17. LO QUE SE LLEVAN LOS GANADORES
La guerra deja a los hombres con una tensión que no se descarga sola. Y Esteban, esa primera noche después de la sangre, la descargó de la única forma que le devolvía el centro: sobre lo que era suyo.
Pero esta vez había un testigo.
Anastasia estaba en el rincón de la Cúpula, atada, sometida, dispuesta como lo que era esa noche: un trofeo de guerra que solo los vencedores se llevan, obligado a mirar lo que había ganado el hombre al que aún no pertenecía del todo.
Esteban la había dejado así a propósito —maniatada, expuesta, con pinzas cerradas sobre los pezones oscuros y un doble intruso alojado dentro de ella que se activaba solo, en oleadas imprevistas, llevándola una y otra vez al borde para abandonarla justo antes—.
No podía moverse. No podía aliviarse. No podía hacer otra cosa que mirar. Y mirar era, esa noche, su prueba.
Porque Esteban iba a mostrarle exactamente lo que significaba pertenecerle. Y quería ver si, viéndolo, la rusa lo deseaba tanto como decía.
Empezó con las suyas.
—Vengan —dijo, sentado como un rey cansado de la batalla, y Jade y Élodie acudieron.
Lo primero fue retirarles los plugs que les había puesto la víspera de la guerra —el hilo que las había mantenido atadas a él mientras el mundo ardía—.
Se los quitó él mismo, uno a cada una, con una lentitud que era reencuentro y reclamo a la vez, y las dos gimieron al sentirse liberadas de la marca que las había acompañado en cada hora de tensión.
—Lo llevaron bien —dijo—. Toda la guerra, conmigo dentro. Ahora les toca lo demás.
Y las tomó con la rudeza del que descarga sobre la carne amada todo lo que la guerra le apretó por dentro.
No hubo esa noche la paciencia de relojero: hubo hambre, necesidad, la urgencia del sobreviviente que reafirma que sigue vivo hundiéndose en lo suyo.
Jade lo entendió al instante —lo conocía como se conoce la propia sangre— y se rindió entera, dejando que él la sometiera sin reservas, ofreciéndose a la descarga de su amo como el lugar donde él tenía derecho a vaciar la tormenta.
Élodie la siguió, y Esteban las gobernó a las dos con una fuerza casi feroz, usándolas, tomándolas, recuperando sobre sus cuerpos el dominio absoluto que la guerra había puesto en duda.
Su primera descarga —la más plena, la más cargada, la de un hombre que llevaba días conteniendo la tormenta— la reservó para Jade, pero esta vez no la hundió: la bañó.
Se derramó sobre ella, sobre los senos, el vientre, la garganta, la piel blanca, cubriéndola entera con su marca, y Jade recibió el baño con los ojos cerrados y una expresión de dicha absoluta, sin limpiarse, sin lavarse, quedándose así —cubierta de su amo— mientras la noche continuaba, porque él no había terminado y ella no era nadie para recomponerse antes de que él lo dijera.
Y la noche siguió sobre ella así, marcada, mientras Esteban volvía a encenderse.
Tomó de nuevo a las dos, alternándolas, y a Élodie la usó más duro que a Jade —porque Élodie aún subía, aún se ganaba cada peldaño, y él la hacía ganárselo—.
La dobló, la sometió, la llevó al límite de lo que su cuerpo podía dar, y cuando decidió su segunda descarga, eligió la garganta de Élodie.
Se hundió en ella profundo, hasta el fondo, casi hasta lo imposible, y se vació allí sujetándola contra sí.
Esta vez Élodie no desperdició nada —ni una gota—, lo tomó todo con una devoción aplicada que era la prueba de todo lo que había aprendido.
Y Jade, aún cubierta del baño de su amo, le hizo a Élodie un gesto mínimo de aprobación —un asentimiento de maestra— por no haber perdido nada.
Élodie lo vio, y esa aprobación de Jade la encendió tanto como la de Esteban.
Para la tercera, Esteban se dejó llevar.
Se recostó, relajado por fin, y dejó que fueran ellas —las dos, en sinergia perfecta— quienes lo sirvieran hasta el final.
Jade y Élodie se coordinaron sin una palabra, moviéndose como un solo instrumento afinado, repartiéndose el cuerpo de su amo, anticipándose a cada deseo, sirviéndolo con esa complicidad de iguales que solo ellas hablaban, hasta que Esteban, gobernado por primera vez esa noche por el placer que ellas le daban, se dejó ir.
Su tercera descarga fue para las dos: se derramó sobre la cara de ambas, marcándolas por igual, y las dos recibieron su cierre con los ojos alzados hacia él.
—Perfectas —dijo Esteban, con la respiración por fin serena—. Las dos. Así se ejecuta. Así se sirve.
Y para Jade y Élodie, esa palabra, después de la guerra, valió como una condecoración.
En el rincón, Anastasia había mirado todo.
Atada, con las pinzas mordiéndole los pezones, con el doble intruso activándose en oleadas que la subían al borde y la abandonaban, la rusa había presenciado la escena entera muriéndose de un deseo que no podía saciar.
No era solo el cuerpo —aunque el cuerpo le ardía—.
Era todo lo demás: la forma en que esas dos mujeres pertenecían, la confianza, la sinergia, la manera en que Esteban las poseía y las honraba a la vez.
Anastasia, que venía de un dueño que ataba con miedo, miró aquella jerarquía sin miedo y deseó, con cada fibra, estar dentro de ella. Ser tomada así. Pertenecer así.
Pero era el trofeo arrebatado al enemigo, y ni Jade ni Élodie se fiaban todavía del todo. Habían pasado sus pruebas, sí, pero una posesión que fue del Lobo no se admite en la casa la misma noche de la guerra.
