UMBRAL Cariños
31%

Cariños

El ascensor tenía espejos en tres paredes.

Valentina se vio de frente, de perfil y otra vez de frente, multiplicada hasta el fondo. Se acomodó el pelo detrás de una oreja. Enderezó el cuello de la blusa que Teresa le había planchado esa mañana. Después cambió la cartera de hombro y se miró otra vez.

La pantalla marcaba el piso doce cuando se dio cuenta. Dejó las manos quietas.

Trece.

Catorce.

Quince.

En el piso diecisiete, el ascensor se abrió hacia un salón de madera oscura y ventanales que ocupaban toda la pared. Una mujer vestida de negro se acercó antes de que Valentina pudiera buscar algún letrero.

—¿Valentina Rivas?

—Sí.

—El señor Pérez la está esperando.

La mujer recibió su chaqueta y la condujo entre mesas separadas por más espacio del que había en la oficina completa de San Pablo. Las conversaciones eran bajas. Los cubiertos apenas sonaban contra los platos. Detrás de los ventanales, Santiago se extendía hasta la línea gris de la cordillera.

Desde ahí no se veían los túneles. Solo las calles, las torres, el río y los puntos donde grupos de personas entraban y salían de la ciudad subterránea.

Alfonso Pérez estaba sentado junto al vidrio. Se levantó al verla.

Era más bajo de lo que Valentina había imaginado. Llevaba la chaqueta colgada en el respaldo y tenía las mangas de la camisa dobladas una vez, como si hubiera llegado antes que el protocolo.

—Valentina.

Le estrechó la mano y apartó la silla frente a él.

—Gracias por venir.

—Gracias por invitarme.

—¿Te costó llegar?

—No.

Había llegado veintisiete minutos antes y había dado dos vueltas a la manzana para no entrar demasiado temprano.

Alfonso tomó la carta.

—¿Habías venido?

—No.

—Yo vengo demasiado. Ya ni miro esto.

Abrió el menú de todos modos y la dejó frente a ella.

Valentina vio los precios antes que los nombres de los platos. Pasó a la página siguiente sin detenerse.

—¿Te gusta el salmón? —preguntó Alfonso.

—Sí.

—Acá es bueno.

El garzón apareció junto a la mesa. Alfonso pidió agua con gas y miró a Valentina.

—¿Querís algo más?

—Agua está bien.

—Dos.

El garzón esperó.

—El salmón —dijo Valentina.

—¿Con qué lo acompaña?

Había una lista pequeña al costado. Puré de coliflor, verduras salteadas, cuscús con hierbas.

—Papas fritas.

La respuesta le salió antes de pensarla.

Alfonso levantó la vista de su carta y sonrió.

—Para mí lo mismo —dijo—. Con cuscús.

El garzón recogió las cartas.

—Las papas fritas son mejores —dijo Alfonso cuando se alejó—. Pero después tengo otra reunión.

Valentina sonrió.

El teléfono vibró dentro de su cartera.

—Contesta —dijo él—. Un gerente general puede esperar treinta segundos.

Era Teresa.

¿Puedes traer pan?

Valentina escribió:

Sí. Estoy en un almuerzo de trabajo.

Pensó en agregar con quién. No lo hizo. Puso el teléfono boca abajo.

—¿Vives con tu mamá? —preguntó Alfonso.

—Sí. Con ella y mi hermana.

—¿En Pudahuel?

Valentina asintió.

—¿Cuánto te demoras hasta San Pablo?

—Depende. Como quince minutos, es un puro bus.

—¿Y hasta acá?

—Un poco más.

—Debí haber elegido algo más cerca.

—Está bien, no se preocupe.

Alfonso tomó agua.

—¿Tu hermana estudia?

—No ahora.

Esperó la siguiente pregunta. Casi todos preguntaban por qué. Alfonso no lo hizo.

—¿Qué hace?

—Va a un taller, en un centro comunitario. Está haciendo un libro.

—¿Sobre qué?

Valentina pensó en la tapa azul y en la ventana cuadrada que dejaba ver una estación dibujada en la primera página.

—Todavía no me explica.

