Capítulo Cuatro
Marisol
Con una carrera y un salto, Troy se abalanzó sobre la valla metálica detrás de la gasolinera.
Vigilaba por si aparecía la policía, pero mi atención estaba dividida entre la calle y Troy.
Era extraño. De los millones de pensamientos que me cruzaban por la cabeza, el más trivial era el que no dejaba de volver: Troy pensaba que tenía unas piernas bonitas.
Me zumbaba un poco la cabeza.
Sigue así y vas a acabar frita.
¿Por qué estaba reaccionando así?
Porque la vida en el mundo académico significaba poner mucha distancia personal entre mis colegas masculinos y yo. Al tener que luchar contra dos prejuicios típicos del ámbito académico —la edad y el género—, no podía permitirme que me tomaran a la ligera.
Quería ser relevante, importar en mi profesión.
Así que me había encerrado en una sólida fortaleza de comportamientos gélidos y fría profesionalidad que mantenía a mis colegas fuera y a mí dentro.
Había trabajado duro para mantenerla intacta.
¿Por qué la sentía tan frágil ahora, como si estuviera a punto de desmoronarse?
Troy.
Me hacía algo raro en la cabeza, interrumpía mis procesos mentales, me distraía de mis propósitos. Por lo visto, yo apreciaba bastante sus atributos naturales. Mientras escalaba la valla, intenté no mirarlo embobada, pero no pude evitar disfrutar del espectáculo.
Era alto y corpulento, y sin embargo no había nada torpe ni desgarbado en él. Sus movimientos eran precisos, ágiles y elegantes, los de un guerrero entrenado para dominar tanto en el aire como en tierra.
Tenía que admirar cómo su sudadera se ceñía a su amplia espalda, se tensaba en sus anchos hombros y se estiraba sobre sus pectorales bien formados, resaltando la fuerza de sus brazos.
Y si eso no bastaba para que una servidora, con debilidad por los tíos buenos, siguiera mirando, sus pantalones se ajustaban a unos muslos esculpidos y a un espléndido par de glúteos.
Vale, las circunstancias eran una mierda, pero no todos los días una rata de laboratorio como yo tenía la oportunidad de admirar un espécimen como él.
Me picaban los dedos por tocarlo, por verificar mi hipótesis con un experimento táctil que implicara recorrer todo su cuerpo con las manos. Puede que fuera abogado de profesión, pero, Dios Todopoderoso, también era un atleta, por no mencionar que estaba buenísimo.
Buenísimo las narices. ¡Basta ya, Méndez!
Esto es lo que pasaba cuando una mujer adulta negaba su naturaleza y pasaba demasiado tiempo mirando por un microscopio. El mundo se te reducía a un túnel estrecho. Tarde o temprano, mis necesidades reprimidas estaban destinadas a rebelarse, dar un golpe de estado y tomar el control.
Hoy, la revuelta parecía inminente.
Algún día iba a tener que coger el toro por los cuernos y resolver mi situación de una vez por todas. No hablaba de encontrar el amor ni nada tan ridículo como eso. Hablaba de tener un encuentro con la lujuria pura y dura.
Mi mirada volvió a deslizarse hacia el hombre que escalaba la valla. Tal vez…
¡No! La voz de la razón gritó en mi cabeza. Ahora presta atención y deja de babear.
Troy aterrizó sin hacer ruido en el patio trasero de la casa vecina. Era un bungaló viejo y, a estas horas, las ventanas estaban a oscuras, por suerte. Entrecerré los ojos en la penumbra, tratando de seguir el rastro de su sombra, que se movía en silencio.
Con el cuerpo alerta y los ojos recorriendo los alrededores, se acercó sigilosamente al porche trasero, donde había un par de zapatillas olvidadas.
Metió los zapatos en los bolsillos de la sudadera y se volvió hacia el tendedero plegable, donde varias prendas colgaban protegidas de la intemperie bajo el techo del porche.
Descolgó varias piezas en rápida sucesión y se las echó al hombro.
Entonces hizo algo de lo más peculiar. Sacó la cartera, extrajo unos billetes y los enganchó en el tendedero.
Se me descolgó la mandíbula.
Cuando lo conocí, Troy me pareció un playboy, un deportista rozando lo sinvergüenza. Pero este era un hombre que pagaba por lo que cogía. Una rareza.
¿Un mujeriego honrado?
Con su carga a cuestas, Troy volvió a saltar la valla y regresó al túnel de lavado, como si nada. Ni siquiera jadeaba.
—Aquí tienes —depositó un montoncito de ropa y los zapatos sobre el maletero del coche—. Date prisa.
Me quité el abrigo rojo y, sin quitarme el cárdigan ceñido, me descalcé los tacones.
El suelo estaba helado. Solté un siseo cuando las plantas de los pies tocaron el pavimento.
Daba igual el frío. Si este disfraz funcionaba y sobrevivía a la noche, me iba a ganar mi propio premio a la Superviviente de la Semana.
Troy metió el abrigo rojo y el bolso grande en su bolsa de deporte, cerró la cremallera y se la colgó al hombro mientras yo me desabrochaba la falda de tubo, otra compra de segunda mano. Tras quitármela meneando las caderas, pesqué unos vaqueros fríos y tiesos de la pequeña pila.
