Un cadáver en la librería Capítulo 24. Una nueva historia
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Capítulo 24. Una nueva historia

Tres semanas después de la detención de Robert Henshaw, Blackthorn había recuperado una tranquilidad que a Nell le parecía casi sospechosa.

Durante los primeros días, el pueblo entero había hablado del caso con la intensidad que solo puede alcanzar un lugar pequeño cuando descubre que una historia que creía enterrada durante décadas ha estado respirando bajo sus propios pies.

Las conversaciones en The Lantern comenzaban inevitablemente con Thomas Vale, continuaban con Edward Harcourt y terminaban, después de varias versiones contradictorias, en Eleanor Whitmore.

Algunos vecinos hablaban de ella como si hubiera sido una especie de detective aficionada cuya paciencia había superado la de la policía; otros preferían recordarla simplemente como la librera que sabía demasiado.

Nell escuchaba aquellas conversaciones con una mezcla de diversión y tristeza, porque conocía una parte de Eleanor que ninguno de ellos parecía comprender.

Su tía nunca había querido ser famosa, ni siquiera después de muerta.

Lo que había querido era impedir que la verdad desapareciera.

Había pasado treinta años reuniendo pruebas, guardando fotografías y anotando nombres porque sabía que la memoria humana se deteriora con el tiempo y que una mentira repetida suficientes veces puede terminar pareciendo una verdad.

Ahora aquella mentira había terminado, pero el pueblo no había cambiado de la manera dramática que Nell había imaginado.

Los pescadores seguían discutiendo sobre el tiempo, Martha seguía sirviendo café demasiado fuerte, Arthur Pembroke continuaba comprando objetos que nadie más consideraba valiosos y los niños seguían entrando en Blackthorn Books para buscar novelas que pudieran leer durante el fin de semana.

La vida había seguido adelante, como casi siempre sucede después de una tragedia, y quizá esa era la forma más honesta de cerrar una historia.

Nell había pensado muchas veces que el momento en que terminaría la investigación sería extraordinario.

Había imaginado una sensación de triunfo, quizá incluso alivio.

No había ocurrido nada parecido. La mañana en que Bennett le comunicó que la investigación estaba oficialmente cerrada, Nell estaba colocando libros de cocina en una estantería.

Bennett entró, dejó el sombrero sobre una silla y le dijo que todo había terminado.

Ella esperó unos segundos, como si necesitara que aquella frase adquiriera un significado real.

—¿Eso es todo?

—Eso suele ser lo decepcionante de resolver un asesinato.

Nell sonrió.

—Esperaba una banda de música.

—La policía no tiene presupuesto para bandas de música.

—Qué lástima.

Bennett tomó un libro de la mesa.

—¿Vas a quedarte?

Nell lo miró.

—¿En Blackthorn?

—En la librería.

La pregunta le resultó más difícil de responder de lo que esperaba.

Tres meses antes había llegado con la intención de ordenar las cuentas, vender el inmueble y regresar a Londres.

Había considerado Blackthorn una interrupción temporal en una vida que ya tenía cuidadosamente organizada.

Ahora aquella vida le parecía extrañamente lejana.

La librería había dejado de ser el lugar que había heredado y se había convertido en un lugar que ella había elegido.

Había conocido allí a personas que no esperaba conocer, había descubierto una parte de su tía que nunca había visto y, sobre todo, había comprendido que el negocio no estaba realmente en los libros que vendía, sino en las historias que acumulaba.

Cada estantería conservaba una parte de Eleanor.

Cada cliente tenía una relación distinta con aquel lugar.

Cerrarlo habría sido una forma de borrar todo eso.

—Sí —respondió finalmente—. Me quedo.

Bennett asintió.

—Me alegro.

—¿Por la librería?

—Por nosotros.

Nell lo miró con una expresión divertida.

—¿Nosotros?

—La policía necesita a alguien que siga encontrando problemas.

—Entonces no prometo nada.

Bennett sonrió y se marchó.

Aquella tarde, Nell decidió hacer algo que no había hecho desde que llegó a Blackthorn: cerrar la puerta de la librería durante unas horas y bajar hasta el puerto sin ningún propósito relacionado con una investigación.