—Entonces debe ser bueno.

Valentina sonrió.

Alfonso preguntaba sin apuro y no completaba los silencios por ella.

Quería saber dónde había estudiado, cómo había llegado a Metro y qué significaba exactamente ciencia de datos y sistemas.

Cuando Valentina empezó a explicarle las diferencias entre una base, una consulta y un modelo, él no fingió entender antes de tiempo.

—¿Y tu mamá sabe lo que hacís?

—Cree que ordeno planillas. Para ella el computador es como la máquina de coser: sirve para una sola cosa.

—No está tan equivocada.

—No. Solo que ahora las planillas ordenan otras cosas.

Alfonso miró hacia la ciudad.

—¿Sabes cuántas estaciones operamos?

—Ciento treinta y seis.

—Bien.

—Está en los informes.

—También están los trabajadores.

Valentina intentó recordar la cifra.

—Más de cuatro mil.

—Cuatro mil seiscientos y tantos. Depende del mes y de cómo los cuentes. Y cada día pasan por la red más de dos millones de personas.

Señaló el ventanal.

—Una parte importante de toda esa gente está debajo de nosotros ahora mismo.

Valentina miró hacia la calle. Desde el piso diecisiete, los peatones parecían desplazarse a una velocidad constante. No se veían los empujones, las dudas ni los instantes en que una corriente perdía su forma.

—Pusiste unos paneles por dos semanas —continuó Alfonso— y antes del mediodía tenía preguntas de cinco gerentes que llevan años acá.

—No fueron los paneles.

—Eso es lo que me interesa. Los paneles los puede poner cualquiera.

El garzón dejó una cesta de pan y un plato pequeño con mantequilla. Alfonso no tocó ninguno.

—¿Mejoraste el servicio? —preguntó.

—No.

—¿Mejoraste la experiencia?

Valentina miró la mantequilla. Tenía una marca en espiral, como si alguien hubiera medido la presión exacta necesaria para servirla.

—Bajaron los reclamos.

—Eso ya lo leí.

—La espera siguió igual.

—Eso también.

Alfonso esperó.

—La gente dejó de vigilar tanto.

—¿La espera?

—Sí. Miraban menos el túnel. Veían menos la hora. Miraban a quien tenían detrás. El reflejo interrumpía la secuencia.

—¿Y eso te parece que es una mejora?

Valentina pensó en el título que Carlos había cambiado.

MEJORA DE EXPERIENCIA DE PASAJEROS: 57 %.

—Me parece medible.

Alfonso apoyó un dedo sobre la mesa.

Llegaron los platos.

El salmón de Valentina ocupaba el centro de una loza blanca, rodeado por una salsa clara. Las papas fritas venían aparte, dentro de un recipiente metálico pequeño. Eran menos de las que habría recibido en cualquier fuente de soda y estaban puestas casi en el mismo sentido.

Alfonso cortó el suyo.

—¿Dónde te ves en cinco años?

—No sé.

—No te pregunté dónde crees que vas a estar.

Valentina levantó la vista.

—Te pregunté dónde quieres estar.

La ciudad seguía detrás de él.

Podía decir que quería una casa para Teresa. Plata suficiente para que Camila mantuviera sus talleres. Un cargo estable. No volver a revisar cuánto quedaba antes de comprar cuatro paltas.

Todo eso era cierto. No respondía la pregunta.

—Quiero ver la red completa.

Alfonso dejó el tenedor.

—¿Completa cómo?

—Cuando ocurre.

—Explícame.

—Los datos siempre llegan después. Los partes se cierran después. Los reclamos se ingresan después. Mantención informa después. Aunque la hora esté bien, cuando uno junta todo ya está mirando algo que terminó.

—Quieres verlo en tiempo real.

—Sí.

—¿Para qué?

Valentina miró la calle.

—Para saber cuándo todavía se puede hacer algo.

Alfonso volvió a cortar el salmón.

—Eso es más interesante que los espejos.

—Los espejos salieron de lo mismo.

—No. Los espejos demostraron que podías encontrar algo que nadie estaba buscando. Lo otro es lo que quieres hacer con eso.

