8. LO QUE EL LOBO NO DICE
La noticia le llegó a Radović mientras el sol caía sobre el Adriático, tiñendo de rojo el mar que ya de por sí llamaban negro.
Uno de sus hombres —un serbio enorme y silencioso que le servía desde hacía veinte años— entró en el salón y le dijo lo que ningún subordinado quería decirle: que Kovač había desaparecido, y que lo había hecho para entregarse a Armand, en Madrid.
Radović no rompió nada. El hombre que traía la noticia se había preparado para el estallido, y el estallido no llegó. El warlord se quedó quieto, con el vaso de rakia a medio camino de la boca, y luego —despacio— sonrió.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Porque no le molestaba que Armand tuviera a Kovač.
Al contrario: lo había planeado. Y aquí estaba la jugada que sus enemigos tardarían en entender: Kovač nunca fue un secreto que se le escapó a Radović.
Fue un mensajero que Radović soltó a propósito.
Un hombre asustado al que dejó huir sabiendo exactamente hacia dónde correría —hacia Armand— y exactamente qué le contaría cuando lo atraparan: que el Lobo iba por la silla vacía del Consejo.
Era mentira. O mejor dicho: era la mitad de una mentira, que es lo que mejor engaña.
Radović no quería una silla. Un hombre que había tomado todo por la fuerza durante treinta años no rodeaba durante un año a cuatro banqueros elegantes para pedirles asiento en su mesa.
Pero necesitaba que ellos lo creyeran. Necesitaba que Armand y los otros tres levantaran la vista hacia la silla, reunieran ahí sus fuerzas, defendieran esa puerta con todo lo que tenían.
Porque mientras los cuatro vigilaran la puerta de delante, nadie miraría la de atrás.
Y detrás de esa puerta estaba lo único que Radović había querido de verdad en veinte años.
Lo único que el dinero nunca le había podido comprar.
Una deuda vieja, personal, que lo había arrastrado desde el monte hasta esta guerra de hombres de traje.
No dijo qué era. No lo decía nunca. Ni siquiera ahora, solo frente al mar, se permitía pronunciarlo.
Lo que sí reconoció, en voz baja, fue el valor de su rival. Los otros tres seguían discutiendo sombras; Armand, en cambio, había olido el peligro a tiempo, había cazado a la única rata que podía hablar, y había armado el rompecabezas más rápido que nadie.
—Este sí es de mi tamaño —murmuró—. Los demás son contables. Este es un cazador. —Bebió—. Lástima que esté cazando la presa equivocada.
Se volvió hacia su hombre.
—Prepara a las chicas. Esta noche necesito pensar. Y pienso mejor cuando ellas me recuerdan quién soy.
* * *
Las quiso atadas. Esa noche, más que ninguna, necesitaba el control absoluto: la posesión sin resquicios, la certeza física de que lo suyo no podía moverse ni un milímetro sin su permiso.
Yulia y Anastasia lo esperaban ya dispuestas en el dormitorio de techos altos, y Radović las preparó él mismo, con esas manos enormes que sabían ser sorprendentemente precisas cuando se trataba de sus posesiones.
A Yulia la ató de pie, los brazos en alto sujetos a una viga de hierro forjado, el cuerpo largo y dorado estirado hasta que las puntas de los pies apenas rozaban el suelo, ofrecida y tensa como la cuerda de un arco.
A Anastasia la dispuso sobre la cama, boca arriba, las muñecas atadas al cabecero y los tobillos abiertos y sujetos a los postes, el cuerpo pleno y blanco extendido en una equis que no le dejaba esconder nada.
Las dos quedaron a su merced, inmóviles, y esa inmovilidad —lo sabían las dos— era el punto.
No podían competir con gestos, no podían disputarse su atención moviéndose.
Solo podían recibir lo que él quisiera darles, en el orden que él quisiera, y desearlo.
La competencia, esa noche, era otra: quién soportaba mejor su voluntad.
Radović se tomó su tiempo. Se movió entre las dos como un hombre entre dos obras que le pertenecen, usando a una y dejando a la otra esperando, tensa, obligada a mirar.
Trabajó a Yulia colgada —las manos y la boca sobre el cuerpo estirado, arrancándole estremecimientos que la hacían balancearse en sus ataduras, la piel dorada brillando de sudor, los gemidos escapándosele entre los dientes apretados por el orgullo que aún trataba de conservar y que él, oleada a oleada de placer, le iba quitando—.
