CAPÍTULO 7 #4
—¿Rebecca? —No podía creer que estuviera oyendo esa palabra salir de una boquita que, aparentemente, era tan inocente—. Haz que se calle, ¿cómo permiten que use ese tipo de vocabulario? Seguro que lo ha aprendido en la escuela, de algún compañerito.
Como respuesta, Rebecca simplemente se reía; no, no se reía, carcajeaba, y, para mi asombro, todos a nuestro alrededor la siguieron, riéndose igual que ella. Mientras yo no sabía dónde meter la cara ni adónde ir, desaparecer, Allegra seguía con sus gritos histéricos de elaoo y putaaaaaa.
—Perdón, por favor —dije, sintiendo el calor de la vergüenza en la cara—. No sabe lo que está diciendo.
—Rebecca —gruñí—, deja de reírte y haz que se calle.
—Ven aquí, hermosa —poniendo los ojos en blanco hacia mí, se acercó a la sillita y la sacó del asiento—. ¿Quieres un helado de fruta? —dicho esto, me miró conteniendo la risa y se dirigió hacia un lado del camino donde había un grupo de gente y niños alrededor de un carrito de helados.
—¿Cómo iba a saberlo? —susurré entre dientes al darme cuenta de mi metedura de pata, comprendiendo que las risas no eran por Allegra, sino por mi cara—. ¿Tenía que usar la palabra “puta” para referirse a la maldita “fruta”?
Aún riendo, se encogió de hombros antes de añadir:
—Cosas de niños, acostúmbrate, y rápido.
Después del pequeño escándalo, seguimos nuestro paseo, ya con los polos en la mano. Incluso cogí uno de “puta” para mí también.
Nuestra siguiente parada fue para hacer el pícnic que había preparado.
Mientras yo jugaba con Allegra, corriendo por el césped y vigilándola interactuar con otros niños, Rebecca extendió la manta que había traído y fue colocando nuestra comida sobre ella: frutas, sándwiches, zumos, algunos aperitivos y galletas, según ella, saludables.
Además de algunos prohibidos, pero como el día era especial, los había permitido.
Después de comer, fue el turno de Rebecca de correr detrás de Allegra, que parecía tener una batería infinita.
Me di cuenta de que mi trabajo no era nada cansativo: trabajaba todo el día y aún tenía energía por la noche; sin embargo, aquí el día ni siquiera había terminado y yo ya me sentía agotado.
—Creo que ya podemos irnos, ¿no? —dijo Rebecca al volver, dejándose caer a mi lado, con Allegra en brazos—. Ya está cansadita.
—Sí, vamos —respondí, cogiendo la mochila, que ya había dejado preparada—. Yo también estoy cansado. Pensaba pasar por el hospital hoy, pero acabo de hablar con el médico y dice que todo sigue igual —suspiré.
—¿Y qué vas a hacer el lunes? —preguntó, acomodando de nuevo a Allegra en la sillita—. Porque mi permiso en la escuela terminó ayer y la empresa no ha enviado a ninguna otra niñera.
—No, ¡no puedes dejarnos! —me asusté ante lo inevitable—. Piensa en ella.
—Estoy pensando —afirmó—, por eso estoy preocupada. Además, no pensé que fuera a tardar tanto; a estas alturas creía que ya habría alguien con quien dejarla.
—Pero no lo tenemos —argumenté, pedaleando despacio a su lado.
—Tienes que resolverlo —exigió; ya estábamos llegando a la salida del parque y Allegra parecía a punto de dormirse—. Además, su estancia en tu casa es provisional. Faltan muchas cosas; yo hice lo que pude, pero aún echa de menos a sus padres, su casa, sus juguetes favoritos. Estoy preocupada…
—Tengo la llave de la casa de mi hermano, la policía me la entregó junto con sus demás pertenencias —dije, cogiendo a la pequeña y acomodándola contra mi pecho, mientras Rebecca devolvía las bicicletas y pagaba la multa por pasarnos del tiempo—.
Podemos hacer un viaje mañana para recoger todo lo que necesita.
—¿Qué es lo que no me estás contando? —se detuvo, mirándome—.
¿Cómo están? Ya te pedí que organizaras una visita, no sé en qué estado están.
Si es porque están muy debilitados o con muchos cables, podemos pedir que la visita sea supervisada por una psicóloga.
No sé cómo funciona, pero si eso es lo que te preocupa, ¿no dijiste que tienes una secretaria excepcional?
Pídele que lo gestione. Allegra necesita ver a sus padres.
No explotó ni gritó, ni siquiera elevó el tono; al contrario, su voz era suave, preocupada, cariñosa.
Y entonces hizo algo que, una vez más, me dejó sin suelo: llevó la mano a mi mejilla y la acarició, terminando con un “todo irá bien”.
Tragué el nudo que se había formado en mi garganta; Archie ya me había dicho esas mismas palabras, pero las suyas sonaron tan diferentes.
En el fondo sabía que no eran reales, que nada se encaminaba a terminar bien, sino todo lo contrario.
Dejamos el lugar con cientos de vídeos y fotos que Rebecca insistió en hacer para el álbum que quería entregar a Vitória en cuanto se recuperara, y cada vez que lo decía, el corazón se me encogía en el pecho.
—Entonces… —pregunté mientras el ascensor subía; habíamos vuelto a casa en silencio, sumidos en nuestras angustias—. ¿Podemos ir mañana a la casa de Pietro a recoger lo que Allegra necesita?
—Sí, claro —respondió distraída—. Iremos. Te ayudo a coger todo lo que vea importante para ella.
—Pero ¿vuelves con nosotros? —pregunté cuando las puertas se abrieron al rellano—. Al menos una semana más, por favor —supliqué, mientras subíamos a la suite para dejar a Allegra, que se había quedado dormida, sobre la cama.
—Mañana decido —respondió y, ensimismada, encendió el vigilabebés y me entregó la tablet con la imagen de Allegra dormida, protegida por los cojines que acababa de colocar—. Ahora voy a ducharme y a arreglarme para salir.
—¿Salir? —pregunté, horrorizado, por no decir aterrorizado—. ¿Has dicho salir? No puedes dejarme solo con ella.
—Claro que puedo —respondió tranquila, ignorando mi mirada de pánico—. ¿Has olvidado nuestro acuerdo? Ayer saliste tú, hoy salgo yo. Era lo pactado.
—¿Salir? —se oyó la voz alegre de Paola—. ¿Adónde? ¿No quieres venir conmigo al desfile? Me encantaría tener compañía. Además, todavía puedo conseguir asientos en primera fila.
Quería a mi hermana, pero en ese momento tuve que controlarme para que mis manos no volaran a su cuello y acabara con su vida allí mismo.