Probó el cuscús.

—Por eso te invité.

Valentina esperó.

—Podemos cambiarte de categoría —dijo Alfonso—. Profesional especialista. Dependencia directa de Operaciones, por ahora. Un aumento importante y un bono asociado al proyecto.

—¿Cuánto?

—Un millón nueve.

Valentina no respondió. Restó de un millón nueve las cotizaciones, el transporte, la cuota del taller y el costo de una lavadora nueva. Alcanzaba para que Teresa no trabajara más los domingos.

—Para empezar —agregó Alfonso—. Ahí vamos viendo según los resultados.

Teresa podría rechazar los trabajos de los domingos.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—Desde el mes siguiente, si aceptas.

—Acepto.

Alfonso sonrió.

—Bien. También quiero darte una oficina y un equipo pequeño. Dos analistas para empezar.

—No necesito gente.

—Todos necesitamos gente.

—No quiero explicar algo mientras todavía lo estoy construyendo.

Alfonso se limpió la boca con la servilleta.

—¿Y una oficina?

—Sí.

—En el edificio central.

—En San Pablo.

Esta vez sí pareció sorprenderse.

—Te estoy ofreciendo salir de San Pablo.

—No quiero salir.

—¿Por qué?

—Porque en una estación puedo ver lo que pasa antes de que llegue como dato.

—También podrías ir a terreno.

—No es lo mismo.

—¿Quieres quedarte debajo de Juan?

—No debajo.

Alfonso la observó. Valentina no había pensado la frase antes de decirla.

—Quiero una oficina propia —agregó—. En San Pablo.

Alfonso sonrió apenas.

—Eso ya suena más ambicioso.

—Es práctico.

—Casi todas las ambiciones se presentan así.

Valentina tomó una papa frita. Estaba demasiado caliente y tuvo que dejarla un segundo en el plato.

—Entonces dime qué necesitas —dijo Alfonso.

No «qué quieres».

Qué necesitas.

Valentina tomó el salero y lo puso a un lado de su plato.

—Seguridad.

Señaló la copa.

—Operaciones.

La carta doblada.

—Atención al Cliente.

Su plato.

—Mantención.

Alfonso siguió sus manos.

—Todos registran lo que ocurre —dijo Valentina—, pero empiezan en momentos distintos. Una falla aparece acá como equipo. Acá como atraso. Acá como reclamo. Acá como incidente.

Acercó los objetos.

—Cuando me llegan los informes separados, ya pasó. Y cada área está intentando resolver una versión distinta.

—¿Una versión distinta de qué?

—Del mismo Metro.

Alfonso miró el pequeño conjunto sobre el mantel.

—¿Y tú quieres juntarlas?

—Ya están juntas. Solo que no lo saben.

Durante unos segundos, ninguno habló. El garzón se acercó, vio los objetos desplazados y decidió no retirar nada.

—¿Y para eso qué te hace falta?

—Verlo cuando está pasando. No al otro día.

Alfonso miró la ciudad otra vez.

—Puedo darte casi cualquier computador que necesites. Metro es un computador muy grande.

Valentina esperó.

—El problema no son las máquinas —continuó—. El problema son las personas que llevan años decidiendo quién puede ver qué.

—Todas le reportan a usted.

Alfonso levantó la vista. No se ofendió.

—Por eso estamos almorzando.

Apoyó los antebrazos en la mesa.

—Puedo darte la oficina en San Pablo. El aumento. Los equipos que hagan falta. Los accesos hay que pedirlos uno por uno.

Valentina esperó el resto.

—Pero si no quieres analistas, Tecnología administra la infraestructura completa.

—Mientras no cambien el modelo.

—No tienen por qué cambiarlo.

—Ni las ponderaciones. Ni las consultas. Ni nada.

Alfonso asintió.

—Servidores, credenciales, registros de acceso, respaldos y continuidad quedan bajo Tecnología. Tú desarrollas y usas UMbrAL. Ellos mantienen vivo el lugar donde existe.

—Quiero ser la única usuaria.