Cuando me di la vuelta, lo pillé mirándome fijamente. De repente, el cuerpo —que un instante antes había estado helado— me ardía como si me hubiera alcanzado una ola de calor tropical.
Su mirada oscura recorrió mis piernas, una caricia que se deslizó sobre mi piel como una pluma suave.
Sus ojos se detuvieron en la unión de mis muslos, donde unas braguitas rojas de encaje delataban mi preferencia por la lencería sexy, un pequeño hábito privado que ninguno de mis colegas científicos habría adivinado en cien millones de años.
Troy también parecía sorprendido; su mirada iba de mi cara a mis bragas, con los labios ligeramente entreabiertos.
El calor me encendió las mejillas, pero no, bah, no iba a disculparme por llevar las buenas. Las bragas no formaban parte de mis apresuradas compras de segunda mano. Eran mi cosa, mi forma de afirmar mi sexualidad en el mundo decididamente asexual donde vivía y trabajaba.
Incluso había metido un par de repuesto en el bolso.
Que una fuera una científica ocupada y competente no significaba que tuviera que llevar ropa interior de abuela. ¿Verdad?
El sarcasmo era mi reacción habitual ante la vergüenza. —No pongas esa cara de sorpresa, baja de las nubes —fingí que los hombres se derretían por mis bragas constantemente—. Seguro que has visto unas cuantas prendas atrevidas en tu vida.
—Atrevidas, claro, sí —se aclaró la garganta—. Pero no en ti. En ti, esas están… deliciosas.
Oh, Dios. Se me erizó la piel de placer. El calor de su mirada incineró unos cuantos millones de neuronas en mi cerebro. Casi podía sentir cómo ardían las células, cómo la red eléctrica que alimentaba mis pensamientos se quedaba a oscuras. ¿Por qué tenía que mirarme así?
—¿Te quedas despierto por las noches apuntando tus frases de ligue o es un talento natural? —me subí la cremallera de los vaqueros y me agaché para doblar los bajos—. No, no me lo digas —le lancé una mirada de advertencia—. ¿La práctica hace al maestro?
Cuando abrió la boca, me erguí y agité el dedo índice en el aire. —No hace falta que respondas. Era una pregunta retórica. Pero déjame darte un consejo. Guárdate las frases de ligue para tus ligues de una noche y tus novias de barra de bar. ¿Entendido?
—Señorita, eso no era una frase de ligue —frunció el ceño con fiereza—. Era la pura verdad.
La intensidad de su mirada no ayudó a que dejaran de temblarme las rodillas. El pulso se me aceleró. ¿Sería posible que me encontrara... atractiva? ¿Sexy?
Imposible, esto no podía estar pasando. ¿Un bombón como él y una friki como yo?
Ni en esta vida.
Me puse el jersey por la cabeza y tiré de él hacia abajo.
Me llegaba casi hasta las rodillas y me ocultaba el cuerpo de su vista.
Dado que Troy había señalado los puntos débiles de mi disfraz, ya no quería seguir siendo Caperucita Roja.
Ni caer presa de ningún lobo feroz que merodease por el bosque, Troy incluido.
Me calcé unas zapatillas rosas que me quedaban demasiado pequeñas, incluso a mí. Probablemente eran de una niña de diez años. Me hacían parecer una cría, sobre todo al lado del imponente Troy. Al instante, empecé a echar de menos los centímetros que me daban los tacones.
Dios. ¿Por qué todos mis complejos e inseguridades habían decidido reunirse esta noche?
—Sígueme y haz lo que te diga —ordenó Troy en cuanto terminé de atarme los cordones—. ¿Queda claro?
—Como una placa de Petri cargada.
Se echó a reír, unas risas quedas que resonaron en el túnel de lavado abandonado y me hicieron sonreír.
Sonreí y me quedé boquiabierta a la vez.
¡Había pillado uno de mis chistes malos!
Una placa de Petri cargada nunca está del todo clara.
Muy a menudo, es una sopa microbiana asquerosa. ¿Este tío? Lo sabía.
Se ajustó la bolsa de deporte en el hombro, me ofreció la mano y me guio calle abajo, girando un par de veces, como si conociera la zona.
En poco tiempo, dejamos atrás las calles vacías y llegamos a una calle concurrida, donde una hilera de bares, restaurantes y locales de striptease atraía a una pequeña multitud animada que iba de un sitio a otro.
Sex shops, clubes de alterne, salones de masajes.
No era precisamente el mejor barrio de la ciudad.
La lluvia helada había cesado, pero la temperatura seguía bajando.
Temblé dentro de la ropa prestada. El jersey que llevaba no estaba del todo seco y ofrecía poca protección contra el frío que se me había metido en los huesos.
Echaba de menos mi abrigo rojo. Tenía frío en todo el cuerpo, salvo en los dedos que Troy me sujetaba con la mano.
Me costaba seguirle el ritmo. Por cada paso que él daba, yo tenía que dar dos. El aliento me salía en vaho y me dolían los pies, pero no quería quejarme ni retrasarnos. Si queríamos sobrevivir a la noche, teníamos que llegar a un lugar seguro cuanto antes.
—Policías —anunció Troy en voz baja—. A las doce. Justo delante.