Un CEO Multimillonario En Apuros CAPÍTULO 13
62%

CAPÍTULO 13

Casi dos semanas habían pasado, y lo que había empezado como un juego picante entre Lucca y yo se volvió más intenso de lo que podíamos imaginar.

Desde la noche de mi striptease, nuestros encuentros se volvieron regulares y ardientes.

A veces ni siquiera podíamos esperar a que cayera la noche para buscarnos por los rincones, dando rienda suelta a nuestros deseos desenfrenados.

Cada vez que pensaba que Lucca no podía ir más allá, se superaba y, en esos momentos, después del orgasmo, yo simplemente me apagaba, tal era la intensidad de la pasión vivida.

Pero sentía que con él pasaba algo parecido.

Prueba de ello era que Lucca nunca volvió a mencionar la necesidad de salir a sus encuentros ni llegaba tarde a casa.

No sabía si follábamos, teníamos sexo o hacíamos el amor; lo cierto era que cada vez me sentía más involucrada. Y eso era muy peligroso...

Al principio llegué a ilusionarme, imaginando que sabía dónde me metía, ya que conocía el tipo de hombre que era y, como yo tampoco era de relaciones, me sentía segura.

Pobre ilusa. Cuando quise darme cuenta, ya estaba completamente involucrada, seducida, hechizada por él, como una adolescente enamorada.

Así, pasaba horas mirando el móvil, esperando cualquier mensaje o llamada suya y, cuando llegaban, me divertía con sus palabras provocadoras y sus conversaciones subidas de tono.

Sin embargo, esperaba aún con más ansia su llegada. A veces solo para sentir el calor de sus labios contra los míos; otras, para poner en práctica todo lo que habíamos dicho durante el día. Paola, Allegra y yo ya nos habíamos acostumbrado a oír su grito juguetón, uno que había empezado a usar:

Chicas, he llegado y quiero mi beso.

Cada vez que lo oíamos, salíamos corriendo, riendo, compitiendo por ver quién llegaba primero a la puerta para recibirlo.

Y fue al darme cuenta de lo complicadas y fuera de control que se estaban volviendo las cosas para mí cuando me apresuré a encontrar a alguien de confianza que se encargara de Allegra.

El día en que Allegra visitó a sus padres, yo también aproveché para hacer mi visita, pero me sorprendió la gravedad del caso.

Solo ese día vi el peso que Lucca había estado cargando solo.

Aunque Paola ya había vuelto y ayudaba con el cuidado de su sobrina, era tan —o incluso más— torpe que él.

Pero eso no le impedía hacer todo lo posible para que Allegra estuviera siempre bien y feliz, lo que me tranquilizaba.

Después del difícil comienzo, Lucca también se dio cuenta de que su sobrina, y no sus reuniones, era lo primero.

Así, se encargó de contratar a una cocinera, además de a una señora —no a un batallón— para la limpieza del apartamento, que acudía cuando él lo decidía.

Las nuevas empleadas llegaban por la mañana y se marchaban poco después del mediodía.

Este arreglo nos dejó a todos satisfechos, ya que no había un caos de gente trabajando y, aun así, todo estaba siempre limpio y ordenado, como le gustaba al señor maniático del orden.

Me di cuenta de que, poco a poco, las cosas iban encajando y, quisiera o no, como Mary Poppins[19], con mi misión cumplida, había llegado la hora de marcharme.

—¿Qué te parece? —Paola puso en mi boca una cucharada de su risotto de parma, esperando mi aprobación—. ¿Se puede comer o va directo a la basura?

—Amieenn queeiiioo —sentí las manitas de Allegra en mis piernas, pidiendo probar—. Alela amieenn queiieee.

—Creo que está bueno —respondí, cogiendo un poco de la olla y soplando antes de llevarlo a su boquita insistente—. Sin duda, al estómago.

Era viernes por la noche y Paola había decidido preparar una cena de despedida para mí.

Ella, igual que yo, no era muy buena en la cocina, pero a veces lograba hacer algo rico, como en ese momento.

Otras veces, decepcionadas, tirábamos todo y fingíamos que nunca había pasado.

Aun así, resultaba divertido. Lucca, en cambio, se volvía loco cuando encontraba su brillante, reluciente e impecable cocina con rastros de alguna batalla de harinas, masas y alimentos; pero, cada vez que eso ocurría, lo echábamos de allí o lo poníamos a limpiar. Al final, también se divertía.

La tristeza por marcharme era grande, pero la decisión ya estaba tomada. Había llegado el momento de volver a mi vida. Aunque Lucca encontraba todas las excusas posibles para evitar mi inminente partida, yo no estaba dispuesta a implicarme más de lo que ya lo estaba, y no solo con él.

Me dolía el corazón, pero era lo mejor. Sabía que, cuanto más tiempo pasara, más sufriría cuando llegara el momento.

Para que todo estuviera bien, había contratado y formado a una señora como niñera.

Ella no lo sabía, pero la vigilé para ver cómo reaccionaba Allegra y cómo la trataba cuando no estuviéramos presentes.

Y superó la prueba: demostró ser una persona cariñosa, que la trataba con paciencia y afecto.

Solo me iba porque tenía la absoluta certeza de que Allegra estaría bien.

