Ni siquiera se molesta en preguntar si el asiento está libre.
—¿Perder el tiempo?
—Sí —asiente—. Han pasado casi dos meses.
¿Me atrevo a preguntar? Sí, lo hago. Ya no soy la miedica que era cuando llegué por primera vez a vivir a Winter Falls. Soy más fuerte. Puedo enfrentarme a un grupo de mujeres mayores. Puede que sean las ancianas más aterradoras del mundo, pero puedo con esto.
—¿Dos meses desde qué?
—Desde que empezaste a vivir con Phoenix —bufa ella.
¿Han pasado ya dos meses? En cierto modo, parece que han sido años. Normalmente tardo una eternidad en sentirme tan cómoda con una persona como lo estoy con Phoenix. Pero ese criador de cabras tiene algo que me tranquiliza y me da paz.
Maldita sea. Han pasado dos meses. ¿Querrá Phoenix que me mude? ¿Le estaré estorbando? Después de todo, no hay razón para que me quede. No hemos sabido nada de Patrick en semanas.
No. No. No. No voy a escalar el Monte de la Inseguridad de nuevo. Ya he escalado esa montaña y he terminado con ella. No me quedan picos nuevos por subir.
Phoenix se preocupa por mí. Él mismo lo ha dicho. Claro, mis sentimientos por él son más profundos. Después de todo, quiero a ese hombre, pero no pasa nada. Que se preocupe por mí es un buen punto de partida.
—¿Y bien? —me apremia Petal, y casi salto en el asiento. ¿Cómo se me ha podido olvidar que estoy rodeada por las cotillas, aunque hoy no lleven puestas sus camisetas de color rosa fucsia?
—No estoy segura de lo que queréis.
Rowan se abre paso a codazos entre la multitud de mujeres. —Quieren que admitas que amas a Phoenix para poder ganar la apuesta —dice mientras deja mi café y mi rollo de canela sobre la mesa.
—¿Dónde está lo nuestro? —exige Sage.
Él arquea una ceja. —¿Vuestro qué?
—¡Jovencito! —balbucea ella.
Él se ríe entre dientes mientras Bryan llega con rollos de canela y cafés para todas. Clove huele el café antes de dar un sorbo. Se le iluminan los ojos por el sabor, pero sus labios se curvan en un gesto de disgusto.
—Tu café es aceptable —dice.
Rowan hace una reverencia. —Gracias. —Me guiña un ojo antes de retirarse y dejarme a solas con ellas. Maldición. Supongo que no puedo contar con su ayuda.
Doy un sorbo a mi café mientras medito cómo salir de esta situación.
No tengo intención de admitir mis sentimientos ante ninguna de ellas.
Puede que no sea de Winter Falls, pero tengo el sentido común suficiente como para no contarle mis secretos a ninguna de las cotillas.
No serían secretos más tiempo del que tarden en publicar la noticia en la página de Facebook del pueblo.
—Proyecto Granja no debería haber durado tanto —se queja Cayenne.
—¿Qué es el Proyecto Granja?
Sage pone los ojos en blanco. —Sois Phoenix y tú, por supuesto.
Vaya. No quiero ni tocar ese comentario. En su lugar, pregunto: —¿A qué viene el nombre de Proyecto Granja?
Ella señala a Cayenne. —No dejaba de olvidar los acrónimos.
—¿Acrónimo?
—Ya sabes, cuando juntas dos palabras para formar una sola.
—Sé lo que es un acrónimo, pero me confunde qué tiene que ver conmigo.
—Les gusta inventar nombres combinados para sus proyectos de hacer de alcahuetas. Empezó con el Proyecto Weston; es decir, Aspen West y Lyric Alston —explica Bryan.
—Proyecto Granja no es un acrónimo.
Sage resopla. —El nombre no es importante.
Pero discutir sobre el nombre las ha distraído un poco. ¿De qué otra forma puedo distraerlas? La campana sobre la puerta suena y entra el viejo Mercury.
—Hola, Mercury —saludo con la mano.
Me responde con un gruñido, pero estoy decidida.
—¿Cómo está?
Golpea el suelo con su bastón. —Me duelen los huesos y estas señoras están arruinando mi pueblo.
—¿Tu pueblo? —chilla Sage—. He estado aquí tanto tiempo como tú.
—Yo también. Arlo y yo estuvimos tan involucrados en la fundación de Winter Falls como tú y Adhara —añade Cayenne.
—¿Quién es Adhara? —susurro.
No debo de haber susurrado lo suficientemente bajo porque Mercury me oye y responde: —Mi esposa.
—Es viudo —responde Feather.
Me levanto y camino hacia Mercury. —Siento mucho su pérdida —digo mientras le aprieto el antebrazo.
Él me mira con el ceño fruncido. —¿Qué sabes tú de pérdidas, jovencita?
—Mis padres murieron cuando yo tenía ocho años.
Han pasado veinte años y, sin embargo, decir esas palabras todavía hace que me duela el corazón por lo que nunca tendré. Una madre con la que hablar sobre enamorarse. Un padre que me lleve al altar. Unos abuelos que consientan a mis hijos.
—Pídele perdón, Mercury —Clove le señala con el dedo—. Deberías saber que no hay que hacer suposiciones sobre la gente.
Mercury aprieta los labios y la mira con dureza.
Le doy una palmadita en el antebrazo. —No pasa nada. No tiene por qué disculparse.
Él me toma de la mano. —Señorita, creo que sí debo hacerlo.
—No —insisto—. Lo entiendo. A veces me quedo absorta en lo que perdí y olvido que otras personas han perdido más que yo. Tengo suerte. Tengo a mis hermanas y a mi hermano.
—Y a un joven persiguiéndote, por lo que he oído.
Se me calientan las mejillas. —Yo no diría persiguiéndome.
—Entonces ya te ha atrapado, ¿verdad? —Mercury me guiña un ojo, y casi me caigo de culo por la sorpresa ante el gesto—. Ahora. —Me aprieta la mano—. Será mejor que te marches antes de que los cotilleos en este pueblo traten sobre tus flirteos conmigo.
—Es culpa suya por ser tan malditamente guapo —digo.
Mercury sonríe antes de coger su café y salir arrastrando los pies por la puerta.
Me acerco al mostrador. —¿Puedo pagar su café? Y lo mío también, por favor.
Rowan me entrega una bolsa para llevar negando con la cabeza. —Invita la casa. —Antes de que pueda protestar, continúa—: Cualquiera que consiga que el viejo Mercury sonría y le guiñe un ojo se ha ganado unos cuantos pasteles.
—No he sido amable con él para conseguir algo gratis.
—Precisamente por eso no vas a pagar.
No entiendo su razonamiento, pero sonrío de todos modos. —Gracias.
—Ahora, lárgate de aquí mientras Bryan entretiene a las cotillas.
Miro por encima del hombro para encontrar a su ayudante gesticulando con los brazos por todas partes mientras cuenta una historia. Me siento tentada a quedarme a escuchar. Acabo de conocer a Bryan, pero sé que tiene buenas historias.
Sin embargo, no soy tonta. Las cotillas están distraídas y es hora de poner pies en polvorosa.