Caminó por el paseo mientras el viento traía olor a sal y a madera húmeda.

El lugar donde Thomas Vale había tenido su astillero parecía mucho más pequeño de lo que había imaginado al principio.

La mayoría de las antiguas construcciones habían desaparecido y en su lugar había almacenes modernos, embarcaciones de recreo y pequeños negocios.

Sin embargo, todavía quedaban algunas piedras antiguas en el borde del muelle, y Nell pensó que quizá así funcionaba la memoria: no conservaba necesariamente los edificios completos, sino pequeños fragmentos que permitían reconstruir lo que había existido antes.

Se detuvo frente al agua y pensó en Eleanor.

No sabía si su tía habría aprobado la manera en que había resuelto el misterio.

Probablemente habría criticado alguna de sus decisiones, habría señalado tres errores y después habría preparado té como si nada importante hubiera ocurrido. Nell sonrió al imaginarlo.

Martha la encontró allí unos minutos después.

—Sabía que estarías aquí.

—¿Cómo?

—Porque llevas tres semanas mirando el puerto como si esperases que te pidiera disculpas.

Nell soltó una carcajada.

—No sé si estoy preparada para perdonarlo.

Martha se apoyó en la barandilla.

—Tu tía habría dicho algo parecido.

Durante un rato observaron el agua.

—¿La echas de menos? —preguntó Martha.

Nell tardó en contestar.

—Todos los días.

—Eso no desaparece.

—Lo sé.

—Pero cambia.

Nell asintió.

—Sí.

Martha sacó de su bolso un pequeño sobre.

—Esto estaba entre las cosas de Eleanor.

Nell lo tomó.

—¿Por qué no me lo diste antes?

—Porque me pidió que esperara.

Nell la miró.

—¿Otra vez?

—Tu tía tenía una relación bastante peculiar con el tiempo.

Dentro del sobre había una llave pequeña. Nada más.

—¿De qué es?

—No lo sé.

—¿Eleanor no te dijo nada?

—Solo que te la entregara cuando decidieras quedarte.

Nell observó la llave.

—Entonces sabía que iba a quedarme.

—Probablemente.

—Eso empieza a resultar inquietante.

Martha sonrió.

—Era Eleanor.

De regreso en la librería, Nell intentó identificar la llave.

Probó con cajones, armarios y pequeñas cerraduras que llevaba años sin utilizar.

No encajó en ninguna. Finalmente recordó algo que había visto durante la limpieza del sótano: una pequeña puerta situada detrás de una estantería baja.

No la había abierto porque no había encontrado ninguna llave adecuada y porque durante las últimas semanas había tenido asuntos mucho más urgentes.

Bajó las escaleras con la llave en la mano.

La puerta estaba cubierta de polvo. Introdujo la llave.

Giró con facilidad. Dentro había una habitación estrecha que no aparecía en ninguno de los planos que había encontrado.

No era grande, apenas suficiente para una mesa, una silla y varias cajas.

Había una lámpara antigua en el techo y un olor tenue a papel envejecido.

Sobre la mesa descansaban tres libros, una caja de madera y un sobre dirigido a ella: Nell.

Reconoció inmediatamente la letra de Eleanor. Se sentó. Durante unos segundos no abrió el sobre. Había aprendido que las cartas de su tía rara vez contenían exactamente lo que uno esperaba. Finalmente rompió el sello.

«Querida Nell

Si has llegado hasta aquí, significa que has decidido quedarte. No voy a decir que me sorprende, porque siempre has sido mucho más parecida a mí de lo que te gustaría admitir.

Hay cosas que no pude contarte mientras estaba viva.

Algunas porque no estaba preparada para hacerlo y otras porque sabía que, si te las contaba, acabarías involucrándote.

No quería eso para ti. Quería que tuvieras una vida tranquila, aunque sospecho que las personas de nuestra familia no estamos especialmente dotadas para las vidas tranquilas.

El caso de Thomas Vale terminó de una manera que no me gustó, pero aprendí hace mucho tiempo que la verdad no siempre llega en el momento que uno desea. A veces necesita esperar a que aparezca la persona adecuada.

Ahora que Blackthorn Books es tuya, hay algo que debes saber.

