Capítulo Cinco #3
Pero que quedara claro. Estábamos decididos. Íbamos a pillar a ese cabrón. Y cuando lo hiciéramos, le sacaríamos todas las respuestas y acabaríamos con la amenaza de una vez por todas.
—No tengo pruebas de que Zero Tango esté metido en esto —dije—. Este desastre parece ser independiente de él, pero con Zero Tango nunca se sabe. Y Rivera tampoco es moco de pavo. Es un enemigo peligroso. Deberíamos estar todos en alerta máxima.
—De acuerdo —dijo Max—. Este va a ser difícil de desenredar, sobre todo con todo lo demás que tenemos entre manos.
—Sin duda. —Teníamos muchas señales en nuestros radares—.
Necesito que pongas la información que Marisol sacó a escondidas de casa de Rivera en las manos adecuadas.
En cuanto establezcamos comunicaciones seguras, te mando una lista de contactos.
Necesitaré que filtres los documentos en algunos lugares estratégicos.
—Considéralo hecho —dijo Max.
—¿Hay alguna forma de verificar la historia de Marisol, rastrear el paradero de Rivera y averiguar en qué situación está ella sin alertar a nadie?
—Si la hay, la encontraré —prometió Max—. Ahora mismo voy a reunirme con Trev y el equipo informático. Te aviso en cuanto tenga algo.
—También necesito que alguien recoja el McLaren.
Una pausa y luego:
—¿Abandonaste a tu bebé?
—No es que tuviera otra maldita opción.
El silencio sorprendido que siguió me irritó sobremanera. Miré mi reflejo en las paredes de espejo. Joder, parecía agotado. Estresado. Culpaba a los besos de Marisol de tenerme tan tenso. Y a Tee también, por meterme una idea incomprensible en la cabeza y luego negarlo todo.
La próxima vez que hablara con ella, le iba a cantar las cuarenta.
No me gustaba el rumbo que estaban tomando mis pensamientos, así que rebobiné mentalmente.
El McLaren. Eso. ¿Y qué pasaba si disfrutaba de mis juguetes?
Había sido pobre de solemnidad la mayor parte de mi vida, y mis coches y helicópteros eran la prueba de que había salido del agujero.
Me recordaban que mis hermanos y yo habíamos desafiado nuestro destino.
Habíamos resurgido de las cenizas del sistema de reformatorios para formar un equipo poderoso y la familia que ninguno de nosotros había tenido jamás.
Mis juguetes también me recordaban el trabajo duro y los sacrificios que habíamos hecho para vencer a las estadísticas y alcanzar el éxito.
Y quizás lo más importante: eran parte esencial de mi imagen, del Troy Battleson que nunca perdía un caso y hacía pedazos a sus oponentes, del cabrón duro que nunca volvería a dejarse pisotear.
No me sentía invencible en ese momento. De hecho, cuando pensaba en Marisol, quería entregarme a mis necesidades físicas y olvidarme del resto.
—Recuperaremos el McLaren —prometió Max—. Pero tengo una pregunta para ti.
—Dispara.
—Esta mujer, la doctora Marisol Méndez —dijo Max—. ¿Cómo demonios acabó en The Lion buscándote?
—Ah, eso. —Respiré hondo—. Tee me la mandó.
—¿Tee? —Otra pausa y luego—: Joder, Troy.
—No es lo que piensas.
—¿En serio? —El escepticismo de Max me revolvió las tripas—. Estamos hablando de Tee.
—No es así —insistí—. Le pregunté si estaba intentando buscarme pareja.
—¿Y?
—Dijo que no.
—Tú sigue creyéndotelo, cabeza de rotor —se burló Max—. Pero seguro que ese radar afinado tuyo te está mandando las señales correctas. Voy a ponerme a rastrear. Mientras tanto, cuídate las espaldas y quédate donde estás. Ya veremos cómo te sacamos de ahí.
—Recibido, hermano.
—Max, corto.
Acababa de colgar cuando llamaron a la puerta. Abrí y me encontré a Rey allí, con una bolsa de comida para llevar en una mano y una tableta y algo de ropa en la otra.
Me miró a la cara y se mordisqueó el labio.
—Así que el asunto es serio de cojones.
—Y que lo digas.
Le quité las cosas y las dejé sobre la mesa.
—He reforzado la seguridad —dijo—. Estaremos atentos.
—Gracias, Rey.
—Oye, ¿para qué están los amigos?
—Hablando de amigos —decidí adentrarme en terreno pantanoso—. ¿Has hablado con Trev últimamente?
La luz se apagó en los ojos de Rey.
—No.
Se me encogió el corazón, por Rey, por Trev.
—¿No crees que ya va siendo hora?
—Está en una silla de ruedas por mi culpa —dijo en voz baja—. Así que no, no creo que quiera verme. Nunca.
Respiró hondo y esbozó una sonrisa triste.
—Ahora, sobre esa mujer tuya...
—No es mi mujer —gruñí.
—Vale, claro, lo que tú digas.
Sus ojos azules volvieron a brillar con picardía.
—Parece un pez fuera del agua.
—No me digas, Sherlock.
Marisol estaba completamente fuera de su elemento.
—Ve a buscarla —dijo Rey—. Entiendo que esto no es para todo el mundo, pero si salió corriendo de la Suite Roja, vete a saber qué hará cuando encuentre la piscina.
Miró su reloj inteligente.
—Ya ha pasado un rato.
Entrecerré los ojos mirando a Rey.
—¿Sabes algo que yo no sé?
—Las cámaras no mienten.
Su sonrisa se ensanchó.
Mierda.
—Voy para allá.
Salí a toda prisa.
Rey me hizo un saludo desganado.
—Buen vuelo, Capitán, y buena suerte.
—Sí, gracias.
¿Habría suficiente suerte en el mundo para salir de este puto desastre?