10. LA VOZ DEL LOBO
Durante semanas, Radović había marcado el ritmo. En el punto exacto en que un hombre menor se habría defendido, Esteban hizo lo contrario: atacó por donde el Lobo no esperaba que supiera atacar. Por el deseo.
Porque Esteban había entendido, al fin, la única debilidad de un hombre sin debilidades aparentes: Radović no quería la silla, ni el negocio, ni la guerra.
Quería el archivo. El año que le borraron.
Lo único que llevaba veinte años persiguiendo y que no había podido tomar por la fuerza porque no sabía dónde estaba.
Y Esteban, ahora, sí lo sabía. Lo tenía Kessler.
Lo cual significaba que Esteban tenía la correa.
Solo faltaba dejar que el Lobo la viera y decidiera morderla.
La jugada fue quirúrgica. Esteban no anunció nada.
Simplemente dejó que la información se filtrara por los canales exactos donde sabía que Radović tenía oídos —los mismos intermediarios que el Lobo usaba para comprar silencio, ahora usados en su contra—.
Un rumor plantado con precisión de cirujano: que la copia del trabajo de hace veinte años existía, que no se había destruido, y que estaba ahora bajo el paraguas de Umbrella.
No era del todo cierto —la copia seguía siendo de Kessler, y Kessler no era de nadie—. Pero la verdad, en el mundo de Esteban, importaba menos que la creencia. Y Radović creería. Porque un hombre que lleva veinte años buscando una cosa reconoce su olor aunque venga envuelto en mentira.
Élodie llevó la última pieza. En otra cena, con otro intermediario del Lobo —un hombre más peligroso que Lambert, de los que no se deslumbran fácil—, Élodie no coqueteó esta vez para sacar, sino para dejar.
Sembró, con la misma maestría con que antes había pescado, la certeza de que Umbrella guardaba algo que un tal cliente del sur pagaría cualquier cosa por recuperar.
Lo hizo sin decirlo, con medias frases y silencios cargados, de modo que el intermediario se fuera convencido de haberlo deducido él solo.
Los mejores mensajes son los que el enemigo cree haber descubierto.
Y funcionó. Tres días después, el teléfono privado de Esteban —el número que no existía, el que solo tenían cuatro personas en el mundo— sonó con un número que no reconoció.
Esteban lo miró sonar dos veces. Luego contestó, con la calma del que ha estado esperando exactamente esa llamada.
—Armand. —La voz al otro lado era grave, pesada, con el acento áspero del este y una calma que era, en sí misma, una amenaza—. Por fin hablamos.
—Señor Radović —dijo Esteban, sin una sombra de sorpresa—. Me preguntaba cuánto tardaría en cansarse de morderme los tobillos y llamar a la puerta.
Una risa baja, sin humor, al otro lado.
—Me habían dicho que eras frío. Me gusta. Los otros tres me habrían gritado. —Una pausa—. Tienes algo mío.
—Tengo muchas cosas —dijo Esteban—. Va a tener que ser más específico.
—Sabes exactamente qué. —La voz bajó un tono, y en ese tono había veinte años de algo que no era codicia, sino algo mucho más hondo—.
Un año. Un año de mi vida que alguien de tu mundo me arrancó y escondió.
Lo he buscado dos décadas. Y ahora resulta que lo tienes tú.
—Un silencio pesado—. Devuélvemelo, Armand, y me voy.
No quiero tu silla. No quiero tu dinero.
Nunca los quise. Devuélveme mi año, y no vuelves a oír mi nombre.
Y ahí, en esa frase, Esteban confirmó todo lo que había sospechado: la silla era humo, el negocio era humo, la guerra entera era humo.
El Lobo solo quería su pasado. Pero Esteban también oyó lo otro, lo que Radović no controló del todo: que debajo de la calma había una herida tan vieja y tan viva que el hombre entero se sostenía sobre ella.
—Le creo —dijo Esteban—. Curiosamente, le creo.
—Se acercó al ventanal—. Pero tenemos un problema, señor Radović.
Yo no sé qué le hicimos. No lo recuerdo.
Para usted es la herida de su vida; para mí, si de verdad pasó, fue un martes cualquiera de hace veinte años.
—Dejó que eso calara—. Así que antes de devolverle nada, necesito saber qué es.
Y quién lo ordenó. Porque tengo la sospecha desagradable de que la respuesta a esa segunda pregunta podría no gustarnos a ninguno de los dos.
El silencio al otro lado se alargó. Cuando Radović volvió a hablar, su voz había cambiado: menos amenaza, más filo.
—Eres más listo de lo que esperaba —dijo—.
Y eso te hace más peligroso, no menos. —Una pausa—.
Abre esa copia, Armand. Ábrela y verás lo que tu mundo me hizo.
Pero te advierto una cosa: cuando la abras, vas a descubrir que esto nunca fue entre tú y yo.
Fue entre yo y algo que tú heredaste sin saberlo.
—Su voz se volvió casi un susurro—. Y entonces vas a tener que elegir.
Devolverme lo mío… o proteger a los tuyos. Porque no vas a poder las dos cosas.
La llamada se cortó.
Esteban se quedó frente al ventanal, el teléfono muerto en la mano, y por primera vez en mucho tiempo sintió que había dado un paso adelante y dos hacia un terreno que no controlaba del todo.
Había arrastrado al Lobo a hablar —eso era una victoria, había obligado al hombre invisible a salir de las sombras y decidir—.
Pero el Lobo, al hablar, le había dejado una espina: esto nunca fue entre tú y yo. Vas a tener que elegir.
¿Lo había cazado él? ¿O acababa de aceptar, sin verlo, las reglas de una partida que Radović llevaba veinte años preparando?