Y mientras la trabajaba a ella, Anastasia miraba desde la cama, empapándose de solo mirar, retorciéndose contra las cuerdas en una súplica muda por su turno.
—Paciencia, mila moya —le gruñó Radović a la rusa, usando el viejo apelativo—. Te toca cuando yo lo diga.
Cuando por fin fue hacia Anastasia, la rusa ya estaba deshecha de anticipación.
La tomó extendida sobre la cama, sin que pudiera moverse, gobernándola entera, y Anastasia se entregó con esa avidez pesada y húmeda que la definía, arqueándose contra las ataduras cuanto le permitían.
Y fue ahí, en el punto más alto, cuando su máscara de docilidad se resquebrajó lo justo para dejar salir algo verdadero.
—Todo tuyo —jadeó, en ruso, con los ojos cerrados—. Siempre. Aunque un día ya no estés… seguiría siendo tuya.
Radović se detuvo apenas —un instante que ella, en su estado, no alcanzó a medir—.
Fue una frase dicha en el delirio, sin cálculo, y por eso mismo lo golpeó: aunque un día ya no estés.
Como si Anastasia, en algún lugar bajo su entrega, ya imaginara un mundo sin él.
Como si la más inteligente de sus dos posesiones supiera, sin decírselo ni a sí misma, que ninguna correa dura para siempre.
No dijo nada. Guardó la frase donde guardaba todo, en ese fondo suyo donde el bruto escondía al calculador. Y terminó lo que había empezado, con las dos, hasta dejarlas rendidas y jadeantes en sus ataduras, marcadas de nuevo como suyas.
Solo cuando las desató, ya de madrugada, y las sostuvo a las dos contra su pecho enorme —el único gesto parecido a la ternura que se permitía—, volvió a pensar en esa frase.
Y por primera vez en veinte años, al hombre que lo tomaba todo se le cruzó, apenas un segundo, una pregunta incómoda: qué de lo suyo seguiría siendo suyo cuando él ya no estuviera para sostener la correa.
La apartó enseguida. Los lobos no piensan en su propia muerte.
Pero la sombra ya había pasado, y las sombras, cuando pasan, siempre dejan algo detrás.
* * *
El golpe llegó tres días después, y llegó donde Esteban menos esperaba que un hombre del monte supiera golpear: en los papeles.
Umbrella tenía en marcha una operación limpia, legal y enorme: la compra de una red de terminales portuarias en el Mediterráneo, una jugada de años que le daría a Umbrella el control de un flujo comercial gigantesco.
Todo estaba cerrado salvo la firma. Y de un día para otro, se cayó.
El vendedor se retiró sin explicación. Un competidor surgido de la nada apareció con una oferta imposible de igualar.
Y cuando los abogados de Esteban rastrearon quién había envenenado, en el último minuto, años de trabajo, encontraron el rastro de siempre: dinero que se disolvía hacia el sur, hacia el mar, hacia la nada.
Radović. Sin firmar, sin dar la cara, pero inconfundible.
No fue un golpe personal —no tocó a Jade, ni a Élodie, ni la casa—. Fue un golpe al negocio: una operación, unos millones, un mensaje enviado sin una sola palabra escrita. Puedo alcanzarte donde te crees intocable. Y esto es solo el principio.
Esteban recibió la noticia sin un gesto. Pero Jade, que lo conocía como nadie, notó el cambio mínimo en la quietud de su amo. No era rabia. Era reconocimiento.
—Nos ha mordido —dijo Esteban en voz baja, mirando la ciudad—.
Suave. Para que sepamos que puede. —Se volvió—.
Un bruto habría venido con armas. Este vino con dinero, por donde dolía, sin ensuciarse las manos.
—Algo en su voz se afiló—. Es más listo de lo que quiere que creamos.
Y eso confirma lo que me temía: la historia de la silla es mentira.
Nadie tan inteligente rodea una mesa un año entero solo para pedir asiento.
Quiere otra cosa. —Una pausa—. Y me está haciendo mirar hacia donde no es.
Fue lo más cerca que estuvo, todavía, de ver la verdad. Pero incluso él, esa noche, seguía sin saber cuál era la puerta de atrás.
* * *
Esa noche, sin embargo, Esteban dejó la guerra fuera de la Cúpula. Había una deuda que pagar, de las buenas: Élodie se había ganado un premio, y en su casa los méritos se cobraban.