—La única usuaria funcional. Lo iba a pedir igual. Si entran tres, cada decisión tiene tres dueños y no responde ninguno.

—¿Cuál es la diferencia?

—Tú entras al sistema. Tecnología entra al servidor.

Valentina miró la copa que había usado para representar Operaciones.

—¿Van a poder ver lo que hago?

—Van a poder recuperar lo que hagas si una máquina falla.

—No es lo mismo.

—Para Tecnología, casi siempre sí.

Alfonso no sonreía ahora.

—No puedo tener una herramienta importante dependiendo de un computador viejo en una estación.

—Entonces póngale un servidor.

—Eso es lo fácil. Tampoco puede depender de una sola persona.

Valentina dejó las manos bajo la mesa.

—Soy la única que sabe cómo funciona.

—Por eso mismo.

—Un usuario —dijo Valentina.

—Un usuario funcional.

—Y nadie modifica UMbrAL sin mi autorización.

Alfonso lo pensó.

—Mientras seas responsable del proyecto.

No era exactamente lo que había pedido. Era suficiente para continuar.

—De acuerdo.

Alfonso tomó el tenedor.

—Todavía tengo que hablar con las gerencias.

—¿Qué parte no van a aceptar?

—La misma que hace que valga la pena.

—El acceso.

—El tiempo real.

Valentina miró el plato. Apenas había probado el salmón.

Alfonso señaló con el tenedor.

—Cómetelo antes de que se enfríe.

Valentina cortó. La carne se separó sin esfuerzo.

—¿Está bueno? —preguntó él.

—Sí.

—Te dije.

En el ascensor, Valentina se vio otra vez en tres paredes. Esta vez no se acomodó el pelo.

La pantalla bajó del diecisiete al dieciséis.

El teléfono vibró. Era un correo de Alfonso.

De: Alfonso Pérez

Para: Juan Salgado; Rodrigo Mena; Administración; gerencias involucradas

CC: Valentina Rivas

Asunto: Proyecto UMbrAL

Estimados:

Junto con saludar, solicito gestionar con prioridad lo siguiente:

— Habilitar una oficina privada para Valentina Rivas en estación San Pablo.

— Habilitar acceso transversal de solo lectura y en tiempo real, vía API, a las fuentes requeridas de Operaciones, Seguridad, Mantención, Planificación, Atención al Cliente y Tecnología.

— Mantener un usuario funcional para el sistema.

— Implementar respaldo y continuidad operacional bajo administración de Tecnología.

Favor priorizar.

Cariños,Alfonso

Valentina no cerró el mensaje.

Quince.

Catorce.

Llegó una respuesta desde Administración.

Alfonso:

¿Qué centro de costo debemos utilizar para habilitación, mobiliario y equipamiento?

Antes de que el ascensor llegara al piso trece, Alfonso respondió.

Gerencia General.

Dos palabras.

Sin explicación.

Sin copia adicional.

El teléfono volvió a vibrar.

De: Rodrigo Mena

Gerente de Tecnología

Accesos y conectividad en revisión. Podemos iniciar hoy la integración de las primeras fuentes.

Favor confirmar nombre del entorno y cantidad de usuarios funcionales.

Valentina tocó Responder.

Nombre: UMbrAL.

Usuarios funcionales: uno.

Envió.

Doce.

Once.

Otra respuesta.

Estimada Valentina:

El mobiliario se encuentra autorizado. Puedo visitarte mañana en San Pablo con el catálogo para revisar distribución, escritorio, sillas y almacenamiento.

¿Hay algún estilo de arte que prefieras para la oficina?

Saludos,

Carla

Valentina leyó la pregunta. Nunca había elegido una silla de oficina. Mucho menos un «estilo» de arte.

Pensó en responder que no necesitaba arte. Cerró el correo sin hacerlo.

El ascensor llegó al piso siete.

Rodrigo contestó:

Entorno reservado.

UMbrAL

USUARIOS FUNCIONALES: 01

Integración en curso.

Los números siguieron bajando.

Valentina mantuvo el teléfono en la mano, apoyada en el pecho, hasta que las puertas se abrieron en el primer piso.