CAPÍTULO 10
El gemido alto de Rebecca al alcanzar el placer, gritando por mí, hizo que todo mi cuerpo entrara en erupción.
No porque nunca hubiera oído mi nombre en boca de mis parejas en el momento del orgasmo, sino porque, en la suya, sonó diferente y me puso la piel de gallina.
Tuve que ejercer un gran autocontrol para que mi polla no se corriera en ese mismo instante.
Desesperado, busqué el preservativo, que ya había dejado preparado sobre la cama, y, con prisa, lo desenrollé sobre mi miembro rígido.
Creía que nunca me había protegido tan rápido.
—Mírame, ángel. Mírame mientras lo entierro dentro de ti —dije—. Vamos, quiero que te corras otra vez. Pero ahora, conmigo.
Me senté sobre mis talones y tiré de sus piernas, colocándome entre sus muslos húmedos.
Su vientre se contraía con el reciente orgasmo y ella se retorcía y gemía con cada contracción.
Rebecca estaba lista, preparada para recibirme; su coñito brillaba, esperándome.
Y no la hice esperar más: en cuanto sus ojos se abrieron, me empujé dentro.
La deliciosa presión de su canal caliente y apretado me arrancó un silbido de placer.
—¡Cristo! —rugí—. ¡Qué delicia!
Rebecca, sin embargo, no respondió; solo gimió, retorciéndose de placer.
Me tumbé sobre ella y tomé su boca, devorando su lengua, o siendo devorado por ella, ya no lo sabía; solo seguíamos con nuestras respiraciones entrecortadas, gemidos y susurros.
Sentí las piernas de Rebecca enroscándose en mi cadera, sus tobillos apretándome, incitándome a ir más hondo.
Salí hasta dejar solo la punta dentro de ella y volví a embestir con fuerza.
Ella gemió, pidiendo más, y yo repetí el movimiento una y otra vez.
Con cada embestida, un gemido ronco, que no lograba contener, escapaba de mi garganta, y seguía queriendo, igual que ella, cada vez más.
—Lucca —Rebecca volvió a gemir y sus uñas se clavaron en mi espalda desnuda—. Luccaaaa.
Aumenté el ritmo, deseando con intensidad que siguiera gimiendo mi nombre.
¿Era un misionero? Sí. ¿Era un sexo vainilla, casi en desuso?
También, pero estaba siendo el mejor sexo de mi vida; no pensaba cambiar nada.
Seguí con mis embestidas dentro de aquel canal estrecho, deliciosamente caliente, que parecía hecho a medida solo para albergar mi polla.
Al pensarlo, me invadió una cólera al imaginar que, en el futuro, otro pudiera querer ocupar ese lugar, que ya consideraba exclusivamente mío.
—Rebecca —gruñí—. Mi Rebecca, solo mía.
Seguí repitiendo, gruñendo, empujando y, de repente, me invadió un deseo insano de derramarme dentro de ella. Quería dejar en ella mi marca, mi olor, mi semilla; solo así nadie se atrevería a quitármela.
—Lucca —Rebecca mordió mi hombro, lanzando descargas de dolor por todo mi cuerpo hasta llegar a mis testículos, preparándolos para lo que vendría—. Yo, yo, yo no puedo más, voy, voy, vooooyyy…
No consiguió terminar la frase y sentí cómo mis espaldas eran arañadas por sus uñas cortas. Mi polla se endureció, mis testículos se contrajeron y la explosión llegó más fuerte de lo que estaba acostumbrado. Rugí, sintiéndome como un animal abatido, pero en el buen sentido.
¿En qué estaba pensando cuando dije que tenía huesos puntiagudos, fríos y helados? Al contrario, era deliciosamente acogedora, resbaladiza y caliente.
Perfecta para mí, mi deliciosa Rebecca.
Seguimos con las respiraciones entrecortadas, gimiendo nuestros nombres, susurrando palabras inconexas que salían de nuestros labios sin ningún control, sintiendo cómo el placer resbalaba por nuestras pieles, mientras nuestros dedos dibujaban caricias aleatorias sobre nuestros cuerpos, solo con la intención de sentirnos.
—Humm… —Rebecca ronroneó como una gata satisfecha—. Parece que sigues duro.
—Es que, con la forma en que lo estás masajeando, es imposible que se relaje. —Solo mi polla seguía firme; yo estaba noqueado, sin fuerzas ni para respirar—. Y se pone ansioso por volver a empezar.
—¿Volver a empezar? —murmuró, somnolienta—. Me estoy quedando dormida.
—Yo también —refunfuñé, al fin y al cabo, ya estaba casi amaneciendo—. Una siesta rápida y estaremos listos para repetir.
Murmuró algo ininteligible y me di cuenta de que ya se estaba quedando dormida.
Separé nuestros cuerpos y saqué el preservativo lleno; un poco más y habría reventado.
Había pasado algo insólito: Rebecca prácticamente acabó conmigo, absorbiendo toda mi energía; así, sin fuerzas ni para atar esa porquería, lo dejé en el suelo junto a la cama.
