Un CEO Inalcanzable (Los Halcones de Wall Street 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

OLIVER

Llevo veinte minutos en el bar.

Veinte minutos mirando el reloj. La entrada. Cada mujer que sube las escaleras.

Me pregunto si Dakota va a venir.

O si va a dejarme plantado como el crío que cree que soy.

El whisky que tengo delante está intacto. No he podido beber. El estómago me hierve de anticipación y algo más oscuro que no quiero nombrar.

Necesidad.

Pura y absoluta necesidad.

Llevo desde que la conocí obsesionado con ella. Con la forma en que se mueve por su despacho como si el mundo le perteneciera. Con esa voz controlada que usa como armadura. Con el momento exacto en que se le quiebra cuando me acerco y le susurro al oído las palabras justas para desarmarla.

Y hoy, cuando he entrado en su despacho y le he dejado esa tarjeta sobre la mesa. He visto cómo se le dilataban las pupilas. Cómo apretaba los muslos intentando aliviar la presión que yo mismo le había provocado.

Supuse que vendría.

Que tenía que venir.

Porque esto nos está consumiendo a los dos.

Pero quizás me he equivocado.

Miro otra vez hacia la entrada del bar desde mi rincón escondido. Hacia las escaleras iluminadas con luz tenue. El murmullo elegante de las conversaciones a mi alrededor.

Nada.

Puede que me haya equivocado. Puede que no sienta lo mismo que yo.

Esa sola posibilidad me abre un agujero inesperado en el pecho.

Y entonces la veo.

Dakota.

Sube las escaleras sobre unos tacones de aguja que le alargan las piernas hasta el infinito, con un vestido negro ceñido a cada curva y un escote que deja ver el vaivén de su pecho al ritmo de la respiración acelerada.

El pelo castaño le cae sobre los hombros desnudos, y trae en la cara una expresión que me deja sin aire.

Miedo, valentía y deseo, todo mezclado en esos ojos verdes que me vuelven loco.

Se detiene en la entrada del bar y mira alrededor, con esa tensión en los hombros que reconocería en cualquier parte.

Está buscándome.

No me muevo todavía. Porque quiero ver qué hace cuando crea que no estoy aquí. Si se va. Si se queda.

¿Creerá que la he dejado plantada?

Veo el momento exacto en que lo cree.

Su cara cambia. Los hombros se le hunden un poco. Da un paso atrás hacia las escaleras.

Va a irse.

Va a salir de aquí convencida de que he estado jugando con ella desde el principio.

Me muevo entonces. Salgo de mi escondite sin apartar los ojos de ella.

Llego justo cuando se gira completamente hacia la salida.

Me coloco detrás de Dakota, tan cerca que siento el calor de su cuerpo y mi pecho casi roza su espalda desnuda.

Pero sin tocarla.

Todavía no.

Por ahora solo quiero que sienta la promesa de lo que podemos ser juntos.

Me inclino hasta que mi boca queda junto a su oído, hasta que huelo su perfume mezclado con un aroma más dulce que debe de ser su champú.

—Buena chica, Dakota. No te vas a arrepentir de haber venido.

Dakota se queda inmóvil, como si hubiera olvidado cómo moverse.

Puedo oír su respiración. Entrecortada. Rápida. Puedo sentir cómo se estremece cuando mi aliento le roza el cuello.

Tengo una erección desde que la vi entrar por esa puerta. Pero ahora es casi insoportable.

Le pongo la mano en la parte baja de la espalda. Justo donde la tela del vestido se ajusta a la curva de su cintura. Y siento la piel cálida bajo mis dedos. Suave.

—Ven conmigo.

No es una pregunta. Es una orden suave pero firme.

Y Dakota no protesta cuando empiezo a caminar y la guío a través del bar hacia los ascensores del fondo. Siento las miradas de la gente que nos observa, pero no me importa.

Lo único que me importa es la mujer que camina a mi lado con las piernas temblándole bajo ese vestido negro.

Llegamos a los ascensores. Pulso el botón y las puertas se abren al instante.

Entramos.

En cuanto las puertas se cierran, coloco a Dakota contra el espejo del fondo. De espaldas a mí para que pueda ver su reflejo. Para que pueda verme a mí detrás de ella.

Dakota jadea. Un sonido suave que me atraviesa como electricidad.

Me acerco más, hasta que mi pecho le presiona la espalda y ella siente cada centímetro de mi cuerpo contra el suyo. Ya no hay forma de que ignore lo mucho que la deseo.

Levanto una mano y aparto un mechón de pelo de su cuello con una lentitud deliberada.

La miro en el espejo.

Sus ojos verdes están oscuros, brillantes, llenos de una emoción que me aprieta la garganta.

—Me encanta ver cómo el corazón te late desbocado en la garganta.

