Capítulo Veinte
LENA
Bennett ha desaparecido.
La ceremonia debe comenzar dentro de veinte minutos y nadie logra encontrarlo.
La primera persona en organizar la búsqueda es Paula Ruiz, una coordinadora de bodas independiente a quien el hotel llamó después de que la persona encargada del evento de Sienna y Bennett no pudiera llegar por la tormenta.
Paula tiene cuarenta y dos años, mide un metro cincuenta y dos y es capaz de poner en movimiento al personal de banquetes con una sola mirada. El tío Todd lleva una hora siguiéndola de un lado a otro con un portapapeles que ella jamás le pidió que llevara.
—La novia se queda en la suite —dice Paula—. Puede que haya huido; tenemos que protegerla.
Sienna lo oye. Aparece al fondo del pasillo con el vestido puesto y el velo recogido sobre un brazo, aterrorizada y furiosa, y declara: —Bennett no ha huido.
—No —digo de inmediato.
¿O sí?
No, es imposible. La ama.
—Estaba nervioso —dice Logan—, pero jamás huiría.
—¿Y qué hace cuando está nervioso? —pregunto al ver que por fin estamos llegando a alguna parte.
—Busca comida —decimos al unísono, y los dos sabemos adónde ir.
Reviso los lugares habituales: el balcón, el baño y la máquina expendedora del tercer nivel. Ni rastro de Bennett.
—Tenemos que revisar cualquier lugar donde haya algo de comer —digo mientras miro dentro del armario de la ropa blanca.
—Yo me escondería en el bar —dice Logan al abrir otra puerta—. En realidad, te llevaría conmigo.
Sonrío ante la calidez de su voz. Ante esa broma que no lo es del todo.
—Necesitarías algo mejor para comer —respondo, y él se ríe.
Recorremos los salones de banquetes y, justo cuando estoy a punto de mirar detrás de un aterrador biombo decorativo con forma de cisne, una voz apagada llega desde algún punto bajo las escaleras.
Logan y yo intercambiamos una mirada.
Bajamos juntos a la pequeña y antiquísima bodega del hotel.
La puerta se abre unos centímetros con un chirrido y luego se atasca. Dentro, el novio está encaramado en un cajón, comiendo nachos y con aspecto ofendido porque lo hemos encontrado antes de que acabe de masticar.
De entrada, los nachos hacen que la escena parezca absurda. Entonces le veo las manos.
Le tiemblan. —No podía abrir la puerta desde dentro. Pensé que moriría aquí y que entonces Sienna me mataría por esto.
Lleva la corbata floja y los hombros encorvados, y la bolsa de nachos descansa a su lado, todavía cerrada. El vasito de queso que sostiene le tiembla con tanta fuerza que se forman ondas en la superficie.
Logan también se da cuenta. Su expresión cambia de inmediato.
No hace la broma que queda suspendida en el aire.
—Oye —dice en voz más baja—. Ya te encontramos.
Bennett nos mira a uno y a otro. —Necesitaba cinco minutos.
—Podrías habérselo dicho a alguien —respondo, pero sin una pizca de reproche.
—Lo intenté. —Se pasa una mano por la cara—. Mamá preguntó si había memorizado los votos, papá preguntó por los anillos y la persona encargada de las fotos me cambió de sitio tres veces. Pensé que, si una persona más me tocaba la chaqueta, saldría por una ventana.
—Aquí abajo no hay ventanas —dice Logan.
Bennett lo fulmina con la mirada.
—Dime la verdad. —Logan se agacha frente a él—. ¿Qué pasa en realidad?
Bennett baja la mirada al vasito de queso. —Todo el mundo repite que hoy lo cambia todo. ¿Y si mañana me despierto y sigo siendo exactamente yo? ¿Y si se supone que debo sentirme transformado, pero solo me siento casado y cansado?
Me siento en el cajón a su lado, con cuidado de no estropearme el vestido. —Eso parece normal.
Me mira. —¿Tú crees?
—Creo que Sienna no se casa con una versión de ti transformada por la ceremonia. Se casa con el hombre al que conoce desde hace años y al que ama profundamente —digo.
Mira a Logan.
Logan asiente. —No tienes que aprender de golpe a ser esposo. Solo tienes que subir y decirle que te sentiste abrumado.
—¿Y si se enfada?
—Puede que se enfade —respondo—. Entonces te disculpas y dejas que se enfade sin dar por hecho que eso significa que el matrimonio está condenado.
El consejo parece sospechosamente pertinente para mi propia vida.
Bennett nos mira a los dos. —¿Cuándo se volvieron emocionalmente competentes?
—Estamos pasando un fin de semana difícil —dice Logan.
Casi me río. Bennett por fin abre la bolsa de nachos. Come uno, respira y nos la ofrece. Logan y yo tomamos uno cada uno.
