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Desde el otro lado de la puerta pueden escuchar el bullicio y las voces que provienen del interior de la casa. Se nota que es el último día del año. A Adrián ni siquiera le da tiempo a llamar cuando la puerta se abre.
—¡Ya estáis aquí! —exclama Luisa abrazando a su sobrino.
Tras saludar a su tía, Adrián empuja el carrito y entra en la casa. En cuanto los ven, se produce una avalancha familiar de besos, abrazos y palabras de cariño.
Con un año y tres meses, Roma, aún en el carrito, los reconoce y comienza a moverse para que la liberen. Al darse cuenta, Gabriela se agacha para cogerla, se pone de pie y Salma se acerca a saludarla. La pequeña estira los brazos para que su abuela la coja. Gabriela, con una sonrisa, se la cede.
—¿Cómo está mi niña? —pregunta la mujer con tono divertido.
—Mejor que tú y que yo, solo hay que verla —responde Gabriela, colocándose bien el puño del jersey.
Al ver que la abuela se encarga de ella, Gabriela se lleva el carro a una de las habitaciones para que no esté por el medio. También deja el abrigo.
—¿Cómo estás? —oye a su espalda; Adrián la ha seguido abrigo en mano—. ¿Te encuentras bien?
—Estupendamente —miente.
La pareja se da un beso en los labios y vuelve al salón con los demás, aunque él, con disimulo para no preocuparla, no le quita ojo.
El día anterior, mientras hacían la comida, Gabriela se mareó. No fue nada grave, solo tuvo que sentarse y tomarse el resto de la tarde con más calma.
El delicioso olor que proviene de la cocina hace que se apresuren a poner la mesa. La cena huele demasiado bien como para hacerla esperar. Cuando Gabriela coloca los últimos cubiertos, la puerta de la casa vuelve a abrirse de par en par. Son Keira y Miguel los que entran, y acompañados.
Nada más ver a Azahara, Gabriela corre a su encuentro y la abraza.
Su familia ha decidido hacer algo diferente este año.
Los padres se embarcaron en un crucero a mediados de noviembre y no vuelven hasta enero.
Así que Azahara y su hermana se han quedado en Madrid y pasan las fiestas juntas, y con sus respectivas parejas.
Lleva dos años con Keira y ya saluda a todo el mundo con familiaridad.
Miguel les presenta, uno a uno, al chico que lo acompaña. Es el turno de Adrián.
—Primo, este es Diego, mi novio.
—¡Encantado! —lo saluda amigablemente.
No puede hacerle más ilusión volver a ver a Miguel ilusionado con alguien. Su última relación conocida fue aquel chico de Londres. Que haya dado el paso de traer a Diego a pasar la Nochevieja con su familia es algo grande.
Gabriela también le sonríe al recién llegado y le da dos besos, algo que interrumpe su hija, cuando la ve cogiendo un adorno del árbol y llevándoselo a la boca.
—Roma, eso no —la avisa, cogiéndola en brazos para quitárselo.
A la niña no le hace gracia, y así se lo hace saber intentando zafarse de sus brazos. Dándose por vencida, la vuelve a dejar en el suelo y la pequeña, agarrándose a la primera persona que pasa por su lado, desaparece directa hacia la cocina.
Minutos más tarde, se sientan todos a cenar. No quieren que las campanadas los pillen desprevenidos. Gabriela se sienta junto a Azahara, y al otro lado tiene a Roma, que la separa de Adrián.
—Tenemos que contaros algo —dice Keira llamando la atención de todos.
—No me digas que os vais a casar —murmura la tía Luisa con las manos en la cara.
—¿La prima Keira se va a casar con Azahara? —pregunta Laila mirando a su madre.
Naim, su hermano, se tapa la boca imitando a su madre.
—¡No, no! —Ríe Azahara mirando a su novia.
El verano pasado, Keira se fue a vivir con Azahara, aunque sigue apareciendo casi cada día por casa de sus padres. Sobre todo, cuando se entera de que hay tuppers .
—¿Entonces? —pregunta César, el padre de Adrián.
—Llevamos un tiempo pensándolo y hemos decidido adoptar un gato —dice Keira.
—¡Ah, bueeeno! —exclama Youssef, con la pequeña Olaya de tres años sentada en su regazo. Rápidamente, Keira mira a su tío.
—¿Qué pasa?
—Por cómo lo habías anunciado pensaba que iba a ser algo más... serio.
—Oye, que adoptar un gato es muy serio —replica—. Es una responsabilidad enorme.
Adrián y Gabriela los escuchan con atención mientras intentan dar de cenar a su hija.
—Después de vivir juntas tanto tiempo, creemos que es un paso lógico —comenta Azahara.
—En esta familia la lógica hace tiempo que se quedó a un lado —bromea César—. Los hay que tienen un bebé incluso antes de vivir juntos...
Gabriela y Adrián se miran divertidos al darse por aludidos mientras la niña da golpecitos con la cuchara de plástico en la mesa.
—Nos gusta el riesgo —dice Adrián con gracia.
—Dicen que es mejor adoptar dos gatos que uno —habla Diego y todos lo escuchan—. Así se hacen compañía y no se sienten solos.
—Eso es verdad —afirma Gabriela.
Keira y Azahara se miran y, mientras a la primera se le iluminan los ojos, a la segunda parece que no tanto.
—Bueno..., ya veremos —murmura.
Las diferentes reacciones de las chicas consiguen que todos suelten una sonora carcajada.
Adrián va a la cocina a rellenar la jarra de agua. Su madre aparece por allí y, acercándose a él, le pregunta bajando la voz:
—¿Cómo está Gabriela?
Su hijo la mira y sonríe.
—Bien, aunque ayer se mareó. Pero está bien, mamá.
Salma asiente con la cabeza. Gabriela le preocupa, igual que le preocupa su hijo. Son demasiado jóvenes para pasar por lo que están pasando. Sin querer dramatizar, pues ya tienen bastante, la mujer le da un beso en la mejilla a su hijo y susurra:
—Si tú estás tranquilo, yo también.
El resto de la cena continúa con normalidad, entre anécdotas y buen rollo. En un momento dado, Gabriela se queda mirando a Adrián. Se fija en que, a la vez que habla con su tía Luisa, pone la mano para amortiguar los golpecitos de Roma en la mesa.
Que Miguel les presentara a su novio, y que Keira y Azahara anunciaran la adopción del gato, le ha removido algo por dentro.
Verlos hablar de planes de futuro tan alegremente le ha recordado la sensación de agobio que suele sentir más a menudo de lo que querría admitir.
Esos pequeños comentarios que parecen tan normales para algunos a veces son inimaginables para ella.
Como si pudiera notar que lo está mirando, Adrián se gira, encontrándose con los ojos de su mujer en él. Eso lo alerta y se inclina para susurrarle:
—Amor, ¿va todo bien?
—Sí, muy bien, cariño.
Le da un tranquilizador beso en los labios.
Aunque Adrián no la agobia, lo conoce y sabe que está preocupado.
El mareo del día anterior lo ha preocupado.
Él, tras dedicarle una bonita sonrisa y ver que está bien, vuelve a la conversación.
Gabriela se toma unos segundos para observar la mesa y a todas las personas que hay en ella.
Lamenta no poder asegurarle un futuro lleno de planes como el de todos ellos a Adrián.