Dakota traga saliva. Veo el movimiento en su cuello, el pulso que le late justo donde le he apartado el pelo.

—Eres un pretencioso.

Su voz sale más débil de lo que pretendía. Pero ahí está. Esa resistencia que me vuelve completamente loco.

—¿Por llevarte directamente a una habitación?

—Sí.

Sonrío contra su cuello. Porque me encanta que intente desafiarme incluso ahora.

—¿Preferías quedarte en el bar conmigo? ¿Tomar una copa? ¿Charlar sobre el tiempo?

Me inclino más hasta que mis labios rozan su oreja.

—¿O es que tienes miedo de quedarte a solas conmigo?

Dakota eleva la barbilla en ese gesto que le he visto usar en su despacho cuando alguien la subestima. Cuando alguien comete el error de creer que puede intimidarla.

—No. No te tengo ningún miedo.

Joder.

Me presiono contra ella y dejo que sienta mi erección en la parte baja de su espalda, que no le quede ninguna duda de lo mucho que la necesito.

—Por eso me gustas tanto.

Mi voz sale más grave. Más oscura de lo que pretendía.

—Eres la mujer más fuerte y sexy que he conocido en mi vida, Dakota.

El ascensor se detiene con un ligero tirón. Las puertas se abren.

No hay pasillo. No hay otras puertas.

Solo una. Enorme. De madera oscura con detalles dorados.

La suite completa. Todo el piso para nosotros.

Porque no iba a llevar a Dakota a una habitación cualquiera. Quiero entregarle todo lo que se merece.

La guío hasta la puerta con la mano todavía en su espalda. Abro con la tarjeta que llevo en el bolsillo.

Y entramos.

La suite es impresionante. Suelos de mármol que reflejan la luz de las lámparas de cristal. Ventanales del suelo al techo con vistas a Manhattan iluminado como un mar de estrellas. Muebles elegantes en tonos crema y dorados.

Pero Dakota no mira nada de eso.

Me mira a mí.

Y la tensión entre nosotros es tan densa que casi puedo sentirla vibrando en el aire.

Camino hacia el mueble bar sin prisa. Cojo la botella de champán que pedí que dejaran preparada. La abro con movimientos lentos y deliberados. Sirvo dos copas y dejo que el silencio se llene de anticipación.

Me acerco a Dakota. Le tiendo una copa.

—Siéntate.

Señalo la silla del centro de la sala, de terciopelo gris y elegante.

Dakota mira la silla. Luego me mira a mí con esos ojos verdes llenos de duda y deseo mezclados.

Y veo el momento exacto en que decide obedecer.

Se sienta y cruza las piernas con ese vestido que le sube por los muslos.

Y casi pierdo todo el control que he estado manteniendo.

Porque me ha obedecido.

Sin rechistar ni recurrir a ese sarcasmo afilado que usa como defensa.

Solo se ha sentado cuando se lo he pedido.

Y eso significa todo.

Significa que Dakota, la mujer que dirige una revista con autoridad absoluta, que negocia como si el mundo entero le perteneciera, que nunca se deja intimidar por nadie, quiere que yo tome el control.

Me pongo tan duro que casi me duele.

Es casi como si conociera mi lado dominante y le gustase.

Empiezo a caminar frente a ella con la copa en la mano. Despacio. Dejo que me observe, que la tensión crezca hasta volverse casi insoportable para los dos.

Veo cómo sus ojos me siguen, cómo se muerde el labio inferior hasta dejarse una marca y cómo empieza a frotar una pierna contra la otra en busca de un alivio que no va a encontrar todavía.

Necesita fricción. Necesita que la toque, que apague el fuego que le está quemando por dentro.

Lo sé porque a mí me está quemando también.

Pero quiero alargar el momento, hacerla sufrir un poco más. Quiero que, cuando por fin la toque, esté tan desesperada que no recuerde ninguna de las razones por las que esto es una mala idea.

Me acerco. Me detengo justo delante de ella con las piernas casi rozando sus rodillas.

Me inclino hasta que mi boca queda junto a su oído otra vez.

—Bebe.

Dakota suelta un jadeo suave e involuntario que me atraviesa como un relámpago.

Sus manos tiemblan cuando levanta la copa hacia sus labios.

Pero bebe.

Obedece.

Otra vez.

Esto me está matando de la mejor forma posible.

Me muevo entonces. Rodeo la silla con pasos lentos y me coloco detrás de ella, donde no puede verme a menos que gire la cabeza.

Deslizo las manos sobre su cuello, apenas con las yemas de los dedos.

Le aparto el pelo hacia un lado con una delicadeza que contrasta con lo mucho que quiero devorarla.

Dakota se tensa entera. Se queda inmóvil, como si temiera que cualquier movimiento rompa el hechizo.

Esperando.

Anticipando lo que viene después.