Durante los últimos diez años he recibido libros que nadie recuerda haber enviado. No eran libros valiosos. No tenían dedicatorias. No llevaban nombres, pero todos contenían algo.»

Nell levantó la mirada. Sobre la mesa había tres libros. Los observó. Los tres parecían normales. Volvió a la carta.

«No he querido abrirlos porque algunos secretos deben descubrirse cuando uno está preparado para asumir sus consecuencias. Los tres están relacionados entre sí. El primero llegó en 2017. El segundo, en 2021. El tercero, hace seis meses.

Hay algo más que debes saber. Peter Collins no fue la única persona que investigó el caso de Thomas Vale. Hubo alguien antes que él. Alguien que desapareció de Blackthorn mucho antes de que Jonathan Price lo hiciera.

Nunca descubrí dónde terminó, pero sé que dejó algo aquí. Si algún día decides buscarlo, empieza por el primer libro. Y recuerda una cosa: en una librería, el libro que parece no tener ninguna importancia suele ser el que más tiempo lleva esperando a ser abierto.»

La carta terminaba allí. Nell permaneció sentada, mirando los tres volúmenes. El primero era una edición corriente de una novela de Agatha Christie. El segundo, un viejo libro de viajes. El tercero era un ejemplar de poesía. No parecían relacionados. Pero Eleanor nunca había dejado nada al azar.

Nell tomó el primer libro. Lo abrió. Entre las páginas encontró una fotografía. Era reciente. No de 1996. La fotografía mostraba la plaza de Blackthorn tomada desde la ventana de una casa. Se veía la cafetería de Martha, la iglesia, la librería y una parte del puerto al fondo.

En la esquina inferior había una fecha: 17 de febrero de 2026.

Nell sintió que el aire se detenía en sus pulmones.

Alguien había estado observando Blackthorn desde aquella ventana.

Pero la fotografía no era lo más inquietante.

En el reverso había una frase escrita con una letra que Nell no reconocía: «Eleanor murió creyendo que había terminado. Se equivocaba.»

Nell dejó la fotografía sobre la mesa.

Durante unos segundos no supo qué hacer.

La primera reacción fue subir y llamar a Bennett.

La segunda fue cerrar la puerta del sótano y fingir que no había encontrado nada.

La tercera, y la más parecida a Eleanor, fue volver a mirar los libros.

Porque si su tía había esperado hasta que Nell decidiera quedarse para entregarle aquella llave, entonces aquello no era una amenaza improvisada.

Era una historia que llevaba años esperando su momento.

Abrió el segundo libro. Nada. El tercero, pero nada.

Volvió al primero. La fotografía había sido tomada desde una ventana situada en una casa concreta de la plaza.

Nell conocía todas las fachadas. Conocía sus propietarios.

Conocía incluso las casas vacías. Pero había una que no había investigado nunca porque llevaba años cerrada y nadie parecía utilizarla.

La casa situada frente a Blackthorn Books.

La casa de Jonathan Price. Nell recordó las palabras escritas por Eleanor años atrás: alguien continuaba pagando sus facturas.

Miró la fotografía otra vez. La ventana desde la que había sido tomada estaba iluminada.

Alguien había estado allí en febrero. Quizá alguien seguía allí.

Subió lentamente las escaleras y apagó las luces de la librería.

Desde el escaparate pudo ver la casa al otro lado de la plaza. Todas sus ventanas estaban oscuras.

Nell permaneció observándola mientras comprendía que el misterio de Thomas Vale había terminado, pero que Eleanor había dejado algo más detrás de sus libros, algo que probablemente había comenzado mucho antes de la llegada de Nell a Blackthorn y que, por razones que todavía desconocía, había esperado precisamente hasta que ella decidiera quedarse para continuar.

La librería volvía a estar en silencio, los estantes recuperaban su aspecto cotidiano y las historias parecían descansar tranquilamente en sus lugares, pero Nell ya sabía que aquella calma era solo aparente, porque entre aquellos miles de páginas existía otra historia esperando ser descubierta, una historia que su tía había considerado demasiado peligrosa para contarle en vida y que ahora, desde algún lugar desconocido del pasado, acababa de abrirse paso hasta sus manos.