Un amigo gratis 12
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—¿El orientador no sabe nada de lo de la beca?

—Me dijo que hablaría con Julie para preguntarle a qué se refería. —Me alegraba que estuviera dispuesto a intervenir, puesto que ni Julie ni el resto de los exvoluntarios querían hablar conmigo. Había ido a buscarlo esa mañana para explicarle lo que me había soltado Julie la tarde anterior.

A mi lado, Nash arrugó la frente. Fuera lo que fuese que se hubieran inventado sobre mis intenciones con la asociación, a él le preocupaba tanto como a mí.

Seguimos el camino de piedra del parque para ir al banco en el que solíamos sentarnos.

Si no fuera porque hacía sol, habría sido imposible salir con esas temperaturas.

Odiaba el invierno porque me parecía triste y muy gris.

Invitaba a pasar mucho tiempo en casa y relacionarse poco.

Esa mañana, mientras almorzábamos con Olivia y Scott, Nash me había dicho que era su estación favorita.

La mía era el verano. O el otoño, con sus paisajes anaranjados.

Estaba claro que en eso también íbamos a tener opiniones diferentes.

Ahora que habíamos arreglado las cosas, Nash volvió a almorzar en nuestra mesa.

Sabía que Scott y Olivia se alegraron de verlo volver; ya se había convertido en uno más del grupo.

Scott y él incluso quedaban de vez en cuando para estudiar juntos después de clase.

Me gustaba que se llevaran tan bien. Que Nash encajara con nosotros.

Comenzaba a entender por qué Mike lo había animado a apuntarse a la asociación: quería que encontrara a personas con las que se sintiera seguro, ahora que él se había ido a la universidad.

Esperaba que Nash viera un refugio en nosotros.

Nuestro banco estaba ocupado, así que nos fuimos a una de las mesas de pícnic cercanas. Dejé el bolso y me senté. Nash detuvo la música en su móvil; se había quitado los auriculares inalámbricos nada más verme llegar, pero no los había desconectado.

—Era mi canción favorita, ¿sabes? —apuntó mientras guardaba el teléfono—. No dejo de escuchar mi canción favorita por cualquiera.

—Gracias, Nash. Deberías darme un diploma o algo así.

—Te lo haré para tu cumpleaños.

—Ni siquiera sabes cuándo es mi cumpleaños.

—Te pega mucho haber nacido en septiembre.

—Pues nací en enero —repuse divertida.

Hizo una mueca frente a la que me costó contener la sonrisa. Nash me caía tan bien que cuando estábamos juntos sonreía todo el rato. Y a él le ocurría lo mismo.

—Seguro que puedo adivinar el día —apostó.

—Adelante. —No lo iba a lograr.

—¿Dieciséis de enero?

—Te has pasado. Nací antes.

—¿Diez?

—Todavía antes.

—¿Cuatro? ¿Cinco?

—El día dos.

—Joder, Eleonor.

—¿Qué? —Verlo frustrado me hizo reír.

—Es el único día que no he dicho.

—No seas mentiroso. Te han faltado muchos por decir. Y ¿qué culpa tengo yo de que nunca aciertes nada?

—Voy a coger mis cosas y a irme.

Pero se sentó enfrente de mí. Puse los ojos en blanco. Cuánto le gustaba dramatizar.

Saqué mi cuaderno del bolso. Estaba segura de que tenía un bolígrafo en alguna parte. Empecé a vaciarlo, consciente de que iba tan lleno que no habría otra forma de encontrarlo.

—¿Qué es esto? —Nash agarró el spray que acababa de dejar encima de la mesa.

—Lizzie lo necesitaba para no-sé-qué-juego que iban a hacer en sus clases extraescolares de francés. Se me ha olvidado dárselo.

Con razón el bolso me pesaba tanto. El spray era pequeño, pero estaba lleno de agua. Menos mal que iba bien cerrado y no me había empapado el móvil y el cuaderno. Por fin encontré el boli.

—Y yo que pensaba que me rociarías si respondía mal a alguna de las preguntas de la evaluación —bromeó Nash girando el recipiente para observarlo con curiosidad.

—A lo mejor lo hago.

De pronto, noté que el agua me salpicaba.

Di un respingo.

—¡¿A qué ha venido eso?!