Puedo sentir su pulso bajo mis dedos. Desbocado. Salvaje. Completamente fuera de control.

Me inclino más. Hasta que mis labios casi rozan la piel de su cuello. Hasta que puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo.

Y entonces mi móvil suena.

El sonido rompe el silencio como un cristal contra el suelo.

Dakota da un salto en la silla. Casi derrama el champán sobre su vestido.

Saco el móvil del bolsillo y maldigo por dentro. Miro la pantalla.

JAX.

Por supuesto que mi hermano tiene que llamar justo en este momento.

Podría no contestar. Debería no contestar y dejar que Dakota y yo terminemos lo que hemos empezado.

Pero Jax no llama sin razón. Y si no contesto aparecerá en mi apartamento en veinte minutos preguntando qué demonios está pasando y verá que no estoy allí. Y empezará a hacer preguntas. Y todavía no estoy preparado para compartir lo que siento por Dakota con nadie.

—Tengo que atender esta llamada.

Mi voz sale más tensa de lo que pretendía. Más frustrada.

Dakota asiente sin mirarme, con las manos todavía temblándole alrededor de la copa.

Me alejo hacia la terraza y salgo. Descuelgo intentando que mi voz suene normal.

—Jax.

—Oliver. ¿Estás ocupado?

Su voz es casual. Relajada como si estuviera llamando solo para charlar.

Pero conozco a mi hermano mejor que a nadie. Hay algo debajo de ese tono despreocupado. Inquietud. Control. La necesidad constante de asegurarse de que sus hermanos no están metiéndose en problemas.

—Un poco. ¿Qué pasa?

—La cena del domingo. Te la saltaste la anterior. No quiero que lo hagas dos veces seguidas.

Las cenas familiares obligatorias. Las reuniones donde mis hermanos pretenden que somos una familia normal en lugar de cinco hombres unidos por trauma compartido y una lealtad inquebrantable.

—Ahí estaré.

—Bien. —Hace una pausa demasiado larga—. ¿Qué tal te va con la revista?

Y ahí está la verdadera razón de la llamada.

Jax me está controlando. Asegurándose de que no estoy arruinando mi primera adquisición en solitario. De que el hermano pequeño puede manejar responsabilidades de verdad.

Pienso en Dakota sentada en esa silla a mis espaldas, temblando de anticipación, esperándome con ese vestido negro que va a matarme antes de que acabe la noche.

—Bien. Todo bajo control.

—¿La directora está cooperando?

La pregunta suena inocente pero tiene capas. Jax está preguntando si Dakota Relish está siendo difícil. Si necesito que él o Zane intervengan con mano más dura.

—Está siendo… interesante.

—Oliver.

La advertencia en su voz es clara como el cristal. No compliques esto. No conviertas una adquisición simple en un desastre.

—Lo tengo controlado, Jax. Confía en mí.

Hace otra pausa. Más larga esta vez. Puedo casi oír a mi hermano procesando mis palabras. Decidiendo si creerme o no.

—De acuerdo. Nos vemos el domingo.

Cuelga sin despedirse como siempre hace.

Guardo el móvil en el bolsillo. Respiro hondo, intento recuperar el control que tenía hace dos minutos, volver al momento que Jax acaba de interrumpir.

Entro en la habitación y lo que veo me arranca una sonrisa.

Será traviesa.

La silla está vacía.

La copa de champán descansa sobre la mesita auxiliar. Medio llena. Abandonada.

Dakota se ha ido.

Camino hacia la puerta con el corazón acelerado. La abro de golpe.

El recibidor está vacío. Silencioso. El indicador del ascensor muestra que ha bajado ya.

Ha huido.

En cuanto he girado la espalda para atender esa llamada, ha aprovechado para escapar de esta suite. De mí. De todo lo que estaba a punto de pasar entre nosotros.

Debería estar furioso. Frustrado hasta la médula. Con una erección que no va a desaparecer en horas y ninguna forma de aliviarla.

Pero en lugar de eso me encuentro sonriendo.

Porque Dakota ha venido. Ha subido a esta habitación conmigo sabiendo exactamente qué significaba. Se ha sentado cuando se lo he pedido. Ha obedecido mis órdenes sin protestar.

Ha querido estar aquí.

Y eso significa que lo siente también. Que me desea tanto como yo a ella. Que solo es cuestión de tiempo antes de que vuelva a tenerla exactamente donde la quiero.

Vuelvo a entrar en la suite. Cierro la puerta con un clic suave.

Cojo mi copa de champán y miro hacia Manhattan brillando al otro lado de la ventana.

Y pienso: que empiece el juego, Dakota.

Ahora que sé que tú también me deseas, es cuestión de tiempo e inteligencia conseguir que sucumbas.

Y verte caer va a ser lo más hermoso que he presenciado en mi vida.