Umbrella, La Silla del Lobo (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 2) 5. SANGRE Y ORO
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5. SANGRE Y ORO

A dos mil kilómetros de Madrid, donde el mar Adriático golpea una costa que ningún mapa turístico recomienda, se alzaba una casa que no aparecía en ningún registro y que, sin embargo, valía más que barrios enteros de las ciudades que despreciaba.

Bajo aquel esplendor, la otra verdad: hombres armados en cada pasillo, sin disimular lo que colgaba de sus hombros; muros de tres metros; perros que no eran mascotas. La casa era, a la vez, un palacio y una trinchera. Como su dueño.

Vuk Radović estaba en el salón principal, de espaldas a un ventanal que daba al mar negro, con un vaso de rakia sin hielo en la mano.

Rondaba los cincuenta, y los llevaba como se lleva una condena cumplida a fuerza de sobrevivir a todos los que quisieron ejecutarla.

Era enorme —no alto y seco como Esteban, sino ancho, pesado, construido como un muro de carga—, con hombros que llenaban el marco de cualquier puerta y unas manos que parecían capaces de partir por gusto lo que tocaban.

El cabello, oscuro y encanecido, lo llevaba corto, casi rapado; la barba, espesa y entreverada de gris, le comía media cara.

Una cicatriz vieja le cruzaba la ceja y bajaba por la sien, recuerdo de algo que el otro no había vivido para contar.

Y los ojos —eso era lo que congelaba a quien los enfrentaba— eran de un azul claro, casi transparente, unos ojos de hielo incrustados en una cara de granito, ojos que no calculaban como los de Kessler ni sopesaban como los de Esteban, sino que simplemente decidían, en el acto, si lo que miraban seguía existiendo o no.

Radović no jugaba al ajedrez. Odiaba el ajedrez, esa idea de mover piezas y esperar.

Él tomaba. Veía lo que quería y lo tomaba, y si algo se interponía, lo rompía.

No tenía la paciencia quirúrgica de Esteban ni la invisibilidad de Kessler.

Y sin embargo —y esto era lo que sus enemigos aprendían siempre demasiado tarde— bajo esa brutalidad sin aparente método había, muy escondido, un objetivo.

Radović no rompía por romper. Rompía en una dirección.

Y llevaba meses rompiendo, en silencio, hacia algo que ni siquiera los hombres del Consejo habían terminado de ver: una silla en su mesa, y algo más allá de la silla que solo él conocía.

Esa noche, sin embargo, el warlord no pensaba en imperios. Bebió el último trago de rakia, lo dejó de golpe sobre el mármol, y giró la cabeza hacia el fondo del salón, donde dos mujeres esperaban su voluntad.

—Vengan —dijo. Una sola palabra, en su voz de grava.

Y las dos vinieron.

* * *

Eran su posesión más antigua y, a su manera bruta, la más querida.

Las había tomado hacía cerca de diez años —trofeo de otro hombre que había dejado de necesitarlas al mismo tiempo que dejaba de respirar, una historia a la que Radović no concedía ni un pensamiento—, y en esa década las había moldeado hasta hacerlas suyas por completo.

No le temían. Ese era el detalle que nadie entendía de Radović: sus mujeres no lo obedecían por miedo.

Lo obedecían porque, en el mundo salvaje del que venían, él era lo más parecido a un dios que habían conocido, y servir a un dios cruel es, para quien no ha conocido otra cosa, una forma de gloria.

Se doblaban ante él no porque las forzara, sino porque deseaban doblarse.

Y competían —siempre, en cada gesto— por ser la que se doblaba mejor.

Yulia, la ucraniana, se acercó primero. Era alta, de piernas largas y espalda de bailarina, el cuerpo esculpido en líneas largas y elásticas.

Su cabello era rubio miel, con reflejos dorados en las puntas, y le caía liso hasta media espalda.

Tenía la piel dorada, cálida, sembrada de una pelusa invisible que se erizaba al menor cambio de aire, y unos ojos gris tormenta, grandes, de mirada felina.

Sus senos eran altos y firmes, de una redondez tensa; su cintura, estrechísima; sus caderas, un arco pleno que se mecía cuando caminaba porque sabía que él la estaba mirando.

Yulia era fuego con hielo por fuera: fría en el gesto, ardiente en el fondo, y llevaba diez años perfeccionando el arte de parecer intocable justo para volver locos a los hombres que sí podían tocarla.

Anastasia —Anastasia Volkova, la rusa— venía medio paso detrás, y era otra clase de arma.

Más baja que Yulia, pero de una densidad felina, curvas plenas y pesadas que la seda apenas contenía.

