CAPÍTULO 8 #2
Sin querer detenerme a analizar los lamentos de mi útero vacío, dejé la cama y me dirigí al baño.
Durante la ducha, recordé que Allegra llevaba dormida desde que habíamos vuelto del parque; aquello solo podía terminar de dos formas: que durmiera toda la noche o que se despertara durante la madrugada.
Eso podría ser un problema, pero Lucca tendría que estar preparado, igual que yo si me ocurriera.
Salí de la ducha, me puse la braga y, tras una última mirada para comprobar que Allegra seguía dormida, salí de la suite.
Llamé dos veces y, al oír un “entra”, abrí, pero me quedé parada en el mismo sitio.
Ya debería saber que Paola no tenía ni un ápice de vergüenza; prueba de ello fue la primera vez que nos vimos, cuando estaba prácticamente desnuda, y aun así me sorprendió encontrarla vestida con nada más que un minúsculo hilo dental.
—Eh, no te quedes ahí parada mirándome como si nunca hubieras visto pechos en tu vida —hizo un gesto con la mano, llamándome—. Ven a ayudarme con el secador, ya que luego tendré que ocuparme de tu maquillaje.
Mientras yo sostenía el secador apuntando a su cabeza, ella, con ayuda del cepillo, iba dando forma a los mechones de su pelo corto.
Por primera vez, conseguí sonreír al acordarme de mi hermana; ¿cuántas veces no habíamos hecho lo mismo?
Sin embargo, en los últimos años, cada recuerdo suyo significaba un dolor profundo, algo que, en ese momento, no estaba ocurriendo.
—¡Madre mía! —exclamó Paola, apuntando la cámara del móvil hacia nuestros reflejos en el espejo—. Ese vestidito te queda perfecto.
No pude responder de inmediato, me había quedado muda, pero sí, el vestido realmente me quedaba como un guante.
La tela plateada, con delicados tirantes de finas cadenas, dejaba mucha piel al descubierto, tanto por delante como por detrás.
Sin sujetador, mis pechos, por firmes que fueran, seguían el ritmo de mis movimientos.
—Solo hay una cosa que no está bien —dijo, girándome de espaldas—: esa braga, marcando el culo, lo estropea todo. El tío se vuelve loco al verte de frente y, al mirar por detrás, se encuentra con la marca. Un bajón. Quítatela.
—¿Cómo que me la quite? —me horroricé—. No voy a ir a ningún sitio desnuda bajo la ropa. Y no es una braga de abuela, es tipo bikini.
—El caso es que este modelo lo pide —insistió—. Además, solo sabrán que no llevas nada si tú lo dices. Camina como si la llevaras y listo. Vamos, quítatela, verás qué bien se siente. —Rió.
Aún algo incómoda, me quité la diminuta prenda que, para Paola, no era tan diminuta.
La dejé sobre la cama y caminé, dando algunos giros por la habitación, probando hasta dónde llegaba mi valentía.
Sin embargo, aunque me sentía extraña, la sensación era de libertad, igual que con el sujetador, que me negaba a usar si no era estrictamente necesario.
—La verdad… —dije, sintiendo el frío del tejido acariciando mis partes descubiertas— es una sensación maravillosa y excitante.
—Sabía que te gustaría —dijo, tirando de mí para hacer varias selfies—. Bueno, voy a vestirme.
Se dirigió a la cama, pues hasta ese momento no llevaba más que un pantalón de seda negro y un sujetador, que, por bonitos que fueran, no dejaban de ser un pijama.
Pero mi sorpresa fue enorme cuando cogió la parte de arriba, una especie de blazer del mismo color, se lo puso y me miró con una sonrisa de “lista”.
—Ah, ¿vas así? —pregunté, señalando el conjunto.
—¿No queda bien? —se miró en el espejo—. ¿Crees que debería ir sin bragas también?
—¡No! —negué con la cabeza rápidamente—. No era eso, ni se te ocurra quitártelas.
—Qué pena, porque ya me las he quitado. Voy igual que tú, sin bragas y sin vergüenza. —Carcajeó.
—Dios mío, ¿en qué estaba pensando cuando acepté tu invitación? —me llevé la mano a la frente.
—¿Quieres que te lo diga? —preguntó, dirigiéndose a la puerta—. Porque lo sé.
—No, no hace falta —respondí, cogiendo el delicado clutch[10], también prestado por ella, y siguiéndola escaleras abajo.
—¡Menos mal! —aceleró el paso mientras escribía en el móvil—. Porque nuestro coche ya ha llegado.
—¿Ya estáis listas? —se burló Lucca, entrando desde la terraza con una copa de vino vacía en la mano, que dejó sobre la mesa—. Qué rápidas.
—Sí, tenemos prisa por divertirnos —dijo Paola riendo—. Tanto, que ni llevamos bragas.
Dicho esto, bajó un lado del pijama para enseñarle la ausencia de la prenda. No, no había hecho ni dicho eso. Paola decía que su hermano estaba loco, pero ella no se quedaba atrás. Sin embargo, él ni siquiera miró su piel desnuda; me miró a mí, con sus ojos gris hielo ardiendo.
—¿Estás desnuda? —gruñó, acercándose—. Niega que estás cometiendo esa locura.
—Yo… yo… —tartamudeé, sorprendida por su furia, pero no duró ni un segundo—. No tengo que darte explicaciones sobre si llevo o no ropa interior. Es asunto mío.
—Ven conmigo —apretando sus enormes dedos en mi brazo, prácticamente me arrastró hacia la cocina.