Me limpié las gotas de la cara mientras Nash apretaba los labios para no carcajearse.

—Perdona. Quería probarlo.

—Trae. —Me levanté para quitárselo. Él echó el brazo hacia atrás para impedírmelo y, como era tan alto y tenía las extremidades tan largas, yo no llegaba. Tuve que insistir—: Nash. —Me puse seria y por fin cedió.

—Vale, vale. Perdón.

En cuanto el spray llegó a mis manos, fue mi turno de dispararle a él.

—¡Eh! —se quejó. Y ahora me reía yo.

—Sí que funciona, confirmado.

—Guárdalo en el bolso.

—Me reservo el derecho de dispararte si contestas a algo mal. —Lo dejé a mi lado en el banco, bien lejos de su alcance.

—La dictadura de Un Amigo Gratis —suspiró con amargura.

Le di una patadita por debajo de la mesa.

Pero estábamos de broma y Nash sonreía y sus ojos azules brillaban con alegría.

Me devolvió la patada con suavidad. La escena me recordó a esa misma mañana en el comedor.

Se había sentado a mi lado y su rodilla había estado pegada a la mía todo el rato.

Y yo empezaba a fijarme en detalles de él a los que no prestaba atención antes, como el lunar que tenía bajo la barbilla o que su estatura era perfecta porque, cuando estábamos sentados, su hombro quedaba solo un poco por debajo de mi cabeza y, si quería, podía apoyarme en él sin inclinarme demasiado —cosa que nunca hacía, pero siempre me apetecía hacer—.

También que siempre olía a lavanda. O que cuando sonreía mucho, como en ese momento, le salían hoyuelos.

O que tenía un aura, un algo, que lo volvía muy atractivo.

A veces me asaltaba la duda de si tendría algo con alguien. No lo había oído hablar de ninguna chica aparte de su ex. Pero era posible, ¿no? No solo era guapo, también encantador en cuanto se empezaba a conocerlo. No podía ser la única que se había fijado en ello.

Aparté esos pensamientos de mi mente y me centré en lo importante: la evaluación.

Nash ya llevaba casi dos meses en la asociación y, llegados a ese punto, nos gustaba hacer una minientrevista a los socios para que valoraran cómo se sentían con nosotros.

Nos ayudaba a saber qué estábamos haciendo bien y en qué teníamos que mejorar.

En el caso de Nash, era algo casi protocolario. Éramos amigos de verdad. Compartía sus opiniones conmigo con respeto y sinceridad. Ya lo había hecho en nuestra primera sesión. Aun así, me interesaba saber cómo había evolucionado su visión de Un Amigo Gratis desde aquel día.

—Empecemos —anuncié, una vez que tuve abierto el cuaderno por el listado—. Puedes responder con sinceridad —me pareció adecuado remarcar—. No voy a sentirme mal ni nada de eso.

—Claro.

Abrí el bolígrafo para apuntar.

—Primera cuestión: ¿qué crees que es lo mejor de Un Amigo Gratis?

—¿Con sinceridad?

—Con sinceridad.

—Tú.

Hubo un silencio. Otra vez ese cosquilleo que me recorría las extremidades.

—Eres mi voluntaria —añadió, al ver que me había quedado sin habla—. No puedo responder otra cosa.

—Lo sé. —Me aclaré la garganta y bajé la vista al cuaderno—. La pregunta iba más enfocada a... cómo te hace sentir la asociación en general. ¿No notas que estás más integrado en el instituto? ¿No has hecho nuevos amigos?

—Sí, aunque ha sido todo gracias a ti. Fuiste tú la que prácticamente me obligó a empezar a sentarme con Olivia y Scott para almorzar.

—Ya, pero...

—Y la que me dio oportunidad tras oportunidad cuando faltaba a las sesiones.

—Sabía que tenía que haber una razón para que no vinieras —me justifiqué.

—Y por eso no voy a cambiar mi respuesta. Tú. Tú eres lo mejor de la asociación. Da igual lo que digan Julie o cualquiera de esos idiotas. Este proyecto no tendría alma si tú no lo dirigieras —afirmó con determinación—. Puedes apuntarlo —me animó señalando el cuaderno.

No lo hice. ¿Cómo lo iba a hacer? Tampoco hacía falta. El momento ya se había quedado grabado a fuego en mi cabeza, de todas formas.

