13. EL LOBO BAJA AL LLANO
La tercera salida de Esteban empezó a tener forma, y su forma era una jaula.
No pensaba devolver el archivo. Tampoco destruirlo, por más que hubiera dejado correr esa mentira. Lo que Esteban había construido, hilo a hilo, en silencio, mientras todos creían que dudaba, era otra cosa: un cepo. Y el cebo del cepo era lo único que el Lobo deseaba en el mundo.
La lógica era fría y perfecta, como todo lo suyo.
Radović era invulnerable mientras se quedara sobre su mar, en su fortaleza, rodeado de sus hombres y sus muros de tres metros.
Allí no había forma de alcanzarlo. Pero un hombre que lleva veinte años persiguiendo una sola cosa tiene una debilidad: esa cosa.
Y si esa cosa —el archivo, la verdad de su año borrado— parecía a punto de desaparecer para siempre, el Lobo haría lo que nunca hacía.
Se movería. Saldría de su guarida. Vendría en persona a Madrid, al único terreno donde Esteban Armand era dios.
—No lo cazo yo —le explicó a Jade una noche, lo justo para que ella entendiera sin entender del todo—.
Se caza solo. Yo solo tengo que hacerle creer que su tesoro se le escapa.
El deseo hace el resto. Un hombre puede resistir cualquier cosa menos ver cómo le arrebatan, otra vez, lo único que quiso recuperar en veinte años.
—Le rozó el collar—. Va a venir. Y cuando venga, ya no estará sobre su mar. Estará sobre mi mesa.
Jade entendió la mitad, que era toda la que él quería darle todavía.
La otra mitad —qué haría exactamente Esteban cuando el Lobo estuviera en Madrid, qué precio tendría el cepo, quién lo pagaría— se la reservó entero.
Porque había un tramo de aquel plan que ni Esteban miraba de frente, un tramo que sabía que costaría sangre, y prefería no nombrarlo hasta que fuera inevitable.
* * *
Y el Lobo mordió.
La información falsa —sembrada por Jade a través de Akari, filtrada por los canales exactos— llegó a Radović envuelta en la credibilidad de lo robado: Umbrella destruiría el archivo del año borrado en cuestión de días.
Lo quemaría. Y con él, la única prueba de lo que le habían arrancado, la única posibilidad de saber por fin la verdad y de cobrarla.
Para cualquier otro hombre habría sido una pérdida. Para Radović fue insoportable. Veinte años de espera para que, al final, se lo quemaran delante de las narices, otra vez, como se lo habían quitado la primera. El Lobo, que había sido paciente durante dos décadas, perdió la paciencia en una hora.
—Preparen todo —ordenó, y su voz de grava no admitía consulta—.
Nos vamos a Madrid. —Sus hombres se miraron: en veinte años, Radović no había salido nunca de su terreno para nada—.
Ese español cree que me tiene esperando en mi cueva mientras él quema lo mío.
Voy a ir yo a buscarlo. Voy a mirarlo a los ojos cuando le arranque lo que me pertenece.
Y si hace falta arrancarle a él también, mejor.
Ordenó llevar hombres. Ordenó llevar armas.
Y ordenó, porque un rey no viaja sin su corte, llevar a Yulia y a Anastasia.
No las dejaría atrás: en su lógica de posesión, lo suyo iba con él, y además las dos mujeres eran útiles —ojos, oídos, cebos en terreno enemigo—.
No sabía —no podía saber— que al meterlas en el coche que las llevaría al aeropuerto las estaba metiendo también en la zona donde, muy pronto, se decidiría quién de las dos salía viva.
* * *
El error de Yulia ocurrió la víspera del viaje, y fue pequeño —como son siempre los errores que matan—.
En su ansia eterna por superar a Anastasia, por ser la que más servía, Yulia se adelantó a una orden.
Radović había mandado preparar un contacto en Madrid con absoluta discreción, y Yulia —creyendo ganar puntos, creyendo demostrar iniciativa— hizo una gestión de más, movió un hilo que no le tocaba mover, y con eso dejó, sin saberlo, una huella mínima.
Una sola. Pero en el mundo del Lobo, una huella era una grieta, y una grieta podía costar una guerra.
Radović lo descubrió esa misma noche. Y la frialdad con que lo encajó fue más aterradora que cualquier grito.
—Ven aquí —le dijo a Yulia, en el dormitorio de techos altos, con esa calma de hielo que en él precedía siempre a la tormenta—.
Me dejaste una huella. Justo ahora. Justo cuando bajo al llano por primera vez en veinte años.
—Se quitó el cinturón, despacio—. ¿Sabes lo que puede costar tu huella, mila?
—Amo, yo solo quería… —empezó Yulia, y no terminó, porque supo que no había nada que decir.
—Querías. —Radović pronunció la palabra como una condena—.
Ese es tu problema de siempre. Quieres tanto complacerme que dejas de pensar.
Hoy tu prisa por ser la mejor pudo abrirle la puerta a Armand.
—La agarró del cabello rubio miel, obligándola a mirarlo—.
Voy a enseñarte, en el cuerpo, lo que cuesta un error mío por tu culpa.
Para que no se te olvide nunca. Y para que la próxima vez, antes de adelantarte, te acuerdes de esta noche.
Lo que siguió fue un castigo, y Radović lo administró con toda la fuerza bruta de su naturaleza.
La dobló sobre el banco de madera oscura a los pies de la cama, le sujetó las muñecas contra la espalda con una sola de sus manos enormes, y con la otra empezó a azotarla —primero con la palma abierta, golpes secos y brutales que le encendieron la piel dorada de las nalgas de un rojo furioso, cada uno arrancándole un grito que ella intentaba tragar—.
