Epílogo
Calli permanecía sentada en el borde de la manta de picnic, observando cómo Matthew y Mary corrían en círculos, con los brazos extendidos y el rostro alzado hacia el sol.
Jonathan y ella compartieron una sonrisa.
—¿Eres feliz aquí? —le preguntó él, rodeándola con un brazo. Ella se recostó contra él.
—Por supuesto —respondió, echando la cabeza hacia atrás con desenfado para mirarlo—. Soy feliz dondequiera que estés tú.
—Pero aquí, en Kent, lejos de Londres —insistió él—, ¿no te aburres?
—Al contrario —dijo ella—. Los niños parecen mucho más libres aquí, más ellos mismos. Encuentro inspiración por todas partes. Y tengo mucho más tiempo para estar con mi marido.
Jonathan sonrió con pesar y Calli le posó una mano en la rodilla. Conocía bien aquella expresión.
—No hace falta que te disculpes, Jonathan. Sé que tienes muchas responsabilidades.
—Así es —reconoció él—. Pero para mí, tú, Mary y Matthew siempre seréis lo primero. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —dijo ella—. Pero tienes que dejar espacio para más.
—¿Qué quieres decir? —preguntó él, frunciendo el ceño—. Nada podría ser más importante que vosotros.
—No ser más importante que nosotros —la corrigió ella—, sino estar con nosotros.
Le tomó la mano y se la llevó al vientre.
—Muy pronto tendremos un nuevo miembro en la familia.
Él se quedó paralizado por la sorpresa, y Calli casi se echó a reír ante la expresión de su rostro.
—¿Estás segura?
—Completamente segura —dijo ella—. ¿Cómo te sientes al respecto?
—Yo… me siento… —No parecía tener nada más que decir, y esta vez Calli se echó a reír.
—Sí que sientes, Jonathan. Y eso es lo más importante.
Él asintió despacio y Calli volvió a recostarse contra él.
—¿Se lo has contado a alguien más? —preguntó él—. ¿A tu familia? ¿A Diana?
—No —negó ella con la cabeza—. A ti primero, por supuesto. Se lo contaré a Xander cuando venga de visita.
Era cierto. Su hermano iba a quedarse con ellos una semana. Sería interesante. Al menos no era Arie.
—Se lo diremos primero a Mary y a Matthew —dijo ella.
Jonathan asintió mientras los niños empezaban a perseguirse por el prado.
—De acuerdo.
—He oído un rumor bastante interesante de boca de la esposa del magistrado, calle abajo.
—Ah, ¿sí?
Calli asintió.
—Al parecer, ha habido un notable aumento de robos de estatuas griegas por todo Londres. Tanto en residencias privadas como en galerías públicas.
—Cielos —murmuró Jonathan—. Quién será.
Calli lo estudió.
—¿Sabías algo al respecto?
—Cuando tu hermano y yo discutimos el matrimonio —dijo él, y Calli notó que escogía las palabras con cuidado—, decidimos que era mejor que él mantuviera sus… negocios para sí mismo.
Calli frunció el ceño, no del todo complacida por haber quedado al margen de semejante decisión, aunque solo fuera por un instante.
Pero comprendió lo que debía de significar para Jonathan estar vinculado a una familia así, y la situación en que los colocaría a ambos si ella tuviera un conocimiento que no podría compartir con él… ni con nadie más.
—Creo que fue la decisión correcta.
—¿Tú crees? —La esperanza iluminó los ojos de Jonathan, y Calli comprendió que le había costado ocultárselo.
—Así lo creo —dijo ella con firmeza—. Siempre estaré muy unida a mi familia, pero nunca quise formar parte de esa faceta de sus vidas. Ahora puedo tener lo mejor de ellos sin el resto.
Jonathan le plantó un beso detrás de la oreja, y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
—Hay algo más.
—¿Ah, sí?
—¿Recuerdas al marchante de arte al que envié algunos de tus cuadros?
—Sí. —El corazón de Calli se aceleró.
—Quiere ver más. Dice que tiene compradores.
—¿De veras? —Calli se giró, intentando no permitir que la invadiera demasiada esperanza, pero incapaz de contenerla—. ¿Sabe que yo… una mujer… los pinté?
—Lo sabe. Eres duquesa, así que eso también facilita las cosas.
—¿Tú se lo dijiste?
—Le dije que eras mi esposa. Sin embargo, su comprador no tiene ni idea de tu identidad. Vio los cuadros en su despacho y le dijo que «pusiera el precio». Es tu obra, Calli. No tiene nada que ver con tu título ni con tu nombre.
—Gracias, Jonathan —dijo ella, poniendo su mano sobre la de él y apretándole los dedos con fuerza—. Por todo.
—Soy yo quien tiene que darte las gracias a ti —dijo él, dándole un beso en la coronilla—, por enseñarme en qué consiste la vida, lo que significa el amor de verdad, lo que es importante.
Ella giró la cabeza y le ofreció los labios.
Porque él ya tenía su corazón. Su confianza. Su amor.
Pasara lo que pasara.
* * *