Un acuerdo con el diablo Maggie
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Maggie

Nueva York

Actualidad

Hoy cumplo catorce años y es un día triste. Mi madre murió hace seis meses y no me encuentro con ganas de celebrar nada, pero mi padre, insistente, ha decidido organizar una gran fiesta sorpresa con todos mis compañeros de clase en nuestra casa de vacaciones en Los Hamptons.

Me obligo a sonreír y saludar con entusiasmo a todos mis amigos.

Echo de menos a mi madre; siempre estaba a mi lado, me organizaba las mejores fiestas y todo con ella era increíble.

Desde que se marchó mi padre ha intentado pasar más tiempo conmigo, sorprendiéndome al dejar sus negocios a un lado; es un hombre muy rico y ocupado.

—¿Estás contenta, mi amor? —susurra mi padre en mi oído, abrazándome—. Tienes que volver a salir con tus amigos.

—Lo intentaré —le prometo sin demasiado entusiasmo.

Desde que mi madre murió en circunstancias tan traumáticas —ambas íbamos en el coche— intentaron atracarnos y le dispararon, estoy acudiendo a un psicólogo.

Tengo pesadillas con el momento en el que murió en mis brazos, mientras yo gritaba y pedía ayuda.

Mi psicóloga me dice que debo hacer lo que me apetece, que no tengo que obligarme a nada; estoy pasando por un duelo y no sabemos cuánto tiempo me llevará superar su muerte.

Sé que mi padre desea lo mejor para mí y por ello insiste en que vuelva a mi vida normal, con mis amigos, pero no me siento cómoda con ellos. Prefiero estar sola.

Me integro en la gran fiesta que mi padre y mi abuela me han organizado e intento disfrutar.

Soplo las velas en la tarta, abro mis regalos y descubro que pasaré el resto del verano en esta casa con mi abuela, algo que me alegra.

Me gusta más que el gran ático en el que vivimos en Nueva York.

Desde que mi madre no está me parece muy frío y vacío.

Para mi gran sorpresa, me lo paso bien en mi fiesta y esto debo agradecérselo a mis mejores amigas, Helena y Tessa, que se esfuerzan porque esté integrada; y desde que pasó lo de mi madre, han estado muy pendientes de mí. Las tres somos hijas únicas y siempre hemos sido como hermanas.

Por suerte Helena y Tessa se quedan a pasar el fin de semana en casa y, por primera vez en meses, tengo ganas de charlar con ellas, sentirme en compañía, ver la televisión y pasar el día en la piscina entre risas y confidencias.

En los últimos meses me he perdido muchas clases y nos estamos poniendo al día.

El resto del verano lo paso prácticamente sola con mi abuela en Los Hamptons, mi padre viene y va, tiene mucho trabajo y no puede permitirse pasar varios meses enteros de vacaciones.

Estoy sentada en el borde de la piscina, con el vestido remangado y los pies metidos en el agua, sumida en mis pensamientos, mis recuerdos, los buenos momentos que pasé aquí con mi madre cuando un desconocido me sobresalta. Se encuentra a mi lado, no lo había visto antes por la casa.

—Buenos días, disculpe, venía por lo del trabajo —me indica el hombre—. ¿Sabes con quién puedo hablar?

Me quedo mirando lo alto y lo guapo que es. Me impresiona. Y siento cómo mi corazón comienza a latir con fuerza.

—No sé… igual con mi abuela. Ella es la que manda en esta casa cuando mi padre no está —comento sin levantarme, continúo admirándolo desde mi posición.

Owen, nuestro mayordomo, sale al jardín y al ver al desconocido le indica:

—Debe de ser Logan Kessler, por favor pase por aquí. La señora Lauren y yo lo entrevistaremos.

Logan me dedica una media sonrisa y se aleja mientras lo sigo con la mirada. Es alto, fuerte y joven. El hombre más guapo que he visto nunca en mi vida.

Continúo con los pies metidos en el agua hasta que mi abuela aparece a mi lado y me dice:

—Tenemos nuevo jardinero y persona que cuide de esta casa, Logan. Owen lo ha llevado a la caseta del fondo de la propiedad, allí vivirá.

—Elodie siempre ha cuidado de esta casa y ha vivido aquí —le indico a mi abuela, extrañada.

—Ahora vendrá a Nueva York con nosotros. Tu padre ha comprado una gran mansión y voy a ir a vivir con vosotros.

—¿Ya no vamos a vivir en el ático? —pregunto con sorpresa.

—No. Tu padre quiere una casa nueva, con jardín.

Al ser más grande vamos a necesitar a más personal.

Tu psicóloga le ha recomendado que igual fuese bueno que abandonaseis el ático que tantos recuerdos os trae de Grace.

Puede que estos no os dejen avanzar. La casa está casi lista, iba a ser una sorpresa, pero tu padre y yo creímos que igual era bueno que te fueses haciendo a la idea.

Me gusta vivir con mi abuela. Es cariñosa y siempre está pendiente de mí. Y alejarme del gran ático en pleno centro de Nueva York me parece una estupenda idea. Un hogar con jardín me atrae. Siempre deseé un perro y mi padre se negaba, puede que ahora, al tener espacio exterior, me lo conceda.

—Estoy deseando conocerla. Me gustaría seguir viviendo contigo, abuela. —Me abrazo a ella y doy gracias por tenerla a mi lado.