—¿Crees que Un Amigo Gratis te está sirviendo para algo?

—Pues claro. Eleonor, ¿esto es necesario?

—¿Hay algo que cambiarías de la asociación?

—Me gustaría que sus voluntarios no se creyeran todos los rumores estúpidos que oyen sobre la fundadora.

—Tienes que tomarte esto en serio —le pedí.

—Me lo estoy tomando muy en serio.

No podía escribir esas respuestas. Y la conversación me transmitía tal intensidad, notaba tal cariño hacia mí en sus palabras, que empezaba a sentir los nervios en el estómago.

No me lo pensé y cogí el spray .

Nash arqueó las cejas, aunque se le veía divertido.

—¿Yo te defiendo y tú amenazas con dispararme?

—Contesta bien —insistí.

—Estoy contestando bien.

Apunté y disparé.

Nash pegó un salto.

—Joder —se quejó limpiándose el ojo.

—¡No puedo apuntar esas cosas!

—¿Por qué? ¿Porque te hago cumplidos? Perdóname. Por favor, escribe que todo lo que haces me parece una mierda. —Me vio con el spray todavía en la mano y su expresión se volvió seria—: Ni se te ocurra volver a salpicarme.

Ahora me costaba no sonreír.

—Y, si lo hago, ¿qué?

Nos miramos.

El ambiente se volvió denso.

—Prueba —me retó.

Y volví a disparar.

Se levantó tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar.

Nash rodeó la mesa justo cuando yo me puse de pie, oliéndome sus intenciones.

Intenté huir, pero me atrapó enseguida. Sus brazos me rodearon la cintura desde atrás y yo me reí y me retorcí mientras él se estiraba para intentar alcanzar el spray .

Le clavé las uñas en las manos, tratando de zafarme. No funcionó.

—Nash, para —le exigí entre carcajadas—. Ni se te ocurra vertérmelo encima. ¡Estamos en invierno! ¡Nash!

Consiguió coger el spray . Hice el ademán de librarme de él, luego de quitárselo; los siguientes segundos fueron una mezcla de manos, brazos, risas y piernas.

Sentía su corazón palpitando fuerte. O tal vez fuera el mío.

Nash seguía agarrándome la cintura con una mano.

Conseguí girar y arrebatarle el spray . Lo puse tras mi espalda, después lo pensé mejor y lo dejé caer hacia atrás.

Y entonces alcé la vista y me di cuenta de que estábamos cara a cara. Cerca. Muy cerca.

Volvimos a mirarnos.

Y dejamos de luchar.

Nash tenía los labios entreabiertos. Respiraba tan a duras penas como yo.

Su mano seguía bien sujeta a mi cadera; notaba el tacto incluso a través de la tela de mi abrigo.

Mis ojos bajaron a su boca. Los suyos hicieron lo mismo.

Supe lo que estaba pensando. Supe lo que estaba a punto de ocurrir.

Y de repente sentí los cosquilleos, las mariposas, los revoltijos, los escalofríos, en el pecho y en el estómago y en todas partes, y en mi mente había una voz que suplicaba: «Bésame, por favor, bésame, bésame, bésame, bésame, bésame, bésame».

Entonces sonó un móvil.

El mío, en mi bolsillo.

Nos apartamos. Supe quién era antes de sacarlo. Nash vio el nombre en la pantalla. Jayden.

Había quedado para estudiar con él al día siguiente.

El ambiente se enfrió en medio segundo.

Ninguno de los dos supo qué decir.

—Debería... —intenté hablar yo.

—Sí —coincidió Nash. Hacía bastante desde la última vez que lo había visto tan incómodo.

¿Sí? ¿Quería que contestara? ¿Quería yo contestar?

—Vale —solté por inercia.

—Ve —me animó él, también por inercia.

—Sí. —Tragué saliva—. Voy.

Me alejé unos pasos. Mi móvil había dejado de sonar.

Con las manos temblorosas, volví a marcar el número de Jayden.

Nash se había quedado atrás. Se volvió a sentar en la mesa.

Se frotó la cara. Le miré los hombros, la espalda.

Quise colgar y regresar con él. Jayden respondió al segundo tono, así que no lo hice.

Siete