No lo sabía. Y a Esteban Armand no saber le resultaba insoportable.
* * *
Volvió al Piso 27 con esa tensión fría corriéndole por dentro, esa que necesitaba descargar de la única forma que le devolvía el control absoluto: sobre lo que era suyo.
Entró en la Cúpula y no dijo casi nada. Jade leyó su estado al instante —lo conocía como se conoce la propia sangre— y supo que esa noche su amo no la buscaba para el placer sino para reafirmarse, para recuperar sobre su cuerpo el dominio que el Lobo le había discutido en la llamada.
Y se ofreció a eso entera, porque para eso, entre otras cosas, existía: para ser el lugar donde su amo volvía a ser dueño de todo.
—Tú —le dijo Esteban a Élodie, señalándole un punto a un lado—. Ahí. Miras. No tocas. Esta noche aprendes mirando lo que es veinte años de pertenencia.
Élodie obedeció, arrodillándose donde le indicó, y desde ahí miró lo que vino.
Esteban tomó a Jade sin preámbulo y sin piedad.
La necesitaba dura esa noche, y Jade lo sabía y lo deseaba así.
La puso de rodillas y se hundió en su garganta de una sola vez, hasta el fondo, tomándola de la cabeza con las dos manos y usándola como a él le gustaba usarla —sin dejarla respirar entre embate y embate, empujando hasta el fondo una y otra vez, gobernándole hasta el aire—.
Jade lo recibió entero, los ojos verdes llorosos alzados hacia él, la garganta forzada, entregándose a esa dureza con una devoción que la hacía apretar los muslos de puro deseo.
Él la sostuvo ahí hasta que quiso, y solo cuando decidió la soltó, dejándola jadear un instante antes de doblarla sobre el diván.
La ató —las muñecas a la espalda con una cuerda de seda, limitándole el movimiento, dejándola a su merced— y le azotó las nalgas con la palma abierta, golpes secos y sonoros que le encendieron la piel blanca de rojo y le arrancaron gemidos que no tenían una sola nota de queja.
Cada azote la hacía arquearse, ofrecerse más, empaparse más, y Esteban administró el castigo con la precisión del que sabe exactamente cuánto dar, hasta que Jade estuvo temblando, encendida, deshecha y suplicando en silencio con el cuerpo.
Entonces la tomó. La penetró hondo, sujetándola por las muñecas atadas, gobernando el ritmo entero, embistiéndola con una fuerza que no era crueldad sino reafirmación pura —cada embate un eres mía, cada golpe de caderas la recuperación de un dominio que ningún lobo iba a discutirle—.
Jade se deshizo bajo él, atada e inmóvil, recibiéndolo todo, viniéndose una vez y otra alrededor de él antes de que él lo permitiera siquiera, hasta que Esteban, con un gruñido hondo, se derramó dentro de ella, profundo, vaciándose en su vientre mientras la sostenía clavada contra sí.
Cuando por fin se retiró, Jade quedó doblada sobre el diván, atada, temblando, y de ella —de su sexo aún palpitante— empezó a escurrir el semen de su amo, espeso, resbalándole por el muslo, la prueba física de lo que acababa de recibir.
Esteban la contempló un momento con la satisfacción fría del dueño que ha recuperado su terreno.
Y entonces se volvió hacia Élodie, que había mirado todo desde su rincón, encendida, empapada, temblando de deseo contenido.
—Ven —le ordenó—. Límpiala. Con la boca. Hasta que no quede nada. —Y añadió, con esa autoridad que no admitía duda—: Ella marca el ritmo. Tú la complaces. Aprende lo que es servir a la que sirve mejor que nadie.
Élodie cruzó la Cúpula de rodillas y obedeció.
Se inclinó entre los muslos de Jade y empezó a limpiarla con la lengua, lamiéndola y chupándola despacio, recogiendo lo que su amo había dejado, y Jade —aún atada, aún temblando— dejó escapar un gemido largo al sentir la boca de Élodie sobre su carne sensible.
Era Jade quien marcaba el ritmo ahora, con el cuerpo, con la respiración, guiando a Élodie sobre dónde y cómo, y Élodie la complacía con una devoción aplicada, limpiándola entera, lamiéndola hasta el último rastro, llevándola de paso a un nuevo temblor mientras cumplía la orden.
Las dos unidas otra vez en su idioma de iguales, pero esta noche con la jerarquía clarísima: una era la que se limpiaba, la otra la que limpiaba.
Esteban las miró terminar, y cuando Élodie hubo cumplido —la cara brillante, Jade saciada y por fin quieta—, desató las muñecas de Jade con una calma que contrastaba con todo lo anterior, y le rozó el collar con el pulgar.
—Bien —dijo—. Las dos.
Después, mientras las tenía a las dos recostadas contra su cuerpo en la penumbra dorada, Esteban habló, más para el techo que para ellas, con esa voz baja en que a veces pensaba en voz alta:
—Mañana abro la copia de Kessler —dijo—. Voy a saber por fin qué le hicimos al Lobo hace veinte años. —Una pausa, y algo se le endureció en la voz—. Y tengo la sensación de que, cuando lea ese nombre, voy a entender por qué Viktoria nunca me habló de lo que hizo antes de ser mía.
Jade alzó apenas la cabeza, porque ese nombre —Viktoria— hacía mucho que no se pronunciaba en esa casa. Pero Esteban ya había cerrado los ojos, y no dijo más.
Afuera, Madrid brillaba, ajena. Y en algún lugar del mar negro, el Lobo esperaba a que Esteban Armand abriera, por fin, la única puerta que llevaba veinte años cerrada.