Un amor bajo otro nombre CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El Rechazo

—Nora. —Nathan dio un paso hacia ella, la manga todavía a medio subir, la piel del antebrazo expuesta al aire frío de la sala como si esperara, de un momento a otro, la aguja de una enfermera—. Dime qué está pasando.

—No hay nada que explicar. —Su voz salió quebrada, demasiado alta para el espacio cerrado de la sala de espera, y de inmediato pareció arrepentirse del volumen, porque bajó los hombros y se llevó una mano temblorosa a la boca, como si pudiera empujar las palabras de vuelta adentro—.

Solo... solo llamen al banco de sangre. Por favor. Es lo único que pido.

—Es tipo B. Yo soy tipo B. Compatible, disponible, aquí .

—Nathan abrió las manos frente a él, un gesto que en el quirófano usaba para pedir calma a residentes nerviosos, pero que ahora, dirigido a ella, sonó más a súplica que a razón—.

Nora, tu hija está ahí dentro con sangrado activo y tú me estás diciendo que no, sin ningún motivo.

Ningún motivo médico. Ninguno que tenga sentido.

—¡Porque no lo tiene que tener sentido para ti!

—La frase le salió disparada, casi un grito ahogado, y en el instante mismo en que la pronunció pareció darse cuenta de su propio error, porque sus ojos se abrieron un poco más, como si hubiera dicho algo que no debía, algo que se le había escapado del lugar donde llevaba siete años guardándolo bajo llave.

El silencio que siguió no duró más de dos segundos, pero a Nathan le pareció una eternidad completa, un abismo suspendido entre una frase y la siguiente.

La miró —de verdad la miró, como llevaba semanas sin permitirse mirarla, buscando algo bajo la piel, bajo el pánico, bajo esa palidez que aún no había recuperado ni una pizca de color— y sintió que algo en su pecho se tensaba como una cuerda a punto de partirse.

—¿Que no tiene que tener sentido para mí ?

—repitió, despacio, cada palabra como una piedra que dejaba caer con cuidado sobre una balanza—.

Nora, es mi... —se detuvo. No sabía cómo terminar esa frase.

Es mi paciente , no, ya no era solo eso, hacía semanas que había dejado de ser solo eso.

Es una niña que conozco . Tampoco. Había algo más, algo que no lograba nombrar, algo que le apretaba la garganta con la misma fuerza exacta con que le había apretado la garganta cada una de esas noches en que soñaba con Mireille y despertaba con el nombre de otra mujer en los labios—.

Es Kayla. Necesita sangre. Yo tengo la sangre que necesita.

¿Por qué demonios me lo estás impidiendo?

—¡No te lo estoy impidiendo, te estoy protegiendo!

—Las palabras salieron de ella como agua a presión, sin filtro, sin el control férreo que Nathan había aprendido a asociar con Nora desde la primera mañana incómoda en su apartamento—.

A ti, a ella, a... —volvió a detenerse, esta vez mordiéndose el labio con tanta fuerza que Nathan pensó, por un instante absurdo, que iba a hacerse sangre ella misma, ahí mismo, en esa sala de paredes rojas que ya parecían absorber cada gota de pánico que flotaba en el aire.

—¿Protegiéndome de qué? —La voz de Nathan había cambiado.

Ya no era la voz baja y cuidadosa de hacía un minuto; algo se había endurecido en ella, algo se había cerrado como un puño—.

¿De donar sangre a una niña que se está desangrando?

Nora, por el amor de Dios, ¿me estás escuchando?

¡Se llama transfusión, no es una amenaza!

—¡No lo entiendes! —gritó ella, y esta vez sí fue un grito, uno que hizo que dos enfermeras levantaran la cabeza desde el mostrador al fondo del pasillo y que un hombre mayor sentado tres sillas más allá, que esperaba noticias de algún otro pariente en otra puerta, apartara la vista de su teléfono con una mueca de incomodidad—. No puedes... no puedes simplemente...

—¡Pues explícamelo! —La voz de Nathan subió también, resonando contra las paredes bajas del techo, contra el linóleo desgastado, contra la puerta batiente que seguía cerrada, indiferente, al otro lado de la cual su hija —no, la hija de Nora, se corrigió con una violencia interna que no supo de dónde venía— seguía perdiendo sangre mientras los dos adultos que deberían estar ayudándola se gritaban en un pasillo—.

¡Explícame qué diablos tiene de malo que yo la ayude!

¡Llevo semanas viendo cómo me apartas de todo, cómo me miras como si yo fuera un peligro, cómo cierras cada puerta que intento abrir, y ahora ni siquiera me dejas hacer la única cosa útil que puedo hacer en este maldito momento!

—Nathan...

—¡No! —La palabra le salió más fuerte de lo que pretendía, cortante, y vio cómo ella se encogía apenas un centímetro, como si el sonido mismo la hubiera golpeado—.