—Déjenla atada —ordenó Esteban, mirando a la rusa con esos ojos que leían por debajo de la piel—.
Toda la noche. Que mire lo que quiere y no lo tenga.
Si por la mañana su voluntad de pertenecerme sigue entera después de una noche entera deseándolo sin alivio…
entonces es real. —Se permitió esa expresión que no era sonrisa—.
El deseo que sobrevive a una noche de negárselo es el único deseo en el que confío.
Era la evaluación final —esta vez del amo, no de las sumisas—.
Y Anastasia, atada en su rincón, la aceptó sin una queja, porque hasta en eso entendió la diferencia: el Lobo la habría castigado por desear; Esteban la hacía desear para comprobar que era verdad.
Uno ataba por miedo. El otro ataba para estar seguro.
Y esa diferencia, para Anastasia, lo era todo.
* * *
Muy lejos de la Cúpula, en la casa de Richard Coleman, se pagaba la otra deuda de la guerra.
Richard se llevó a Radović a su casa. Y durante un mes, no se supo de él.
Lo que ocurrió en ese mes pertenece a la clase de cosas que no se cuentan en voz alta, y quizá sea mejor así.
Se supo, después, lo esencial: que Richard puso al Lobo en el centro exacto de su casa, dentro de una caja de cristal a la vista de todo el que entrara, como el hombre que exhibe al que le arrancó lo más preciado.
Que Radović pasó de depredador a objeto —de la fiera que tomaba todo, a una cosa expuesta que ya no podía tomar nada, ni siquiera un paso—.
Que Richard, el hombre de las palabras, no necesitó ninguna: dejó que el cristal, y lo que había dentro, hablaran por él.
Fue el mes del duelo de Richard. El mundo del Consejo no supo nada de él en todo ese tiempo, y nadie lo buscó, porque todos entendían que un hombre tiene derecho a hacer su duelo a su manera, y que la manera de Richard tenía forma de venganza lenta.
Descargó ahí, en esa caja de cristal, toda la ira que no había podido gritar el día que vio el video.
Y cuando el mes terminó —cuando el duelo se agotó, como se agota todo—, el Lobo que había bajado del monte a cobrar una deuda de veinte años se había convertido en lo que le queda a un hombre que lo pierde todo sin conseguir nada: un escarmiento.
Una advertencia en cristal para cualquiera que volviera a mirar hacia las casas.
Nadie preguntó los detalles. En el mundo de Esteban, hay silencios que son una forma de respeto.
* * *
Cuando la sangre por fin se enfrió, cada casa se recompuso a su manera.
Viktor Reinhardt volvió a su orden, a su geometría, a Elena y su protocolo milimétrico —y si algo había cambiado en él tras la guerra, lo guardó donde Viktor guardaba todo, bajo llave—.
Kessler regresó a su ático de cristal y a sus cables, a Akari y su doble hambre, tan ambiguo e insondable como siempre, habiendo ganado en la guerra algo que nadie terminó de ver: información, deudas, el conocimiento de un año borrado que él seguía guardando en copia.
El comodín seguía sobre la mesa, sin bando fijo, esperando la próxima partida.
Richard, tras su mes de duelo, volvió distinto —más frío, más callado, un hombre al que le habían arrancado su única grieta de ternura—, y el Consejo hizo con Claire lo que se hace con los caídos de las casas: la honró en silencio, la enterró con la dignidad de una de los suyos, y no volvió a nombrarla en voz alta, porque algunos nombres pesan demasiado para decirlos.
* * *
Y en el Piso 27, a la mañana siguiente, Jade y Élodie fueron a ver a Anastasia.
La encontraron donde la habían dejado: atada, exhausta, la piel marcada por la noche entera de deseo negado.
Pero en sus ojos —y eso fue lo que las dos leyeron al instante— la voluntad no se había roto.
Al contrario. Después de una noche entera mirando lo que anhelaba sin poder tocarlo, después de la prueba más dura que el amo podía imponerle, Anastasia deseaba pertenecer a Esteban más que nunca.
La negación no la había apartado: la había convertido.
Ya no era el trofeo arrebatado al enemigo.
Era una mujer que había elegido, con cada hora de aquella noche, a quién quería pertenecer.
Jade la miró, y esta vez no encontró grieta ni duda. Encontró lo mismo que ella sentía por su amo, naciendo en otra mujer.
—Está lista —le dijo a Esteban esa mañana—. La noche no la rompió. La terminó de hacer tuya. —Una pausa—. Ahora sí, amo. Es real.
Esteban miró hacia el rincón, donde la rusa esperaba su destino con los ojos encendidos de una entrega que ya nadie ponía en duda.
Había ganado la guerra. Había caído el Lobo.
Había pagado el precio. Y de los escombros de la casa enemiga, se llevaba —como se llevan los vencedores lo mejor del campo— una última posesión que pronto sería enteramente suya.
Pero eso —el momento en que Anastasia dejara de ser trofeo para volverse suya del todo— era otra historia. Y tendría su propia noche.
Afuera, Madrid brillaba, limpia de lobos, y Esteban Armand contempló la ciudad que seguía siendo suya con la calma del que ha vuelto a poner cada cosa en su sitio.
Aunque en algún lugar, muy hondo, siguiera abierta una puerta que la guerra no había cerrado: la del año borrado, la de la deuda que él heredó sin saberlo, la de un pasado que un día —no ese, pero un día— tocaría a la puerta con el nombre de Viktoria escrito encima.
Pero esa noche no. Esa noche, el imperio de la obediencia había vuelto a ser, de punta a punta, exactamente lo que su dueño quería que fuera.