LA MANSIÓN
Makayla
Aprendí que la seguridad no es la ausencia de miedo, sino la persona que vuelve a cruzar la puerta después de haber vencido al peligro.
Tres semanas después de la llegada de las flores, nos instalamos en una nueva normalidad.
Sigo trabajando en la consulta tres días a la semana: muy vigilada, controlada al detalle, pero trabajando.
Los demás días estoy en el ático de Damiano, que se ha convertido más en una fortaleza que en un hogar.
Seguridad adicional. Puertas reforzadas.
Habitación del pánico. Todo pensado para mantenernos a salvo al bebé y a mí.
Y todas las tardes, Damiano me entrena.
—Otra vez —dice, plantado frente a mí en el gimnasio privado que mandó instalar en la planta inferior.
Respiro con dificultad y el sudor me baja por la espalda. Estoy embarazada de trece semanas; ya se me nota de sobra, pero sigo siendo capaz. Sigo siendo fuerte.
Cargo contra él. Se aparta, pero yo lo veo venir: giro sobre mí misma y le lanzo el codo a las costillas, un golpe contenido, sin toda la fuerza. Me agarra el brazo y me barre las piernas, pero he aprendido a acompañar el movimiento y me retuerzo para caer de lado y no de espaldas.
—Bien. —Me ayuda a levantarme—. Mejor. Empiezas a pensar con tres movimientos de antelación en vez de uno.
—Tengo una buena motivación. —Me toco la barriga—. Este bebé necesita una madre que sepa pelear.
—Este bebé tiene una madre feroz de narices. —Me atrae hacia él, con cuidado de no apretarme la barriga—. Pero sí. Sigue entrenando. Se te está dando tan bien que da miedo.
Llevamos semanas con esto. Partimos del entrenamiento en el campo de tiro y hemos añadido combate cuerpo a cuerpo, protocolos de huida y conciencia situacional. Me enseña como si fuera uno de sus soldados, no una criatura delicada a la que hay que proteger.
Es exactamente lo que necesito.
—¿Una ronda más? —pregunto.
—Estás cansada. Y estás gestando a un ser humano. Por hoy basta.
—Damiano…
—Que ya basta. —Me besa la frente—. Ve a ducharte. Pediré la cena.
Cuando salgo, con unos leggings suaves y una de sus camisetas, que cada día me queda más ajustada en el pecho, el ático huele a comida italiana.
—Mamá ha dejado lasaña —grita desde la cocina—. Y cannoli. Y pan. Y sopa suficiente para alimentar a un ejército.
Sonrío. Lucia lleva en pleno modo abuela desde que se enteró del bebé. Aparece al menos dos veces por semana con comida, consejos y preguntas cada vez más directas sobre cuándo nos casamos.
—Tu madre va a cebarme —digo mientras me acomodo en un taburete de la isla de la cocina.
—Ese es el plan. —Nos sirve a los dos—. Cree que estás demasiado delgada. No paro de decirle que eres perfecta, pero no me hace caso.
—Ya se me nota. ¿Cómo puede pensar que estoy demasiado delgada?
—Porque es mi madre y preocuparse es su forma de querer. —Me pone un plato delante—. Come. Los dos necesitáis combustible.
Ataco la lasaña: sabrosa, caliente, perfecta. Comemos en un silencio cómodo, de esos que nacen de semanas viviendo juntos y aprendiendo los ritmos del otro.
—He estado pensando… —dice Damiano al cabo de un rato—. En los nombres.
—¿Ah, sí?
—Si es niño, me gusta Marco. Por mi padre.
—Marco Moretti. —Lo pruebo en voz alta—. Fuerte. Clásico. Me gusta.
—¿Y si es niña? —Me observa con atención—. ¿Qué te parece Gabriella? Ella, para abreviar.
—Gabriella. —El nombre se me asienta en el pecho, cálido, exacto—. Me encanta. ¿De dónde viene?
—De mi abuela. La madre de mi padre. Murió cuando yo tenía ocho años, pero era… —Hace una pausa, buscando las palabras—. Fue ella quien me enseñó que la fuerza y la bondad no son opuestas. Que puedes ser peligroso y aun así amar con toda tu alma.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Malditas hormonas del embarazo.
—Gabriella Rose —digo—. Por tu abuela y… bueno, siempre me han encantado las rosas.
—Gabriella Rose Moretti. —Alarga la mano por encima de la mesa y cubre la mía con la suya—. Perfecto.
Terminamos de cenar hablando del futuro: los colores del cuarto del bebé, si queremos saber el sexo antes del parto, cómo vamos a compaginar su mundo con criar a un hijo. Cosas normales de pareja, salvo que uno de los dos dirige una familia criminal y la otra está aprendiendo a matar si hace falta.
Pero a nosotros nos parece normal. Y puede que eso sea lo que importa.
Más tarde, después de recoger juntos la cocina —otro ritual doméstico que he llegado a adorar—, lo encuentro en su despacho, mirando fijamente la pantalla del ordenador.
—¿Trabajo? —pregunto.
—Siempre. —Se echa hacia atrás y me sienta en su regazo. Con cuidado, pendiente de mi barriga—. Novedades de los Romano. Están tranquilos desde lo de las flores. Demasiado tranquilos.
—¿Puede que se hayan echado atrás?
—Puede. O puede que estén planeando algo más gordo. —Me apoya la mano en la barriga—. De un modo u otro, estoy preparado.
Me vuelvo para mirarlo. Para mirarlo de verdad. El hombre que me ha enseñado a pelear. Que me da de cenar y habla conmigo de nombres para el bebé. Que dirige un imperio criminal y lee libros sobre el embarazo antes de dormir.