Además, Lucca ya no estaba solo: Paola había cancelado todos sus compromisos y había vuelto, afirmando que se quedaría hasta que Pietro y Vitória salieran del hospital.

La madre, en cambio, nunca apareció; con la excusa de que no podía hacer nada porque no era médica, solo llamaba de vez en cuando para saber cómo evolucionaban. Nada más.

Así que ya no tenía ningún motivo para seguir posponiendo mi regreso a casa.

Salvo Lucca. Pero como nunca habíamos hablado de lo que teníamos, de si estábamos o no en una relación, no sentía que lo estuviera abandonando.

Dormir —o más bien casi no dormir— y despertarme con él aferrado a mi cuerpo, solo para volver a hacer todo lo que habíamos hecho antes de dormir, era algo que nunca había tenido y era, sencillamente, maravilloso.

Cuando estábamos juntos, me sentía la persona más feliz del mundo, algo que hacía tiempo que no sentía.

—¡Tiucaaaaaa! —Allegra, que estaba en el suelo jugando con bloques, vigilada de cerca por la niñera, lo dejó todo y salió corriendo, gritando de alegría. Cada vez que veía eso, me emocionaba, porque era una muestra de cuánto ya lo quería, y él a ella—. ¡Tiuuuucaaaa!

—¿Lucca ha llegado? —preguntó Paola, arqueando una ceja—. No lo he oído llamarnos ni pedir su beso.

—Yo tampoco —respondí, preocupada, siguiendo a Allegra junto con la niñera—. Voy a ver.

Cuando llegamos al salón, él ya tenía a Allegra en brazos. Al ver lo que me esperaba, me asusté y di dos pasos atrás, perdiendo el equilibrio; tanto que Paola me sujetó por la cintura, manteniéndome en pie.

—Hola, chicas —dijo Lucca, mirándome mientras acariciaba el pelo de Allegra—. Rebecca, te he traído una visita.

—Hola, hija —dijo mi madre, pero yo aún no conseguía reaccionar; el corazón me latía con fuerza—. ¿Te vas a quedar ahí? ¿No vas a saludar a tu madre?

—¿Qué haces aquí, Florencia? —pregunté, queriendo creer que estaba en una pesadilla—. Mejor aún, ¿cómo me encontraste?

—¿Hija? —sonrió con desdén y caminó hacia mí, sosteniendo con elegancia un bolso Prada, que estaba segura de que era de la última colección—. ¿Qué va a pensar de mí tu novia? ¿Que nunca te di educación?

¿Novia? Parpadeé, sin entender, y vi cómo los labios de Lucca se volvían blancos por la forma en que los apretaba mientras me miraba con una expresión que nunca le había visto.

—Jamás pensaría eso, señora —tras oír cómo se había referido a Paola, me quedé completamente muda y ella decidió responder por mí, como siempre, a su manera—. Puedo asegurar que su hija ha sido muy bien educada.

Durante toda la interacción, Paola mantenía su mano en mi cintura, al notar que seguía temblando; por otro lado, Lucca permanecía inmóvil cerca de la puerta, observando la escena que se desarrollaba ante él, sin decir una sola palabra.

—Disculpa, Paola —mi madre se dirigió a ella como si fueran amigas íntimas, cuando en realidad era la primera vez que se veían—, pero ¿dónde está toda esa educación, si viene a Nueva York, no me visita y no me presenta a su novia?

Su reacción no me sorprendió; era algo habitual en su vida: siempre trataba con familiaridad a las personas ricas.

Lo que sí me sorprendió fue que se refiriera a Paola como mi novia con tanta naturalidad, sabiendo el prejuicio que tenía.

Me corregí: no era contra una clase, sino contra cualquiera a quien considerara inferior.

Pero en este caso, Paola era rica y famosa, así que todo estaba permitido. Me producía asco.

—No me has respondido —me aparté de Paola y, elevando la voz, me dirigí de nuevo a mi madre—. ¿Qué haces aquí y cómo supiste dónde encontrarme?

—Bueno, no esperábamos visitas —intervino Paola, al darse cuenta de que la situación estaba a punto de estallar.

Pasó junto a mí y, enganchando su brazo al de mi madre, la apartó—.

Pero acabo de preparar un delicioso risotto.

¿Por qué no te quedas a cenar con nosotras?

Así aprovechas y le explicas a tu hija cómo la encontraste.

Al verlas alejarse, supe que había hecho lo correcto, porque yo estaba a punto de lanzarme a su cuello y, seguramente, después me arrepentiría.

—Gracias —respondió mi madre, posando su mano sobre el brazo de Paola, y tuve que contenerme para no vomitar—. Solo venía a presentarme y ya me iba. —Mentirosa, pensé.— Pero una invitación así no puedo rechazarla.

Cuando desaparecieron por el pasillo que llevaba a la cocina, pasé junto a la niñera y me acerqué a Lucca, que seguía en silencio, de pie frente a la puerta.

Sus ojos, siempre de un gris intenso y limpio, estaban oscuros, y su mandíbula seguía tensa.

Aún no lograba descifrar aquella mirada, que oscilaba entre la decepción, la furia y la tristeza.

—Dámela —dije, tocando con suavidad el bracito de Allegra—. Mientras la llevo a bañarse, puedes ayudar a Paola a atender a mi indeseada visita, porque yo, desde luego, no pienso hacerlo.