Capítulo 11
Tengo un plan
Sé que cuento con las mejores amigas del mundo cuando me traen, ante mi llamada desesperada desde el móvil de Logan, mi bolso con mi documentación, mi móvil y una mochila con ropa.
Nos reunimos en un bar a las afueras de Nueva York y se sientan conmigo y con Logan a tomarse algo mientras les cuento con detalles cómo fue la reacción de mi padre en privado ante el anuncio de que estoy enamorada de su chófer.
—Aquí nos tienes para todo lo que necesites —dice Helena tomándome de las manos sentada frente a mí. Logan está a mi lado y me abraza en todo momento.
—Tu padre terminará aceptándolo —comenta Tessa—. Tiene que asimilarlo. Creo que no has estado muy acertada en el momento de decírselo, pero es todo. Te quiere mucho y estoy segura de que solo desea tu felicidad.
—Gracias, chicas.
Me despido de mis amigas.
Logan sigue muy callado y es algo que me asusta. Lo miro y le dejo claro:
—Te quiero. No pienso dejar que mi padre se meta entre nosotros. Tengo un plan para que acepte lo nuestro. Por el momento, vámonos a pasar la noche a un hotel juntos —planteo. No quiero seguir hablando esto en un lugar público.
—¿Estás segura de que no deseas volver a tu casa? —pregunta, dudoso.
—Estoy segura de que no voy a volver a separarme de ti. —Lo beso, me sonríe y me relajo un poco al leer en sus ojos que no piensa salir corriendo de mi lado ante la negativa inicial de mi padre. También me sorprende que no le tenga miedo y eso me hace admirarlo y desearlo más.
Nos alojamos en un hotel y Logan insiste en pagar con su tarjeta.
—Es tu cumpleaños. Y me lo puedo permitir. Llevo cuatro años trabajando para tu padre. Apenas gasto nada de mi sueldo —intenta convencerme cuando subimos juntos en el ascensor hacia nuestra habitación.
—Gracias —susurro. No quiero que se sienta mal.
Logan me abraza y me besa. Entramos en una habitación normal, no es una suite, pero no me importa. En estos momentos solo quiero estar con él a solas.
Nos sentamos en la cama, me coge las manos y pregunta mirándome a los ojos:
—¿Estás bien?
—Muy bien. Siempre voy a estar bien si es contigo.
—Me acerco y lo beso. Luego le sonrío y le propongo de golpe—: ¿Logan Kessler, quieres casarte conmigo?
—Me mira con los ojos muy abiertos. Cuando advierte de que no se trata de una broma toma una gran bocanada de aire, lo he dejado sin respiración—.
Hasta que la muerte nos separe. En la salud y en la enfermedad —susurro—. Para siempre.
—¿Me estás proponiendo matrimonio? —inquiere con sorpresa.
—Eso parece. Quiero que nos casemos. Deseo ser tu esposa. Y creo que en estos tiempos una mujer no tiene que esperar a que el hombre se lo pida —comento, sonriente, segura y orgullosa del paso que quiero dar con él.
—Maggie… —murmura, perplejo. Está claro que no lo esperaba.
—No pasa nada, puedes decir que no —manifiesto un poco nerviosa y decepcionada.
—¿Cómo no voy a querer casarme contigo? Te amo. Lo quiero todo contigo, Maggie. Solo que había pensado esperar un poco, a que terminásemos la universidad.
—¿Eso es un sí? —pregunto con duda e impaciencia.
—Cómo negarme a compartir mi vida para siempre con la mujer más maravillosa del mundo. Sí, quiero —dice emocionado. Un brillo en sus ojos delata su felicidad. Me arrojo a sus brazos y lo beso—. ¿Puedo revelarte mi regalo de cumpleaños? —pregunta con tono de misterio.
—Por favor —le pido. Es obvio que no lo tiene aquí porque hemos salido de forma precipitada de mi casa. Él no tiene más ropa, pero esta noche no la va a necesitar y mañana ya la compraremos.
—Un fin de semana juntos en Las Vegas —revela.
—¡No me lo puedo creer! —Lo abrazo. Siempre he querido ir, se lo comenté una vez—. Casémonos en allí —lanzo de golpe, mirándolo a los ojos mientras mi corazón late demasiado deprisa.
—¿Estás segura? —inquiere con miedo y emoción a la vez.
—Nunca he estado tan segura de algo en mi vida.
Cuando estemos casados mi padre ya no se podrá interponer entre nosotros.
Serás mi marido y no tendrá más remedio que aceptarte.
He deseado durante meses gritar a los cuatro vientos que te amo y no pienso perder el tiempo convenciendo a mi padre de que lo nuestro es real.
Así lo verá claro. Pasaremos la noche aquí y mañana nos iremos a Las Vegas.
Nos casaremos y regresaremos en unos días.
—Siento que es una completa locura, Maggie, pero también sé que no puedo pararla. Te quiero y deseo que seas mi mujer con todas mis fuerzas.
Lo beso con pasión, nos tumbamos juntos en la cama y le suplico:
—Hazme el amor, que esta noche solo seamos nosotros. Olvidemos todo lo demás.
—A tus órdenes, mi vida —susurra al mismo tiempo que se apodera de mis labios y comienza a desnudarme con calma.
Rendida sobre el pecho de mi futuro marido y sintiéndome feliz, completa y satisfecha, Logan me zarandea un poco cuando cierro los ojos y dice:
—No puedes dormirte sin soplar las velas por tu cumpleaños y pedir un deseo. Aún no son las doce de la noche.
—Me parece que las tendré que soplar mañana en Las Vegas —susurro, somnolienta.
—De eso nada.
Logan se levanta de la cama, llama al servicio de habitaciones y lo escucho decir:
—Es el cumpleaños de la mujer que amo, es su cumpleaños y aún no ha soplado las velas en una tarta. Solo queda media hora para las doce de la noche, ¿serían tan amables de subirnos un pastel de chocolate con una vela? —Se hace un silencio, Logan da las gracias y se gira hacia mí.
Lo observo en todo su esplendor, desnudo, y lo deseo de nuevo. Cada vez que pienso que este increíble hombre de noble corazón y cuerpo de infarto es todo mío me siento tan afortunada que el estómago se me encoge.
Se acerca a la cama, me besa y tira de mi mano para sacarme de ella.
Nos colocamos un albornoz cada uno y cuando tocan a la puerta de la habitación quince minutos después de la llamada de Logan nos traen un pastel de chocolate más apetecible de lo que esperaba con una enorme vela con el número dieciocho.
Le entregan a Logan unas cerillas y nos desean una feliz noche.
—¿Cómo sabían que cumplo dieciocho? —pregunto con sorpresa, admirando el pastel.
—Supongo que han consultado nuestros documentos al registrarnos —comenta Logan mientras enciende la vela.
Me mira a los ojos y me canta cumpleaños feliz con ambas manos sobre mis mejillas. Luego me indica antes de soplar:
—No te olvides de pedir un deseo. —Lo hago, no se lo revelo y lo beso.
—Gracias por el cumpleaños más perfecto que pude haber tenido. Solo me importa estar aquí así contigo. Tú y yo.
Me besa, cortamos el pastel y nos lo comemos casi entero. Está buenísimo.