Durante treinta segundos, los tres nos quedamos sentados en una bodega comiendo nachos de contrabando mientras la boda espera arriba.
Entonces Bennett se pone de pie. —Estoy listo —dice. Todavía le tiemblan las manos.
Estar listo no es lo mismo que no tener miedo. Empiezo a comprenderlo.
—Por favor, dime que no comiste jalapeños antes del beso —digo. Miro la bolsa y niego con la cabeza.
Bennett parece ofendido. —Claro que no. Estoy ansioso, no loco.
Le lanzo una mirada que dice «Ni se te ocurra».
Bennett insiste: —¿Qué otra cosa iba a hacer? ¿Morirme de hambre?
Bennett sale al pasillo, sacudiéndose el polvo de la chaqueta como si no lo acabaran de rescatar de una bodega minutos antes de su boda.
Se supone que las bodas emocionan a la gente. Esta parece empeñada en volvernos locos a todos primero.
Aun así, cuando Sienna y Bennett se encuentran ante el altar, con las manos entrelazadas y los rostros iluminados por los nervios y la alegría, todo se queda por fin en silencio.
Durante un minuto perfecto, nadie grita por las flores. Nadie persigue a un perro. Nadie acusa al hotel de estar maldito.
Solo están mi mejor amiga y el hombre que la ama.
El salón interior no es el jardín que Sienna había planeado.
La tormenta, aunque ya está más calmada, todavía no lo permite.
El pasillo es más corto, las sillas están más juntas y los ventanales plateados por la lluvia convierten la sala en algo más suave que las fotografías de su panel de inspiración.
Y, sin embargo, cuando las puertas se abren, el rostro de Bennett cambia. Se le llenan los ojos de lágrimas mientras Sienna avanza hacia el altar.
Al otro lado del pasillo, Logan me mira.
Sostengo su mirada y sonrío; a mí también se me llenan los ojos de lágrimas.
La ceremonia es dulce, incómoda y muy propia de ellos. Los votos de Sienna hacen llorar a la mitad de los presentes. Yo incluida, igual que quien oficia la boda.
Bennett acaba leyendo sus votos en el teléfono porque perdió la versión impresa, por supuesto. De algún modo, eso los hace mejores. Están menos pulidos, pero, cuando la voz se le quiebra a mitad de camino, suenan más sinceros que cualquier cosa escrita de antemano.
A mitad de la ceremonia, Max entra trotando mientras arrastra una servilleta del hotel mordisqueada. La niña de las flores suelta un chillido.
La tía Celeste solloza con tanto estrépito que alguien le entrega un pañuelo.
En la recepción, el universo sienta a Logan lo bastante cerca como para arruinarme la concentración, pero no lo bastante como para poder tocarlo. Veo su pulgar tamborilear contra la copa. Veo el borde del puño de su camisa sobre la muñeca. Puedo sentirlo a mi lado sin mirarlo.
Lo cual es injusto, porque me estoy esforzando mucho por portarme bien.
Después de la ceremonia, los invitados salen en tropel al vestíbulo para tomar unos cócteles mientras vuelven a preparar el salón. Sienna y Bennett desaparecen para la sesión de fotos, todavía de la mano.
Estoy ayudando a Paula a redirigir una fila de invitados cuando se acerca un empleado del hotel con una caja larga y blanca de floristería.
—Entrega para Lena Rhodes —dice.
Mi nombre está escrito a mano sobre la tapa. Rosas rojas. Encima hay una tarjeta pequeña.
Por los viejos tiempos. Deberíamos hablar antes de que hagas algo de lo que te arrepientas. T.
El vestíbulo se inclina.
Al otro lado del vestíbulo, Logan ve mi expresión.
Cierro la caja de flores antes de que Logan llegue hasta mí. El gesto es instintivo, tan rápido que resulta insultante.
Baja la mirada hacia mis manos sobre la tapa. Entonces pregunta: —¿Qué es?
—Nada importante.
Me mira. La palabra nada ya ha causado demasiado daño entre nosotros.
Bajo la voz y digo: —Trevor envió flores.
La mandíbula de Logan se tensa. No toca la caja. No pregunta dónde está Trevor ni anuncia lo que le gustaría hacerle. Se limita a esperar.
Odio que me deje tanto espacio para avergonzarme.
—Lena —dice con calma—. No tienes por qué ocultármelo. Yo no soy Trevor.
Quiero gritarle que ya lo sé, pero me limito a asentir, tomar la caja y atravesar las puertas de servicio con las rosas como si transportara una bomba.
Las arrojo al contenedor de basura y regreso a mi asiento.
Esta es la nueva Lena Rhodes, una a la que no le importan los sentimientos de un imbécil.