Su cabello era negro azabache, espeso, ondulado, cayéndole en desorden estudiado sobre unos hombros de piel muy blanca, casi lunar.

Los ojos, de un castaño profundo, casi negro, tenían una inteligencia que Yulia no tenía y que ella escondía tras una máscara de docilidad —porque Anastasia había aprendido, en diez años, que en la casa de un hombre como Radović sobrevivía mejor la que parecía menos peligrosa—.

Su boca era carnosa, hecha para lo que él la usaba; sus senos, generosos, con pezones oscuros que se marcaban bajo cualquier tela; su cuerpo entero, una invitación pesada y lenta que contrastaba con la elegancia afilada de la ucraniana.

Donde Yulia era una hoja, Anastasia era un peso muerto y cálido en el que un hombre podía hundirse y ahogarse.

Y las dos se odiaban con el odio exacto de quienes comparten dueño.

No era un odio que las separara: era el motor que las hacía servir mejor.

Cada una vigilaba a la otra, medía cuánto lo complacía la otra, y se lanzaba a superarla.

Radović lo sabía. Radović lo había diseñado.

Dos mujeres que compiten por un hombre le dan a ese hombre el doble de lo que le darían por su cuenta.

—Esta noche —dijo Radović, dejándose caer en el enorme sillón de cuero como un rey en su trono— quiero ver cuál de las dos me quiere más. Desnudaos. Despacio. Que os mire.

Las dos obedecieron, y hasta en eso compitieron.

Yulia se despojó de la seda con una lentitud fría, calculada, dejando que cada centímetro de piel dorada apareciera como una concesión que ella otorgaba; Anastasia lo hizo con una entrega más pesada, más húmeda ya en la mirada, ofreciéndose entera de golpe.

Radović las recorrió con esos ojos de hielo, sin prisa, sopesándolas como se sopesa ganado o joyas, y ninguna de las dos bajó la vista, porque él las quería así: rendidas, pero no rotas.

—Aquí —gruñó, y señaló el suelo, entre sus piernas abiertas.

Se arrodillaron las dos ante el trono de cuero, hombro con hombro, rozándose, cada una consciente del calor de la otra y de la competencia que empezaba.

Radović se soltó el cinturón con una mano, sin urgencia, y con la otra agarró un puñado del cabello rubio miel de Yulia y otro del negro de Anastasia, uno en cada mano, gobernándolas de raíz.

—La boca —dijo—. Las dos. Y que se note quién me quiere más.

Las bajó a las dos a la vez, sin delicadeza, con la fuerza bruta de esas manos enormes, y las dos se lanzaron sobre él compitiendo por el mismo espacio.

Se turnaban y se disputaban, la lengua de una cruzándose con la de la otra, Yulia tomándolo con esa frialdad ardiente que hacía parecer cada gesto un favor, Anastasia hundiéndose con una avidez pesada y sin vergüenza, la garganta abierta, los ojos castaños alzados hacia él buscando la aprobación que la otra le disputaba.

Radović las guiaba por el cabello, marcándoles el ritmo, empujándolas más hondo de lo que ellas habrían ido solas, gruñendo por lo bajo, disfrutando no solo del placer sino del espectáculo de las dos peleando por él con la boca.

—Más —ordenó, y empujó a Anastasia hasta el fondo, sosteniéndola ahí un segundo más de lo que ella podía, hasta que le saltaron las lágrimas y aun así no se apartó, porque apartarse era perder—. Así. Aprende de ella, Yulia.

La provocación funcionó, como siempre. Yulia, herida en su orgullo, apartó a la rusa de un hombro y ocupó su lugar con una entrega feroz que rompía por fin su fachada de hielo, tomándolo entera, demostrando.

Y Radović sonrió, porque eso era exactamente lo que buscaba: encenderlas la una contra la otra hasta que las dos se entregaran más allá de todo cálculo.

Cuando Yulia, en su afán de superar a la rusa, se apartó un instante para recuperar el aliento, Radović la corrigió.

La mano enorme cayó sobre la nalga dorada con un chasquido seco que resonó en el salón de mármol, un azote brutal que le encendió la piel al rojo y la hizo gemir —no de dolor, sino de algo más hondo—.

—No te di permiso de parar —gruñó.

—Perdón, amo —jadeó ella, y volvió a él con más ansia, la nalga ardiendo, el gemido convertido en combustible.

No dejó fuera a Anastasia. Cuando la rusa, celosa de la atención, intentó adelantarse fuera de turno, la mano volvió a caer sobre su carne blanca y plena, dos veces, tres, marcándole la piel lunar de un rojo furioso, y Anastasia se arqueó bajo los golpes con un sonido gutural, empapándose, porque aquello —lo sabían las dos— no era castigo que las alejara: era la forma en que él las reclamaba, la prueba física de que les prestaba atención, y cada azote las hacía desearlo más. Se disputaban hasta los golpes.

