CAPÍTULO 20
Los Preparativos
La lista tenía once puntos, escrita a mano en el reverso de un sobre porque Nora nunca lograba encontrar sus libretas cuando de verdad las necesitaba, y a las siete de la mañana del viernes ya llevaba tachados los primeros cuatro: globos comprados, pastel encargado en la pastelería de la esquina, mesa de regalos confirmada con la vecina que ayudaría a vigilarla, decoración navideña revisada y separada en cajas etiquetadas con la letra apretada y ansiosa de alguien que necesita, desesperadamente, sentir que tiene el control de al menos una parte de su vida.
Se movía por el apartamento con la eficiencia mecánica de quien ha aprendido, a base de repetición, a convertir la ansiedad en tareas concretas: doblar servilletas de papel con motivos de renos, contar las sillas plegables que Aiden le había prestado, revisar por tercera vez que el autoinyector de epinefrina de Kayla estuviera guardado en el bolsillo delantero de la mochila que llevaría al parque infantil, junto con la tarjeta plastificada donde había anotado, con letra clara, cada alérgeno que debía evitarse sin excepción.
Frutos secos. Maní. Cualquier producto que hubiera estado en contacto con ellos.
La había repasado tantas veces a lo largo de los años que las palabras ya no le parecían palabras, sino un conjuro, una plegaria repetida con la esperanza de que, si la decía suficientes veces, el universo entero se viera obligado a cumplirla.
Kayla dormía todavía, agotada de la emoción anticipada de la noche anterior, y el apartamento, en ese silencio previo al amanecer completo de la ciudad, tenía esa calidad suspendida de los días importantes: el aire cargado de una expectativa que Nora sentía tanto en el pecho como en la punta de los dedos, un cosquilleo nervioso que no lograba del todo distinguir entre la ilusión y el miedo.
Se sirvió una taza de té que dejó enfriarse sin tocarla, apoyada contra la encimera de la cocina, revisando la lista una vez más aunque ya se la sabía de memoria.
Confirmar hora de llegada con Nathan. Ese había sido el último punto que había añadido, la noche anterior, después de mucho dudarlo, y ahora, mirando esas dos palabras escritas con su propia letra — con Nathan —, sintió que algo se le apretaba en el pecho con una fuerza que no tenía nada que ver con la logística de una fiesta infantil.
Tomó el teléfono, escribió el mensaje — La fiesta empieza a las cuatro, en el parque infantil de siempre.
Kayla ya no habla de otra cosa — y lo envió antes de poder arrepentirse.
La respuesta llegó casi de inmediato, cálida, entusiasta, acompañada de una fotografía torpe de una bicicleta rosa envuelta a medias en papel de regalo con globos plateados, y a pesar de todo lo que cargaba, a pesar del peso constante que llevaba sobre los hombros desde hacía siete años, Nora sonrió sin poder evitarlo.
Fue mientras guardaba el teléfono, con esa sonrisa todavía dibujada a medias en el rostro, cuando el recuerdo llegó sin avisar.
No fue un recuerdo completo. Nunca lo eran, ya no; después de siete años, su mente había aprendido, con una disciplina casi quirúrgica, a fragmentar el pasado en pedazos manejables, pequeños, que pudiera guardar en cajones separados sin que ninguno amenazara con desbordar a los demás.
Pero de vez en cuando, sin ningún aviso previo, uno de esos fragmentos se soltaba solo, flotando hasta la superficie con la fuerza súbita de algo que se ha mantenido sumergido demasiado tiempo.
Una cocina distinta. Más pequeña. Con las paredes pintadas de un amarillo pálido que Nathan odiaba y que ella se había negado a cambiar solo para molestarlo, entre risas.
Una mañana de sábado parecida a esta, con la misma luz recién nacida entrando por la ventana.
Nathan de pie, descalzo, con el cabello todavía revuelto del sueño, sosteniendo dos tazas de café mientras ella terminaba de envolver un regalo —¿de quién?
¿para quién?— sobre la misma encimera donde ahora, siete años después, envolvía una lista de globos y sillas plegables.
Él le había dicho algo. Algo importante.
Algo que la había hecho reír y, al mismo tiempo, sentir que el pecho se le llenaba de una calidez tan intensa que dolía.
Había estado a punto de responderle —tenía las palabras ya formadas en la boca, podía sentir la forma exacta que iban a tener al salir—...
El recuerdo se cortó de golpe, como una película a la que de pronto le faltara un tramo entero de cinta, dejando a Nora suspendida en un vacío frustrante, incapaz de recuperar ni las palabras de Nathan ni las suyas propias, ni siquiera el motivo del regalo que envolvía aquella mañana lejana.