No, esta vez no. Cada vez que intento acercarme, cada vez que intento entender, tú te cierras.

Y yo lo acepté. Acepté que tenías tus razones, que no eran asunto mío, que quizás yo era simplemente un extraño metiéndose donde no lo llamaban.

Pero esto no es sobre mí, Nora. Esto es sobre Kayla.

Y me estás negando algo que podría salvarle la vida sin darme ni una sola razón que tenga sentido.

—Señor, por favor, baje la voz. —Una enfermera se había acercado, joven, con el cabello recogido en una coleta tensa y una placa en el pecho que decía E.

Marín , con las manos alzadas en un gesto pacificador que Nathan reconoció de inmediato porque él mismo lo había usado cientos de veces con familiares desesperados—.

Entiendo que están pasando por un momento muy difícil, pero hay otros pacientes en esta sala, y necesito que ambos...

—Soy médico de este hospital —cortó Nathan, con una aspereza que no era propia de él, que sintió salir de su boca casi como si perteneciera a otra persona—.

Cirugía cardiotorácica. Sé exactamente lo que significa un sangrado interno no controlado en una paciente pediátrica.

Sé exactamente cuánto tiempo tenemos antes de que las reservas del banco de sangre se conviertan en un problema real.

Y tengo el tipo de sangre compatible aquí, ahora mismo, dispuesto.

Así que discúlpeme si mi voz sube un poco cuando la madre de la paciente se niega a dejarme ayudar sin darme ninguna razón.

La enfermera, visiblemente incómoda, miró a Nora, que se había vuelto a sentar —o más bien se había dejado caer— sobre el borde de la silla roja, con la cabeza gacha y las manos temblando sobre el regazo.

Un mechón de su cabello oscuro se le había soltado del recogido y le caía sobre la frente, pero ella no hizo ademán de apartarlo.

Parecía, en ese instante, mucho más pequeña de lo que Nathan la había visto nunca, encogida bajo el peso de algo que no terminaba de mostrar del todo.

—Señora Bellamy —dijo la enfermera, con voz más suave, agachándose ligeramente para quedar a la altura de Nora—, ¿hay algún motivo médico por el que no deberíamos considerar al doctor Reyes como donante?

¿Alguna incompatibilidad que debamos conocer?

Si es así, necesito que me lo diga ahora, porque el tiempo es un factor crítico para su hija.

Nathan contuvo la respiración. Fue apenas un segundo, pero en ese segundo algo cambió en el rostro de Nora: una lucha visible, física, como si dos fuerzas completamente opuestas tiraran de cada músculo de su cara al mismo tiempo.

Sus labios se entreabrieron. Por un instante —solo un instante— Nathan estuvo seguro de que iba a decirlo, fuera lo que fuera aquello que llevaba atrapado en la garganta desde hacía siete años, desde mucho antes de esa noche, quizás desde mucho antes de que él mismo la conociera bajo el nombre de Nora.

Pero entonces negó con la cabeza. Despacio. Definitivamente.

—No —susurró—. No hay ninguna incompatibilidad. Solo... llamen al banco. Por favor. Se los suplico.

La enfermera asintió, aunque su expresión dejaba claro que no entendía nada de lo que acababa de presenciar, y se dio media vuelta para dirigirse de nuevo hacia el mostrador, ya sacando el teléfono para hacer la llamada.

Nathan se quedó de pie, inmóvil, con la manga todavía enrollada sobre el antebrazo, sintiendo cómo la ira se enfriaba lentamente en algo mucho más peligroso: la certeza fría y absoluta de que había una respuesta a todo eso, una respuesta que Nora conocía perfectamente y que se negaba, con cada fibra de su cuerpo, a pronunciar en voz alta.

—Mírame —dijo él, muy bajo, casi sin aliento, arrodillándose frente a ella para quedar a la altura de sus ojos, ignorando por completo a la enfermera que se alejaba, al hombre mayor que fingía no estar escuchando, al pitido lejano de alguna máquina detrás de la puerta blanca—.

Mírame, Nora. Y dime que no tiene nada que ver conmigo.

Dímelo mirándome a los ojos y te creeré. Pero si no puedes hacerlo...

Ella levantó la vista. Y en ese instante —solo una fracción de segundo, apenas el tiempo que tarda una respiración en quebrarse— Nathan vio algo en sus ojos que no había visto nunca antes en Nora Bellamy, pero que reconoció de inmediato, con una punzada que le atravesó el pecho como una descarga eléctrica: la había visto antes.

En otro rostro. En otra vida. Siete años atrás, en unos ojos que llevaba siete años jurando que jamás volvería a ver.

Nora abrió la boca. Ningún sonido salió de ella.

Y entonces, al fondo del pasillo, la puerta batiente del quirófano se abrió de golpe, y un médico salió corriendo con el rostro tenso, buscando con la mirada a la familia de Kayla Bellamy.