—Ven —le dijo, sentado en el amplio diván, con Jade ya a su derecha en su lugar de siempre—. La cena. Lo de Lambert. Lo hiciste como una profesional. —Le tendió la mano—. Esta noche no vas a servir para ganártelo. Esta noche te lo doy.
Y esa era la diferencia, y las dos la conocían: a Jade no se la premiaba, porque Jade era la vara con la que se medía todo lo demás. No se felicita al patrón; se felicita a quien se acerca a él. Y Élodie, esa noche, se había acercado.
La desnudó él mismo, despacio, y por una vez fue ella quien recibió el centro entero de su atención, mientras Jade acompañaba a su lado sin disputar nada —porque Jade no tenía nada que disputar—.
Esteban trabajó el cuerpo pecoso de Élodie con una dedicación que ella rara vez recibía completa: la boca en sus senos plenos, los pezones duros entre los labios, las manos abriéndola y encontrándola ya empapada de deseo y de orgullo.
Élodie se deshizo bajo esa atención inusual, gimiendo, arqueándose, mirándolo con la devoción encendida de quien se sabe, esa noche, merecedora.
Y cuando Esteban decidió —porque lo decidía él— dónde iba a terminar, eligió a Élodie.
La puso de rodillas frente a él, se levantó, y la tomó de los dos lados de la cara con esas manos que sabían mandar.
—Abre —ordenó, y no había en su voz la suavidad de antes: había el filo del dueño—. Esta noche el final es tuyo. No pierdas una gota. Y si la pierdes, se te va a ver.
Élodie abrió la boca y él se hundió en ella, hondo, sin la delicadeza con que la había preparado, tomándole la garganta con la firmeza del que reclama lo suyo.
La sostuvo por el cabello rojo con un puño cerrado, marcándole el ritmo, empujando hasta el fondo una y otra vez, sin dejarla apartarse, gobernándole hasta la respiración.
Élodie lo recibió entero, los ojos color miel llenándosele de lágrimas por el esfuerzo, la garganta forzada y abierta, sosteniendo la mirada en su amo porque sabía que eso era parte de merecerlo.
Y cuando Esteban llegó, llegó con un gruñido hondo y se derramó a fondo en su garganta, sujetándola contra sí mientras se vaciaba, tanto y tan hondo que Élodie, por más que tragó, no pudo con todo: se le desbordó por las comisuras, le escurrió espeso por la barbilla y el cuello mientras ella seguía arrodillada, temblando, sin soltarlo, recibiendo hasta la última sacudida.
Cuando por fin él aflojó el puño y se retiró, Élodie quedó de rodillas, deshecha, la boca y la barbilla brillantes y chorreantes de su amo, jadeando, con los ojos húmedos y encendidos de haber llegado por fin adonde tanto había mirado desde la orilla.
Y entonces Jade se movió.
Se deslizó hasta ella con la gracia de la maestra que inspecciona su obra, le tomó la barbilla con dos dedos, y con una lentitud deliberada recogió con el pulgar lo que a Élodie se le escurría, subiéndolo de vuelta hacia sus labios.
Élodie lo recibió del dedo de Jade sin apartar los ojos, y Jade —que no premiaba y no competía, pero sí coronaba— se inclinó y la besó, hondo, compartiendo entre las dos bocas lo que el amo había dejado, jugando con ello, limpiándola a besos, repartiéndose el sabor de él en un gesto que no tenía nada de rivalidad y todo de complicidad y de sello.
Las dos, unidas por lo que él les había dado, cerrando entre ellas el círculo que empezaba y terminaba siempre en Esteban.
Esteban las miró hacer desde arriba, con esa expresión que no era sonrisa pero ocupaba su sitio. No había ordenado ese último gesto. No hacía falta. Las había construido tan bien que hasta su devoción se completaba sola.
—Bien —dijo—. Las dos.
Después las recostó contra su cuerpo en la penumbra dorada —a Jade en el hueco de siempre; a Élodie, esta vez, apenas un poco más cerca del centro, lo justo para que ella lo notara y lo atesorara—. Y por un rato no hubo lobos, ni sillas, ni puertas traseras. Solo un hombre y lo que le pertenecía.
Pero afuera, sobre otro mar, el Lobo ya había mordido. Y detrás de la silla que todos vigilaban, seguía esperando, paciente y oscura, la deuda que solo él conocía.