—Tu abuela siempre va a estar junto a ti para quererte y cuidarte —promete, me abraza y yo me aferro a ella con fuerza.

—Logan, ven por favor —llama la atención del hombre que hace apenas unas horas me sorprendió en el borde de la piscina—. Ella es mi nieta, Maggie —me presenta.

—Encantado, Maggie. Nos veremos más por aquí —susurra mirándome con atención.

—Logan acaba de cumplir dieciocho años y mi gran amiga Lia lleva un programa de trabajo para jóvenes tras abandonar la casa de acogida donde han crecido, me lo recomendó —relata mi abuela—. Hizo un curso de jardinería y sabrá cuidar esta casa cuando no estemos.

—Hola, Logan —lo saludo algo cohibida. Tiene unos ojos grises tan penetrantes que me ponen nerviosa.

—Si me disculpan, Owen me espera en la caseta que estamos acondicionando para que viva ahí.

Logan se aleja y de inmediato le pregunto a mi abuela:

—¿Por qué no vivirá en la zona del servicio en la casa como Owen y Elodie? La caseta de la piscina lleva años cerrada.

—Porque he tenido que pelearme con tu padre para que lo contrate.

No quería a alguien tan joven, sin experiencia y recién salido de una casa de acogida de menores.

Logan no tiene familia —aclara, y en ese momento experimento cierto apego por él.

Desde que mi madre se fue me siento en cierto modo un poco huérfana—.

Accedió a que se encargue de la propiedad, pero que no viva en ella.

A Logan le pareció bien. Le vamos a pagar un buen sueldo y tendrá un lugar dónde vivir.

—Me alegro por él —susurro.

—Es un buen chico. Muy listo, creo que en un futuro será algo más que un jardinero. Mi amiga Lia lo conoce bien, ha estado cerca de él desde que lo abandonaron, y dice que llegará lejos.

El resto de los días siguientes observo con discreción a Logan mientras trabaja en el jardín y va acondicionando la caseta de la piscina.

Cada vez que lo miro algo dentro de mí parece tomar vida.

Hasta el momento mis amigas siempre me preguntaban qué chico de clase me gustaba y yo no sabía decir uno; en realidad, no me atraía realmente nadie.

Incluso me crearon la duda de que podría ser lesbiana y gustarme las chicas, pero nunca sentí atracción por ninguna de ellas.

Sin embargo, en cuanto he visto a Logan lo he tenido muy claro.

Me gustan los chicos, en especial él. Es mayor que yo y nunca se fijaría en mí, apenas tengo pecho y mi cara en ocasiones está llena de granos, pero desde que vi sus ojos y su cuerpo no dejo de pensar en él.

Fantaseo con tener un novio así algún día, pero igual no seré lo bastante guapa para aspirar a alguien como él.

Tras el verano, dos días antes de marcharnos a Nueva York, decido acercarme a Logan y entablar conversación con él. Desde que llegó solo nos hemos cruzado de forma breve y apenas me ha mirado. Ha estado muy centrado en su trabajo.

La caseta de la piscina está abierta y me quedo en la puerta, miro hacia el interior y observo la gran reforma que ha realizado. Dentro no hay nadie, pero no me atrevo a pasar.

—¿Quieres algo? —me sobresalta una voz grave. Me giro y me topo con unos ojos grises tan cerca que me hacen temblar.

—Oh… No. Solo pasaba por aquí, vi la puerta abierta… Ha quedado muy bien —comento mirando hacia el interior de la caseta.

—Sí. ¿Quieres pasar a verla? Tu abuela ha sido muy generosa. Me ayudó a decorarla, incluso me ha comprado más cosas de las que necesito.

—Mi abuela es fantástica —susurro con orgullo.

Logan me hace un gesto con la mano y entramos en la caseta.

Es una amplia estancia donde se encuentra una cocina pequeña con acceso a un mini salón con un sofá y una televisión.

Tras una división de palos decorativos de madera, puedo apreciar una cama y un armario, al fondo, se encuentra la puerta del baño.

—Recuerdo este lugar como un trastero con objetos de la piscina —susurro paseando la mirada y apreciando lo bonito y agradable que ha quedado.

—Ahora será mi casa.

—Sí, vas a cuidar de la mansión cuando no estemos y te vas a encargar del jardín. En estas semanas que llevas aquí he apreciado que has hecho algunos cambios y has plantado algunas flores.

—¿Te gustan las flores? —se interesa.

—Las rosas blancas son mis favoritas. También eran las favoritas de mi madre —confieso y no sé por qué lo hago.

—Intentaré plantar rosas blancas para ti —dice de golpe y yo le sonrío.

—Nos marchamos en dos días y seguramente no volveremos hasta el próximo verano. Aunque ahora que viviremos en una mansión en Nueva York y vamos a dejar el ático igual un día puedes ir a plantarlas en el nuevo jardín —le propongo con entusiasmo. Me resisto a no verlo más en meses.

—Ya veremos. Espero que tu padre y tu abuela continúen contentos con mi trabajo.

—Suerte, Logan.

—Gracias, Maggie.

Esa noche sueño con los ojos de Logan, con su voz y con la sonrisa que me ha dedicado. Lo siento un imposible, pero es mi imposible y desde que se ha cruzado en mi vida pienso más en él que en la muerte de mi madre.