—Suéltala, idiota —Paola nos siguió, golpeándole la espalda—. ¿Qué te crees que estás haciendo?
—No te metas, Paola —gruñó, cerrándole la puerta en la cara.
—Déjalo, Paola —grité, tirando con fuerza de mi brazo hasta liberarme—. Sé cómo librarme de tipos imbéciles.
—Dime —respiró hondo, deslizando la mano por mi cadera buscando la prenda—, dime que no estás desnuda bajo este maldito vestido, que tampoco cubre nada y lo muestra todo.
—Te digo que ni aunque fuera tu hermana tendrías derecho a hacerme esa pregunta —respondí, intentando apartarlo, pero él aprovechó para coger mi mano y llevarla a su espalda, acercando aún más su cuerpo al mío.
—Debes de tener un muñeco vudú con una aguja clavada en mi cerebro —murmuró, deslizando la mano por mi culo—. Es la única explicación para que pierda completamente el juicio cada vez que te acercas.
—Entonces aléjate —intenté empujarlo, porque no era solo él quien estaba perdiendo el control—. No soy yo la que tiene la mano en tu culo.
—Si la quito —dijo con voz ronca, buscando mi boca—, será para meterte la polla dentro.
Con el corazón desbocado y un latido furioso entre mis piernas, forcé mi rostro hacia un lado, impidiéndole alcanzar su objetivo.
Pero no era porque no quisiera; al contrario, estaba ardiendo por él.
Si conseguía tomar mi boca, no sería capaz de impedir que tomara otras partes de mí también, tal y como había ocurrido en su despacho.
—Aún serás mía —susurró cerca de mi oído—. Y, cuando eso ocurra, voy a marcarte de tal manera que nunca más querrás a otro dentro de ti que no sea yo.
Al fallar en su intento de apoderarse de mi boca, deslizó su lengua húmeda sobre la piel caliente de mi cuello y siguió bajando, besando, lamiendo, dejándome cada vez más blanda. Me estaba sintiendo como una ameba sin cerebro; sabía que debía mandarlo a la mierda, pero no podía.
Así, me quedé allí, sintiendo cómo sus dedos apartaban la fina cadena que hacía de tirante del vestido, dejándola caer sobre mi brazo.
Sentí cómo mi pezón se erizaba al quedar expuesto, hasta volver a calentarse con la saliva ardiente de su boca atrevida.
Su mano, que antes estaba sobre la tela, bajó buscando el bajo del vestido y luego volvió a subir.
—Abre esas piernas para mí, Beca —exigió, con sus dedos buscando mi entrada, que yo mantenía cerrada, con los muslos apretados con fuerza uno contra otro—. Déjame, al menos, hacerte correrte antes de que salgas.
—¡No! —al darme cuenta de su juego, en un último esfuerzo, lo empujé con fuerza lejos de mí—. ¿No eras tú quien dijo que tu polla no estaba acostumbrada a huesos puntiagudos, fríos y helados? ¿Qué te hizo cambiar de idea?
—¿Qué? —reaccionó, sacudiendo la cabeza, intentando contener la furia—. ¿Cuántas veces piensas dejarme así?
—Fuiste tú quien me dejó así —imité sus palabras—. Yo me estaba yendo. Fuiste tú quien empezó este jueguecito idiota, pero que sepas que me has dejado más preparada que nunca… pero no para ti.
¿Qué creía que estaba haciendo? ¿Pensó que no descubriría su sucio jueguito? ¿Eso era lo que buscaba? ¿Que, haciéndome correr antes de salir, en su mente retorcida yo no me iría a la cama con otro?
Evité mirarlo de frente y me aparté, dirigiéndome con prisa hacia la puerta, porque temía que, si enfrentaba su mirada, mi muro de mentiras se derrumbara.
—¡Beca! —casi me llevé un portazo en la cara cuando Paola entró apresurada—. Llegamos tarde, dejad lo que sea que ibais a hacer para después de que vuelvas.
—No iba a hacer nada, ni ahora ni después —aproveché para escapar, porque, por mucho que supiera todo lo que ese idiota pretendía, yo, aún más idiota, era capaz de hacer exactamente lo que él quería, y lo que yo deseaba: abrirle las piernas—. No soporto estar cerca de ese hermano tuyo.
—¡Rebecca! ¡Vuelve aquí! —oímos el grito a nuestras espaldas—. No puedes salir así.
—Claro que puedo, y me voy —grité de vuelta, mientras las puertas del ascensor, que Paola ya había mantenido abiertas, se cerraban—. Adiós, señor Ginnard.
—Adiós, hermanito —exclamó Paola, más alto que yo—. A ver si dejas de gritar o acabarás despertando a Allegra.
Cuando oyó la advertencia, sus ojos se abrieron de par en par, desesperado. Por un segundo, incluso sentí pena, pero no estaba tan loca, y se me pasó enseguida.
—Vamos a divertirnos, a intentar olvidar un poco todos los problemas —dijo Paola, soltando un suspiro mientras enlazaba su brazo con el mío—. Gracias por acompañarme.
—Todo irá bien —recité la famosa frase, aunque yo misma ya dudaba de ella.
—Claro que sí —volvió a sonreír cuando la puerta se abrió y salimos al elegante vestíbulo—. Estoy segura.
Mientras caminábamos, iba saludando alegremente a la gente con la que nos cruzábamos, así como a los vigilantes y guardias del lugar.
En ese momento me di cuenta de que toda esa alegría era solo una fachada.
En el fondo, estaba sufriendo y, al igual que Lucca, intentaba por todos los medios disimular o esconder sus angustias.