—Te quiero —digo.
Algo se suaviza en su expresión.
—Yo también te quiero.
—Lo digo en serio. Sé que esta vida es complicada, peligrosa y, a veces, aterradora. Pero no la cambiaría. No te cambiaría a ti.
Me sujeta la cara con las manos.
—¿Estás segura? Porque, cuando nazca este bebé, ya no habrá vuelta atrás. Estarás unida a mí para siempre. A mi mundo. A todo lo que conlleva.
—Estoy segura.
Me inclino y lo beso con suavidad.
—Te elegí. Te sigo eligiendo. Cada día.
Me devuelve el beso, más hondo, y me recorre los costados con las manos. Cuando se aparta, tiene los ojos oscuros.
—Al dormitorio —murmura—. Ahora.
Damiano
Nunca la he deseado tanto como ahora.
Trece semanas de embarazo, el cuerpo cambiándole, mi hijo creciendo dentro de ella: es lo más hermoso que he visto en mi vida.
Las curvas más suaves, los pechos más llenos, el brillo de su piel morena, el gesto protector con que se toca el vientre cuando cree que no la miro.
Todo eso me vuelve loco. Llevo la polla dura desde la cena, mirándola moverse por la casa segura, sabiendo lo que crece dentro de ella.
La llevo a nuestro dormitorio sin dejar de tocarla. No puedo parar. Y no pienso parar. Una vez dentro, la giro hacia mí y me deleito contemplándola.
—Necesito que sepas algo.
Le apoyo las manos en las caderas y le acaricio con los pulgares la piel suave que ha quedado al aire al subírsele la camiseta.
—No eres hermosa a pesar del embarazo. Eres hermosa gracias a él. Estás gestando a nuestro bebé, y cada cambio en tu cuerpo es la prueba de lo que creamos juntos.
Se le dulcifica la mirada, brillante de lágrimas contenidas.
—Damiano...
—Déjame.
Me arrodillo delante de ella y le abarco con las manos el pequeño vientre.
—Déjame adorarte. Déjame enseñarte lo jodidamente perfecta que eres.
Le levanto la camiseta despacio y le dejo el vientre al descubierto. Ya se le nota, sin duda: una curva suave que hace un mes no estaba ahí. La piel le brilla, tirante sobre nuestro milagro en crecimiento. Apoyo los labios en ella con reverencia.
—Hola, bebé —murmuro contra su piel, y noto cómo Makayla se estremece encima de mí—. Soy tu papá. Solo quería decirte que tu madre es la mujer más fuerte y más hermosa del mundo. Y que la quiero más que a nada.
Makayla me enreda los dedos en el pelo y se le corta la respiración.
—No puedes decir cosas así.
—¿Por qué no? Es verdad.
Vuelvo a besarle el vientre y bajo los labios hasta la cinturilla de los leggings.
—Cada palabra.
Engancho los dedos en el elástico y tiro hacia abajo despacio, hasta descubrir un encaje negro que me hace la boca agua. Con ella siempre es encaje negro. Siempre me vuelve loco.
—Son nuevas —comento, y recorro el dibujo delicado con un dedo mientras veo cómo se le contrae el coño bajo la tela fina.
—Las otras ya no me caben.
Suena cohibida, pero de eso nada.
—Mejor. Significa que nuestro bebé está creciendo.
Le pego la boca por encima del encaje, le busco el clítoris con la lengua y ella grita, y se le doblan las rodillas. La agarro y la sostengo con las manos en las caderas.
—Te tengo. Siempre te tengo.
Ya tiene el coño empapado, el encaje húmedo, y gimo contra ella.
—Ya estás mojadísima por mí. ¿El embarazo te ha vuelto todavía más necesitada, cariño?
—Damiano, por favor...
Aparto el encaje y la lamo como es debido, desde la entrada hasta el clítoris, saboreándola. Ahora sabe más dulce, distinta desde el embarazo, y me he vuelto adicto.
—Joder —jadea, y cierra los puños en mi pelo—. Tu boca...
—...va a hacer que te corras antes de darte mi polla —prometo, succionándole el clítoris—. Primero necesito saborearte. Necesito sentir cómo te deshaces en mi lengua.
La trabajo con la boca y le meto dos dedos en el coño, hasta encontrar ese punto que le hace temblar las piernas. Ahora está más estrecha, más sensible, y cada roce le arranca un gemido.
—Eso es —murmuro contra ella—. Déjame oírte. Dime lo bien que se siente.
Cuando está a punto, temblando al borde, me pongo en pie y la levanto con cuidado. Me rodea la cintura con las piernas; ya no le resulta tan fácil como antes, ahora el vientre queda entre los dos, pero nos las arreglamos.
—A la cama —ordeno con voz ronca—. Te necesito abierta para mí. Necesito verte entera mientras te follo y empujo a nuestro bebé más adentro.
La tumbo con delicadeza y me quito los pantalones. La polla me salta libre, dura y dolorida, y ella clava los ojos en ella.
—¿Ves lo que me haces? —Me acaricio una vez, dos—. ¿Ves cómo me pones? ¿Lo que necesito estar dentro de ti?
Separa más las piernas, invitándome, con el coño reluciente.
—Entonces ven. Deja de provocarme.
—No te estoy provocando.
Me acomodo entre sus muslos, con el glande en su entrada.
—Solo lo estoy saboreando. Llevas a mi bebé dentro. Ahora eres mía en todos los sentidos.
Empujo despacio, mirándole la cara mientras la lleno. El coño me aprieta fuerte, joder, qué perfecto, y los dos gemimos cuando estoy del todo dentro.