Atraje el cuerpo sudado de Rebecca contra el mío y, sin darme cuenta, mis labios se curvaron en una sonrisa.
Normalmente, después de acostarme con alguien, lo primero que hacía era darme una ducha para librarme no solo del sudor, sino, sobre todo, del olor a sexo.
Allí, sin embargo, con mi cuerpo lánguido acurrucado junto al suyo, quería seguir sintiendo, no solo su cuerpo húmedo contra el mío, sino el maravilloso olor de su sexo llenando todo mi olfato.
Me acurruqué junto a ella y me sorprendí.
Yo era un hombre alto; ella, en cambio, no llegaba al metro setenta; sin embargo, increíblemente nuestros cuerpos encajaban a la perfección, como dos cucharas, cóncavo y convexo.
Besé la curva delicada de su hombro, apoyé la barbilla sobre él y me dejé llevar por el cansancio.
Cuando ya estaba casi dormido, percibí algo inusual en la situación.
Estaba durmiendo en cucharita con una chica, en mi cama; ¿cuándo había pasado eso?
Nunca. Sonreí al recordar cómo había llegado a ese punto.
Algunas horas antes.
Tenía que haber algo mal en mí. No conseguía sacar a Rebecca de mi cabeza.
Prueba de ello fue que, durante el trayecto hasta la casa de Corina, mientras ella se quejaba —posiblemente, sobre la mala educación de Rebecca—, apenas le presté atención.
Solo pensaba en volver a casa lo antes posible.
Aún sentía el sabor de lo que casi había ocurrido en mi despacho y, cada vez que recordaba lo cerca que habíamos estado, mi miembro se hinchaba y dolía de deseo por ella.
En cuanto se cerraron las puertas del edificio donde vivía Corina y, con la certeza de que ya estaba a salvo, regresé a casa; tuve que contenerme para no echar a correr.
Entré desesperado por encontrar a Rebecca; como no la vi por ninguna parte, imaginé que estaría acostando a Allegra.
Pensando en ello, abrí despacio la puerta de la suite donde ambas debían de estar.
Entré, pero no la encontré; solo a Allegra, que dormía como un angelito, muy diferente de cómo se había comportado conmigo horas antes.
Aún observándola, mi atención se desvió hacia una música que venía del baño, cuya puerta estaba entreabierta.
Me dirigí hacia allí, imaginando que Rebecca estaría quitándose el maquillaje o aplicándose alguna crema en la piel, cosas que las mujeres solían hacer y que les llevaban horas en el baño.
Jamás, en mi vida, me preparé para lo que vería allí, y, aunque lo hubiera hecho, estaba seguro de que no habría reducido el impacto.
Así, me quedé inmóvil, sin reacción, rígido de pies a cabeza, como si me hubiera convertido en una estatua.
Solo mi respiración y mi corazón, que funcionaban en automático, continuaron, aun así de forma totalmente irregular.
Mis ojos ni siquiera parpadeaban, observando la escena frente a ellos.
Mientras la música seguía con su excitante ritmo lento, Rebecca, con los ojos cerrados, se acariciaba y yo…
babeaba. Quería avisarle de que estaba allí, pero no podía, así que simplemente seguí mirando, como un voyeur.
[16] Para mi desesperación, continuó al pulsar el botón.
Con un suave zumbido, el maldito aparatito cobró vida y ella gimió cuando tocó su piel.
Y yo me ahogué; mi miembro parecía rugir dentro de mis vaqueros ajustados.
Mi corazón latía con tanta fuerza que ya no sabía qué dolía más, mi pecho o mi polla.
De forma agonizantemente lenta, su mano continuó hasta —imaginé, ya que no podía verlo— encontrar el centro de sus piernas.
Con el ritmo de la música, sus gemidos se elevaron y me di cuenta de que, igual que ella estaba a punto de correrse con el vibrador, yo la acompañaba, solo mirando.
Fue cuando todo su cuerpo se tensó, preparándose para el placer, que reaccioné.
No, no podía dejar que eso ocurriera; si iba a correrse, tenía que ser conmigo, hundido en ella.
Y fue imaginando esa escena que la llamé, interrumpiendo así lo que estaba a punto de suceder.
Estaba genuinamente feliz, tanto que me acurruqué aún más contra su cuerpo y, escuchando su respiración, también me rendí al sueño.
—¿Mamipapi? —oí una vocecita bajita—. ¿Eca?
—Allegra… —la voz de Rebecca sonó somnolienta mientras se apartaba de mi cuerpo para sentarse, dejando abandonada mi polla, que estaba perfectamente encajada entre sus muslos—. Tengo que ir.
—No, deja que vaya yo. Duerme un poco más, todavía es muy temprano, ni siquiera son las seis.
—Al incorporarse, dejó a la vista su precioso par de pechos y, solo con verlos, se me hizo la boca agua y, sin contenerme, bajé la cabeza y deposité un beso sobre ellos—. Si no consigo resolverlo, te llamo.