Se quedó inmóvil junto a la encimera, con la taza de té ya completamente fría entre las manos, tratando de forzar el recuerdo a completarse, de tirar del hilo suelto hasta desenredarlo del todo, pero como sucedía siempre —como había sucedido cientos de veces a lo largo de esos siete años—, el fragmento se negó a ceder más de lo que ya había mostrado, dejándola con la sensación insoportable de haber estado, por un instante, a centímetros de algo esencial que se le escapaba entre los dedos como agua.
¿Por qué ahora? ¿Por qué esa mañana en particular, con la fiesta a solo horas de distancia, con Nathan a punto de cruzar de nuevo el umbral de una vida que ella había pasado siete años tratando de proteger de él?
Sabía la respuesta, en realidad, aunque no quisiera admitírsela con demasiada claridad.
Cada vez que Nathan se acercaba —físicamente, emocionalmente, de cualquier manera— algo en ella, alguna parte antigua y terca que nunca había terminado de sepultar del todo, se aflojaba lo suficiente para dejar escapar estos fragmentos.
Como si su propio cuerpo, traicionando la disciplina de siete años, insistiera en recordarle lo que la razón se negaba a permitirse: que aquella cocina amarilla, aquellas tazas de café compartidas un sábado por la mañana, aquel hombre descalzo con el cabello revuelto, no habían sido un sueño ni una vida imaginada.
Habían sido reales. Y una parte de ella, por mucho que se esforzara en enterrarla bajo capas de precaución y distancia, seguía extrañándolos con una intensidad que no había disminuido ni un ápice en siete años enteros.
Dejó la taza de té en el fregadero, todavía llena, y se llevó ambas manos al rostro, presionando los dedos contra los párpados cerrados hasta que las manchas de luz empezaron a bailar detrás de sus ojos.
No hoy , se dijo, con la firmeza de quien ha aprendido a hablarse a sí misma como si fuera otra persona, alguien más fuerte, más capaz de sostener el peso de todo lo que cargaba. Hoy no. Hoy es el día de Kayla.
Respiró hondo, una vez, dos veces, contando cada inhalación con la lentitud deliberada que había aprendido en los años en que la ansiedad todavía la asaltaba con una frecuencia que apenas lograba controlar.
El apartamento seguía en silencio a su alrededor, ajeno por completo a la tormenta que acababa de sacudirla por dentro, y poco a poco, con el mismo esfuerzo disciplinado con el que se había reconstruido a sí misma después de perderlo todo, Nora sintió que la superficie volvía a asentarse, que la mujer capaz y organizada que once puntos de una lista necesitaban regresaba a ocupar el espacio que, por unos segundos, el fantasma de una cocina amarilla había estado a punto de arrebatarle.
Se lavó el rostro con agua fría en el fregadero de la cocina, se recogió el cabello en un moño rápido y práctico, y volvió a tomar el sobre con la lista, tachando el punto que quedaba pendiente con una línea firme, decidida.
Confirmar hora de llegada con Nathan. Hecho.
Faltaban solo siete puntos más antes de que la casa entera oliera a pastel recién horneado y Kayla despertara gritando de alegría al recordar, de golpe, qué día era.
Fue en ese instante, con la lista ya casi completa entre las manos y la determinación reconstruida en el pecho, cuando escuchó los pasos pequeños de Kayla arrastrándose por el pasillo, todavía adormilada, con su pijama de unicornios y el cabello hecho un desastre encantador contra la almohada.
—Mami —dijo, con la voz ronca del sueño reciente, frotándose los ojos con un puño cerrado—, ¿ya es mi cumpleaños?
Nora se arrodilló para recibirla, envolviéndola en un abrazo que olía todavía a sábanas calientes y a la inocencia intacta de una niña que no tenía la más mínima idea de las tormentas que su madre llevaba conteniendo desde el amanecer.
—Ya casi, mi amor —dijo, besándole la coronilla, dejando que el calor de ese pequeño cuerpo acurrucado contra el suyo terminara de disolver el último resto de inquietud que todavía le quedaba en el pecho—. Ya casi.
Pero incluso mientras lo decía, incluso mientras sostenía a su hija con toda la ternura que era capaz de reunir, una parte diminuta y persistente de Nora seguía dándole vueltas al fragmento incompleto de aquella cocina amarilla, a las palabras de Nathan que nunca terminaría de recordar, y a la sensación —cada vez más difícil de ignorar, cada vez más parecida a una certeza— de que el día que estaba a punto de comenzar no iba a terminar de la manera sencilla y luminosa que ella tanto necesitaba que terminara.