No hubo cuenta ni ritmo piadoso. Radović golpeó hasta que la carne de Yulia estuvo caliente y marcada, y luego tomó el cinturón doblado y siguió, cruzándole la piel ya encendida con líneas ardientes que la hicieron retorcerse y sollozar sobre el banco, sin soltarla, obligándola a recibir cada golpe.
Y Yulia —esto era lo salvaje de aquel mundo— lo recibió sin dejar de pertenecerle, sollozando y empapándose a la vez, porque el castigo del Lobo era también, retorcidamente, su atención, y una parte de ella prefería el dolor de sus manos a la indiferencia.
Entre golpe y golpe repetía, con la voz rota, “perdón, amo, perdón”, y cada disculpa parecía encender más a Radović, que la castigaba no con crueldad gratuita sino con la furia fría del que corrige un instrumento que falló en el peor momento.
Cuando la tuvo así —marcada, sollozante, la piel ardiendo, empapada de dolor y de deseo confundidos—, la tomó.
La levantó del banco por las caderas y se hundió en ella de una sola embestida brutal, sin preparación ni piedad, tomándola con toda la fuerza de su cuerpo enorme, castigándola también así, cada embate un golpe, cada golpe un recordatorio de a quién pertenecía y de lo que costaba fallarle.
Yulia gritó, se aferró a lo que pudo, y recibió la posesión salvaje de su amo empujada contra la madera, deshecha, rendida, viniéndose incluso en medio del castigo porque su cuerpo ya no sabía distinguir el dolor del placer cuando venían de las manos de Radović.
Y cuando el Lobo estuvo a punto, se retiró de golpe, la agarró del cabello, la obligó a arrodillarse y volverse hacia él, y se derramó en su boca —hondo, sujetándola por la nuca, obligándola a recibirlo todo mientras la miraba desde arriba con esos ojos de hielo—, tanto que Yulia, con la garganta forzada y el rostro surcado de lágrimas, no pudo con todo y se le desbordó por las comisuras, escurriéndole espeso por la barbilla y el cuello mientras él la sostenía y la vaciaba entera.
La dejó ahí, arrodillada, marcada por fuera y por dentro, chorreando, sollozando, suya hasta la última gota.
—Esto —dijo Radović, soltándola por fin, con la respiración apenas agitada— es lo que cuesta pensar por tu cuenta en mi casa. Mañana bajamos al llano. Y si vuelves a adelantarte una sola vez, no te corrijo. Te dejo atrás. —Se subió el pantalón con calma—. Límpiate. Salimos al amanecer.
Yulia, en el suelo, temblando, con la piel cruzada de rojo y el rostro chorreante, asintió sin poder hablar.
Y en un rincón del cuarto, Anastasia —que había presenciado el castigo entero en silencio, como Radović quería, para que aprendiera de la falta ajena— miró a su rival caída con una expresión ilegible.
No había triunfo en su cara. Había cálculo.
La rusa, la inteligente, la que observaba, guardó la escena entera y sacó su propia conclusión fría: en la casa del Lobo, cualquier error se pagaba en carne, y ninguna de las dos, por más antiguas que fueran, tenía la seguridad de la que gozaban las mujeres de otras casas.
La grieta que Esteban había intuido en Anastasia se ensanchó, en silencio, esa noche.
Al amanecer, tres coches negros salieron de la casa de sangre y oro hacia el aeropuerto privado.
En ellos viajaban Vuk Radović, sus hombres, sus armas, y sus dos mujeres —una todavía marcada del castigo de la víspera, la otra callada y pensativa junto a la ventanilla, mirando el mar negro alejarse como quien se despide de algo sin saber todavía de qué.
El Lobo bajaba al llano por primera vez en veinte años. Iba convencido de que llegaba a arrancar lo suyo. No sabía que Esteban Armand llevaba semanas preparándole el suelo exacto donde pisar.
* * *
En Madrid, esa misma mañana, Esteban recibió la noticia que esperaba: el Lobo se había movido. Venía. El cepo había funcionado.
Se quedó un momento frente a los ventanales, con Jade y Élodie cerca, y sintió esa quietud fría y absoluta que le llegaba siempre justo antes de las jugadas decisivas.
Miró a sus dos posesiones —a Jade, la vara de todo; a Élodie, la que aún subía— y por un instante, uno solo, algo se le tensó por dentro: la conciencia de que la tormenta que había convocado tocaría, de un modo u otro, todo lo que amaba poseer.
No lo dijo. Los amos como Esteban no anuncian el miedo, ni siquiera el propio. Solo le rozó a Jade el collar, y a Élodie el mentón, en un gesto que ninguna de las dos supo leer del todo pero que las dos sintieron distinto —más hondo— que otras veces.
—Se acercan días difíciles —fue lo único que dijo—. Pase lo que pase, hagan lo que hagan, van a obedecer sin dudar. Puede que un día de estos su obediencia inmediata sea lo único que las mantenga con vida. —Las miró a las dos—. ¿Entendido?
—Sí, amo —respondieron las dos a la vez.
Afuera, Madrid brillaba, ajena. Sobre ella se cerraban ya, sin que la ciudad lo supiera, dos tormentas que llevaban semanas buscándose: la del Lobo que bajaba del monte a cobrar una deuda de veinte años, y la del hombre frío que lo esperaba con una jaula abierta y un precio de sangre que aún nadie había puesto sobre la mesa.
El llano estaba listo. Solo faltaba que corriera la sangre.