Radović las usó así largo rato, alternándolas, corrigiéndolas, empujándolas cada vez más lejos.

Las tomó de todas las formas en que un hombre puede usar dos bocas y dos cuerpos rendidos: las puso una sobre otra, las hizo servirse mutuamente para su mirada, las volvió a bajar, las levantó por el pelo para mirarlas a los ojos y comprobar que seguían enteras y deseándolo.

No había en él técnica, ni la paciencia de relojero de Esteban; había apetito, fuerza, la voluntad bruta de un hombre acostumbrado a que todo cediera bajo su peso.

Y ellas cedían —eso era lo salvaje del asunto—, cedían más allá de donde creían poder ceder, cada una tratando de rendirse más hondo que la otra, hasta un punto en que ya no quedaba en ellas cálculo ni orgullo, solo la entrega desnuda a un hombre que las gobernaba de raíz y al que, contra toda razón, adoraban.

Cuando las sintió a las dos en ese punto —deshechas, jadeantes, la piel marcada de sus manos, los muslos brillantes de su propio deseo—, Radović decidió terminar.

Y como todo lo que hacía, lo hizo sin repartir favores a medias: las agarró a las dos por el cabello, una en cada puño, las juntó boca con boca frente a él, y se derramó sobre las dos a la vez, en la boca abierta de una y de la otra, marcándolas por igual, un veredicto repartido entre las dos lenguas que se buscaban.

Y entonces vino lo que a él más le gustaba mirar.

Las dos, aún de rodillas, no se limpiaron.

Compitieron una última vez —porque la competencia no terminaba nunca— por quién le rendía mejor tributo con lo que él les había dejado.

Se buscaron la boca la una a la otra, compartiendo, jugando, repartiéndoselo entre las lenguas y por la piel, por los senos, por el cuello, sin apartar los ojos de su amo en ningún momento, ofreciéndole el espectáculo entero de dos mujeres que hacían de su entrega un altar.

Yulia con su frialdad por fin quebrada del todo; Anastasia con su avidez pesada y húmeda. Las dos suyas, hasta la última gota.

Radović las contempló desde el trono de cuero, con la satisfacción bruta del dueño absoluto, sin una palabra de ternura, porque en su mundo la ternura no existe: existe la posesión, y la posesión, esa noche, había quedado clara otra vez.

Cuando las dos cayeron por fin rendidas a sus pies, jadeando, marcadas, saciadas, el warlord alargó una de sus manos enormes y les acarició el cabello —a una y a otra— con un gesto que era lo más cercano al afecto que sabía dar: la caricia de un hombre a las bestias hermosas que le pertenecen.

—Buenas chicas —gruñó. Y para ellas, esas dos palabras valían más que todo el oro de las paredes.

* * *

Después, mientras las dos mujeres se recomponían en el suelo a sus pies, Radović volvió a lo único que de verdad lo desvelaba.

Se sirvió más rakia y miró el mar negro por el ventanal.

En alguna parte de ese mar, sus barcos movían lo que movían.

En alguna parte de Europa, su dinero compraba lo que compraba: silencios, esperas, funcionarios, rutas.

Y en Madrid, en una torre de cristal, un hombre al que no conocía en persona pero al que llevaba meses estudiando seguía creyéndose el más poderoso de una mesa a la que Radović pensaba sentarse quisieran o no.

—Armand —dijo en voz baja, saboreando el nombre como saboreaba la rakia.

Yulia levantó la vista desde el suelo.

—¿El de Umbrella, amo?

—El de Umbrella. —Radović sonrió, y su sonrisa no tenía nada de cálido—. Todos creen que voy por su silla. —Bebió—. La silla es solo la puerta. Detrás de la puerta hay algo que ese hombre elegante guarda sin saber siquiera lo que vale. Y yo lo voy a tomar. Como tomo todo.

No dijo qué era. Ni a ellas se lo decía. Porque Vuk Radović había aprendido la única lección que un hombre de su mundo no puede olvidar: que el objetivo verdadero no se pronuncia jamás, ni siquiera de rodillas, ni siquiera ante lo que uno posee.

Afuera, el Adriático golpeaba la roca, negro y paciente. Y muy lejos, en Madrid, Esteban Armand dormía entre sus dos posesiones sin saber todavía que, en una casa de sangre y oro sobre otro mar, un hombre que no jugaba al ajedrez acababa de decidir que lo que era de Esteban pronto dejaría de serlo.